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Sep 16, 2018 La Quinta Pata Literatura Comentarios desactivados en Kafka mediterráneo: II – Clonazepam y circo
Como las pastillitas de dos colores que sosiegan y/o enajenan vidas, la honestidad de este relato oscila, al igual que la ciclotimia de su personaje, entre la melancolía y reflexividad de “un domingo sin periódicos normal” y la normalidad impuesta, autosaboteada e imposible de un “lunes otra vez”. Fluctuando química y espiritualmente a caballo del dolor de lo cotidiano ¿cuál de sus demonios ganará esta vez? Seguramente ninguno, tal es la tragedia del poeta “maldito pero sensible”.
X escribía con el cerebro efervescente y en acelerados cortocircuitos. Hoy lee con meticulosa paciencia el Loro de Oro, no desespera, no mandibulea, no rumea sus favoritas canciones de Brujería. Eso sí, escucha Clonazepam y Circo de Andrés Calamaro y teclea con más claridad y menos furia que antes de la sobredosis que lo llevó a estar internado en el hospital una semana. Sabe que la claridad es necesaria para seguir limpio, no hay prisa, la furia tarde o temprano volverá para ametrallar al mundo. Teclea, más allá de los químicos teclea. El café barniza su viejo hígado, el cual por profilaxis y mecanismo de sobrevivencia anda destilando un cóctel de pastillas que terminan con «pam», “tina» «zina» y «pina».
El psiquiatra le advirtió que luego de tanta delirante fiesta verbal, patronal, artesanal, deberá tomarlas durante dos años para que remita la rebeldía subcortical, esa que le produjo tremendos ataques de pánico que lo llevaron a pasar semanas en el ropero. Aquella que lo llevó a sentir cucarachas bajo la piel e intensas ganas de invitar purgante al vecino evangélico o torturar a bocinazos al conductor del camión del gas.
X sabe que es una etapa, algo así como los aburridos días a base de panitela, cuando se le irritó la panza. Las pastillas, como él las ve, son una especie de bloqueador solar, permiten que no se pongan rojas sus neuronas y pueda tolerar la angustia de la falta de diamantes en la sangre y la hostilidad de la ciudad. Hace ocho meses está limpio, incluso dejó la ginebra y la cerveza. Eso sí, de mes en mes se fuma un porro o duerme con la mujer que nadie conoce, cantándole al oído «you just keep me hanging out».
De vez en cuando también X ve “Trainspotting”, la primera claro, encerrado en el cuarto con montón de municiones y cuando se le acaban los chocolates toma la dura decisión de dirigirse a la tienda, acariciar un par de perros y abrazar un árbol. Gracias a las pastillas llora poco y con propiedad, ha retomado las ganas de ir al fútbol, se ríe a carcajadas en los almuerzos familiares, tiene charlas coherentes de política y de cine, asiste a las rebajas de tiendas de ropa infantil, da charlas sobre literatura y poesía cochabambina moderna, participa en debates económicos, o negocia con duros empresarios. Las pastillas, junto con una hora diaria de natación le han devuelto las ganas de éxito y volver a ver “American Psico”. Incluso lo han animado a usar nuevamente traje y corbata. Debido a que ha mejorado su capacidad de manejar la presión externa, se muere de ganas de volver a un banco, firmar muchas llamadas de atención y ejercer poder, poder, poder…
Por suerte las pastillas no han dañado su esencia y pese a que tiene ganas de ser un ciudadano mentalmente sano y productivo, la mayor parte de los días sólo lee y prefiere una sobredosis de Netflyx ya que la gente de los cines lo espanta. Como antídoto a las pastillas escucha a Tom Waits y al viejo Wagner. Gracias a que sus niveles de serotonina están controlados y la noradrenalina reducida, es capaz de escribir con más cerebro que hígado sus entrañables y edificantes historias sobre asesinos, sangre, mujeres golpeadas, niños abandonados, junkies, marineros y sicarios, lo cual sin duda es un avance que su editor agradece al psiquiatra de turno.
Cuando toma té de frutas se burla de Karl Orff, escucha a Leonard Cohen y Nina Simone y le dan ganas de tomar tres tazas de café cargado, estimularse un poco y escribir malos poemas llenos de gerundios, ponerlos en su muro de Facebook y esperar los “me encanta” de las entrañables amigas de colegio que, aunque no lo digan, también toman pastillas que terminan en “pam” para lidiar con hijos adolescentes a punto de buscar “ina”. Los poemas que cargados de rosa verbal que les regala el amigo escritor, aquel que en la Promo tenía la cara poblada de rosado acné, las calma y les da color para enfrentar el horror de la juventud de estos tiempos.

X últimamente tiene unas ganas inmensas de llorar, para tener tinta salada y volver a ser un poeta maldito pero sensible. Pese a sus esfuerzos no le sale nada, las pastillas han amordazado su llanto y una cantidad de pensamientos optimistas invaden la hoja de papel y lo llevan a inventar emojis de todo tipo. Es por eso que pese a los ansiolíticos, antidepresivos y reguladores del estado de ánimo, hace un tiempo es presa de un terror indescriptible a que el espíritu de Paulo Coelho se apodere de sus manos o a despertar con la panza de Neruda y el bigote de Benedetti.
Un psiquiatra no te corta la pluma, afirma X en mitad de la entrevista. Como antídoto al espanto disfruta llenando la cabeza de acertijos literarios, de metáforas disfraza-síntomas, acota. Luego se burla y me lleva a recordar las madrugadas de fernet con coca. Más allá de todo X escribe con el cerebro apagándose, aburriéndose, serenándose, pero con los demonios vivos, bien atentos al momento que baje la guardia, llame al “freak” y busque deliberadamente un encuentro con “La Perseguidora”, la del grupo musical y la de sus venas llenándose de cristales.
X considera que el ser humano está hecho de hábitos y adicciones legales e ilegales. Sabe que su condición actual sólo amordaza los espectros negros y no impide las sobredosis de pizza, anticucho, teleseries, jamón, queso, piel. X está vivo y esa es una gran droga.
Por tremendo que pueda parecer, desde que empezó el tratamiento, la gente está muy contenta con el desempeño social de X. Sonríe más, insulta con más clase a los minibuseros, dice buenas noches de forma serena, buenas tardes con un aire de paz. Duerme a la misma hora, sin hacer mucho escándalo, sin pelear con las almohadas y las sábanas rebeldes. Sí, las pastillas han convertido a X en un decente caballero. Sin embargo, sabe que todo es un juego y tarde temprano volverá a la vieja “ina”, porque no hay psiquiatra que entienda el burbujear de espumante en la sien después de la quinta dosis… Lo sabía el viejo Alex mis “drugos”, sólo se trata de fingir estar cómodo con las cadenas de químicos legales. Y cuando menos piense en liberarse, correrá y se estrellará contra el camión del gas. O se hará gas, que para el caso es lo mismo.
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