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Abr 17, 2016 La Quinta Pata Literatura, Recomendada Comentarios desactivados en La hamaca de Esteban Pérez
Por Carlos Lucero
Con profundo agradecimiento y afecto a doña Carmen Sánchez, guariqueña, de Guardatinajas, orgullosa representante de su terruño, y amante de sus tradiciones llaneras. Dueña de una privilegiada memoria, con una larga vida dedicada a la docencia e incansable trabajadora por su prójimo, Doña Carmen constituye un verdadero patrimonio cultural y humano del pueblo de Venezuela.
Caracas,
Así es señor, como le iba diciendo… en el campo, las noches sin luna sí son oscuras, de verdad, verdad. ¡Dígame usted cuando se dan esas tinieblas tan negras! Tanto que niegan o restringen la posibilidad de cumplir con faenas que son inevitables en el llano, ah si… Uno no puede andar recogiendo ganao sin saber por dónde camina. ¿No le parece?
Pero amigo, le diré que la dificultá se crece si uno anda enamorao y gusta de frecuentar de continuo a su amada. Ahí sí… ni le cuento. Por eso mismo es que yo le quería conversar de lo que le pasó, a don Esteban Pérez allá, por los lados del Guárico, cerquita del bonito poblado que le llaman Guardatinajas. Nada más que por arrebatado y querendón, déjeme que le comente…
La cosa tuvo sus inicios cuando corría el año treinta, o tal vez fuese el treinta y uno. Bueno, por ahí era. Pero recuerdo bien que el gobierno del benemérito don Juan Vicente, transitaba sobre caminos de pura bonanza y esplendores.
Como así mismo se la veía a doña Benéfica Asunción del Valle, créame. Estamos hablando de la joven esposa de don Lucio Francisco Caballero, el mismísimo poseedor del Hato Grande, uno de los mayores del estado, para esas épocas. Así es señor.
Dicen que la cosa fue tomando cuerpo en las grandiosidades que presentaban las fiestas que tenían lugar en esa casa. Eso era pura jarana y festejo. Porque además de la famosa sangría con sidra, los ojazos averdozados de doña Benéfica componían la atracción principal de esas ocasiones donde se comía, se bebía y se bailaba hasta el amanecer, así era…
La muchacha provenía de antigua familia tachirense y usted sabe como son allá. Resulta que el hombre trabajaba comprando y vendiendo ganado por aquellos sitios de Los Andes cerquita de la frontera. Y cuando la conoció en uno de sus viajes, cuentan que ahí nomás don Lucio Francisco le echó el ojo a la buenamoza. Y de ahí al casamiento, hubo nomás un paso.
Gustaba doña Benéfica, de lucir su figura airosa, exhibiendo trajes ajustados que apretaban su cintura, como quien aprovecha la oportunidad, mientras sonreía, sin discriminación a la concurrencia. Aunque si usted quiere que le diga la verdad, algunas bocas murmuraban que, las miradas más chispeantes, se las lanzaba a don Esteban Pérez Delgado, un ilustre ciudadano del pueblo, como un homenaje a sus espigados bigotes, que aunque algo pasados de moda, no dejaban, a los ojos femeninos, de producir un innegable interés. O quizá fuera algo más, vaya uno a saber.
La cosa es que por esos lados, yo le digo que algún jujú se batía.
Aunque nadie ha sabido dar detalles de cuándo y de qué modo, doña Benéfica y don Esteban habían comenzado sus amoríos, pero se conoce de buena tinta que, poco a poco, esa pareja comenzó a estar en boca, primero, de los peones y luego pasó a ser la comidilla de la población de la zona. La gente estaba al corriente de que ellos y se supo que se entendían, justamente las veces en que don Francisco viajaba a la capital o donde lo llevara su trabajo. Y no se imagina usted el tremendo escándalo que en la población se armó cuando se conoció la novedad. Sobre todo, si tomamos en cuenta que ambos hombres venían manteniendo una antigua amistad. Dicen que se conocían desde muchachos. Detalle que a don Esteban lo tenía mal y se interponía fuertemente en el disfrute que pudieran, los encantos de doña Benéfica, brindarle. Así nomás fue señor.
