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Oct 08, 2017 La Quinta Pata Mundo Comentarios desactivados en Detesto nuestros monumentos confederados, pero deberían permanecer
Como antropólogo que ha estudiado el significado de monumentos y espacios sagrados en otras culturas, la reciente controversia y violencia en torno a los monumentos confederados ha sido éticamente desafiante. Amo mi país, y parte de mi responsabilidad profesional es fomentar la tolerancia. También he trabajado con nuestros militares para ayudar a desbaratar a Estado Islámico, una organización que instituyó en nuestro tiempo la esclavitud. Como tal, detesto el legado de división, intolerancia y esclavitud que aquellos monumentos representan. Pero pienso que deberían permanecer.
En los 80, trabajé como arqueólogo en las ruinas mayas de Centroamérica y vi cómo monumentos para sus gobernantes fueron repudiados durante la tumultuosa caída de su civilización. De modo similar, el faraón egipcio Ajenatón repudió y destruyó estatuas de los dioses egipcios más tempranos en su reforma religiosa de hace 3.300 años, y los conquistadores españoles destruyeron monumentos y santuarios aztecas e incas en su guerra contra la idolatría en el Nuevo Mundo.
Y hay un montón de ejemplos de profanación de monumentos en el siglo XXI. Los talibanes dinamitaron los Budas de Bamiyán en Afganistán, en 2001; auxiliamos a los iraquíes en el derribo de la estatua de Saddam Hussein en la plaza Firdos, en 2003; y nada puede compararse con la escala de destrucción de monumentos a manos de Estado Islámico.
La simple remoción y traslado de monumentos para que estén fuera de vista, tampoco es algo nuevo. El Imperio incaico de Sudamérica removió íconos de los dioses de los pueblos conquistados y los mantuvo efectivamente como rehenes en un templo de Cuzco, la capital incaica. En nuestro tiempo, el gobierno ruso pos-soviético removió muchas estatuas de Lenin y otros, que ahora se hallan en el parque artístico Muzeon de Moscú.
El pueblo actúa efectivamente como si la destrucción de un monumento exorcizara su poder y la remoción ahuyentara el poder de su interior. Pero estas piezas de metal y piedra sólo tienen el significado que nosotros le asignamos, y ese significado puede adquirir alguna forma que nos guste. Pueden ser reverenciados o injuriados; honrados o ridiculizados; o cooptados para un nuevo propósito.
Entiendo que los monumentos confederados sean una afrenta para aquéllos cuyos ancestros fueron retenidos como esclavos o murieron preservando nuestro país, y para aquéllos que hoy sufren el racismo y se oponen a él. Sin embargo, destruir monumentos es emular al populacho a lo largo de los siglos, rebajándose uno a ese plano moral.
Además, remover estatuas confederadas contribuye a blanquear nuestra historia, alejando nuestras cabezas de las verdades inconvenientes de nuestro pasado. Deberíamos dejar que sigan en pie, y usarlas para recordarnos lo que somos y no somos, el costo que nuestros antepasados pagaron por nuestra libertad; y también usarlas para educar a nuestros hijos.
Y los hechos son claros: el Sur se separó de los Estados Unidos debido al asunto de la esclavitud. Muchos estadounidenses, por aquel tiempo, creían en la superioridad de los europeos sobre los africanos. Los propietarios de esclavos utilizaron esa creencia para justificar la posesión y el abuso de millones de seres humanos. A fines del siglo XIX, fue inaugurada la era de Jim Crow, con su conculcación de los derechos de los negros; y continuó hasta los años 50. Este período fue testigo (especialmente entre 1900 y 1930) del mayor pico que registró la construcción de monumentos en honor a la Confederación. Un pico menor ocurrió entre 1954 y 1968, en reacción al movimiento de derechos civiles.
La guerra de Secesión fue la guerra más devastadora jamás librada por nuestra nación. Murieron en ella casi tantos estadounidenses como en todas las otras guerras nuestras juntas. Los estadounidenses nunca pagaron tan caro por su país, y por lo que iba a ser. En lo que respecta a la lucha contra la ideología racista, la Segunda guerra mundial demandó 400 mil vidas estadounidenses. Estas dos guerras vendrían a representar el 80% de la sangre derramada por nuestro país.
Los monumentos de la guerra civil dan un testimonio constante de toda esa historia, y ninguno de ellos debiera ser olvidado. Los monumentos deberían permanecer, y deberíamos acordarnos constantemente de lo que representan.
Cuando los racistas reverencien esos monumentos, aquellos de nosotros que nos oponemos al racismo deberíamos redoblar nuestros esfuerzos para usar esos monumentos como herramientas de educación. Auschwitz y Dachau subsisten como testimonios mudos de un pasado que los europeos no quisieran jamás olvidar o repetir. ¿Por qué no nuestros monumentos confederados?
Destruir o remover monumentos es el camino más fácil para desentendernos de nuestra obligación de comprender nuestro pasado y mejorar nuestro futuro. Los monumentos al racismo de nuestra nación pueden ser tanto una herramienta para contrarrestarlo como una herramienta para fomentarlo. La opción y la obligación son nuestras.
Lawrence A. Kuznar
NOTA.— El autor es profesor de antropología en Indiana University-Purdue University Fort Wayne (IPFW). La presente columna de opinión salió publicada el viernes 18 de agosto de 2017 en The Washington Post. Traducción: Federico Mare.
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