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Abr 30, 2017 La Quinta Pata La Pata Semanal Comentarios desactivados en Un hombre con atributos
Por Alberto Atienza
Esencialmente, Antonio Di Benedetto es su obra, pese a ser un escritor cuyas creaciones no han podido pasar a formar parte de la lectura masiva, en colegios secundarios, en universidades públicas, en su Mendoza natal. Su hija vendió la casa situada en Catamarca y avenida Pedro Bonifacio Palacios. Esa vivienda en esquina, de original diseño, albergó a Di Benedetto por un tiempo no muy largo. El golpe militar lo alejó, para siempre, del placer de vivir en un hogar erigido a su gusto. Estuvo deshabitada por más de un año y muchos soñaron con inaugurar en ese lugar un museo dedicado al autor de “Grot” y a otros creadores de la provincia. El comprador la demolió y puso allí un salón de venta de automotores. Justo en el espacio de quien se definía, entre otras cosas, como alguien que nunca tuvo auto.
Di Benedetto, ese “sin techo” que regresó del exilio para alquilar un reducido departamento en Buenos Aires, alentaba el deseo de volver a instalarse en su ciudad. Así lo revela en cartas que mandó desde España. Varios amigos le estaban tramitando su ingreso al matutino Mendoza, pero no lograron desarmar una espesa trama de intrigas.
Mucho antes de eso, en los viejos y atribulados tiempos, desde su sitial de subdirector de dos diarios, Los Andes y El Andino, Di Benedetto leía y aprobaba todos y cada uno de los temas importantes. Sostuvo una posición clara y valiente contra los excesos de militares, a fines de los sesenta y hasta 1976. Por su parte, los uniformados en el poder avanzaban con más fuerza, apuntándole al periodismo mendocino. En especial, contra los dos diarios mencionados, símbolos de una resistencia que nunca se presentó explícitamente como tal. Sencillamente, defender la justicia e informar a la ciudadanía formaban parte, para quienes los dirigían, del cumplimiento de la misión inalienable de la buena prensa.
Los ataques fueron cada vez más duros, más injustos. Allanaron el Sindicato de Prensa, llevándose máquinas de escribir y papeles. Di Benedetto autorizó la publicación de un artículo en el que se condenaba esa acción ilegal y violenta (parte del local quedó destrozado). En la nota, figuraban los nombres y domicilios de los miembros de la comisión directiva del sindicato, además de sus teléfonos.
Se descontaba que los servicios de inteligencia ya poseían esos datos. El propósito era demostrar a los lectores que allí no había nada que ocultar.
La escalada continuó con la detención de Jorge Bonnardel, subjefe de Arte y Espectáculos de Los Andes, el 23 de noviembre de 1975. Fue liberado tres años después con la opción de irse a vivir al exterior. Murió en París el 30 de octubre de 1984, atropellado por un auto.
Cuando, tras el Mendozazo de 1972, la CGT proclamó una huelga general, el Comando de la Brigada 8 emitió una orden escrita que debía ser publicada en la primera página de los diarios de Mendoza. El título era “Comunicado del Ejército”. El texto comenzaba, en alusión al paro general destacado en otro título de la tapa de Los Andes, con la siguiente aseveración: “El Ejército Argentino garantizará la libertad de trabajo en toda la provincia”. En los casi cincuenta mil ejemplares que tiraba el matutino que dirigía Di Benedetto, el comunicado castrense se leía de este modo: “El Ejército Argentino garantizariola la libertad de trabajo”. Lógicamente, los militares se enfurecieron. Y allanaron la redacción de El Andino justo en el momento en que más de cien canillitas que voceaban el vespertino por las calles de la ciudad esperaban cerca de la gran rotativa. Se llevaron más de doce mil ejemplares en un camión. En vano.
Nunca se supo quién alteró el original que dio lugar a la furia del gobierno militar. Los controles de redacción del material periodístico que iban al taller eran estrictos. Los artículos pasaban del periodista a la mesa de noticias, donde dos jefes los chequeaban y firmaban. De ahí, iban directamente a la lectura exhaustiva de Di Benedetto, quien firmaba al pie del texto antes de que este fuera entregado al maquinado (días de plomo, antes del offset). Y la última escala, definitiva: la corrección a cargo de gente que sabía tanto de idiomas como de periodismo. Quedaba el traslado a las linotipos. Y luego el armado de la página y el paso a rotativas. Quedó flotando un grupo de sospechosos: los gráficos, parte de uno de los gremios más combativos de Mendoza. Eran los últimos en recibir las cuartillas con los textos.
Acaso los militares, que ya odiaban a Di Benedetto y al periodismo en general, pensaron que era obra de él esa burla que los lectores festejaron a las carcajadas.
Tal vez fue entonces cuando comenzó a gestarse, sin cargos fundamentados, la tremenda injusticia de privarlo de la libertad, destruirle los lentes condenándolo a largas cegueras, golpearlo frecuentemente en la cabeza con la culata de una pistola 45. Esto último habría sido la causa que le adelantó la muerte.
