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Oct 08, 2017 Federico Mare Recomendada Comentarios desactivados en Los monumentos confederados en debate: una crítica a Lawrence A. Kuznar
La tragedia virginiana de Charlottesville, y la ola de remociones y vandalizaciones de monumentos confederados que esta trajo aparejada (véase mi artículo La tragedia de Charlottesville y la campaña contra los monumentos confederados), han generado un gran debate público en los Estados Unidos. La polémica se instaló en la sociedad civil, la tribuna política, los medios de comunicación y el campo intelectual, crispando los ánimos y polarizando las opiniones. Una querella en la que Trump, con sus picantes declaraciones a bocajarro, se vio envuelto desde la primera hora.
Muchos historiadores, politólogos y otros cientistas sociales han intervenido en este debate, publicando columnas de opinión en diversos periódicos, tanto a favor como en contra de la desmonumentalización de la Lost Cause (para una explicación de este concepto, consúltese mi ensayo La causa perdida de la Confederación: anatomía de un mito reaccionario). La tónica general de estas intervenciones públicas ha sido, grosso modo, la siguiente:
a) Los intelectuales conservadores han defendido la preservación de los monumentos confederados, alegando que son simples tradiciones, reliquias inofensivas, un inocuo legado cultural del pasado, y de ningún modo símbolos asociados al racismo o la segregación.
b) Los intelectuales liberales se han pronunciado a favor de la desmonumentalización, siempre y cuando ésta se haga por vía legal y de manera pacífica, trasladando las esculturas o placas conmemorativas a algún museo público o galería privada (o sea, remociones sí, vandalizaciones no).
c) Los intelectuales radicales (de izquierda) también apoyan el retiro de monumentos confederados, igual que los liberales, pero sin lanzar anatemas morales contra las acciones iconoclastas populares (derribos con sogas, pintadas con grafitis, etc.).
No se han registrado mayores sorpresas en las líneas argumentativas de estas tres posiciones ideológicas, de estas tres políticas de la memoria. Hubo, sin embargo, una nota discordante, y ella generó no poco revuelo: la curiosa y controvertida columna de opinión que el antropólogo Lawrence A. Kuznar, profesor de la Indiana University-Purdue University Fort Wayne (IPFW), publicó en The Washington Post, el pasado 18 de agosto. Su título ya lo dice todo: I detest our Confederate monuments. But they should remain, esto es, “Detesto nuestros monumentos confederados, pero deberían permanecer”. Básicamente, un liberal dándoles la razón a los conservadores, para no pasar por radical. Traduje el artículo al castellano, por si el público lector de La Quinta Pata desea leerlo: «Detesto nuestros monumentos confederados, pero deberían permanecer«
Personalmente, no concuerdo para nada con la tesis de Kuznar. Es de un posmodernismo demasiado rebuscado, retorcido. Sus argumentos, por lo demás, me resultaron muy endebles y capciosos. No obstante, me pareció interesante traducir y difundir su columna, habida cuenta la originalidad y «heterodoxia» de su planteo, y el alboroto que causó.
A continuación, procederé a citar y glosar aquellos pasajes del texto que encuentro objetables. Por razones de claridad, rigor y comodidad, seguiré el mismo orden expositivo del autor.
1) “He trabajado con nuestros militares para ayudar a desbaratar a Estado Islámico, una organización que instituyó en nuestro tiempo la esclavitud”.
Si para refutar la tesis kuznariana, me aferrara a ese enunciado sin filtro tan poco feliz, tan indigesto, lo que estaría haciendo es, a todas luces, incurrir en una falacia ad hominem. La validez o invalidez de una idea –se sabe desde Aristóteles– no depende de las circunstancias personales de quien la sostiene, sino de los argumentos –sólidos o endebles– esgrimidos a su favor. Pero me resulta francamente imposible pasar por alto semejante afirmación patriotera y lamebotas de Kuznar, por más que el cuestionarla nada aporte a la discusión general. Tómese, pues, lo que diré en el próximo párrafo como una digresión, no como una refutación.
Tiene razón nuestro autor en afirmar que Estado Islámico ha reimplantado la esclavitud en los territorios de Medio Oriente que se hallan bajo su control. Pero como toda verdad a medias, su valor político y ético de denuncia resulta bastante dudoso… Kuznar no atina a preguntarse, en ningún momento, cómo es posible que ese monstruo llamado Estado Islámico (y no pongo en tela de juicio que lo sea) haya emergido y crecido tanto. Si lo hiciera, y estuviera dispuesto a buscar respuestas a fondo (léase: con honestidad y espíritu crítico), descubriría que ha sido su patria misma, su adorable America, la que, con ese intervencionismo imperial que tanto la caracteriza, ha provocado el surgimiento y la expansión del mismo mal que ahora combate a ultranza. No es un detalle menor. El Tío Sam no tiene legitimidad moral para liderar ninguna «cruzada democrática» contra la opresión de Estado Islámico.
