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Ago 09, 2015 Eduardo Paganini Literatura, Recomendada Comentarios desactivados en Leopoldo Marechal, un escritor argentino de oficio
Junio es un buen mes para acordarse de Leopoldo Marechal: nacimiento y muerte coinciden en este punto del calendario. Un hombre cuyo mundo estuvo integrado por escuelas, escritos, mitos criollos y clásicos como aportes propios, y por auges y ocasos como dones ajenos. Y fundamentalmente, esa sentencia de silenciamiento que se viene sosteniendo a lo largo del tiempo como castigo por portación de oficio.
¿Oficio o profesión? ¿Es la escritura una profesión, una profesión liberal de las que suelen regir en nuestra sociedad? Quizá para algunos sí, sus historias podrían demostrarlo, inclusive hasta resulta similar el escudo que proporcionan la matriculación y la colegiatura con la filiación editorial y la pluma disciplinada. Pero no es el caso de Marechal, que debió toparse con obstáculos muy próximos al devenir cotidiano y encarar la adversidad persistente, con una entereza difícil de empardar, durante muchos años hasta su fallecimiento un 26 de junio de 1970.
Está la firme sospecha de que el hombre —para los círculos que solía frecuentar— se mandó un par de macanazos, de ahí la bronca… Parece que mientras fue un poeta de la joven generación y sus preocupaciones no excedieron de la pasión por la metáfora enardecida o el viaje celebratorio a París, todo estuvo bien, inclusive su condición de maestro de grado en escuelas primarias daba un toque de nota de color a su condición bohemia. También es sabido que mientras estos pibes poetas coqueteaban al poli-ladron de papel con Florida y Boedo, todo chiste, sarcasmo, brulote y espíritu carnavalesco era bienvenido y festejado, aún desde los mismos atacados. Todo era una simple muchachada…
Pero, cuando advino el peronismo al gobierno, un gran sector de la opinión cultural —que no coincidía con los discursos y prácticas de la gestión— no le dieron a Marechal el visto bueno, fundamentalmente por dos conductas: su pública adhesión al nuevo movimiento y su participación como funcionario activo, por un lado, y, por el otro, la aparición de una novela experimental que revivió cierto espíritu juvenil, necesariamente más que olvidado por los personajes aludidos en ella, convencidos ahora de sus solemnidades y de la seriedad de sus estatus socio-culturales. Esa obra, Adán Buenosayres, desacomodó a la crítica por su planteo innovador e irreverente, lo cual sumado a la partidofobia generó muy pocos ensayos respetables (es el caso del juvenil Cortázar firmando como Julio Denis, de Graciela Maturo firmando como Graciela de Sola, y de Adolfo Prieto) y varias irrespetuosidades gratuitas (la mejor/peor, la de Anderson Imbert: “bodrio inclasificable”). Para aclarar, olvidando el viejo refrán criollo, Marechal se ve movido a publicar sus Claves para leer el Adán Buenosayres donde explicita que la novela no sólo está escrita en claves de personajes, sino —y esto es lo importante, subraya— que la concibió respetando las leyes de la epopeya clásica. Una novela que había estado madurando como proyecto de escritura durante 18 años!
En ese escenario de confrontación y contienda entre diferentes proyectos de país —que vemos reiteradamente renovado— la acción de Marechal generó la reacción en autoridades, administrativos y academia de la sucesión gubernamental del ’55.
Por eso renunció para jubilarse antes que lo cesanteen y así ahorrarles un agravio más a los “libertadores”. Él mismo comentó que en esos meses de transición sin ingresos salariales sobrevivió gracias al sueldo de docente de su segunda esposa Elbia Rosbaco. Y agregó, en el mismo comentario, dos reconocimientos a colegas de escritura que fueron solidarios con él y colaboraron en los trámites que prometían ser enojosos: Rafael Squirru y Fernando Alonso.
Y así comenzó el “robinsonismo” esa etapa de tarea interna, silenciosa y silenciada, transformado su pequeño departamento en una “isla”, un breve territorio autosustentable aislado del furor adversario.