Como era de suponer, aumentó la presión sobre los medios, particularmente sobre Los Andes y El Andino. El escritor y jefe no cedió en el cumplimiento de lo que consideraba una insoslayable ética periodística. Por su parte, la “comunidad informativa”, nombre de fantasía que nucleaba a representantes de todos los organismos de fisgoneo militares, policiales y civiles, empezó en esos días a elaborar largas listas de gente a ser detenida. Esas detenciones se hicieron efectivas a partir de la instauración de la dictadura. Algunas filtraciones que llegaban al periodismo lo consignaban.
Di Benedetto fue un periodista frontal, valiente, que avanzaba sobre la poderosa nave del poder en el cumplimiento del mandato de dar voz a los sin voz. Creía que el hombre de prensa era merecedor de respeto. Fue también, como su personaje Aballay, un desalmado que marcha al encuentro de su destino. Igual que los trágicos griegos. Destino inexorable. Anunciado en los ojos de un niño. O en Los suicidas, fría y morosa versión de una atrayente historia.
No es el nombre de una calle. Ni un busto sin brazos de una plaza. Cada tanto titila un congreso a él dedicado y con la exclusiva participación de académicos que se llevan todo lo expresado y dicho a sus claustros. Ediciones Culturales de Mendoza, a cargo del novelista Alejandro Frías, ya entregó a imprenta un libro dedicado a Antonio Di Benedetto. Lo integran testimonios de escritores, periodistas y profesores de letras que lo conocieron.
Dicen que la Capital se apodera de todo, hasta de las caídas de memoria de las provincias. Y que Buenos Aires recicla olvidos, por ser nostálgica y sensible.
Hay que tener en cuenta que el escritor mendocino residió un tiempo en la gran ciudad. Eso fue al salir de prisión. Luego vino el exilio y la vuelta al país, motivada por una convocatoria rica en promesas y pobre en hechos. Su meta principal era retornar a su lugar de amigos, a los barrios de la infancia. Respirar el aire diáfano de las bellas mañanas mendocinas. Caminar por calles con enormes árboles inmigrantes, venidos de Europa en barco, como muchos abuelos de antes. Pasear, aunque no fuera igual todo, por la calle Entre Ríos, donde está su penúltima casa, la de El silenciero. Dos cuadras más allá, una puerta que se conserva casi igual, era el ingreso a la vivienda de su madre y su hermana. Todos los días de trabajo en Los Andes, que fueron muchos, su mamá y su hermana soltera, joven y bella, que vivían juntas, lo esperaban en la puerta. Los vecinos participaban de la alegría de esa familia. De las sonrisas. De los besos.
Era un hombre de magro cuerpo. Muy bajo. De hablar pausado. Con un registro de voz de tono grave. Tez blanca. Cabello muy oscuro. Usaba unas gafas de gran formato, de diseño clásico. Caminaba muy despacio, con una marcha lenta, condicionada por sus pensamientos. Algo que me participó durante una charla: se desplazaba dándole forma a una narración viva, intensa, que le ocupaba toda la vigilia. Y acaso sus sueños. Un nuevo cuento.
En esos días de caminar en compañía de una exigente ficción que pugnaba por nacer, era redactor del diario Los Andes. Luego pasó a Arte y Espectáculos como jefe. Su sección, en la que reinaban sus grandes amores: las letras y el cine. Después fue ascendido a subdirector sin dejar su cargo en Arte. Todo por su gran capacidad, en un ambiente donde algunos jefes habían accedido a sus cargos porque sus esposas eran parientes lejanas de alguna de las dueñas del diario (tres mujeres, una mayor y dos muy ancianas). La interna del matutino, no exenta de humor, lo llamaba “la cuarta vieja”.
Un visionario del periodismo, Joao Schiappa de Acevedo, casado con una de las dueñas del matutino (la de menos edad) y miembro del directorio de la empresa, creó el vespertino El Andino. El staff provenía de Los Andes. Luego de diez números cero, nació un diario aburrido en extremo. Repetía, casi iguales, las noticias de la mañana. En esos días, Los Andes estaba por cumplir 85 años. En la calle, una de las bromas alusivas a lo insípido del vespertino decía: “¿Y qué hijo puede salir de un viejo de más de ochenta años?”.
Se hizo cargo Di Benedetto de ese proyecto que naufragaba en las acequias mendocinas. Ahí iban a parar, por carencia de noticias frescas, por su falta de prodigios, los ejemplares del soporífero vespertino. Cambió a casi todos los jefes y encargados de mesa. Al frente del nuevo diario (ahí realmente empezaba a ser nuevo), colocó a otros redactores de Los Andes. Como secretario general, con plenos poderes, a un muchacho de “Cables”. Acaso el hombre con más talento de los dos diarios: Pedro Tránsito Lucero, hijo del general León Washington Lucero, amigo y edecán de Perón y ex interventor de Mendoza. Con muchos meses de cárcel, fue castigado el periodista Lucero nada más que por ser hijo de aquel militar. Con su espíritu quebrado por torturas y vejámenes, nunca más pudo trabajar en lo que le quedó de vida. Murió, no hace mucho, en Mendoza.