2) “Auxiliamos a los iraquíes en el derribo de la estatua de Saddam Hussein en la plaza Firdos, en 2003”.
Kuznar hace esta aseveración al enumerar distintos ejemplos históricos de iconoclastia, como la reforma religiosa del faraón Ajenatón en el Reino Nuevo, o el colapso de la civilización maya del período clásico. Es sintomático que después, al llegar al meollo de su columna, él olvide olímpicamente dicha referencia, como tendremos oportunidad de constatar.
3) “El pueblo actúa efectivamente como si la destrucción de un monumento exorcizara su poder y la remoción ahuyentara el poder de su interior”.
Nuestro autor monta aquí un muñeco de paja. Apresurado por llevar agua a su molino, simplifica sobremanera la práctica cultural del aniconismo. La iconoclastia y el retiro de monumentos no necesariamente responden a un fetichismo tan elemental, tan básico. En el caso puntual de la desmonumentalización de la Lost Cause, que es el que nos compete, resulta evidente que la motivación principal no está dada por la «superstición». La creencia mágico-religiosa según la cual ciertos objetos poseen un poder sobrenatural o preternatural que, bajo determinadas circunstancias, se vuelve imperioso exorcizar, ahuyentar, es propia de comunidades de matriz más tradicional, inmersas en lo sagrado, vale decir, sociedades que no han experimentado lo que Max Weber llamó Entzauberung der Welt, «desencantamiento del mundo».
Claramente, no es este el caso de la sociedad norteamericana, una sociedad fuertemente secularizada (más allá de sus bolsones de fundamentalismo cristiano y misticismo New Age). Y aunque sí lo fuera en general, no sería el caso en particular de los grupos desmonumentalizadores, cuya ideología radical/liberal no representa un campo fértil para el pensamiento mágico. Kuznar extrapola a la cultura occidental contemporánea, con excesiva ligereza, categorías de análisis que utiliza en su labor etnográfica, sin tomar en cuenta las enormes diferencias que existen entre –por ej.– un activista de izquierda, o de derechos humanos, en una gran ciudad como Baltimore o Austin, y un campesino aymara de los Andes centrales. Su planteo está viciado por una falsa analogía.
4) “Pero estas piezas de metal y piedra [se refiere a los monumentos] sólo tienen el significado que nosotros le asignamos, y ese significado puede adquirir alguna forma que nos guste. Pueden ser reverenciados o injuriados; honrados o ridiculizados; o cooptados para un nuevo propósito”.
¡Desde luego que sí! ¡Vaya verdad de Perogrullo! Nada, nada de nada, posee un valor positivo o negativo per se en este gigantesco caleidoscopio que es la sociedad humana. No sólo los monumentos, sino todo, completamente todo, tiene un sentido relativo al interior de este complejísimo y dinámico multiverso que es la cultura. Por ende, las personas y los grupos sociales podemos modificar, redefinir, reestructurar, las relaciones de significación, esto es, los nexos existentes entre el campo de los significantes y el campo de los significados, tanto en el plano de la denotación como de la connotación. Poder, podemos, claro. Kuznar no se equivoca en este punto. Pero la pregunta que hay que hacerse –y que él no se hace– es si deberíamos hacerlo. He aquí el meollo de la cuestión.
La libertad hermenéutica existe, no hay discusión posible. La potencialidad de reinterpretar y revalorar, de resignificar, es un atributo incontrastable de nuestra condición humana. El devenir histórico, con sus innumerables transiciones y rupturas, así lo prueba; igual que lo prueba, también, la exuberante diversidad cultural de nuestro presente. Ahora bien: ¿cuándo ejercer la libertad hermenéutica? ¿Cuándo poner en acto la potencia semiótica de la resignificación? ¿Siempre, en todos los casos? ¿O sólo a veces? Son interrogantes cruciales que Kuznar no se formula.
5) “Entiendo que los monumentos confederados sean una afrenta para aquéllos cuyos ancestros fueron retenidos como esclavos o murieron preservando nuestro país, y para aquéllos que hoy sufren el racismo y se oponen a él. Sin embargo, destruir monumentos es emular al populacho a lo largo de los siglos, rebajándose uno a ese plano moral”.
