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Ago 23, 2020 La Quinta Pata La Pata Semanal Comentarios desactivados en ¿Por qué debería leer a Marcel Proust un alumno de literatura del CEIL que jamás leyó al francés ni escribió nada en un pasquín infame llamado El Despertador?
Introducción
Para estudiar letras en el CEIL (Universidad de Lavalle, Mendoza, Argentina) no se debería ser un gran escritor, pero si supondría convertirse en un acercado lector. Acá el escriba, que nunca estudió literatura, se transforma en un “ensayista” por unos momentos para desafiar a algún estudiante, a ver si es capaz de leer a un autor de tamaña envergadura y después exponer sus apreciaciones. El autor de esta nota se caracteriza por ser sumamente presuntuoso, vanidoso y provocador. Sólo espera que no haya sido en vano.
Vaya el desafío.
Escena 1
Mi casa
Ayer tomé En Busca del Tiempo Perdido, una de las más importantes obras de la literatura europea y tal vez de la literatura universal y me pregunté, ¿de dónde salió la idea de que podía ser una de las más importantes de la literatura universal? Creo que leyendo a Nabokov encontré que había afirmado algo semejante, pero no tengo certeza de si fue él u otro quien lo dijo. Pero, ¿por qué debería creer que eso es así? ¿Tal vez por la cantidad de páginas que descubrí que tiene el libro, mientras intentaba leer hace un año el primer tomo? Por qué debería yo afirmar, siguiendo a Nabokov o a otro de esos grandes escritores, que alguien debería leer a Marcel Proust. ¿Sólo por qué el libro tiene tantas páginas? ¿qué hay allí que pudiera decirme algo, que no me dijera, otro autor de los que he leído o leo cotidianamente?
La conclusión después de tantas veces frustradas por cierto mi lectura, de querer acercarme a semejante obra, es que no debía interesarme demasiado la historia, es decir, no tenía que pensar en el qué. Entendía que no era necesario comprender como retrataba el autor a la sociedad de la época, ni tenía que pensar demasiado en las características psicológicas de los personajes, ni mucho menos en la trama del relato, atiborrado de digresiones, que me gustan, porque a veces me pasa lo mismo, pero que hacen que mi mente se bifurque y se escinda de la historia, persiguiendo otras adentro de la misma.
Entendí entonces, que no era demasiado importante conocer ni las dichas ni las desdichas del señor Swann.
Descubrí que lo apetecible, acaso lo genial y que fue que me encantara la obra es el cómo. No me debía interesar sustantivamente el relato, que tiene tantas aristas y variantes, que me fue casi imposible andar. En realidad me fue imposible porque fui perezoso en la lectura, ya que sabiendo cómo venía la mano debería haber agarrado una hojita, para atar cabos, ubicar señales, establecer relaciones entre el señor tal, o la señora cual, o algo por el estilo. Sólo seguí intempestivamente las páginas que me llevaron por irrefrenables caminos, por múltiples huellas que se abrían entre mis manos, cada vez que recorría el libro.
Escena 2:
También mi casa
El año pasado recuerdo que llegó a la escuela un trabajo sobre lectura fluida, y entre ello, una grilla para leer en forma veloz. Creo, sino me equivoco, que había que leer algo así como 120 palabras por minuto para que aprobara un alumno de 7° grado. A 120 palabras por minuto, me daba que en 60 minutos, podía leer 0027, esto es 7200 palabras. 7200 palabras por 24 horas, esperen que saque la calculadora, ahora sí, me daba como resultado 172.800 palabras.
Si tuviera insomnio, todavía no lo tengo, aunque ahora me levanto muy temprano, (todavía no soy de esos que sale a regar el asfalto en pantuflas); sino quisiera comer, porque es tan atrapante el libro, que no me dejase mover; si apenas me tomara unos cuantos minutos en el día, durante un día, para ir al baño, lo más probable es que podría leer las 24 horas. ¿Cuánto tiempo? No sé, tal vez debería probarlo. Una vez lo hice, tenía 16 años, estaba leyendo Cien años de Soledad, pero en ese momento, terminé con 3 kilos menos, luego de leer maratónicamente durante tres días sin moverme del sofá del comedor. Récord, que jamás pude repetir. Sigo, lo importante es saber que En Busca del Tiempo Perdido, es una tan extensa obra, que debe tener algo así, en mi humilde opinión, no lo he pesado, ni tampoco he contado los caracteres, sino más bien he ojeado sus páginas, unas 350 palabras por hoja, agrego, para que me crean, que cada uno de los tomos que tengo en mis manos tiene 1.000 páginas, y acoto para que me crean más, en papel biblia.
