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Sep 16, 2018 La Quinta Pata Cultura Comentarios desactivados en El hombre de la pata de mesa
Los gatos son animales muy tristes (decía mientras lustraba con fruición su reluciente pata de palo. Y sí, pensaba yo, pero por lo menos tienen cuatro patas de verdad, no como vos, con esa cosa de madera ahí) Son tristes porque intuyen que son ángeles, unos pobres ángeles con pelos en lugar de alas, condenados, quién sabe por qué cosa injusta, a vivir pegados al suelo (seguía explayándose mientras echaba aceite en las bisagras de esa prótesis que yo encontraba horrorosa. Para desviarlo del tema de los gatos, dije, como cualquiera diría, mirando al cielo: parece que va a llover. Fue peor) Cuando llueve (me dijo) la humedad me mata la pata y eso que es de madera noble. Me la hice con el tamborete de un galeón español del siglo XVI que apareció en el río cuando vino la gran bajante. Es de madera, de la buena, pero la humedad la perjudica mucho (yo sabía que mentía. Esa historia del galeón era la aureola romántica con que él rodeaba a su pata. A veces decía que ese barco de quimera fue una nave pirata que luchó tres días y sus noches contra una escuadra que venía persiguiéndola desde el otro lado del mar. Eso decía. Yo, lo escuchaba y trataba de pensar en los gatos ángeles y no en la mitología de la pata que nunca era la misma. Por ahí le daba por fabular que era una pata tremendamente especial, ya que había sido hecha con madera de la cruz en la que murió Cristo. Un caballero, al que le faltaba una pierna, como a él, encontró al famoso madero y se fabricó ese único zanco) desde entonces… (decía golpeándose con la palma de la mano esa pata que hacía ruido a ataúd) viene viajando conmigo por la historia y el tiempo. Fue rescatada del incendio de la biblioteca de Alejandría por un buhonero que justo por allí pasaba. La sacó cuando las primeras llamas bailaban sobre esta parte, acá (y señalaba un tramo un tanto chamuscado de la pata que no sé qué estaba haciendo entre los libros) es la pata de Dios (decía) por eso cuando paso por una iglesia, ella entra y a mí no me queda más remedio que asistir a misa. De ahí me viene fama de hombre piadoso (como siempre, yo apelaba a las nubes, anunciando inminentes lluvias, sin darme cuenta que el agua giraba en torno a la pata, igual que el Sol y las estrellas) la madera nunca termina de morir (sentenciaba en el momento más impresionante, cuando desenroscaba la pata que chirriaba ferozmente) no muere ni aunque arda en hoguera, porque su destino es el calor. La madera vino al mundo para darle tibieza al hombre, en la cuna, cuando nace, en el féretro, cuando se va. En el hogar, al lado de un sofá o en la mágica fogata de la caverna. La madera está viva. Mi pata está viva. Por eso los cambios de tiempo la afectan. La humedad la esclerosa. Se vuelve insoportable si llueve. Se hincha. Se le traban los goznes que le hice con las bisagras de la puerta del camarote del capitán Hans Langsdorff, el comandante del Graff Spee hundido cerca del galeón del que saqué la madera. ¿Se acuerda de la bajante de hace unos años cuando el río se fue? (me acuerdo, dije) bueno, apareció el galeón y poco mas allá el acorazado alemán, con sus rumbos de agua ya ganados definitivamente por el río y, ese día, prodigiosamente secos (me acuerdo, le repetí) cuando entré al camarote del capitán, ahí estaba el marino, con los ojos abiertos, con la mitad de su cuerpo caído sobre una mesa cubriendo el libro de bitácora. En la mano derecha empuñaba, con la eterna fuerza de la muerte, una pistola con la que se había agujereado la cabeza. Le pedí permiso para sacar esos herrajes de buen acero del Rin: son para mi pata capitán, concédame licencia. No hizo ningún gesto porque estaba muerto, pero comprendió (otra vez quise desmentirlo y, otra vez, no me animé. El capitán Langsdorff murió en tierra, se mató en tierra firme luego de hundir su barco, salió en todos los diarios, quise gritarle y me tragué el grito) capitanes eran los de antes (se le inflamó la voz con marciales arrestos) esos que se hundían con su barco y no como los de ahora que duermen en los botes salvavidas. Ella está cansada de la humedad (volvía otra vez a su pata) cuatro siglos bajo el agua, cuando era galeón, es mucho tiempo para cualquiera. Hasta con el leve rocío de la primavera se crispa. Es más sensible que una flor. Es igual a esas mujeres bellísimas y etéreas que flotan por el mundo como si caminaran y que se asustan y lloran despacio cuando el cielo se convierte en espejo. Ella es así. Me sustenta, pero, a la vez, me exige. Hay días en que está nostálgica y me lleva para el río. Extraña su cómodo lecho de barro, añora los besos de las brótolas, el bramido de las