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Jun 12, 2016 La Quinta Pata Literatura Comentarios desactivados en Almas en pena- Segunda parte
Por Carlos Lucero
-¿Y ella…?
_ Cuando le dije que la amaba, se llevó las manos a los ojos, como si quisiera limpiar alguna lágrima. Pensé que se enfadaría o que se echaría a reír, pero dijo: «Demasiado tarde…, demasiado tarde»
Ya sé que es demasiado tarde respondí. Te he dicho que es como si estuviera muerto, pero no podía morir sin revelarte lo que sentía. Y ella respondió:
No me refería a eso. Yo también te amo, aunque no tengo derecho, no tengo derecho a amar a nadie… Para mí también es demasiado tarde Imagínese. No aguanté, la estreché con todas mis fuerzas, y lloró como si se le fuera a romper el corazón. Le pedí una promesa. Reposaré más tranquilo en mi tumba si no volvieras a salir con ese tipo, y ella lloró todavía más. Pensé que quizá estuviera casada con él, y que eso era a lo que se refería cuando dijo que ya era demasiado tarde. Pero continuó: «Tengo que acudir cuando me llama, tengo que acudir a él, una vez, y otra más» La hice callar con mis besos. El coche se detuvo y salimos. Apena si me fijé donde estábamos. En una puerta grande nos detuvimos y la tomé para darle un último beso.
No sé si perdí el conocimiento o lo soñé, pero sentí que en vez de unir sus labios a los míos, los puso alrededor como para aspirar el aliento de mis pulmones. Y quedé en una niebla. Mis rodillas empezaron a aflojarse. Me sorprendió la fuerza de sus brazos. Luego me pareció sentir sus labios en mi garganta. Seguí debilitándome… lo siguiente que recuerdo es estar con ustedes. Díganme ¿lo he soñado todo? Me siento… muy… muy cansado_ su voz se fue haciendo cada vez más lenta, y la cabeza cayó hacia adelante…
-¿Ha muerto? –De Grandin pegó un salto y le abrió la camisa de un manotazo.
-No -respondió- ¡Ah! Mire Delponte ¡lo que me temía!
En la garganta tenía dos minúsculas perforaciones, como hechas con una aguja muy fina.
-Hum –comenté yo _ Si hubiera cuatro diría que le ha mordido una serpiente.
-¡Y así es! ¡Carajo!-replicó De Grandin-. Una serpiente ha hundido sus colmillos en él; y le ha envenenado. Pero le demostraremos que no se puede jugar con Jules de Grandin…, tanto ella como ese enamorado suyo de ojos de pez, aprenderán la lección; _
Al día siguiente De Grandin tenía una cara muy seria.
-¿Tendría libre esta mañana? -me preguntó.
-Supongo que sí. ¿Piensa en algo especial?
– Me gustaría volver al cementerio. Quiero examinarlo de día_
-¿Al cementerio? -repetí yo, asombrado- Pero, ¿para qué…?
– A menos que esté equivocado, creo que este asunto tiene mucho que ver con el diablo. Vamos; ahora, así regresaremos temprano__
Un esplendoroso sol brillaba en el cielo. Fuimos directamente a la tumba donde habíamos encontrado al joven Rochester. Sobre el dintel de la inmensa puerta había una palabra que De Grandin señaló:
HEATHERTON
-Hum, Debo recordar ese apellido, amigo Delponte_
Adentro, estaban las criptas que contenían los difuntos de la familia Heatherton: cada cripta tenía una losa de mármol blanco y una inscripción de dos líneas recogía el nombre del ocupante. Otra tumba decía:
ALICE HEATHERTON
28 de septiembre de 1906 – 2 de octubre de 1928
-¿Ve? -me preguntó.
-Veo que Alice Heatherton murió hace un mes a los veintidós años –admití_ pero ¿qué tiene que ver con lo de anoche…?
_ Hay muchas cosas que usted no ve, y otras que se apresura a pasar. Hablaré con el director de este parque. Si puedo volveré para la cena, aunque a veces el deber hace que olvidemos la comida_
En la casa el consomé se había enfriado cuando oí sonar el teléfono de mi estudio.
