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Mar 19, 2017 La Quinta Pata Literatura, Recomendada Comentarios desactivados en Días de risas y vino
Por Alberto Atienza
Sola, en lo más escarpado de la Pared Sur del Aconcagua, vive Amarilis. En el borde de un precipicio sin fin, sitio jamás hollado.
Sus días son un largo meditar, rondas de recuerdos. A lo lejos, el viento, pasa por desfiladeros y deja encendidos, vibrantes, partes de su silbo constante en adagios y alegros. El viento crea serenatas para ella. Se las dedica. Es su amigo pasajero. La adora ¿Cómo no amarla? El viento blanco sigue. No se detiene. Sabe que Amarilis acepta los agasajos, los suyos, pero no por mucho tiempo. Además él debe cumplir con la misión impuesta por su dios Eolo. Tiene que estrechar la mano del Zonda, allá abajo, del Chorrillero, del rioplatense Sur y de ahí cruzar océanos para unirse al Siroco, al Simún y cubrir el orbe con una sinfonía perpetua.
Los cóndores la miran en vuelo por entre las nubes. Ella los saluda con lento parpadeo de sus tenues pétalos. No bajaran a posarse en la roca, a hablarle de los guanacos que escupen y de las volandas de Icaro. También están enterados que a ella no le gustan mucho las visitas largas, ni las cortas.
Amarilis siempre pensó que un milagro podría brindarle un predio, con árboles, el trino de los pájaros. Una ínsula ausente de las cartografías. Sin puerto para descubridores. Un edén en un espacio fuera del mundo, ese asfalto atronador con sus calles bocinas, gente apurada, manifestaciones de maestros, de repositores de góndolas, humo, gritos, distante a años luz de su balcón con el vacío a sus pies y el firmamento como techo.
Fantaseaba con su patio propio (algún día llegaría a su vida) cuando sintió una voz humana. Se sobresaltó. Recordó el pecado que esos seres cometen con algunas de sus pobres parientas: las colocan en recipientes de vidrio, con agua, para prolongarles la agonía y adornar sus casas con toques de tumba, con algo sublime muriendo lentamente en su paulatino marchitarse. Sintió cerca un aliento tibio. Vio a un hombre en casi fatal equilibrio, asido a piedras que se desprenderían en cualquier momento. La observaba.
—-Muy linda— dijo suavemente.
—-Si—- contestó ella —-y soy mía. De nadie más—- trató de desalentar a ese recién llegado, inexplicablemente presente en un sitio al que nadie accedía.
—-Me gustas muchísimo y he empezado a quererte—-
—-No me hace falta. Gracias. Me basto a mí misma. Soy muy organizada—- se defendía Amarilis pero algo de ese ser empezaba a vibrar en su interior, acaso por el brillo de sus ojos, el colorido pañuelo al cuello, el tono de su voz.
—-Sientes miedo, pero te agrado—- le dijo él con aplomo, una seguridad que la alarmó, como si le hubiera leído sus sensaciones.
—-No eres nada más que un hombre con una mochila—- se debatía en una huida imposible. Lo imaginaba portador de un pesado equipaje de bártulos rotos, necesidades y gente.
—-¿Cuál es tu temor? ¿Qué te convierta en perfume?—- ironizó él.
—-Soy perfume. Conmigo no puedes hacer nada. Únicamente mirarme y eso, cuando yo lo disponga, cuando tenga algún tiempo libre—- arrancó dura pero se fue tiernizando, aunque no mucho, con el final de sus palabras.
—-¿Y algún día podré tocarte, rozar tu tallo, beber tu polen?—-
—-Sueña. Sueña. Ese es tu camino. Yo estoy en tu vida como una vislumbre, nada más, que eso te baste, acaso alguna otra vez te permita que me hables—- condescendió Amarilis al término de su sentencia de lejanía.
—-No me alcanza. Siento necesidad de tu compañía. Me gustaría respirar tu risa–
—-A mí no me haces falta. Tengo todo lo que se me antoja—- y advirtió al decir eso que hacía mucho tiempo que no reía. Concentrada en la supervivencia, en ese declive, se le adormilaron las carcajadas.
—-Puedo emocionarte, brindarte un huequito que te proteja del frío, un espacio único, a tu medida. Puedo pensarte a cada rato y enseñarte que hagas lo mismo conmigo. Nunca más estarás sola. Y el tiempo escribirá el último capítulo—-
—-Me gustaría creerte—- y se imaginó en su ilusión junto a esa presencia que terminó de cautivarla con una sonrisa. Finalmente, Amarilis no era más que una hermosa flor, susceptible al rocío y al cariño.
Varias veces apareció ese hombre en el remoto risco. Ella lo recibía con sus mejores galas, con la música de su risa y manantiales de pensamientos a él dedicados. Creía en él, aunque a veces dudaba.
Algún nubarrón en su cielo y ella sentía, fugazmente, que él era amo de un vivero, que únicamente la miraba como a un pimpollo más. Amarilis, una flor ¿Qué otra cosa podía considerar? Cuando su admirador, amador, llegaba con su carga de alegría, de ocurrencias, con historias de otras tierras, Amarilis olvidaba todo lo feo.
Dicen que Eolo, anoticiado por los cóndores, esos bichos chusmas de alturas, de ese romance sin futuro (un hombre y una flor) decidió convertirla en una dulce y suave dama Y así fue. Y le cedió un verde patio en un lugar desde el cual siempre se ve al alba naciente.
Le cuesta mucho ser mujer porque en su fondo más profundo sigue brillando la bella flor. Pero también lo cuentan y lo canta el viento, que en días de risas y vino, es inmensamente feliz
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