Eso significa que 350 palabras por página hacen 350 por 3000, igual a 0000501, 1.050.000 palabras. Si lo divido por 172.800, que es la cantidad de palabras que podría leer en un día, leyendo las 24 horas de corrido, entonces la vasta obra de Proust la podría terminar en 6 días y unas horas más. Como hace un año que vengo intentando leer toda la obra y no puedo, he buscado argumentos que me ayuden a justificar la falta de continuidad del relato. Ya admití pereza, un pecado capital, ahora admito gula, puesto que necesito alimentarme todos los días, cuestión que me saca tiempo. Calculo, porque ingiero mis alimentos demasiado ligero, que pierdo una hora en total por día para comer, lo que a esta altura, me deja 23 horas. Tengo claro que a mi edad, el descanso es necesariamente fundamental, porque necesito que sea reparador, puesto que aunque quisiera leer de corrido durante 6 días y unas horas más, me sería imposible someter a mi cuerpo y a mi mente a semejante trajín, ya que a mi edad, me quedaría lisa y llanamente dormido en cualquier sillón o cama donde estuviese leyendo. Como mi propia tradición indica, necesito dormir por lo menos 6 horas por la mañana y otras 2 más por la tarde, en la siesta. De esta manera, ya no podría contar con 23, sino con 15 horas por día para leer En Busca del Tiempo Perdido. Sin embargo, por más que quisiera, la vida moderna no me permite hacer filantropía, y mucho menos filosofía meditante, por lo que para poder comer, bañarme y subsistir, debo trabajar. Y no es poco lo que tengo que trabajar para poder cubrir mis necesidades mínimas de subsistencia. Son alrededor de 4 horas y media de clases, más el viaje de ida y de vuelta, lo que hacen un total de 6 horas menos de lectura. Esto significa que ya tampoco dispongo de 15, sino de 9 horas por día para leer. Pero debo admitir, que con un trabajo, sólo puedo sobrevivir, y la vida burguesa implica confort. Sí, el confort que inventó la sociedad de consumo. Y el confort sólo se obtiene trabajando. Que es como una rueda de nunca acabar. ¡Cómo me gustaría hacer filosofía! Claro que si sigo los preceptos de aquel al que se le ocurrió esa frase de que la filosofía no sólo debe interpretar el mundo, sino transformarlo, me pondría en un dilema moral de alta escuela. Sigo. Por la tarde, después de la siesta debo admitir, que lo que me queda para lograr algo de confort, es escribir. Hacer algo de periodismo, de ese que me enseñó mi viejo. Como lo extraño al viejo. Y eso me lleva tiempo, por lo menos dos horas por día, que me los quitan a mis ganas de leer a Proust, y ya sólo tengo 7 horas.
Pero resulta que no todo es como parece, y a diferencia de lo que algunos energúmenos creen, los maestros si trabajan en la casa. Corrigen, hacen planes, las más de las veces absurdos, es cierto, pero planes al fin. Preparan actividades, leen formularios, memorándum, cadenas de whatsapp de las seccionales, papeles y papelitos de los más variados, que por lo menos me quitan 2 horas más cotidianamente. Es ahí cuando digo que sólo tengo 5 horas para leer.
Claro que esto es en los papeles, porque si en mi casa me vieran leer durante 5 horas, claramente dirían que estoy “sin hacer nada”, por lo cual inmediatamente me mandarían a “hacer algo”. Y allí estaría yo, no, estoy yo, haciendo las compras en el negocio de cercanía, llevando los gatos al veterinario para que los desparasiten, pagando facturas de las luces atrasadas en un pago, o simplemente salir, para no verme sentado sin hacer nada. Eso me lleva una hora de mi vida todos los días, lo que me deja sólo 4 horas de lectura a esta altura. Sin embargo, debo admitir que la única manera de que mi familia funcione, es charlando un poco por día. Por lo menos para simular que me interesa. Un diálogo aquí, un mate allá, una explicación por el otro lado, me sacan por lo menos otras 2 horas más por día, lo que me dejan sólo 2 para leer a Proust y sus 3000 páginas. Pienso ahora, que 2 horas distan bastante de las 24 que tenía planificadas al principio. Bueno, sigo. Ya falta poco.