Kuznar saca a relucir, en este pasaje, todo su prejuicio elitista y pacato –típico de un intelectual burgués– contra la rebelión popular, contra la irrupción espontánea de las clases subalternas en el espacio público. Le incomoda, le desagrada, le inquieta, le aterra, la acción directa de masas. Tal es el clasismo del antropólogo estadounidense, que no duda en utilizar la palabra peyorativa mob –con un largo y siniestro historial en la tradición oligárquica de la derecha anglosajona–, ni en sermonearnos con su pedagogía cívica de «orden y paz» al servicio del status quo. Protestar, luchar contra la injusticia, es –según su particular punto de vista–degradarse al nivel moral de los opresores, rebajarse a la ruindad de los victimarios…
¿Ignora Kuznar que los Estados Unidos de América nacieron de una revolución, vale decir, de un acto ilegal y violento contra el orden colonial británico? ¿Desconoce nuestro autor que el proceso independentista de las Trece Colonias registró numerosas acciones directas, motines y revueltas de la plebe urbana? La Revolución norteamericana, que dio vida a la primera república soberana del continente (la segunda fue Haití), no fue traída por la cigüeña de la paz y la legalidad. Fue parida con la guerra y la subversión. Sin violencia, sin desobediencia civil, los Estados Unidos que tanto admira y ama Kuznar no existirían.
El antropólogo norteamericano mide con doble vara. Se rasga las vestiduras porque los iconoclastas anticonfederados hoy transgreden la ley y alteran la paz, pero se «olvida» de que sus antepasados hicieron lo mismo, y a una escala infinitamente mayor. ¿Acaso vamos a comparar la ilegalidad y violencia menudas de vandalizar una estatua, un obelisco o una placa conmemorativa, con la ilegalidad y violencia generalizadas de un estallido revolucionario que destruyó todo un orden político, y que derivó en una sangrienta guerra de ocho años que provocó, amén de inconmensurables pérdidas materiales, más de cien mil muertos? Kuznar, con su memoria tan caprichosamente selectiva, nos está tomando el pelo.
6) “Además, remover estatuas confederadas contribuye a blanquear nuestra historia, alejando nuestras cabezas de las verdades inconvenientes de nuestro pasado. Deberíamos dejar que sigan en pie, y usarlas para recordarnos lo que somos y no somos, el costo que nuestros antepasados pagaron por nuestra libertad; y también usarlas para educar a nuestros hijos”.
¡Qué retorcido es el pensamiento de Kuznar! Los monumentos confederados deben –aduce– permanecer ad æternum, por los siglos de los siglos. ¿Por qué? Porque de lo contrario, correríamos el riesgo de olvidar el horror de la esclavitud y la segregación racial. Pero, ¿acaso no hay otro modo de evitar la amnesia colectiva? ¿No existe un camino alternativo –menos tortuoso– para ejercitar nuestra memoria, uno que no conlleve esa suerte de masoquismo identitario que preconiza el autor? Claro que lo hay, y es muy sencillo: la desmonumentalización. Las estatuas, los obeliscos y las placas conmemorativas de la Lost Cause pueden ser trasladados a museos, y puestos allí en exhibición. Pero ya no como monumentos merecedores de honra ciudadana, sino como piezas de arte y/o testimonios históricos susceptibles de apreciación estética, análisis científico o reflexión crítico-política. Desmonumentalizar no significa suprimir, borrar de la memoria. Significa bajar del pedestal privilegiado de la exaltación cívico-patriótica. La distinción no es baladí. No representa ninguna sutileza semántica ni casuística, aunque Kuznar crea fervientemente lo contrario.
Echemos mano a ese infalible método refutatorio que es la reductio ad absurdum, la reducción al absurdo. Si hemos de atenernos con rigurosa coherencia al criterio del autor, los hijos de una mujer violada y asesinada –por caso– estarían obligados a conservar en una vitrina los instrumentos usados por el victimario (la soga con que maniató a la víctima, el arma con que la mató, etc.), a los efectos de no olvidar ni perdonar el crimen. Salta a la vista lo absurda, ridícula y malsana que es esta nemotecnia kuznariana.
Si alguien nos escupe en la cara, o nos orina desde un balcón, deberíamos, en vez de enojarnos, simplemente resignificar ese acto como un saludo cordial, o como un gesto de afecto. Si un hibakusha de Hiroshima enfermo de cáncer recibe de regalo, en su lecho de muerte, una réplica en miniatura de Little Boy (la bomba atómica que destruyó su ciudad, su familia, su salud y su felicidad) haría mejor en alegrarse, que en ofenderse…
Otro botón de muestra: en Auschwitz, los prisioneros eran tatuados en la parte superior izquierda del pecho con sus respectivos números de serie, como si fuesen cabezas de ganado. Supongamos que un judío sobreviviente, preludiando la Posguerra, quisiera quitarse ese tatuaje humillante a través de una cirugía estética. ¿Sería ético que el hospital al cual acude se rehusara a hacer esa operación, y que le sugiriera al paciente, como alternativa «superadora», que resignificara a su gusto el número de serie grabado en su cuerpo por los nazis? La ocurrencia posmoderna de Kuznar es un delirio. No resiste ningún análisis serio.
