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Sep 24, 2017 La Quinta Pata Recomendada Comentarios desactivados en Romance del orate y la locura
Por Alberto Atienza
Claro que estoy loco. Re loco. A mil. Y únicamente puedo hacer esta confesión, una turbonada de espanto, solo a mí mismo. O escribirlo, como ahora. Y que no lo lea nadie, para que no se burlen de mí, el loco. O publicarlo, como ahora, y yo reírme de los que están leyendo.
Todos los días, en los sueños. O cuando dejo de hacer algo y me distraigo. En el despertar. En momentos en que no hace falta abrir los ojos, porque veo todo, lo que es y no es. Justo ahí, aparece Ella. La miro. Y me derrito. Como esos pedacitos de plomo que de niño fundía en una lata, por jugar. Yo, plomo. De fuerte y oscuro ese trozo de metal se volvía líquido y sobre la superficie de su nueva vida flotaban tenues islitas plateadas. La locura me asiste (algo de eso hay). Del rostro bello, de su cara, vuelvo a mi infancia, todo en un solo delirio, todo por el mismo precio y al que no le guste que no lo compre.
Sus fotos. Ella no está en este valle de lágrimas (¿Por qué valle? ¿Por qué lágrimas?) El desquicio que en mí habita, interviene, sin anuencia, porque se le antoja y me roba parlamento, con frases de oraciones religiosas. Y yo me defiendo, en venganza, con mis rezos: “Loado sea Dios. Bienaventurados los orates porque de ellos serán las camas de los hospicios donde, atados para que no escapen, mearán y mearán, hasta que, empapados cual hisopos, mueren de pulmonía en fría habitación, a los gritos, clamando por sus vidas, lúcidos y sensibles como nunca”
Te fuiste locura. Te espanté con imágenes. Deseas ser todo. Y no es así. Eres nada más que una simple ocupa. Entraste a mí por una ventana abierta. Andate. Dejame estar con Ella.
Soy un hombre grande, por la edad, no de porte. Estoy en los escalones de la vejez, igual a un niño que, cuando nace, se encamina inexorablemente hacia la ancianidad. En verdad, piso la terraza de mis días. Puedo mirar a la vida y a la muerte, esas dos impostoras de la nada, como lo que son: la vida, un espectro que deambula vomitando seres de efímera materia. La muerte, aboliendo para siempre esos fallidos engendros de eternidad.
Entonces, más nihilista que iluso. Más fáctico que romántico. No dudo. Y hasta puedo escuchar a la otra ella, a la desquiciada, a la que me quiere convertir en pasto de sauce, a la que me susurra en el oído: “hay un camastro con sogas en tu futuro”
Se diluyó la imagen de Ella. Nunca había ocurrido. Supe, me conozco, que no era obra de la locura, que cree tenerme cautivo. No se da cuenta, pesadilla de demonios perimidos, que soy yo el que manda. Yo, que la encuentro, mendiga callejera, sucia, desdentada, con sus cabellos fundidos en mugre y la poseo detrás de un contenedor repleto de basura. Ella cree que está soñando hasta que siente, tantos años después, la tibieza de mi semen en sus profundas y amortizadas carnes.
Andá loca, morite.
Ella, no aparece en mí. La otra, la muy nefasta, tampoco. Escuché a un médico decir que si uno se da cuenta de que está enfermo, loco en mi caso, ese es el momento en que el afectado comienza a mejorarse. Y eso me pasa. A mi locura la domino. Aunque no siempre.
Estoy sospechando que es ella quien espantó a Ella. A mi amor. La asustó, creo, con el despliegue de su cotillón de danzas macabras, con esos alaridos de electro shock, convidándole copas con jugos de psicofármacos. Asquerosa. Mala. Loca de mierda.
