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Sep 06, 2015 Ricardo Nasif Opinión Comentarios desactivados en Una pésima película
Eso que hoy asumimos como la meca pagana del cine, eso de la industria cinematográfica impresionante de la Warner Bros, la Paramount, la Metro Goldwyn Mayer y la Columbia, eso mismo lo encendió hace cien años un grupo de judíos inmigrantes que fundaron una compañía audiovisual en un valle al norte de Hollywood, entonces un pequeño pueblo de Los Ángeles, en los EEUU.
La Universal City fue la empresa pionera encabezada por Carl Laemmle, quien en poco tiempo pasó de tener una mano atrás y otra adelante a tener las dos llenas de millones de dólares. “En su afán de (norte) americanizarse, esos inmigrantes devenidos magnates no sólo crearon la primera ciudad cinematográfica del mundo, sino que inventaron el concepto de sueño americano”, nos dice la periodista Moira Soto, en un artículo del diario Página/12, de julio de 2005. Para Soto estos precursores “produjeron las imágenes, los iconos, las formas visuales que se identifican desde entonces con el American way of life”, el estilo de vida americano, ese vieja historia de los mendigos que se hicieron la América con esfuerzo individual y el favor de la predestinación divina.
Y ese sueño bien norteamericano comenzó con una película éxito de taquillas que representa una de las apologías racistas más destacada de la historia del país norteño. “El nacimiento de una nación”, film estrenado en 1915, es un inventario de los prejuicios más elementales contra los africanos y un panfleto legitimador del Ku Klux Klan, la organización terrorista creada por la ultraderecha norteamericana luego de la Guerra de Secesión y disuelta oficialmente en 1871.
La película –avalada por el entonces presidente Wodrow Wilson-, además de hacer crecer estrepitosamente las arcas de la Universal City, dio aire a la xenofobía y colaboró en la refundación del desactivado Klan, que llegó a reunir en los años ´20 a más de 4 millones de integrantes, entre ellos influyentes políticos, jueces y empresarios. El renovado Klan ahora no sólo tenía como enemigos a los afrodescendientes, también a judíos, católicos, los que atentaran contra la “moral blanca”, vagos e inmigrantes, especialmente los activos militantes sindicales socialistas y anarquistas que amenazaban la economía de mercado, ese bien preciado tan norteamericano.
Los “caballeros blancos” sembraban el miedo con distintas acciones terroristas, desde demostraciones públicas intimidatorias hasta homicidios, pasando por boicots económicos y linchamientos, como el retratado cruda y magistralmente por Abel Meerpol, un maestro comunista judío, autor de la letra de la canción Fruto extraño, inmortalizada a fines de los ´30 por la voz de Billie Holiday: “Un fruto extraño cuelga de los árboles del galante Sur / un cuerpo negro que se balancea en la brisa como en una pastoral / los ojos saltones, la boca en una mueca / el aroma dulzón de las magnolias y la carne quemada / que a los cuervos les gusta picotear / a la lluvia empapar y al viento balancear / es el fruto de una amarga cosecha”.
Después de la Gran Depresión del ´30 y de la hecatombe mundial del nazismo, cayó la adhesión multitudinaria al Klan, pero nunca desapareció de la sociedad yanqui. Sus acciones violentas continuaron durante todo el siglo XX hasta hoy.
De acuerdo con un monitoreo permanente que realiza en EEUU la organización Southern Poverty Law Center (https://www.splcenter.org/hate-map), 72 grupos vinculados al Klan se encontraron activos durante el año 2014, en un contexto de casi 790 grupos xenófobos (separatistas negros, neoconfederados, de identidad cristiana, cabezas rapadas, nacionalistas blancos y neonazis) que militan el odio en páginas de internet, repartiendo folletos y publicaciones, en marchas, discursos, reuniones y mediante actos discriminatorios, violentos y criminales, como la quema de iglesias y el asesinato de mujeres y hombres por portación de etnia, elección sexual o pertenencia política o religiosa.
En junio de este año, un joven blanco de 21 años asesinó a nueve afroamericanos en una iglesia metodista de Charleston. El militante racista reconoció haberse inspirado en el Consejo de Ciudadanos Conservadores (CCC), una de las organizaciones nacionalistas que se dice defensora del supremacismo blanco frente al supuesto genocidio que intentaría perpetrar la población negra mundial. El asesino de Charleston manifestó que «los negros son el problema más grande para los americanos» y, bajo ese argumento, se autoatribuyó la misión patriotica de provocar una guerra racial para terminar con ellos.
Puede que este asesino sea un monstruoso caso aislado, como pretenden convencernos algunos medios de comunicación, pero si este ejemplo es una isla puede que tenga el tamaño bestial de Australia. No son pocos los estadounidenses que abogan por el odio o lo asienten con mayor o menor complicidad, siendo fieles a los orígenes intolerantes de su nación. Nada menor resulta asumir que el crecimiento de los grupos xenófobos se aceleró estrepitosamente durante los años de la presidencia del afrodescendiente Barack Obama. En el 2002, cuando gobernaba el blanco George Bush se identificaron 143 organizaciones del odio, diez años más tarde durante el gobierno de Obama la cuenta llegó a 1360.
El sueño americano se reactualiza, o quizás como dijo el ascendente precandidato a presidente de la derecha plus ultra forte, el multimillonario Donald Trump, el american dream ha muerto. El jopudo rubio, como los precursores de la nación, se considera el elegido para traerlo de regreso más grande, mejor y más fuerte que nunca. Por eso lanza una calculada retórica como semilla envenenada sobre lo más hondo de una cultura de racismo y elige para ello un nuevo enemigo: los inmigrantes latinoamericanos, los nuevos negros de la vieja lista de la negritud explotada. El Donaldo sabe donde arder la leña de la discriminación, elige el campo del odio. Recientemente ha dicho que los desesperados mexicanos que cruzan la frontera del Río Bravo hacia el norte son narcotraficantes, criminales y violadores. Las encuestas le respondieron con una suba marcada en la intención de voto.
Ojalá todo sea una de esas pésimas películas de Hollywood.
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