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Abr 01, 2018 La Quinta Pata Opinión Comentarios desactivados en Cambridge Analytica no abusó de la industria de la felicidad – la usó como se suponía que debía hacerlo
Ahora que los medios están inundados de informes y comentarios sobre Cambridge Analytica, se ignora una pieza clave del asunto: el contexto de esta Cambridge Analytica deja en claro de qué manera la fría manipulación y el cuidado del bienestar humano y el amor son dos caras de la misma moneda. Tamsin Shaw señaló recientemente el papel central que jugaron investigadores de la felicidad, como “el Proyecto de Bienestar Mundial, un grupo del Centro de Psicología Positiva de la Universidad de Pennsylvania que se especializa en el uso de macrodatos con el fin de medir la salud y felicidad para mejorar el bienestar”; luego está “Alexandr Kogan, que también trabaja en el campo de la psicología positiva y ha escrito artículos sobre felicidad, benevolencia y amor (de acuerdo a su currículum, le dio a un temprano trabajo suyo el título, ‘Por la madriguera del conejo: una teoría del amor unificada’)”.
¿Por qué una investigación sobre la auténtica felicidad y el bienestar despierta tanto el interés de las agencias de inteligencia y de los contratistas de defensa? El vínculo no se impone externamente sobre las ciencias del comportamiento por manipuladores políticos malvados pero sí está implícito por sus inmanentes orientaciones: el objetivo es descubrir “medios por los cuales podamos ser ’empujados’ con suavidad en la dirección de nuestro verdadero bienestar tal como los psicólogos positivos lo entienden”. El “empujoncito” no hace que los sujetos superen sus “irracionalidades”: las ciencias del comportamiento contemporáneas “apuntan a explotar nuestras irracionalidades” porque nos ven “como sujetos manipulables más que como agentes racionales”.
Todo eso ha tenido una extensa cobertura en los medios de la cual nos queda una imagen aterradora de las nuevas formas de control social que hacen del viejo totalitarismo del siglo XX una máquina más bien primitiva y torpe. Para apreciar este control en toda su extensión deberíamos desplazarnos, más allá del vínculo entre corporaciones privadas y partidos políticos, hacia la interpretación del procesamiento de datos de compañías como Google o Facebook y de las agencias estatales de seguridad. El mayor logro del nuevo complejo cognitivo-militar es que la opresión obvia y directa ya no es necesaria: a los individuos se los controla mejor con “empujoncitos” en la dirección deseada mientras que ellos continúan percibiéndose a sí mismos como agentes libres y autónomos en sus propias vidas.
Pero estos son datos bien conocidos, por lo que debemos dar un paso extra. No es suficiente desmitificar la pretendidamente inocente investigación sobre la felicidad y extraer el gigantesco y apañado complejo de control social y manipulación que utiliza. Lo que también se necesita es un movimiento opuesto: debemos focalizar en la forma misma. ¿Es el tópico de la investigación científica sobre el bienestar humano y la felicidad (al menos en la forma en que se practica hoy) en realidad tan inocente?, ¿o ya está en sí misma impregnada por una postura de control y manipulación? ¿Qué pasa si aquí la ciencia no solo está mal utilizada sino que halla su uso apropiado? Es necesario cuestionar el reciente incremento del interés en la nueva disciplina de estos “estudios de la felicidad”.
Como suele suceder, Bután, un país en desarrollo del tercer mundo, explicó en detalle las absurdas consecuencias socio-políticas de la noción de felicidad: hace dos décadas, el reino de Bután decidió enfocarse en el Producto Nacional de Felicidad (PNF) en vez del Producto Nacional Bruto (PNB); la idea original fue del ex rey Jigme Singye Wangchuck que buscó conducir a Bután al mundo moderno en tanto preservaba su identidad única. El joven rey de 27 años, educado en Oxford, encargó a una agencia estatal calcular el nivel de felicidad de los 670.000 habitantes de su reino. Los que siguen son los principales indicadores que se identificaron: bienestar psicológico, salud, educación, buen gobierno, estándar de vida, vitalidad comunal y diversidad ecológica: si alguna vez hubo alguno, de esto se trata el imperialismo cultural duro y puro. Con razón dos décadas atrás se llevó a cabo una limpieza étnica porque se había “descubierto” que la presencia de una fuerte minoría no-budista era un obstáculo para la felicidad de la mayoría budista. Tendríamos que animarnos a dar aún otro paso e inquirir el lado oculto de la mera noción de felicidad – ¿cuándo, exactamente, se puede decir que un pueblo es feliz?