Ella por fin llegó, en uno de sus retratos más hermosos. Angelita de Dios. Está muerta, hace tiempo. O nunca nació. Solo puede viajar hacia mí en bellas imágenes. Su sonrisa estática, pero dulce, me invade de felicidad. El brillo de sus ojos, me alumbra por dentro. Y la música, que yo instalo para Ella y para mí. Le canto a capella y su sonrisa levanta vuelo: “Hoy estoy viviendo…mi mejor momento…todo lo que pidas lo conseguiré…” Cierro más mis ojos y estamos bailando, muy abrazados. Comienzo a disfrutar de sus duros pechos fundiéndose en mí. Ella, lo sé por su respiración, me siente a mí.
“Si esto no es amor” le digo por lo bajo “¿Cómo es el amor?” Me responde con un acomodarse. Más unida a mi cuerpo. Casi parte de mi carne, las dos pieles, una, la mía inundándola con todo mi ser. Ella feliz conmigo. Radiante por haber escapado del encierro de la foto.
“Amanecí otra vez entre tus brazos…” desperté cantando, pero, Ella, ya no estaba. Abrí bien los ojos y pude ver esa neblina de un amarillo intenso, el color del desvarío, que teñía aire y muebles de mi espacio, sagrado, por ser el sitio donde Ella me visitaba. Era uno de los anuncios de esa suerte de alter ego que me persigue y se encarniza con mi pobre y solitaria cordura. Una entidad con rango de la más retorcida y densa de las maldiciones: la locura.
Me rebelé con las fuerzas que emanaban de mí. Dejó que me agotara.
—Quiero que me escuches para que me aceptes. Eres dueño de esa alternativa, oírme y luego hacer. O si quieres optar, elige al sufrimiento de por vida. Soy incurable. Claro que te puede fagocitar el filo de una lobotomía. O las inyecciones que convierten a los internos de loqueros en zombies. Esos, que caminan en grupos, con miradas perdidas en un horizonte que no es para ellos. No reconocen a sus vecinos que fueron a visitarlos, con facturas y muchos paquetes de cigarrillos–
—Esto es una coincidencia, pero al revés: yo no deseo hablar ni escucharte—
—No hay salida. Ya eres un poseso. Estoy adentro tuyo. Controlo, como quiera, tus neuronas y células—
—Andate. Dejame solo. Eres lo peor que le puede pasar a un ser humano—
—No. No me endilgues responsabilidades que no aceptaré—
—No vengas a hacerte la buenita conmigo.
—Lo más terrible del mundo no es la locura. Es la maldad—
—Sí. Los chicos malos de las películas, El Pingüino, malísimo., Drácula— agregó el loco en tono de sorna.
—No. Esos perversos que mencionas son simples transfiguraciones del mal verdadero, edulcoradas versiones. Millones de espectadores, todavía disfrutan del sonar de la trompeta de la caballería yanqui, que anuncia la derrota del malón de indios que ataca un convoy de carretas. En los temblorosos vehículos viajan bondadosos y sonrientes colonos, todos blanquísimos, todos esforzados y pulcros. Y una bella jovencita rubia que el anciano John Wayne besa a cada rato—
— Eso es un mero entretenimiento. No tiene más significados.
—Error. Mientras alguien está atornillado a una butaca, o con su vista y mente absorbida por una pantalla de TV, mientras más grande, peor y se deja hipnotizar por los amoríos siempre conflictivos de lindas modelos, actrices de poca monta, todas bellas eso sí. O de gordos que hacen como que bailan. Enanas lanzadas hacia arriba y atajadas a ras del suelo (bailando) Abogados penalistas también en esa simulación de danzas. Cuando el villano invitado que quiere apoderarse del mundo es vencido y empujado de nuevo a su redil. O muere, apocalípticamente. En esos momentos y a toda hora, sin cesar, el mal avanza causando estragos en el mundo. En tu país. En tu entorno.