“…Casi desde ‘mi caída’, empecé a sentir el gran vacío que se fabricaba en torno de mí: rostros amigos me negaron el saludo en la calle, se me cerraron todas las puertas vitales y literarias, en una especie de ‘muerte civil’ o asesinato colectivo. Entonces Elbia y yo tomamos una decisión tan heroica como alegre: encerrarnos en nuestra casa y practicar un ‘robinsonismo’ amoroso, literario y metafísico.”
Pero en esa aparente inmovilidad, hubo mucha acción, y trascendente. Allí se gestó, en colaboración con el Gral. Juan José Valle, el “manifiesto patriótico”, pregón que guió el pronunciamiento para restaurar al peronismo en el gobierno. “No nos mueve el interés de ningún hombre ni de ningún partido. Luchamos por la patria que es de todos…”. El movimiento fue rápidamente controlado y reprimido con prisión y fusilamientos. Derrota que seguramente debe de haber impactado intensamente en el ánimo de Marechal, aherrojándose aún más en su clausura.
Siguió trabajando con las palabras, pero ya no con tanta intensidad, y debió pasar casi una década para que una editorial de envergadura lo incorporara a su catálogo: la Editorial Sudamericana publica en una edición de bolsillo El banquete de Severo Arcángelo, en el año 1965. Había impreso algunas obras en ese lapso[1], pero estaban más cerca del folleto que del libro, nada que se comparara con las 290 páginas de ésta, su segunda novela. Había sido tan intensa la invisibilidad de Marechal que varios se anoticiaron con esta edición de que el autor estaba aún vivo… En El banquete… se da varios gustos al combinar temas favoritos (como el esoterismo, la dimensión humana y las problemáticas nacionales) con experimentaciones verbales. A tal punto esotérica la novela, que a sus lectores, no iniciados en la secta propiciadora del gran acontecimiento, no nos está permitido el ingreso al Banquete, y por eso la única referencia pública a su desarrollo y conclusión queda relegada a la frase final: “Y el banquete fue”.
En el país, en tanto, ya había pasado el efecto cáustico de la asonada cívico-militar que había depuesto a Perón, también había pasado una breve respiración constitucional y ya estábamos en las puertas de otro golpe de mano, esta vez liderada por el Gral. Onganía. Y en ese contexto, con intereses diversificados y otros tiempos, Marechal pudo reacomodarse un poquito más, no gran cosa. Pasó a ser legal reconocerlo como un escritor de fuste, e integró jurados literarios internacionales como el de Casa de las Américas en La Habana, Cuba, en 1967 (conjuntamente con Cortázar y Juan Marsé otorgándole el primer premio en novela a David Viñas por Los hombres de a caballo). También en ese mismo año, fue parte del jurado de la revista Primera Plana, de Buenos Aires, trabajando con García Márquez y con Roa Bastos (aquí el ganador fue Daniel Moyano por su El Coronel oscuro, publicado por demandas de época como El oscuro). Parecía que las ingratas épocas quedaban atrás, pero… su artículo periodístico sobre el gobierno marxista de Fidel Castro fue censurado por la dictadura de turno y secuestrada toda la edición… ¡De regreso al desánimo y al silencio enigmático! Una época de sensaciones contrapuestas como las que pueden generar las visitas de jóvenes interesados en su figura y trayectoria, por un lado, y el permanente hostigamiento del gobierno censor por otro. Es su última etapa, la época de: “¡Cuando dejarán mis compatriotas (se refería al gobierno de entonces [Onganía]) de orinarme encima?”[2]
El encierro produce trabajo, escribe una novela más, que el destino determinará como la última. Vuelve a sus preferencias de temas, de formas, de contenidos. Quiere unir lo verosímil con lo grotesco, como lo había hecho en sus otras novelas. “El absurdo es una vía de liberación”, había dicho alguna vez. Y ese contexto estaba signado por un fuerte reclamo precisamente de liberación. Juega con el humor y con la tragedia, con el pasado y con el futuro del país, pero se detiene en los dolores populares del presente. Por primera vez menciona personas de carne y hueso, que no son necesariamente personajes en la ficción, pero que definen el relato (Perón, Evita, el Gral. Juan José Valle, los fusilados en José León Suárez…), a la vez que vuelve a surgir su gusto