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Dic 27, 2015 Marcelo Padilla Opinión Comentarios desactivados en Por un peronismo rebelde
En las épocas mozas, cuando todo esto era un jardín de flores regadas por la voluntad de los que se animaron, y, quienes nos sentimos representados por el movimiento nacional y popular con sus referentes máximos, ésto, Argentina, era una fiesta. Queríamos más pero nos acostumbramos un poco al bienestar de los logros. Pululaban los dirigentes. Era cuestión de citar siempre a Néstor y a Cristina y repasar la lista extensa de conquistas. A eso le sumabas la Patria Grande, UNASUR, Chávez, Evo, Correa, Mujica, Lula…. y teníamos el discurso lo suficientemente armado como para dormir tranquilos. Habíamos conquistado el olimpo por asalto pero con democracia, los pueblos votaban a favor de esta camada y la correlación de fuerzas políticas y sociales contribuía claramente para quedarnos tranquilos. El proyecto nacional se plasmaba en políticas públicas, en una batalla cultural aparentemente ganada, en el avance de la memoria, la verdad y la justicia, en la realidad efectiva.
No era cuento. Lo vivíamos y lo festejábamos. Cada vez mirábamos más tele dejándoles la calle a los odiadores seriales. No nos importaba tanto. Estábamos convencidos que eso no movía la aguja del poder popular construido. En medio de estos placeres en vida, aparecieron los que siempre utilizan al movimiento nacional y popular para sus negocios chicos y grandes. Hacíamos la vista gorda porque creímos que todo tigre tiene manchas y, no por más manchas el tigre dejaba de serlo. En la boca el recitado de las 100 conquistas de la década ganada. La teníamos más larga que todos y se la mostrábamos al enemigo, pero también al vecino, al amigo, al familiar crítico. El peronismo apelaba a sus formas más acomodaticias y hacía del PJ un mero instrumento, una medida de tope para las voces disonantes al interior. Pasó en el conurbano, en la gran provincia de Buenos Aires y en las provincias retenidas por peronismos conservas. La llevábamos bien. Mientras se gana, uno se da el lujo de despilfarrar, engordar, dejar de lado lo de abajo para quedarse mirando desde arriba. Vivíamos aplaudiendo. Los límites fueron nuestros, nos autolimitamos, reaccionamos tarde, cuando nos quedamos dormidos y nos despertó la marea llevándose el mate, el termo y la toalla al mar.
Se tapaba al que criticaba porque…. ¿para qué?, ¿si estaba todo controlado?, ¿si era cuestión de llegar a una elección y poner en funcionamiento el aparato y listo? En algo nos dormimos más de lo aconsejado. Pasamos de tirarnos un rato a la siesta para luego, con los años, estirarla a un par de horas, o más en algunos casos. La rebeldía la habíamos desplazado a Peter los lunes por la noche. A TVR los sábados por la noche, teníamos dónde amamantarnos. Mientras, muchos dejaban la militancia por desgano. Algunos por el aburguesamiento que generan los cargos, otros por no ser escuchados. Se veía venir pero no se le daba mucha bola a eso porque sobrevaloramos nuestras fuerzas. Un error. Difícil de ver cuando el parto viene de cabeza y no de culo. La economía daba resultados más allá de las crisis porque veíamos cómo una gran porción de argentinos usaba los fines de semana largos para rajar y conocer el país.
Fuimos los mejores por doce años y medio. Eso sentimos, tal vez nos agrandamos demasiado. Pero hubo un año donde todo empezó a cambiar aparentemente de golpe. Enero de 2015. Nos tiran un muerto pesado en la puerta de la casa y de ahí en más no paró el oleaje que luego fue tsunami. Nos sorprendió el año pero no fue más que el resultado de varias razones y motivos. El tema es que cuando viene de culo…todo se complica.
Y se vinieron las feroces internas. En medio de la convulsión opositora que encontró el modo, apretó el acelerador y puso su Porsche a 220 km la hora. Nosotros a cachetazo limpio, entre nosotros. Las acusaciones, las pasadas de factura, las mezquindades entre organizaciones hermanas. El PJ haciendo de tope. La calentura entre cumpas. La paranoia, los celos, el aparateo, las traiciones. Las derrotas electorales por goteo mes a mes. Aquí, allá, arriba y abajo. Que Randazzo, que Scioli. Que los intelectuales, que esto, que lo otro. Que puros e impuros. Que diestra y siniestra. Que sálvese quien pueda, que vamos para adelante.
Y se nos vino la noche. La noche que nos dimos cuenta que el proyecto del enemigo no paraba con nada. La noche de la primera vuelta, la piña que nos dejó mareados. El borre de los dirigentes pillos que la vieron y se hicieron los pelotudos. El empoderamiento popular que hizo del brazo que faltaba. Eso fue lo más rico. El movimiento de atrevidos que se puso al hombro el proyecto. Tarde, pero demostrativo y esperanzador para llegar a la segunda vuelta con la esperanza al menos. Y luego la derrota por 300 mil votos. La tristeza, el dolor, Macri.
No hubo tiempo de autocríticas serias. Porque se vino lo del traspaso y sus enredos. Y allí estuvimos agradeciendo en una Plaza que sin dudas quedará en la historia nacional. La plaza de los empoderados y enamorados reales. Los que lloraban esas últimas horas de Cristina Presidenta por la tele. El fin de un matrimonio por mucho tiempo igualitario. La división del país y la desligazón de la dirigencia con gran parte del pueblo. Macri asumiendo en condiciones surrealistas mientras las madres marchaban en la plaza.
Las medidas. El avasallamiento a la institucionalidad que tanto reclamaba la oposición a la orden del día. Las primeras represiones, los decretos por metralla, el congreso pintado. La marchas, las autoconvocatorias, la navidad, los medios que hablan de otro país, la pérdida de nuestra comunicación. Sin embargo, la energía social. Esa que alimenta cuando estás en las marchas para no decaer. Macri en la Angostura porque gobierna para angostar. Y nosotros aquí, con las mismas caras de preocupación pero con ganas. No sé qué dirigente hoy puede decirse dirigente de quién. Lo único que sé es que está naciendo lentamente el costado más rebelde del proyecto. Y que está en las calles. Allí, de donde jamás nos deberíamos haber ido.
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