Y, como le cuento, lo que había de que pasar, pasó.
Un mal día de esos, Don Lucio Francisco tuvo confirmación de lo que pasaba y aquel inmenso cuerpo de ese hombre, no fue suficiente para acoger tanta furia, créame. Dicen que los ojos se le salían de la cara, por lo grande que los abría y resoplaba como hace un toro cuando quiere asustar, yo que se lo digo. ¡Pobre hombre! Pero eso sí, don Lucio Francisco no era de andar haciendo alharacas ni dando motivo para escandalizar vecindarios. Sin embargo, comentan que le aseguró a su caporal, que en nadie hubiera duda de que él tomaría apropiada venganza, Esa misma tarde Don Francisco se inventó una escusa y le dijo a su querida Benéfica que, por razones de compromiso de negocios, se veía en la obligación de emprender un largo viaje que le llevaría varios días de ausencia. Acomodó y metió sus enseres en la “voituré” nuevita que se había comprado y como era su costumbre, cargó en la cintura su pesado hierro de seis tiros y arrancó por los caminos.
Por el otro lado, la mujer no fue lerda para mandar avisar a don Esteban que esa noche era la oportunidad. El contenido del mensaje no había tardado en llegarle a su querido, quien sin vacilar, se dispuso esa noche a visitar la casa de su amada. Así es señor.
Parece ser que la estrategia del astuto Lucio Francisco habría sido quedarse apostado, ahí nomás, aprovechando las sombras, entre una arboleda tupida que quedaba frente a la entrada principal de su casa, procurando impedir que se filtrara mirada indiscreta alguna. Todo se resolvería sencillamente con un disparo a cada uno. Y no le importaba que consecuencias legales pudiera traerle esta decisión. Eso él lo arreglaría en su momento. Pero ahora lo que importaba era vengar esa horrible ofensa. El primero de los disparos estaba reservado para su mal amigo Esteban, el mismo que abusara de su confianza y traicionara su amistad. Y luego a aquella desleal mujer, a quien, sin embargo, quería de verdad.
Solo restaba esperar el momento apropiado, nada más.
Mientras tanto, compañero, le diré que las fatídicas diferencias sociales no podrían permanecer ausentes de estas crónicas. Ellas colocan las cosas en su lugar, especialmente cuando se trata de sucesos extraños, de esos que ocurren en los pueblos. Seamos más claros: en aquellos tiempos y lugares, era normal que cada quien, muriera según sus enfermedades, y se despidiera según sus posibilidades. Los ricos gustaban de dirigirse al cementerio en barnizadas urnas de roble oscuro sobre carrozas que arrastraban nobles alazanes teñidos. En cambio los pobres se conformaban con alguna buena hamaca o chinchorro fúnebre con el cual se lo transportaba, guindado de un palo sostenido por la buena gente que el difunto había sabido conocer en vida. Al cuerpo solamente lo envolvía, una sencilla manta, de esas que le llaman “pasaguacero”, con las que se cubría la gente cuando azotaba la lluvia. Estaban tejidas con lana de ovejo andino, en una urdiembre tan apretada que impedía el paso de la lluvia, y eran, por un lado de color rojo y por el otro, azul. Así de sencillos eran aquellos enseres de rituales fúnebres conocidos como hamacas de velorios, pues.
Esa tarde, luego de asearse, perfumarse y por supuesto, acicalarse el bigote con esmero, Don Esteban salió caminando de su casa, rumbo al Hato Mayor con paso apresurado, y un tanto nervioso, no lo podía evitar. A medida que abandonaba el pueblo, el hombre observaba las calles largas, que iban perdiendo su perfil urbano al irse confundiendo con la extensa cerrazón de la noche de la llanura. Según su reloj, tenía que apresurar el paso. En los jirones de esa oscuridad, solamente se escuchaba el eco apagado de sus zapatos al pisar, sobre el terreno arenoso. Caminó un trecho largo y calculó que le faltaba poco para llegar.