por personajes en clave, pero no con espíritu de travesura y guiño complaciente juvenil, sino como arma, como una herramienta más para la reivindicación. La novela porta un panfleto de reclamo coyuntural, y al mismo tiempo es obra de arte de belleza permanente. Allí se relata cómo después de la felonía de un sector militar en coordinación con civiles ejercida contra un gobierno constitucional, que es evaluado además como popular, un grupo de personajes (entre los cuales se inserta el propio autor como cronista de la campaña) bajo el mando de un líder rebelde, Megafón, desarrolla sucesivas conductas reivindicatorias al mejor estilo de golpes de mano de comandos de la guerra de guerrillas. Pero aquí las armas son diferentes encuadres filosóficos o metafísicos con valor de juicio moral hacia los diferentes promotores de la nueva situación política en el país. Este germen de sublevación finaliza trágicamente con la muerte y descuartizamiento del héroe central, y ulteriormente con la dispersión secreta de sus restos fúnebres —pensemos en la fuerza emotiva de esta imagen literaria en una época en que el cuerpo de Eva Perón tenía su paradero desconocido en un claro caso de violencia bélica con repercusiones como violencia simbólica—. Reactivando Marechal el valor de viejos mitos clásicos, marca que el rescate y reconstrucción del cuerpo de Megafón —tarea pendiente en la novela— tiene sentido redentor, pues una vez alcanzada su integridad absoluta se presagia la dispersión por todo el país de ese espíritu cívico que busca la restauración del gobierno destituido, de ese proyecto de país. Eso dice la novela, pero por fuera de ella, desde la realidad de la lectura, en la cuerda grotesca del relato, también se registran varios episodios con valor de augurio, en uno de ellos un militar de alto rango, contrafigura cierta del Gral. Aramburu —uno de los mentores del golpe militar del ‘55— resulta enjuiciado y metafísicamente sancionado, con pocos días de anticipación a su sentencia y muerte, condenado por un juicio sumario.
En pocas palabras: esta novela habla de un proceso que aun no había sucedido en su total expansión en el país y es el paso que va de la resistencia peronista hacia la lucha clandestina de guerra de guerrillas con acción directa. Megafón o la guerra debió haber sido meramente una novela más: es decir, un objeto estético de mayor o menor aprecio por parte de la crítica y los lectores, un volumen que pudo recrear, reflejar o refractar el pasado, el presente, la realidad, …pero la historia del país, o el poder de vaticinio del poeta, hicieron que se transformara en profecía. Es verdad que, según dicen, poeta y profeta comparten su etimología, pero Marechal con esto exageró, o se le fue la mano… Un intenso mensaje profético que conlleva un intensificador de enigmas: el mensaje es posterior al mensajero, esto es: la primera edición de la novela es posterior a la muerte del autor, por pocos días, menos de un mes… Marechal seguramente sólo habría podido corregir galeras, como era usual en esa época, careciente de los actuales correctores digitales, pero nada más. No hubo relecturas, entrevistas, presuntas claves para leer a Megafón, sólo el enigma. ¿La obra nació exclusivamente de su intuición y sensibilidad, de su poder de interpretación del espíritu del pueblo? O bien ¿tenía buena información acerca próximos acontecimientos de índole política? Tal vez ¿fue mera casualidad? Lo cierto es que la novela en dos meses exigió una segunda reedición: otro acontecimiento propio de época.
Referencias:
[1] La Poética. Ediciones del Hombre Nuevo, Buenos Aires, 1959, 42 p.; La Patria. Buenos Aires: Cuadernos del Amigo, 1960, 16 p.; La alegropeya. Buenos Aires: Editorial del Hombre Nuevo, 1962, 52 p.
[2] Cf. Leopoldo Buenosayres, Bernardo Verbitsky, reportaje publicado en Clarín: Cultura y Nación, Buenos Aires, jueves 10 de abril de 1975
Nota: El presente texto constituye la disertación del Prof. Eduardo H. Paganini, durante las jornadas en homenaje al poeta y maestro, “Mensaje de Leopoldo Marechal a los argentinos de hoy”, organizadas por la Cátedra Leopoldo Marechal de la Universidad se Congreso, a cargo de la Dra. Graciela Maturo.
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