— ¿Y qué puede hacer uno?—
—Tomar conciencia. No ser una oveja más del rebaño. No aceptar ni comprometer el interés en cuestiones que distraen, al punto de convertirse en alguien no contemporáneo del mundo y de su vida. El riesgo es pasar a ser un vegetal sonriente—
—¿Esto es un comienzo?—
—Vas en camino. Si te cuesta visualizar lo que digo, mira metafóricamente a tu alrededor. O busca una lista de presidentes argentinos. Pon atención en sus roles verídicos en obras y desastres causados por esos ocupantes del sillón de Rivadavia—
—Muchos de ellos son considerados próceres ¿Cómo debo llamarte? Decirte locura no me gusta. ¿Cuál es tu nombre. Puedes mencionarme como el loco— y agregó con cierta tristeza en su voz —No soy más que eso. Pero muchos me conocen como Ismael—
— Amarilla, es mi color. Y mi nombre. Y estás equivocado. Puedes llegar a convertirte en alguien valioso. Depende únicamente de tu voluntad—
—Y de los estados de conciencia que usted me conceda—
—Cuenta con ellos Ismael. Admiro el talento humano—
—Para mí todos los de mi especie, clase, no sé cómo decirlo…—
—Los que padecen la enfermedad que te altera los días—
—Sintéticamente, los locos tenemos la mente repleta de delirios enmascarados, disfrazados de pensamientos, con discursos absurdos y arrebatos de violencia. No veo brillar al talento en ninguno—
—Ismael, te nombraré nada más que a dos y son muchos más, para no alargar este diálogo. Uno, Antonín Artaud, autor de una elevada teoría teatral que sigue siendo estudiada por especialistas. Algo único. El marqués de Sade, creador de una literatura agresiva y lujuriosa, pero literatura al fin—
—Me prometo leerlos—
—Pero volvamos a los presidentes. No daré nombres para que puedas trabajar libremente en tu búsqueda. Te estoy ofreciendo una labor, algo útil para tu persona—
—Me interesa—
—Desde los comienzos de este gran país que habitas, apareció el mal, permitido por un Estado soberano, a veces autor de delitos—
—Suena como algo muy grave—
—Y lo es. Digo es porque resulta que los hechos lesivos para los verdaderos dueños de la república, cometidos por el poder maligno pertenecen, algunos, al pasado. Otros al presente, al hoy. Los de antes involucraron genocidios de tribus enteras de habitantes del país. La oligarquía dominante se repartió, luego del exterminio, una gran cantidad de hectáreas. Son las estancias de hoy. La famosa y gigantesca Pampa Húmeda donde cada vaca dispone de amplias extensiones de pasto. Y son miles y miles. Primero llegaron los conquistadores, también asesinos, en nombre de un símbolo con la misma forma que el mango de una espada—
—Algo de eso he leído—
—Pero el tema de los presidentes, políticos elegidos por el pueblo. O los que treparon al gobierno central agarrados a un fusil, parados sobre un tanque de guerra, bajo la sombra de aviones que ametrallaban civiles. Esos, que pasaron a la historia por un fusilamiento masivo de ciudadanos de ideas, para ellos, nocivas, simples credos políticos. Fueron asesinados sin juicio, en un basural. Y no los mismos, pero si idénticos en esencia maligna, mataron años después, bajo el eufemismo de desaparecidos, a 30 mil personas, en su mayoría jóvenes inocentes. Eligieron a la muerte como solución, igual que un Hitler o un Stalin— recordó Amarilla—.
—Muy duro todo eso, muy duro—
—Apenas si los atontaban con alguna droga y los lanzaban vivos desde aviones militares en el medio del Río de la Plata. Antes les quemaban los genitales a mujeres y hombres con la picana eléctrica. La lista del mal que esos perversos desplegaron es mucho más de lo que te transfiero. Los carceleros violaban a las chicas detenidas, rompían lentes de los miopes, les pegaban a los presos llamados políticos. Asistían con recursos elementales a partos de embarazadas presas y robaban los recién nacidos, regalándolos a cómplices como si fueran gatitos. Luego, mataban a las madres—
—Ya sé que no vale lo que voy a decir, al injusto mal que aplicaban le sumaron el haber privado a esas personas de una muerte digna, de una tumba, de la necesaria vivencia de un duelo para sus familiares— agregó el loco Ismael.