Di Benedetto, por su parte, nunca se enteró de la causa por la que fue detenido.
Siguen evaluándose hipótesis sin prueba alguna. Una de ellas: que fue “correo” del ERP, como si a ese grupo, que se manejaba con células, compartimentos estancos, no vinculados entre sí, le hubiera hecho falta un correo. Una versión propalada por militares. Otra: le dijo algunas verdades, respecto a la represión desatada unos años antes del golpe, a un general de alto rango, jefe, creo, del Tercer Cuerpo de Ejército. Ocurrió, es cierto. Di Benedetto no tenía pelos en la lengua. Ese puede haber sido el detonante. Los soplones también sospechaban de sus salidas al exterior. Olvidaban quienes sostenían esa teoría de la “subversión” del periodista que, en esos años, los hombres de prensa viajábamos mucho. Había, sin dudas, más recursos económicos. Por ejemplo, en mi caso, simple jefe de sección, fui como enviado especial a Brasil, Angola y el Congo (por Los Andes) y a París y Londres (por Radio Nihuil). Y mis compañeros en esos dos medios también eran designados, cada tanto, para coberturas en diversos países del mundo.
Antonio, vuelvo a decirlo, nunca supo la razón de su cruel encierro. Marchamos presos con pocas horas de diferencia. A mí me buscaron a las 3 de la mañana del 24 de marzo de 1976. Cuando llegué al galpón donde me encerraron, ya había un preso, Pedro Tránsito Lucero, el primero en inaugurar esa penitenciaría que funcionaba en medio de un colegio secundario. Centro educativo con alumnos uniformados como militares, pero con pantalón gris claro y chaqueta azul. Un liceo militar repleto de pibes con las cabezas llenas de miedo. A pocos metros de ellos –nos veíamos a la distancia– estábamos los “ponebombas”, los francotiradores, los entrenados para matar. En esa cárcel mixta: “terroristas” y alumnos del secundario castrense, había de todo. También un campesino joven traído de una finca de Tupungato, tierra de buenos vinos, buenas papas y paisajes imponentes.
Viajó en un camión, acostado. Cada tanto, le pegaban un culatazo de FAL en los brazos, en la cabeza. Y en el estómago. Eso último le originó una evacuación incontenible. Lo largaron en el medio del patio, donde tomábamos sol. No caminaba. Tuvo que bañarse con agua helada. No podía lavar su ropa sucia, no había cómo. Alguien apareció con un uniforme de fajina de un soldado, desteñido por tanta lavandina. Y así el gaucho pasó a ser un colimba que iba regularmente al baño.
Di Benedetto estuvo un día con nosotros. Luego se lo llevaron a un dormitorio que no era la cuadra, que albergaba a más de 150 “perejiles” que ansiaban volver a sus casas, tomar mate, dormir la siesta y comer asado los domingos. Todos los días se difundían versiones de asesinados en la calle por grupos militares. Una usina de rumores nos hacía llegar informaciones de secuestros, desapariciones de mendocinos, que inspiraban terror.
“El Antonio” o “El Dibe”, como le decíamos en El Andino, caminaba lejos de nosotros. Un soldado iba detrás de él apuntándole con un fusil. Era una imagen absurda, pero real. Lo intimidaban con la muerte. Si nuestro jefe hubiera tropezado y dado un paso hacia adelante, sin querer, para sostenerse, con seguridad le habrían vaciado un cargador de balas en la espalda.
En ese lejano 1976, Di Benedetto preguntó en el Liceo, convertido en prisión, si sabíamos la razón por la que había sido privado de la libertad. Casi diez años después, la pregunta le afloró de nuevo. Me la hizo la última vez que conversamos. Fue en un restaurante de la calle Corrientes especializado en productos de mar. Hablamos casi cinco horas. Grabé una larga entrevista. Me contó cosas que nunca había dicho. Le comenté que por esos días su nombre había circulado como posible candidato al premio Nobel. “No me interesa ese premio –me dijo–; a mí me gustaría que me dieran un Nobel, sí, pero de periodismo.
Yo sigo siendo periodista. Es más, tengo un sueño recurrente. Vuelvo a estar en mi despacho de subdirector de Los Andes y El Andino, como si nunca me hubiera ido de ese lugar”.
Cuando Antonio llegó al restaurante donde almorzamos, su imagen me impresionó. Avanzaba hasta donde yo lo esperaba. Barba de patriarca bíblico. Caminaba como si sus pies tantearan las baldosas antes de pisarlas. Su cuerpo temblaba levemente con cada uno de esos vacilantes pasos. Me tendió la mano. Y me ascendió de categoría para siempre. Me otorgó un honroso título que me llena cada vez más de orgullo. Me llamó amigo.
Fuente: Revista Marca de Agua
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