-Delponte dijo Jules de Grandin por teléfono_ veámonos en el Adelphi, rápido ¡necesito un testigo!
-¿Testigo? –repetí-. ¿Qué…?
Solo oí un seco chasquido. De Grandin estaba esperándome en la entrada de aquel elegante edificio, negándose a contestar a mis preguntas. Extrajo una foto sobre la que se veían las huellas de varios pulgares.
-Me la dieron en el periódico. Ellos ya no la necesitan_
-¡Caramba! -exclamé al ver la foto_ Pe-pero si es…
-Si -dijo De Grandin -. La que vimos anoche; visitamos su tumba esta mañana; la que le dio el beso a Rochester_
-Es, es imposible. Esa chica está…
Su breve carcajada me impidió terminar la frase.
-Estaba seguro de que diría eso, Delponte. Venga, vamos a ver a la señora Atherton_
Una criada aceptó nuestras tarjetas. Contemplé las, alfombras de China y Oriente, antigüedades de caoba y un tapiz medieval con una escena de los Nibelungos.
-Doctor Delponte,… doctor De Grandin encantada de conocerlos.
Una imponente dama de cabellos blancos acababa de entrar.
-¡Señora, espero no molestarla! -De Grandin la obsequió con una reverencia_ hemos venido por un asunto importante. Disculpe pero quisiera saber cómo murió su hija, pues soy detective y estamos en una investigación_.
La señora Heatherton escuchó.
-Siéntense, caballeros -nos invitó-. No sé por qué la tragedia de mi niña le interese a la policía, pero voy a contarles todo_.
»Alice era mi hija pequeña. Ella y mi hijo Ralph se llevaban casi dos años exactos de diferencia. Ralph se graduó en ingeniería en la Universidad de Cornell hace dos años y fue a Florida para ocuparse de algunas obras. Alice murió mientras le visitaba_
-Pero…, disculpe, su hijo… También está muerto, ¿no?
-Sí, murieron casi al mismo tiempo. En Florida había un hombre llamado Joachim Palenzke…, no es la clase de persona con la que preferirnos relacionarnos, pero era el jefe de Ralph, en una empresa inmobiliaria que motivó las obras. Cuando Alice fue a visitar a Ralph, esa persona abusó y persiguió a mi hija de una forma absolutamente indecorosa.
-Comprendo. ¿Y después? -preguntó De Grandin.
-Ralph se enfadó muchísimo. Palenzke lo insultó y aludió a Alice y a mí. Se pelearon. Ralph no era corpulento pero tenía mucho valor. Palenzke era un gigante, pero en el fondo era un cobarde. Cuando Ralph estaba por vencerle, sacó una pistola y disparó. Ralph murió al día siguiente.
Su asesino huyó a los pantanos, y según algunos, acabó suicidándose pero debió de haber algún error _ y se tapó la boca para contener los sollozos…
-Mi señora, todo esto resulta muy doloroso, pero ¿por qué cree que esto no es cierto?_
-Porque… ¡porque volvieron a verle! ¡Él mató a Alice!_
-¡Es increíble! Y ¿qué más sabe? _
-La tragedia fue terrible para Alice…, sentía culpa por el crimen de Ralph. Pero se recuperó lo suficiente para volver a casa con el cadáver.
Ella quería tomar el tren de la mañana, y abordó un coche la noche anterior. En una carretera solitaria alguien emergió de entre los pastos –según nos dijo el chófer- y saltó al estribo. Dejó inconsciente al chófer de un solo golpe y el coche se fue hacia el pantano. Era Joachim Palenzke. Cuando se recuperó, el chófer dio la alarma. En la mañana encontraron a Palenzke. Había resbalado al intentar escapar y se había ahogado en el pantano. Alice estaba muerta a causa del shock. Había una herida en su garganta, aunque no era suficiente para haberla matado; y había sido…
-¡Está bien…! una pregunta más ¿Qué fue de ese Palenzke?