lanchas de los prácticos. De vez en cuando se sacude sola con el recuerdo de las balas encadenadas que le tiraba sir Francis Drake cuando ella era el orgulloso palo mayor de un galeón cargado de oro. Yo le hablo y trato de que acepte su destino. Nadie puede ser lo mismo durante toda la vida. Ella me escucha pacientemente pero no entiende. Es lógico, ¿quién va a asumir que ya no es el mismo? El tiempo, día a día, va imponiéndole a uno, cada vez, nuevos papeles. Hasta que por fin termina haciendo de alguien, de mí en este caso, un pobre hombre con una pata de palo… (está corriendo aire del sur, dije, por decir algo, por no admitir que sus palabras me habían causado cierta pena) Sí, (contestó) es viento de lluvia. Mire las golondrinas qué alto vuelan. Cuando hacen eso es porque va a llover. Además noto que se me ha hinchado un poco la pata. No duele, pero se hincha. Es mejor que una de verdad (comenzó a sonreír y me sentí menos triste) no duele pero sé que sufre. Su momento más terrible fue cuando la arrancaron de la mesa… (dejé de mirar el cielo, eso de la mesa era nuevo para mí) yo iba en moto por la avenida Los Tilos, con los ojos llorosos por el viento que producía mi propia velocidad. Era un día tranquilo. No andaba nadie por las calles y de repente se me cruzó uno de esos angelitos con pelos, un gato chiquito que uno no imagina sin un niño al lado. Frené y perdí el control de la moto. Del resto no me acuerdo. Me desperté encima de un largo mesón rodeado de máquinas raras y vi muchos rostros. Reconocí a algunos de ellos. Eran los famosos ebanistas de la avenida Los Tilos, esos que se especializan en muebles de estilo Chippendale. En la punta del mesón estaba mi pierna, que ya no era mía, rota, inservible, como molida por una hélice. La miré una sola vez y sentí pavor ante ese cadáver desprendido de mí. Levanté un poco la cabeza y descubrí mi nuevo y definitivo miembro. Una pata de la mejor mesa que esos ebanistas jamás tallaron. La sacrificaron para salvarme. Estuve cuatro meses en esa mueblería. Aprendí de nuevo a caminar. Me va a faltar vida para agradecerles lo que hicieron por mí… (¡no!, grité y lo sobresalté e interrumpí con mi grito. Le iba a decir inmediatamente que su pata era de mesa, sí, pero no de estilo Chippendale. Era una pata de mesa común, de esas que se ven en los hogares de clase media del país. Son todas iguales, de pino tea. Nada que ver con los famosos ebanistas de avenida Los Tilos a los que no conozco y dudo que existan, igual que esa calle. Todo eso le iba a decir y me salió otra cosa: no puede ser que llueva de nuevo, el tiempo está loco. Me miró, tranquilo. Intenté entonces mi última rebeldía. Le iba a decir: ¡basta de exageraciones, de mentiras! y toda mi energía se condensó en el mate que le alargué. Tome don Braulio, le dije, tómese el del estribo. Para qué se lo dije) Ah… la época en que mi abuelo lucía los estribos de plata. Yo lo veía salir todas las mañanas a recorrer el campo. Yo era muy chico y vivía con él en la finca «La Argelia», allá por Junín de Mendoza. ¿Conoce Junín de Mendoza? (y no, le dije, es tan lejos) una noche cayó un malón y hubo una gran resistencia. Los peones se defendieron como leones, cremaron a balazos a los infieles que querían sólo la caballada, a eso venían. Claro que no iban a despreciar a alguna linda cristiana y menos unas arrobas de alcohol, pero venían por los caballos. Un indio, una tromba, un diablo, llegó hasta la pieza donde mi abuela me tenía alzado. Ella rezaba a los gritos apretándome muy fuerte, me hacía doler los huesos con su abrazo. Entró el indio, con los ojos incendiados y enfrentó a mi abuela. Ella largó el rosario, peló el Lafouchet que siempre llevaba en el delantal y le metió un tiro entre ceja y ceja. Habrá sido de casualidad, no sé, pero se lo puso entre ceja y ceja. Con su lanza, con esa lanza llena de pelos y plumas, con esa lanza que atravesó a muchos cristianos yo me hice, años después, mi pata (Y sentí de pronto una gran serenidad, una paz nunca conocida. Escuché mi voz como si no fuera mía, que decía en tono calmo: don Braulio ¿Hasta cuando me va a mentir? ¿Por qué lo hace? Usted es un viejo solo. Nada más que eso. Usted tendría que ser alguien importante, un director de diario de provincia para que los periodistas le ceben mate, un capataz, un abuelo rico, qué sé yo. Y no. Es un pobre viejo solo, lleno de historias. Mejor dicho, inundado por una historia que la cuenta, que me la cuenta hasta el infinito. Eso es usted. Un hombre sin nadie que inventa cosas para tenerme a mí al lado y que le cebe mate. Le alargué otro amargo y le dije: tómese otro mate don Braulio. Me contestó) Te lo acepto porque sos vos. Nunca me gustó el mate.
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