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Jul 18, 2011 La Quinta Pata Mendoza Comentarios desactivados en El jardín de los presentes
Tres de la tarde, plena siesta: venida ya ni sabe de dónde ni hacia dónde, con su hijo cruzando provincias, siente que la persecución no da treguas, que el peligro cierra sus pasos. Deja el bebé a una compañera menos fichada, busca el tren en la estación y ve su foto con la leyenda “subversiva comunista anticristiana” en el preciso momento en el que una marea verdeoliva se cierne sobre ella. El sofoco, el miedo le recuerdan que su familia la espera para las calurosas fiestas de año nuevo. Siempre la espera.
Once de la mañana: diezmado y violentado, el grupito de laburantes del Banco escucha en el “Tribunal de guerra” del edificio militar, de boca de un juez federal a los “defensores” militares, la condena que la dictadura cívico militar tiene para ellos. “Veinte pirulos cada uno”, escuchan mientras por la ventana del comando se asoma el otoño en Mendoza y los deja atónitos por su pertinaz belleza que no se acostumbra al horror. “Veinte años”, sin pruebas ni cargos reales. “Casi nada” filosofan, si repasan la tortura, las violaciones, los asesinatos, el oprobio. La “legalidad” de los homicidas los “traslada” de las mazmorras del D2 a cárceles por todo el país. No por eso el terrorismo de estado aflojará para ellos. Falta que la sociedad celebre a los milicos un mundial, quince películas de Porcel y la invasión etílica a las islas en poder de la mayor flota armada del mundo. Vuelos de la muerte, fusilamientos masivos, violencia sistemática contra los detenidos, “descarte” de prisioneras que ya dieron a luz y la persecución a luchadores que osan levantar la cabeza (“hasta que no quede ninguno”), continuarán hasta llegada la democracia.
Todas estas escenas se repitieron cientos de veces a lo largo y ancho del país desde 1975. Las variables demográficas, políticas y sociales de Argentina no impidieron que la represión sea totalitaria ni que la diversidad de las víctimas constituyera un genocidio: trabajadores de fábricas, estudiantes e intelectuales en las principales ciudades; sectores medios y sindicalizados en las urbes medianas; laburantes de la tierra y militantes de base en los pueblos y suburbios, fueron los grupos sociales a los que el plan de aniquilación apuntó. Ni hablar si estos luchadores agregaban a sus conciencias políticas otra “condiciones” como ser puto, mujer, judío o cabecita negra.
Mendoza no escapó al exterminio. Las organizaciones armadas estaban casi “desarticuladas” antes del golpe, fruto del accionar de los grupos de tareas que ya operaban. Sin embargo, la “desactivación” de células no impidió que en el período 76/78 fueran secuestradas, torturadas y desaparecidas más de 200 personas. Que la provincia haya estado dentro de la órbita de Luciano Benjamín Menéndez, criminal entre criminales bajo cuya sombra “nadie quedaba vivo”, explica que la razzia inicial haya sido devastadora, letal. El comando militar articulaba Comunidad informativa (servicios de inteligencia) y Comando de operaciones táctico (las tres armas y las policías operativas), pero además contaba con la ayuda de gerentes y propietarios de empresas privadas y estatales (que señalaban a los “rebeldes”), la jerarquía eclesiástica (que silenciaba lo que ocurría), políticos obsecuentes, dirigentes tortillas, periodistas soplones y letrados partícipes de la represión estatal.
La postergada esperanza de justicia para víctimas y familiares, su necesidad para la sociedad fue un golpe incesante durante décadas de democracia. En Mendoza llegó tarde, trabada por cómplices de ayer y hoy, porque muchos de los responsables están muertos, inimputables o borroneados. Sin embargo la posibilidad del juicio que empieza a cerrarse, todo lo que ha salido a luz con todos los relatos el relato, repara el papel del Estado terrorista en uno capaz de brindar justicia. Y demarca las responsabilidades hacia el resto de la sociedad, a la vista de los culpables y de la historia nacional.
Esa historia toda la historia, se desenvuelve allí, en la sala del tribunal oral federal 1, donde siempre hay revuelo porque late el corazón y el dolor se replica por tanta masacre. Pero no se doblega, porque los vivos dicen por los matados y para los que empiezan a vivir. Dicen mucho si vale para mañana y así alumbran el jardín de los presentes siempre:
“Necesitaban aniquilarlos y hacerlos desaparecer, por eso es preciso que se condene a los culpables y se haga justicia”.
“Hoy agradezco saber que al final hay justicia, me da tranquilidad para afrontar el último tramo de mi vida”.
“Nos han robado una parte muy rica de la vida, nos robaron la muerte. La hemos podido reconstruir, hoy la muerte tiene la cara de nuestros seres queridos. Fuimos recuperando la identidad, no como la habíamos soñado, sino cómo la vida nos la dio”.
Río de palabras 49, 07 – 07 – 11
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