Como no tengo facebook personal, todavía no estoy tan alienado, y tengo cierta capacidad para distinguir. Señor dame valor para cambiar lo que puede cambiarse, resignación para aceptar lo que no puede cambiarse, y sabiduría para distinguir lo uno de lo otro.
Pero sí, tengo que aceptar que debo estar informado. Porque para hacer mi oficio de periodista y ganarme el mango como decía mi viejo, al que extraño un montón, sobre todo las charlas en los cafés sobre la bohemia en Mendoza, entonces tengo que leer diarios, que a veces no tengo ganas de leer. Por suerte el voyeur de las redes es otro amigo, lo que me permite ganar un tiempo precioso que se lo saco a él, (que no se entere de esto). Por lo cual pierdo una hora más todos los días, lo que sólo me deja una hora por día para leer. Menos claro, el sábado, que es cuando debo ocuparme de la familia, para que no me echen de la casa, y el domingo, que ahí si tengo más tiempo, porque todos duermen hasta las 3 de la tarde menos yo por supuesto, que a esa hora ya leí todos los portales de noticias, corregí todas las pruebas, y leí dos horas para compensar así, la hora perdida del día anterior.
Una hora por día para leer a Proust. Una hora por día para intentar leer a Proust. 3000 páginas que se convierten en 1.050.000 palabras y algo así como 9 millones de caracteres. El tiempo transcurrido para leer al francés entonces sería algo así, como 145 días, parando el sábado y retomando el libro el doble de tiempo el domingo. Como todos saben, 145 días, equivalen a 4 meses y 25 días, dependiendo de los meses.
Por otra parte, me doy cuenta, que mi plan de lectura no puede estar tan planificado. Que hay días en los cuales busqué excusas para no leer a Proust. Creo que no son excusas. Son argumentos. Alguien diría, que son estados de ánimo. Por ejemplo, cuando hay nubes en el cielo, me dan muchas ganas de leer al galo. Pero cuando sale el sol, prefiero leer a Draghi Lucero, o a algún autor mendocino. Puede ser Cortázar, que aunque no fue mendocino sobrevivió un tiempo acá. En donde vivo hay mucho sol, y poco invierno, por lo que los días soleados son vastos, de una vastedad inigualable los veranos por la tarde. Y en la noche me dan ganas de leer a Eco, que es algo así como el padre de la patria para mí. Eso hace que mi predilección por Proust baje, y no concuerde con las circunstancias que ameritan mi tesis de leer 1 hora por día para terminar en 145 días. Con el sol a cuestas y el estado de ánimo encendido, los días nublados son alrededor de 40 por año, que serían los días en los que decido leer a Proust, a los cuales debo sumarles unos 10 días de sol más, en los que hago un esfuerzo sobrehumano para leer, a esta altura, esa obra que ya se está convirtiendo en un bodrio, no por la obra en sí, sino porque luego de pensar en todo lo que he planeado, y el tiempo que perdí en la forma en que debo analizar el sistema que acabo de diseñar para leer la obra, descubro que ya nadie lee a Proust, y mucho menos en el CEIL. Supongo que en la Uncuyo tampoco. Que allí se vuelcan por otros, que no tengo ni idea quiénes son, porque como se darán cuenta, si apenas me alcanza el tiempo para leer a Proust, poco me queda para leer a circunspectos escritores de ocasión, de los cuales no voy a dar nombres para no generar una nueva controversia.
Lo que sí puedo asegurar es que… (y ahí mi querido amigo, amiga, amigue te lo dejo a vos)
Si eres uno de los dedicados lectores de la Quinta Pata, que ha llegado al final de esta historia, entonces puedes ser parte de la cofradía. Para ser parte, sólo tienes que animarte a escribir un final a este relato. La única condición es que el final no exceda los dos renglones. Tienes tres días para mandarlo. Lo puedes hacer por mail a eldespertador2002@gmail.com o simplemente a la página.
Si estás entre los diez primeros afortunados de salir ganancioso de este texto, prometo que serás recibido en mi casa apenas termine la cuarentena con el mejor vino tinto, y el mejor asado que te puede obsequiar un buen amigo. Ahí te mostraré las fotos de la familia, y de Ramón, las cartas inéditas, y los textos ocultos del negro. Pero esa, es otra historia.
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