—El mal cuando se desencadena excede todos los límites. Pero permiteme que siga, queda poco aunque fue y es mucho—
—Continua. Por favor—
—Los presidentes son un buen ángulo de enfoque, porque de ellos emanaron y emanan gravísimos perjuicios cometidos contra la ciudadanía, los derechos humanos, la soberanía—
—¿Por ejemplo?
—Un mandatario que desguazó trenes de pasajeros y de carga en el país. Convirtió a los pueblos surgidos a la vera de las estaciones, en fantasmas edilicios sumidos en la pobreza. Se llenaron las rutas, inadecuadas para un tránsito intenso, de infinidad de camiones y micros de larga distancia. Eso multiplicó el número de accidentes y de víctimas fatales. Ese mismo figurón nefasto generó hambre. Las fotos de niños desnutridos argentinos dieron varias veces la vuelta al mundo. Algo inexplicable, en una nación capaz de abastecer 300 veces más de alimentos al número de sus habitantes—
—Con tu permiso. Algo de eso sigue ocurriendo. Casi nadie habla ni se publica la triste situación de aborígenes en el norte argentino. Los gobernadores permiten la destrucción de la Naturaleza, por parte de empresas extranjeras. Los wichis que en lugares, para ellos sagrados, convivían con sus eternos ancestros. Del tupido y verde paisaje, emergía su música. Ahí habitaban sus dioses. Eran felices. Se cerraron las garras de la mala praxis política. Tribus enteras fueron expulsadas. Los bosques, destruidos. Ellos, nobles y dignos seres, terminaron en el desierto. O buscaron asilo, sin ninguna ayuda, en las contaminantes y difíciles ciudades. Ancianos y niños, las primeras víctimas, morían y siguen muriendo de hambre o de enfermedades causadas por la mala alimentación—
—Sí— agregó Amarilla, la locura —Y pasó por el sillón una presidenta que nunca resolvió esa suerte de genocidio. Tenía entre sus delfines a un gobernador que autorizaba la desforestación y los terrenos eran vendidos. Así continúa desapareciendo el hábitat de los verdaderos dueños del lugar. Una vergüenza plena. Una maldad absoluta. Con características de genocidio-
— Ismael, otro presidente, aunque eso no figura en la historia oficial, mandó a matar a más de doscientos huelguistas, en el sur del país. Fueron ejecutados por un militar que luego murió por el estallido de una bomba que le lanzó un anarquista—
—Vi una obra de teatro con el tema. “Relevo” dirigida por uno de los grandes directores argentinos, Cristóbal Arnold—
—El teatro, funcionando como conciencia del hombre— agregó Amarilla
—No hay que olvidar a los militares asesinados en las puertas de sus casas, a policías acribillados en las calles, por parte de grupos guerrilleros que también propugnaban la muerte como solución—-Coincidentemente con esos crímenes. Hace años encontré a un amigo, un oficial joven, que acompañaba a pibes de un curso de un liceo militar. Luego de los saludos, vi que miraba para todos lados, hacia arriba, inquieto. Le pregunté qué le pasaba y me contó. La muerte les llegaba desde cualquier sitio—
Y quedaban temas en el sumario de Amarilla. Ardía ella en una inextinguible llama de deseo de justicia, alejando a su destino de alienación.
