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Oct 18, 2015 La Quinta Pata Literatura Comentarios desactivados en El runrun
Por Carlos Lucero
Aquél era el sector que más le gustaba. Se sentía satisfecho cada vez que las cuatro patas de su cuerpo de perro joven, lo llevaban a lo largo y a lo ancho de la franja del lado norte. Aquella que daba por completo al barullo constante de la calle Espejo y carece de la dureza que en otras partes le dan las baldosas y el cemento. El pasto disperso, crece en un suelo casi siempre húmedo, donde las uñas y las almohadillas de sus extremidades alcanzan un breve hundimiento, produciendo en cada paso, una sensación de agradable muelle.
Sucede que allí, la amplitud de la vereda mantiene una separación conveniente para que se forme en el sitio, un microclima discordante con otro. No se parece al resto, porque se ha convertido en una espesura, algo más cerrada donde las alturas permiten que las copas de las acacias se acerquen a las de los pinos, y las palmeras arrimen su follaje a los cipreses.
Esta configuración permite que los árboles convivan como vecinos íntimos, uniéndose en las copas, de manera tal que, abajo el herbaje acuse recibo de la intensidad de la cerrazón. El pasto crece, pero enjuto, ralo, como haciendo un esfuerzo para recibir la luz, dejando que se note el marrón de la humedad del suelo….Sin embargo, aquí mismo, de noche, cuando la gente se marcha, “Juansindueño” y sus amigos, han oído que, de las partes altas del follaje, baja un raro murmullo, como furtivo diálogo de camaradas.
Al principio, cuando era un cachorro recién abandonado, ese casi imperceptible runrún, le asustaba. Sin embargo, luego de más un año del desembarco forzado, aquel eco callado del ramaje le servía como arrullo para acordar el sueño.
Últimamente, Juan-sin-dueño y sus amigos, habían detectado que la cantidad de bultos que se quedaban en ese sitio a pasar la noche, se había incrementado. Era evidente que dentro de esa masa de trapo había una persona, a veces más de una. Con frecuencia, llantos de niños habían perturbado su sueño, hasta bien entrada la noche. En la pequeña conciencia de “Juansindueño” no había suficiente lugar como para comprender ese raro fenómeno humano, pero por las dudas, lo evitaba.
(“Escéptico como esos perros que tienen mirada de hambre y que cuando se los llama, menean la cola, pero en vez de acercarse, se alejan, poniendo entre su cuerpo y la humanidad, una respetable distancia”. Roberto Arlt)
Cuando me acerqué al banco de la plaza, en su cuerpo largo, reconocí a Nelson. Lo llamé tocándole el hombro. El hombre retiró el diario que le cubría el rostro y me miró entre parpadeos y ensayando una sonrisa.
Hooola ! Buenos día, amigo _ con acento trasandino. Cediendo su situación yacente, se acomodó, contuvo un bostezo y se sentó en el banco Discúlpeme, pero tuve que pasar la noche acá_ y bostezó
Pero hombre,… me hubiera avisado antes y algo pudiéramos haber hecho le respondí.
_ Pero nooo, pues, si así está bien. Una noche de calor a la intemperie, no le hace mal a nadie, pues_ parecía mostrar buen humor.
Venga, vamos a tomarnos un café y me cuenta le dije.
Mientras devoraba la tibieza de una “raspadita”, me fue dando detalles de este, su no esperado viaje a la ciudad y del motivo que lo impulsaba.
Mire, amigo ¿cómo le explico?,…ando buscando a mi hija exclamó como una queja, y la expresión se le puso dura.
Nelson Arrigó había nacido en Osorno, hacia casi medio siglo. Cuando muchacho, se vino a trabajar a este lado de la cordillera y a pura fuerza de practicar, había logrado muy buena mano para la poda y el injerto de viñedos. Lo conocí cuando en mis frecuentes visitas a La Consulta, acepté una invitación a un festejo que tendría lugar donde él trabajaba. Nelson había sido designado para asar la carne que todos íbamos a comer. Así fue y entre brindis y cuentos, nos hicimos amigos. Con el tiempo pude visitar su casa varias veces y así fui conociendo a su familia.
Ahora lo tenía enfrente.
¿Cómo es eso? Dígame le respondí impaciente. El hombre, de a poco fue agregando detalles de su penar. Al parecer, su tercera muchachita, la menor y regalona de su padre, se había enamorado de un individuo a quien nadie conocía.
_Y mire usted, hace unos días nos encontramos con que se había ido de la casa, parece mentira, se imagina cómo está la madre _
Su mirada se elevó en la tristeza.
_ Nada menos que la Marita. Que recién ha cumplido los dieciséis, y que es tan buena…Y nada, no sabemos nada de ella, imagínese mi preocupación, pues_ y su gruesos dedos presionaba su frente, como tratando de disimular la humedad de sus ojos.
Compartí su pena.
Ese día traté de acompañar lo máximo posible a Nelson y pude presentarle algunos conocidos que lo orientaron en su búsqueda. Algo más tranquilo, por la noche tomó un ómnibus que lo regresó al sur.
Antes de volver a mi casa, me quedé hasta tarde, sentado en un banco del sector de calle Mitre. Tuve una sensación que me hizo recordar a Juansindueño. Me llamó la atención escuchar, en el silencio, la suavidad de un runrún que venía de las alturas del pequeño bosque de la plaza. Era un rumor tan impreciso como la raza del perro que yo conocía. Hasta se podría decir que no existía. Pero ahí estaba. Miré alrededor para comprobar cómo la noche había coronado el paisaje a su manera. Estaban las estrellas en el cielo y nada de brisa que refrescara. Me pregunté por qué calles andarían “Juan sin dueño” y sus cómplices.
Y también me hubiera gustado saber por qué cada vez eran más los bultos que contenían personas que dormían en la plaza.
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