Aunque algo incómodo, Don Esteban no se sorprendió cuando tropezó con aquel adolorido conjunto que, en dirección inversa se acercaba en la humildad de un Cortejo de Hamacas. Adelante como presidiendo el séquito, caminaba alguien ensombrerado, con un endeble farol en la mano, y lo seguían cuatro hombres haciendo fuerza para sostener la hamaca. Alcanzó a ver unas cuantas mujeres vestidas de negro echando un llanto de congojas por el difunto, quien a su vez iba bien envuelto en su “pasaguacero”.
Seriamente, desde un costado de la senda, se quitó el sombrero y se atrevió preguntar por el nombre del fallecido.
_ Esteban Pérez _ le respondieron los que cargaban el palo.
Pensó, en su desconcierto, que el mundo es pequeño, porque no conocía a nadie más que llevara su propio nombre y apellido en esos lugares, pero en fin… las casualidades son eso, casualidades. Así fue aquel provisorio y necesario consuelo que le permitió seguir en su camino nocturno, guiado solo por la costumbre, porque de ver algo, ay, compadre, no se veía ni el aliento. Las estrellas no alcanzaban ni siquiera para enviar algún brillo que sirviera para la ocasión. Dándole al coco, y algo inquieto por el inesperado episodio, Don Esteban marchaba con ganas de llegar cuanto antes a su destino. Pero dicen que desde lo hondo de las tinieblas surgió otra Procesión de Hamacas, muy similar a la anterior
Se sintió mal. Al detenerse puso el sombrero en su pecho y preguntó el nombre de la persona que transportaban allí.
_ Esteban Pérez _ fue la seca respuesta. Digamos simplemente que el hombre quedó sin respiración.
Ay, Jesús mío… alcanzó a exclamar en un suspiro que le venía de adentro y se persignó. Miró a su alrededor y solo alcanzó a ver el sombrío contorno de los hombres que se disolvía en la oscuridad. Se dio cuenta de que había quedado aislado en esos parajes de la noche más oscura que había contemplado. Imagínese usted… en esas circunstancias, Don Esteban no podía ni figurarse siquiera, el cuerpo de su querida Benéfica. Se sentía incapaz, en realidad, de pensar en nada que le resultara agradable, tal era el tamaño de su pesadumbre. Nuevamente quiso convencerse de que lo que había sucedido, era nada más que una coincidencia. Aunque en su interior, buscaba en vano una explicación posible. Con la mente en completa confusión, llevó sus manos a la cara, como queriendo borrar de sus ojos lo que había visto.
Inmóvil, sin saber qué actitud tomar, fue testigo, increíblemente, de la aparición de un tercer séquito también llevado en Hamaca Fúnebre…
Era demasiado. Esta vez no quiso formular pregunta alguna, ¿para qué?, si ya conocía el nombre de la persona que ahí llevaban. Para él, el mensaje quedaba sobradamente claro.
Dando saltos de larga prisa, nuestro galán de comarca abandonó la oscuridad del lugar, para, de una sola carrera, ir al encuentro de las luces del pueblo. Al arribar por fin a su casa, Esteban era un solo bochorno. Sin descansar, alcanzó a apiñar unos pocos macundales y en un santiamén se largó hacia afuera con una ansiedad que le quemaba el pecho. Caminaba por las calles del pueblo rumbo a la estación del autobús, prestando atención todo a su alrededor.
La mañana del otro día encontró a nuestro amigo en completa retirada, montado dentro de un viejo transporte que viajaba a otra población.
Así ha sido esta historia señor. Y hágame el favor, de no preguntarme a donde llegó Don Esteban. Solo le diré que en su huída, logró alcanzar la próxima estación terminal para tomar otro, y luego otro autobús, hasta llegar a un sitio que quedaba lejos, bien lejos de Guardatinajas, de donde no se le oyó jamás, ni nombrar.
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