—Autores de uno de los más grandes pecados de los presidentes argentinos y sus troupes de senadores, diputados, gobernadores, intendentes, es el consentido avance de extranjeros sobre un excelso bien por el que han muerto muchos de nuestros héroes: la soberanía—
—He visto un mapa— atento, aportó Ismael —Es increíble la enorme cantidad de posesiones que extranjeros ricachones, muy comprometidos con el poder de sus naciones. Tienen en el sur—
—Si. Las adquirieron con la anuencia de los intendentes de las zonas, de los gobernadores, de los políticos en general. Algunos de los sospechosos permisivos ya han pasado al bronce. Y otros, aun en vida, ya sienten el frío del mármol en sus pies. Los máximos responsables finales, los que deben velar noche y día por la soberanía de nuestro país y no lo hicieron, son los presidentes. Ellos, pasarán a una historia aun no escrita como mansos entregadores de gran parte de la Patria—
—¿Cómo pueden haber actuado de ese modo?— se extrañó Ismael.
—Cerraron los ojos. O miraron para otro lado. No sintieron en el alma el dolor que cualquier argentino sufre ante la pérdida de una gran parte del país que tanto costó crear—
—Indiferentes. Ignorantes. ¿O recibieron alguna propina?—
—La base de todo, el motor que los animó a permitir esos despojos, fue exclusivamente un solo sentimiento, una enorme fuerza, algo que emana de la carencia de respeto a los semejantes: la maldad, Ismael—
–¿Eso es lo que mueve a muchos políticos? Claro. Piensan todo el día en ellos mismos. En cómo aumentar su patrimonio—
—Los, poderosos en dinero, los dueños de esos latifundios, si se les antoja, mañana mismo pueden permitir la instalación de una base misilística yanqui. Y quedaríamos entonces en la mira de los terroristas que, para nada, quieren al gran país del Norte—
—Es cierto—
—Todos los políticos argentinos, sin excepción, alguna vez vieron un grupo de cinco precarias construcciones, habitadas por familias, con niños, construidas con latas y techadas con lonas y nylon en terrenos fiscales. Era la ocasión para levantar ese asentamiento, procurarles una casa digna a esas personas, ayudarlas a despegar del pozo en que estaban sumidas. Poca plata. No. Miraron para otro lado. Cerraron los ojos. Esos lugares se convirtieron casi en ciudades, insalubres, en las que empezó a reinar el delito y las drogas. Flagelos, casi imposibles de erradicar, por el poder desmesurado de los narcos, que mediante sobornos, asesinatos, llegan a veces a manejar grandes centros poblados—
—Yo me enteré— dijo Ismael compenetrado de lleno en esa revisión de Amarilla y que había quedado fijo al tema anterior— de lo ocurrido en Malargüe, Mendoza. Trecientas hectáreas fueron vendidas a malayos. En ellas está la “Laguna de la Niña Encantada” un bello espejo de agua rodeado de vegetación. En su historia hay una romántica leyenda. Dos jóvenes de una tribu de naturales del lugar se enamoraron. La laguna era el escenario de esos encuentros. Enterado el padre de la chica, le prohíbe continuar con su relación. Tiene que unirse, de modo inminente con un candidato que el progenitor le ha buscado. Ella huye hacia su lugar de felicidad. Detrás parte un grupo de guerreros con la orden de capturar a los dos y llevarlos ante el cacique…—
—Una prueba de intolerancia, de supina maldad, del mandamás—no pudo evitar el comentario Amarilla.
—Sin duda— continuó Ismael y continuó con el relato— fue accidentada la persecución, casi una cacería. Los dos seres casi angelicales murieron. Al poco tiempo aparecieron en el lugar dos aves muy bellas siempre aposentadas cerca del agua. Dicen, desde hace siglos, que son los dos enamorados, eternamente juntos—
—Una triste pero hermosa historia— comentó Amarilla
—La laguna fue cercada, le pusieron sus dueños malayos, guardias que impiden que miembros de los clubes de buzos se sumerjan en ella, como siempre han hecho. Es difícil visitar ese sitio. Los mendocinos, que aman esa leyenda de índole superior, viviente no sólo en el aire, sino que persiste su escenario natural, están muy dolidos por esa venta, por esa pérdida de un tesoro. Algo más valioso, infinitamente, que el monto que recibió un malvado, con los beneplácitos de un intendente y de un gobernador, ambos de diferentes signos políticos. Para el caso, para el despojo, es lo mismo. Son iguales los dos— cerró el epílogo Ismael.