-Trajeron su cuerpo para enterrarlo –replicó la señora Heatherton _ Su familia es muy rica. Se dedicaban al contrabando de licor, algunos especulan con propiedades inmobiliarias, y otros son políticos. La ceremonia se celebró en la iglesia griega y pero el padre Apostolakos se negó a decir misa por él. Recitó una breve plegaria y le negó el entierro en el cementerio de la iglesia_
-¡Ajá, ajá! _ –
_Quizá esto también le interese -añadió la señora Heatherton Me contaron que el cobarde realmente debió intentar suicidarse y no lo consiguió, pues había una señal de bala en su sien aunque, no debió ser fatal dado que le encontraron ahogado en el pantano. ¿Cree que pudo haberse herido a propósito, para que la policía dejara de buscarle?
-Es posible -dijo De Grandin poniéndose en pie_ Señora, tenemos con usted una deuda y esta noche hemos conseguido ahorrarle un último dolor. Adiós y gracias…
Le rozó la mano con los labios, y salió. Desde afuera oímos:
-Yo y los míos… Ya no existen. ¡Todos han muerto, todos!_
-Pobre murmuró De Grandin -. ¡Hay que pedir por ellos, aunque ella no lo sepa!
-¿Y ahora qué? -le pregunté, secándome los ojos con mi pañuelo. El francés tampoco ocultó sus lágrimas.
Vaya a casa, -me ordenó-. Yo hablaré con el cura de esa iglesia griega. Espero que crea en mi historia. Si no, deberemos tomar el asunto por nuestra cuenta… ! ! Nos espera una noche muy atareada, amigo!_
Cuando volvió contó cómo le había oído en sus «misiones».
-Carajo -exclamó mientras liquidaba su sexto sanguche de cordero y vaciaba su octava copa de vino ese cura Apostolakos, no tiene ni un pelo de tonto. No es de esos curas huecos que no saben nada; este es un tipo versado en lo oculto, pude hablar bien con él. Nos ayudará
-¿Hum? -comenté yo, masticando.
-Si -replicó De Grandin, -. Exactamente,… El cura es la autoridad en los asuntos eclesiásticos, y mañana dará las órdenes necesarias sin tener que obtener «permiso» del respetable clan Palenzke. Bien, vamos_
-¿Adónde?- le pregunté.
-A la casa del joven Rochester. Quiero volver a hablar con él_
Antes de salir, vi cómo sacaba un pequeño paquete del bolsillo de su chaqueta y lo metía en el del abrigo.
-¿Qué es eso? -pregunté.
-Algo que me ha prestado el cura. Espero no utilizarlo, pero quizá nos sea útil_
Una tenue neblina atravesaba las calles. De Grandin señaló una luz del séptimo piso.
-Es su habitación -me informó-. ¿Tendrá visitas a esta hora?..Me parece mejor presentarnos por sorpresa_
De Grandin golpeó la puerta, y oímos pisadas al otro lado. El joven Rochester estaba en pijama con la cabellera un tanto desordenada, pero no parecía adormilado ni tampoco contento de vernos.
-Creo que no nos esperaba -anunció De Grandin Tenga la bondad de hacerse a un lado y dejarnos entrar_
-No pueden ahora -dijo el joven-. En este momento me es imposible… Quizá mañana…
– Ja, ja -le interrumpió el pequeño francés_ dieron la medianoche hace una hora_.
Pasó junto al muchacho y llegó a una sala elegante. Un olor a cigarrillos flotaba en el aire, mezclado con aroma de heliotropo. De Grandin olisqueó el aire. Delante de la entrada había un arco De Grandin fue hacia él con la mano derecha metida en el bolsillo y aquel bastón que yo sabía, ocultaba una espada.
-¡De Grandin! -protesté al ver que entraba como si fuese el amo del lugar.
-No -le advirtió el muchacho_ No debe…
Los cortinajes se separaron y una chica apareció con una cabellera que fluía cayendo sobre sus hombros. Un piececito descalzo mostraba el azul de sus venas. Al ver al francés tragó aire, y lo contempló como si fuera una serpiente…
-Bien -jadeó, el traje se tensaba sobre sus senos-_ ¡Así que lo sabe! Temía que lo descubriera, pero…
Continúa en la próxima edición
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