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Sep 02, 2018 La Quinta Pata Literatura Comentarios desactivados en Kafka mediterráneo: I – Decires
Presentamos a partir de hoy una nueva saga narrativa del escritor paceño Paul Tellería Antelo, luego de lo que fue la publicación digital de una selección de sus crónicas urbanas y poemas entre abril y julio. Se trata de seis textos inéditos que apelan tanto a la reflexión íntima como a la descripción de mujeres y hombres sumidos en el agobio de la vida moderna donde, pese a todo, hallan alternativas para preservar su individualidad. Sensibilidad, humor y crítica están presentes en estas “memorias de croto”, de un autor que escribe “con la uña izquierda” no sólo por su pulso, sino también “por herencia”.
Por decir lo que pienso sin pensar lo que digo, más de un beso me dieron y más de un bofetón (Joaquín Sabina)
Es importante dosificar los decires del afecto, esos que vienen llenos de verbos amarrados al espacio entre la clavícula y el omóplato. Es imprescindible antes de hablar, conocer las formas de los lazos fértiles de la palabra, no aquellos ciegos que prefieren los marineros que vienen y se van.
Hablar, olvidándose del gotero verbal, decir y enredarse, aunque las palabras a veces ericen, no por emoción sino por la alergia y urticaria del agobio, asumiendo que los decires al viento son el abono de vidas y muertes de la palabra cotidiana. Frente a esto no se trata de mostrar gran algarabía o espanto, porque la muerte que precede a la caída de una palabra, tarde o temprano germina nuevos y mejores versos que no darán cabida a los temblorosos silencios de la cobardía, aquellos que esconden el consabido «ahora qué digo para que todo deje de decir lo dicho».
También hay que tomar conciencia que significar el afecto, produce dolor de muela y orzuelos espantosos (consabidos efectos secundarios del rebalse verbal y punto). Después de todo no es gran cosa y a la vez carga una grandeza indecible el hablar del amante, aquél que no se guarda nada y da la espalda al tarareo de “No le digas”, que con los años se volvió cuequita de orgullo lastimero y nada más.
Decir es la revancha del afecto, expresado en un vaciarse sin medida, un acto de irreverencia al que no le importa perder las llaves que llevan al lugar donde se guarda el candado que encierra los conjuros contra el efecto de las palabras. El sortilegio de “ser” hablando con arrullos, con palabras atoradas que tercamente insisten en terminar con “ada”.
Cuando el decir se decanta (sobre todo en sábanas deliberadamente secas) es un acto de gran alivio, un mantra repetido. Buscar las formas del rostro que lleva a la risa, “le visage” evocada en el cuidadoso goteo de espuma cerca de la almohada y que forman la imagen del último balance de ojos frente a una taza de café latte. También suele ocurrir, desde otro lugar, que lo dicho recuerda un mándala caprichoso que se retuerce en cada sorbo, recordando el gusto de lenguas agridulces y entraña el riesgo de parafrasear a Allan Ginsberg con eso de “… follar extáticos e insaciables con una botella de cerveza, un amorcito, un paquete de cigarrillos, una vela y caerse de la cama, continuar por el suelo, el pasillo y terminar desmayándose en el muro…”

Palabras, referencias, asociaciones que se tejen en el ring del boxeo o en las sábanas, atando lazos que, por intermedio de un buen nudo, se burlarán del miedo y esperarán el abrazo. El amante dice, digresivo, caótico y se empecina en lo barroco del color sobre el color, en el pan de oro en el retablo del pecho abierto de la amada, en la acuarela de costillas tornasol pidiendo mordiscos. Dice y se desdice.
Es también recomendable hablar desde el mutismo, incluso con mayor contundencia que los improvisados versos tejidos sin retoques. Se comunica más cuando uno se cose los labios y tiene bien quieta a la lengua.
Se habla sin medida cuando se acepta lo cóncavo y convexo de la espalda y el pecho y se permite que rueden diminutas bolitas de lana por la línea exacta de la columna y luego se es pelusa de versos en el ombligo, nuditos ciegos de tacto. Uno, aunque hable hasta por los codos o se cosa los labios con hilo negro, sabe que el decir también se suspende en la otra palabra, la que espera, la que recibe, a veces con arrullos, otras con carcajadas, pero recibe al fin.
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