La semiosis nunca discurre en abstracto. Jamás se desenvuelve en el vacío. Siempre tiene un contexto social que la condiciona, que le impone límites y presiones. La libertad hermenéutica del sujeto existe, pero no es absoluta, ilimitada. Se la ejerce dentro de una cultura heredada, donde existen –objetivamente– atávicas tradiciones, densos entramados de creencias y valores, sólidas estructuras de poder, determinadas correlaciones de fuerza entre los distintos grupos sociales.
No se puede pretender, verbigracia, que la comunidad judía, de buenas a primeras, haga tabula rasa de su traumático pasado reciente. No le podemos pedir que se olviden del nazismo, del Holocausto, y vean en la cruz esvástica tan sólo un símbolo inofensivo de la antiquísima religión hinduista. La cultura no es inmutable, cierto. Puede y debe cambiar. Pero tampoco es maleable como una plastilina.
Dejemos de lado las situaciones hipotéticas, y examinemos ahora un ejemplo histórico netamente real. Será, sin duda, un mejor parangón. Al concluir la Segunda guerra mundial, ¿se debió haber dejado en pie la totalidad de los edificios y monumentos del Reich hitleriano, para así no olvidar el horror de la Shoá, ni perdonar a los nazis genocidas? Evidentemente no. Las demoliciones y vandalizaciones fueron inevitables, necesarias como el aire que respiramos, un enérgico acto de reparación, de justicia simbólica.
Reclamar a las víctimas que convivan con el «legado» monumental impuesto por los victimarios es algo muy perverso, de ribetes sádicos. Y eso es, precisamente, lo que Kuznar le propone hoy a la sufrida comunidad afroamericana de su país. Lo hace en nombre de una memoria hipertrofiada e hipostasiada, totalmente reñida con la vida y la libertad, con la dignidad y la salud mental. Una memoria con tales características es tan nefasta como la desmemoria.
Kuznar alega que varios campos de concentración y exterminio del nazismo fueron sabiamente reconvertidos en museos del Holocausto (por ej., el de Auschwitz-Birkenau, en Polonia, inaugurado hacia 1947, y declarado en 1979 patrimonio de la humanidad por la UNESCO; también el de Dachau, en Baviera, muy cerca de Múnich, abierto en 1965). Verdad a medias: esos lieux de mémoire, esos «lugares de memoria» –parafraseando a Pierre Nora–, nada tienen que ver con los monumentos confederados. No son memoriales de glorificación, de autobombo cívico-patriota, sino memoriales contra la barbarie fascista, contra el terrorismo de estado. Nacieron con un sentido crítico, con un claro propósito de repudio. Su pathos no es el panegírico, sino el nunca más. Por lo demás, dichas construcciones no habían sido monumentos durante el nazismo. No hubo, por consiguiente, que resignificarlas, que reinterpretarlas. Muy distinto es el caso de las estatuas, los obeliscos y las placas conmemorativas en honor al Viejo Sur secesionista, ya que siempre fueron monumentos confederados, desde un principio. Fueron concebidos y erigidos con ese sentido y propósito encomiásticos, como el propio Kuznar reconoce explícitamente en su columna.
Pero, ¿con qué derecho, con qué autoridad moral, podemos pedirles a las minorías afroestadounidenses que descienden de esclavos, o de víctimas del Ku Klux Klan (las cuales todavía hoy padecen en carne propia el flagelo del racismo), que resignifiquen alegremente los monumentos confederados, en un contexto social –sobre todo en el Sur Profundo– donde las mayorías blancas siguen interpretando tales monumentos como homenajes épicos a la Lost Cause? ¿Por qué Kuznar no les pide ese gesto de abnegación, ese esfuerzo semiótico casi sobrehumano, a los blancos supremacistas? Ellos también tienen la capacidad y libertad hermenéuticas necesarias para resignificar los monumentos confederados, para dejar de considerarlos la quintaesencia de la identidad regional sureña. Lo justo sería, indudablemente, que el sacrificio lo hicieran quienes descienden de los esclavistas, segregacionistas y klansmen, no quienes descienden de los esclavos y las víctimas del KKK. Que sean, pues, los sectores blancos supremacistas, no los segmentos afroamericanos, los que tengan la «flexibilidad adaptativa», la «apertura mental» para resignificar positivamente –como actos de desagravio histórico– las remociones y vandalizaciones de monumentos confederados.