En un país como Checoslovaquia en los años 70 y 80, la gente de alguna manera era feliz: tres condiciones de felicidad se cumplían allí. En primer lugar, las necesidades materiales estaban básicamente satisfechas – no muy satisfechas, ya que el exceso de consumo puede en sí generar infelicidad. Está bien experimentar una pequeña escasez de algunos productos en el mercado de vez en cuando (café por un par de días, luego carne, después televisores): estos breves periodos de escasez funcionaban como excepciones que le recordaban a la gente que deberían sentirse contentos que estos productos, por lo general, estuviesen disponibles. La vida entonces continuaba de un modo predecible y regular sin grandes esfuerzos ni perturbaciones y a cada uno le era permitido al final de la jornada replegarse a la tibieza cotidiana de su intimidad.
En segundo lugar al Partido Comunista se lo culpaba convenientemente por todo lo que salía mal, cosa de que uno no se sintiera responsable – si había escasez temporaria de algún producto, aún si la razón de la escasez fuese una tormenta furiosa que causara gran daño, la culpa la tenía de todos modos el partido.
Tercero, pero no último, había un Lugar Otro (el occidente consumista) acerca del cual a uno le permitían soñar y hasta visitarlo algunas veces – este lugar estaba a la distancia adecuada, ni muy lejos ni muy cerca. Este frágil balance se perturbó – ¿por qué cosa? Por el deseo, precisamente. El deseo fue la fuerza que impulsó a la gente a ir más allá – y terminó en un sistema en el que la gran mayoría es definitivamente menos feliz.
La felicidad es algo confuso e inconsistente – recordar la respuesta proverbial del inmigrante alemán en Estados Unidos a quien al preguntársele “¿es usted feliz?” contestó “sí, sí, soy muy feliz, aber gluecklich bin ich nicht…” [N. del T.: pero no estoy feliz] Es una categoría pagana porque para los paganos el objetivo en la vida es vivir una vida feliz – no por nada el Dalai Lama mismo ha tenido tanto éxito en tiempos recientes predicando por el mundo el evangelio de la felicidad; el mayor eco de su prédica se encuentra precisamente en los Estados Unidos, último imperio de (búsqueda de) la felicidad. En nuestra vida diaria, (nos hacemos los que) deseamos cosas que en realidad no deseamos. Es así que al final lo peor que nos puede pasar es que obtengamos lo que oficialmente deseamos. La felicidad entonces es inherentemente hipócrita: es la felicidad de soñar acerca de cosas que realmente no queremos. ¿No encontramos una demostración similar en mucho de las acciones políticas de las izquierdas? En el Reino Unido muchos izquierdistas admiten en privado que la casi victoria del Partido Laborista en las últimas elecciones fue lo mejor que les pudo haber pasado, mucho más ventajoso que la inseguridad de lo que podría haber devenido en el gobierno laborista al intentar implementar su programa.
Lo mismo podría acontecerle a un eventual triunfo de Bernie Sanders: ¿cuáles habrían sido sus chances contra la embestida del gran capital? La madre de todas estas muestras es la intervención soviética en Checoslovaquia que aplastó la Primavera de Praga y su ilusión de un socialismo democrático. Sin esta intervención, el gobierno “reformista” tendría que haberse confrontado con el hecho de que no había posibilidad real de un socialismo democrático en ese momento histórico por lo que habría tenido que optar entre la reafirmación del control del Partido o permitir que Checoslovaquia se convirtiese en uno más de los países liberales del capitalismo democrático.
La intervención soviética salvó a la Primavera de Praga pero solo como un sueño, es decir, como una esperanza de que, sin la intervención, hubiese emergido una nueva forma de socialismo democrático. ¿No ocurrió algo parecido en Grecia cuando el gobierno de Syriza organizó el referéndum contra las presiones de Bruselas para que se aceptaran las medidas de austeridad? El gobierno secretamente se esperanzaba en perder el referéndum, en cuyo caso hubiese renunciado y dejado a otros que realicen el trabajo sucio de la austeridad. Como ganó, la tarea le cayó al gobierno y el resultado implicó la auto-destrucción de la izquierda radical en Grecia. Sin ninguna duda, Syriza hubiese sido mucho más feliz si perdía el referéndum.
De vuelta al punto de partida: no solo estamos controlados y manipulados; la gente “feliz” secreta e hipócritamente aun exige ser manipulada para su propio bien. La verdad y la felicidad no pueden ir juntas – la verdad duele, atrae inestabilidad, arruina el flujo dócil de la vida diaria. La elección es nuestra: ¿queremos ser felizmente manipulados o exponernos por nosotros mismos a los riesgos de la auténtica creatividad?

The Independent, 27 – 03 – 18,
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