—Es cierto Ismael. Los hermana la maldad—
—Dijiste Amarilla, nunca más te diré locura, que el mal, perpetrado por políticos y sus servidores, impiadosos, también ocupa el presente. Te parece que nos ocupemos brevemente de eso—
—Me altera mucho hablar del hoy. La indignación me gana al advertir la pasividad, inexplicable, de quienes en los gremios argentinos tienen la obligación, para eso fueron elegidos, de defender a los trabajadores—
—Es verdad— reafirmó Ismael —el gobierno actual quiere, y lo anuncia batiendo parches, aplicar una regresiva reforma laboral, para beneficiar a los industriales y comerciantes. Las conquistas sociales logradas a lo largo de años de luchas, serán anuladas. El trabajo, en todos sus órdenes, se parecerá más a una esclavitud que a otra cosa—
—Si— asintió Amarilla— inclusive algunos sindicalistas, por suerte no todos, ya están de acuerdo con negociar el daño que se les aplicará. Es algo inaceptable. El ¡No¡ debe ser rotundo ante ese avasallamiento que involucra al Estado, parte de un ataque sistemático dirigido contra obreros y empleados—
—Más daño quiere producir un presidente empresario, sofista, excéntrico. Los despidos llegan a ser miles— agregó Ismael — hogares de matrimonios jóvenes, con hijos pequeños, en su mayoría, quedaron privados de ingresos. Les retiraron los subsidios oficiales, magras sumas, a los discapacitados que no pueden trabajar, por sus severas dolencias. Una ruindad absoluta—
—Lo sé— agregó Amarilla —son medidas muy crueles, aunque sean aplicadas en nombre de la política. Eso es una mentira. La política es propender al bien común. No al mal común—
—Enajenaron una fábrica de satélites, una muestra de la evolución de la ciencia argentina. Otra, el país ha sido endeudado con un préstamo pagadero en cien años, en una operación, absurda, leonina. A eso le agregan otras deudas que terminarán saldándolas los habitantes de tres generaciones más. Eso si estos gobernantes no cumplen con el propósito, parece ser parte de sus planes, de convertir a la Argentina en una factoría. Venderla por trozos. Hay interesados. Naciones beligerantes que serían felices alejándose de eternos enemigos. El hambre llegó a los hogares más humildes. Han surgido en un gran número los comedores comunitarios, donde se alimentan adultos desocupados, muchos niños y personas mayores a quienes no les alcanza para vivir el monto que perciben. Son jubilados que aportaron para su retiro durante 30 años de trabajo o más. — acotó Ismael.
—Tradicionalmente el pueblo argentino sale a la calle, para protestar por medidas gubernamentales injustas, festejar lo bueno o en repudio por algo inaceptable a nivel popular. El Estado nacional ha aumentado de modo impresionante el número de fuerzas represivas. Los ataques contra los manifestantes son muy duros. A veces actúan infiltrados que motivan la violencia contra seres pacíficos. En lugar de soluciones pegan bastonazos, lanzan gases lacrimógenos y balas de goma. Es la manera con que enfrentan a la disconformidad que generan los brutales ajustes económicos, las impagables tarifas de servicios públicos. Se trata de una política dedicada a favorecer a los ricos, a los poderosos y bajar sueldos, abolir leyes laborales y multiplicar, como está ocurriendo, la pobreza en sectores que, hasta no hace mucho, eran parte de una estabilizada clase media — intervino Amarilla—
—Con sinceridad ¿Tengo capacidad para lo que me has elegido?— preguntó tímidamente Ismael
—Si. Eres inteligente y sensible, dos condiciones que no siempre marchan juntas. Esta ha sido tu primera clase. Ahora te queda leer, elaborar tus conclusiones, las propuestas de solución. Cuando te sientas mal por mi presencia no debes hacer nada. Deja que pase el momento. Yo te avisaré, ya que no puedo evitarte los ataques, antes de que te afecten— le anunció Amarilla.