Kuznar, al comienzo de su columna, menciona al pasar: “auxiliamos a los iraquíes en el derribo de la estatua de Saddam Hussein en la plaza Firdos, en 2003”. Resulta por demás sugerente que se haya abstenido de criticar este acto iconoclasta. ¿No debieron las multitudes bagdadíes y las tropas norteamericanas, en vez de derribar la estatua del dictador, resignificarla como memento aleccionador de un pasado oscuro que no hay que repetir jamás? Kuznar es demasiado antojadizo en su conservacionismo cultural como para que podamos tomarlo en serio. ¿Se pueden quitar los monumentos baasistas de Saddam Hussein en Irak, pero no los monumentos confederados del Gral. Lee en Norteamérica? ¿Por qué? No hay ningún criterio lógico detrás de esta disparidad.
7) “La guerra de Secesión fue la guerra más devastadora jamás librada por nuestra nación. Murieron en ella casi tantos estadounidenses como en todas las otras guerras nuestras juntas. Los estadounidenses nunca pagaron tan caro por su país, y por lo que iba a ser. En lo que respecta a la lucha contra la ideología racista, la Segunda guerra mundial demandó 400 mil vidas estadounidenses. Estas dos guerras vendrían a representar el 80% de la sangre derramada por nuestro país”.
Otra muestra de la sofística kuznariana. Nuestro autor, haciendo gala una vez más de su patrioterismo, da a entender que todos los soldados estadounidenses fallecidos en la guerra de Secesión y la Segunda guerra mundial son héroes de la lucha contra el racismo (supremacismo blanco, antisemitismo, eslavofobia, ideología hakkō ichiu). Esto es falso. El 44% de los soldados fallecidos en la guerra de Secesión pertenecían al bando confederado, es decir, al bando esclavista. Por lo demás, un altísimo porcentaje de los jóvenes estadounidenses que se enrolaron para combatir en la Segunda guerra mundial –quizás la mayoría– lo hizo por razones meramente patrióticas o nacionalistas, a saber: castigar a Japón por su ataque a Pearl Harbor. De hecho, los Estados Unidos recién entraron en la contienda a fines del 41, tras dicha agresión militar. Si hubiesen primado realmente consideraciones humanitarias como la lucha contra el genocidio, y no sentimientos revanchistas, dicha potencia debió haber iniciado hostilidades contra el Eje mucho tiempo antes (la masacre de Nankín fue en diciembre de 1937; la Noche de los Cristales Rotos, en noviembre de 1938; y la invasión germana de Polonia, en septiembre de 1939).
Kuznar remata su columna sugiriendo que los monumentos confederados “deberían permanecer”, que “deberíamos acordarnos constantemente de lo que representan” y “redoblar nuestros esfuerzos” para usarlos “como herramientas de educación”, tal como se ha hecho con “Auschwitz y Dachau […], testimonios mudos de un pasado que los europeos no quisieran jamás olvidar o repetir”. A la luz de todo lo argumentado en este análisis crítico, queda evidenciado que la propuesta del antropólogo norteamericano conduce –quiéralo o no, sépalo o no– a una revictimización de las minorías afrodescendientes de su país. Otrora víctimas de la trata y la esclavitud, de las leyes segregacionistas de Jim Crow y del accionar terrorista del Ku Kluk Klan, ahora se las coloca –colmo de los colmos– en el antipático papel de turbas irracionales y violentas que no respetan la ley, o bien, en el mejor de los casos, de personas rígidas que no han tenido la perspicacia necesaria para darse cuenta que la «panacea» no es la destrucción o remoción de los monumentos confederados, sino su resignificación…
Tal vez el problema sea otro. Quizás sea que Kuznar, en el fondo, no detesta tanto los monumentos confederados como dice…
Con pseudoprogresistas como el autor que aquí hemos puesto bajo la lupa, la población negra de los Estados Unidos todavía estaría languideciendo en las plantaciones de algodón, puesto que, en lugar de abolir la esclavitud, bien se pudo haberla reinterpretado de tal modo que no fuese percibida como algo ultrajante, inhumano y opresivo. El daño que el posmodernismo, con su subjetivismo y relativismo descontrolados, le ha ocasionado a las ciencias sociales, no podría ser mayor. La tortuosa sofistería de Lawrence A. Kuznar, entre tantos otros intelectuales light de este tiempo, así lo demuestra con creces.
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