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Frío de Rusia
Ricardo Strafacce
Blatt & Ríos, 2013
102 páginas
Choque frontal: me doy con la primera línea y caigo sin freno, sin fin, de Rusia a Caballito. Aterrizo en un bar asentado en el cruce de Rosario y Centenera. Ricardo Hardoy y Marta González coinciden en la única mesa vacía. Ocupada en realidad por ella, que da la venia para la sublocación de un Hardoy recién aparecido y bastante desolado por la general algarabía de lugareños y estrambóticos, ocupantes coyunturales de su bar, concitados en el lugar para festejar el 9% obtenido por Chacho Lagares en las urnas durante la primera jornada de esta historia. Muestreo micro de un Caballito alborotado por el volumen inmoderado de la voluntad popular, confecciona un ambiente nauseabundo para Hardoy, que sin embargo aprovecha para el levante.
Tal el comienzo de Frío de Rusia, última novela de Ricardo Strafacce (publicada en papel y e-book simultáneamente, en cuidada edición por la estimulante factoría editorial Blatt&Ríos). Autor prolífico, Strafacce ha sido últimamente referenciado antes que nada en relación con su monumental labor biográfica vertida en Osvaldo Lamborghini (Mansalva, 2008), si bien es novelista gozosamente reincidente (sacando esta, tiene en su haber siete novelas, siendo las dos últimas El parnaso argentino y Crímenes perfectos) y poeta ídem.
Frío de Rusia encierra, a partir del encuentro entre dos desconocidos, y haciendo pie en el humor –constante modulada con pericia y enorme efectividad por el autor– una deliciosa reflexión acerca de la imposibilidad real de algo tan común, tan pedestre, como la comunicación. “[N]o era un secreto sino una cosa que no le había contado. […] rogaba que él no empezara con esas dichosas diferencias entre una cosa y la otra. Como la de la discusión subida de tono y la pelea”.
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− Eso es lo importante –aprobó Hardoy–. Hacerse entender.
− ¡La intención es lo que vale!
En esta serie de pequeños malentendidos –comunicación en acto– pronto saca carta de ciudadanía la mentira, una verdad apenas desplazada. Estamos ante una cuestión de definiciones. Verdades a medias, mentiras por sustracción de información. Lo dicho nunca está dicho del todo, esto se vuelve evidente, sino de manera fragmentaria, parcial. De esta forma, el discurso se revela por definición –necesariamente– falaz, ficcional, ficticio. Falaz porque ficticio, porque no hace sino sobrevolar el hecho en sí con maniobras de depredador paciente. En círculos, sin jamás llegar al centro, el meollo del asunto, el hoyo del queque. El eco es lo importante, las reminiscencias que los hechos (y los discursos) convocan. Porque la comunicación se verifica –lo constatamos a diario– a pesar de, a contrapelo de las diferencias, del espacio entre lo que vos y yo, Marta González y Hardoy entendemos por –pongamos un ejemplo– “secreto”. De nuevo: “[N]o era un secreto sino una cosa que no le había contado”.
Los corrimientos reverberan en esta novela también a nivel argumental. Así, en una interesante mise en abîme (replicada a su vez, en seguida lo veremos), Hardoy se convierte en “don dramaturgo” o escritor oral de una obra de teatro: Frío de Rusia, justamente. En una esquina de Caballito, Marta González sucumbe a un ataque de desesperación a los gritos gatillado por el supuesto trotskismo de Hardoy, electoralmente seducido por Luis Zamora. Atraídas las fuerzas del orden –encarnadas por el cabo Capurro– por los alaridos de la dama, Hardoy propone al cabo una línea interpretativa posible de la escena para evitar el arresto: el ensayo al aire libre de una obra de teatro. Frío de Rusia, el título de la pieza, no gusta a la audiencia, que de inmediato propone opciones: La condesa sanguinaria (eco de La condesa sangrienta, de la surrealista Valentine Penrose, y también por supuesto de La condesa sangrienta, de la vernácula Alejandra Pizarnik), para terminar en un oblicuo La condesa soviética. Corrimientos, eslabones, cadenas: reino del “casi”, imperio de la comunicación.
Marta González y Hardoy son protagonistas antagónicos. Ella siempre nombre y apellido, confianza total en un lenguaje transparente, sin pliegues, desentendida (y despreocupada) de especificidades, aclaraciones, puntualizaciones. Ya lo dice el narrador, como vimos: “[R]ogaba que él no empezara con esas dichosas diferencias entre una cosa y la otra. Como la de la discusión subida de tono y la pelea”. Hardoy, en cambio, solo apellido, fabulación y corrimiento perpetuos, opacidad. Se conocen en el bar de Rosario y Centenera y se ponen de novios. Aunque aquí –una vez más– tendríamos que definir qué entendemos por “de novios” porque cabe y no utilizar la expresión para aprehender las sensaciones y comportamientos de dos personas que transcurren sesenta horas juntos, antes de que Marta González se monte en el Ómnibus de la Esperanza junto al Mono Burrongaray, dirigente chacholagarista y ex pretendiente, para largarse a hacer campaña por los pueblos del interior de Buenos Aires. El discurso de Hardoy, órgano en movimiento perpetuo, corazón que bombea significados y ajustes de esos significados en concatenación infinita, queda de pronto solo. Parte entonces en busca del cabo Capurro para quien entreteje –en tres veladas consecutivas, a modo de los actos de una función teatral callejera– en una oralidad pletórica de imaginación y rápida de reflejos la historia de una condesa rusa, jerárquica de la KGB, enamorada de un trotskista doble agente. Lo notable de la invención de Hardoy, es que embaraza a su escuchante e interlocutor de otra obra, derivación y rectificación de la primera: La condesa sanguinaria. Cadena de obras que se relacionan, cómo no, con el espectáculo que Hardoy monta –disfrazado con el uniforme de repuesto del cabo Capurro y su arma reglamentaria– en el bar de Rosario y Centenera, en el que se apersona así caracterizado con el objetivo de que recontraten a un mozo despedido por borrachismo indebido en horario laboral, borrachera fogoneada por el propio Hardoy y su verba insumisa. Lo que logra, sin embargo, es una renta mensual (en concepto de coima) que el dueño del bar acuerda pagarle con tal de que no vuelva por allí en uniforme. Corrimientos.
Invención / mentira / olvido es el tríptico que sostiene el entramado lingüístico-argumental de Frío de Rusia (la novela). Triángulo que Strafacce explora con delicadeza y exquisitez para dejar en claro que toda comunicación (y eso es, también, el amor) combina porcentajes variables de los tres, en una conversación de sordos que tiene lugar a pesar de, a contrapelo de su propia, fundante, imposibilidad.
Espacio Murena, 20 – 05 – 13
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