—Lo que yo deseo es seguir mi relación con Ella— le pidió Ismael a Amarilla —me hace feliz. Todo lo expresa con su cuerpo, con sus sonrisas, con sus ojos, aunque no habla —
—Estás muy enamorado de ella. No te preocupes. Pronto hablará—
—No me importa que no exista Ella. Lo mismo me llega al corazón. No quiero perderla— rogó Ismael — ¿Y por qué dices que podremos conversar?—
—Demoras en darte cuenta, tonto, querido tonto. Ella… soy yo— reveló Amarilla. Existo, no como una mujer humana, aunque siento como tal. Y me preocupa la gente, tu bello país, casi el mío. Y me gusta mucho estar a tu lado, con vos, en todo—
—Esto es un milagro— dijo emocionado Ismael.
—No. Es parte de lo mismo. De lo que te pasa. De mí. De lo que soy. Es el amor mi querido, la fuerza más grande del universo. Te pido que no me obligues a mencionar a mi entidad. A esa palabra tan fea. Un término que es casi un insulto. Nosotros dos… somos nuestros nombres—
—Hay un corazón en un árbol que nos espera: Ismael y Amarilla se aman—
—Lo que dijiste es muy bonito—
—Si la única forma de verte, es cuando apareces en una imagen como Ella ¿Cómo es posible que luego, al unir nuestros cuerpos todo eso se materializa?
—Es el amor Ismael. No sólo te compliqué tu estabilidad, tu salud, sino que me sentí atraída, al principio, por tu rebeldía. Por tu forma de enfrentarme, de luchar contra mí, que soy un molino de viento, un fuerte inexpugnable. Los remedios son cortos paliativos. Te descubrí y me encantaste. Llegué a tu lado repleta de ansias para los dos. No en el mundo humano. Es otro lugar donde puedes hacerme feliz como hombre. Y yo ser absolutamente femenina y, también, feliz—
—Posees una energía arrolladora. Es como si me llevaras en vilo por los aires. Nunca he sentido tanto placer, tanta alegría—
—No existe en el mundo una mujer con mi intensidad. Pero, otro de tus atributos, estás capacitado para poseerme—
—Es que… y te lo diré sin miedo, te amo de modo pleno, total, aunque no me olvido que lo nuestro, lo que nos ocurre, parece más un sueño que algo concreto—
—Yo te adoro Ismaelito. Me gustas mucho, en todo. Te quiero. Estoy segura. No me importa la irrealidad de lo que, ciertamente, vivimos los dos. Sigamos. Es un camino lleno de flores y sol que nos lleva al paraíso—
—Amarilla, mi amor, me quedó flotando una gran duda. Entré de lleno en la maldad disfrazada de política, de justicia, con tu orientación y lo poco de mi saber. De cómo la maldad reina. El imperio de la falta de respeto por el semejante, al que se lo margina, hambrea, se lo mete preso. Les roban sus tierras a los naturales del lugar. Y, también, al que se descuida. A los que mueren sin descendencia. A otros, los gasean en las calles, son apaleados, lesionados y van tras las rejas, porque molestan al poder con sus pretensiones de vivir. O porque hablaron de más. Estamos ante un nuevo y cruel feudalismo de unos pocos. Lo conversado, me inspira una pregunta ¿Puedo?—
—Adelante Ismael—
—¿Dónde está Santiago Maldonado?—
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