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Nov 08, 2015 Eduardo Paganini El baúl Comentarios desactivados en Poesía y felicidad, según nuestro Ricardo Tudela
En varias ediciones hemos rescatado material de la legendaria revista Pámpano de Abelardo Vázquez[1], esta vez traemos al lector atento de EL BAÚL un conjunto de reflexiones —“intuiciones” según las palabras del propio autor— sobre la esencia de la poesía. A pesar de los avances que se han manifestado en el ámbito de la crítica literaria y de la poética y de los años que nos separan desde su escritura, este texto no pierde validez en tanto surge desde las convicciones de un creador, con toda la pujanza que ello implica.[2]
I
Explicando poesía se hace poesía. Esta verdad espanta a ciertos profesores de literatura y a los críticos de oficio. A pesar de ello, para mí esta es la única manera de entenderse con respecto a trabajo tan arduo. La poesía, que en razón de exigir condiciones excepcionales de sensibilidad y tormentos personales exquisitos, es la más viva afinación del hombre, condensa en lo que le es propio vastos registros del espíritu. De todas las artes, tal vez la música posee idénticas tensiones y exalta tan íntimamente; acaso sea el arte gemela que, por llevar pareja avidez de lo desconocido, aproxime con mayores recursos a lo absoluto.
La creación poética parte de dos poderosos excitantes del hombre: el sentimiento y la imaginación. Los mismos choques con la realidad sensible acrecientan esas excitaciones. Empero, el sentimiento y la imaginación no logran nunca plenitud creadora sino en cuanto siéntense impregnados fuertemente por el sufrimiento y el amor. Es bajo esas fuerzas pasionales que los elementos de la naturaleza se transfiguran en materias poéticas. Esa transfiguración obra misteriosamente sobre el mundo sensible y lo subvierte bajo el poder de extrañas combinaciones. Ocurre entonces que las cosas dejan de ser ellas mismas en un plano dado, pasando a pertenecer desde ese instante a un mundo peculiarísimo en que el creador es el verdadero demiurgo de todo. Ahí suelen desaparecer las leyes conocidas por el conjunto de los hombres; las voces, en razón de referirse espiritualmente a una voz única, apenas si traducen la intención, los timbres y las modulaciones a que el hombre está acostumbrado. De todo ello sobreviene una manera excepcional de sentir, de ver, de esperar, de ordenar, de entenderse con el dolor y el mundo; es ni más ni menos como una toma nueva de posesión de las cosas, ocurriendo en determinadas circunstancias, también de excepción, que tanta materia en hervor y tanta fuerza del sentimiento puesta a prueba crean en el artista una necesidad superior de las cosas expresables.
Es ahí precisamente cuando el creador recurre a las formas azarosas o inesperadas del lenguaje. El que canta comienza por lo elemental. Sin embargo, a medida que tales mundos se mezclan al mundo conocido, suele ocurrir que no es posible ya llamar a todas las cosas con los nombres que tienen, sino que es preciso, y hasta forzoso, inventarles nombres que en el mundo poético revisten la dramática tarea de descarnarlas y multiplicarlas.
Es el preciso instante en que el poeta “descubre” que todo puede ser explicado por metáforas. Por virtud de ese hallazgo, que en ningún sentido concentra el total de la felicidad poética, nos enteramos de que hay en el mundo y en nuestro corazón más cosas de las que creemos de ordinario.
Entonces nos dejamos llevar por una embriaguez extremadamente peligrosa y dejamos entrar en nuestra vida a seres que desde mil rincones desean destruirnos. Ahí está el tremendo tesoro de una empresa de tan crecientes riesgos. Con todo, el que nació para soportarla y hacer de ese peligro incesante su mejor manera de adelantarse al tiempo y al destino, recobra a cada ataque de los enemigos escondidos el don incomparable de transformar no solo lo que le hace feliz sino incluso lo que más le amenaza y atormenta.
Es preciso afirmar, como resultado de estos cumplimientos, que si las metáforas no son toda la poesía, por lo menos constituyen formas extraordinarias de explicar lo ordinario. Es más: de la vida peculiarísima que fluye de toda gran poesía el hombre suele no tomar para sí sino el desmán, la arbitrariedad y el arranque impulsivo de esos elementos poéticos. Es claro que en un poeta no vale sólo ese lujo alusivo y esa sobreexcitación de la pulpa representativa, sino que es necesario estimarlos en relación con las materias candentes y los grandes planos en que a la postre ha de apoyarse el vuelo creador de un hombre. Con todo, a medida que el gustador de un clima poético “aprende” a adentrarse en las zonas difíciles que lo caracterizan, ese milagro le revela las circunstancias imponderables y el soporte terrestre en que se anuda la carne y el espíritu secreto del poema.
Por virtud de todo ello, es legítimo decir que sólo entonces comprendemos lo que los ojos y el oído de todos los días pocas veces nos dejan comprender. Entonces sabemos acabadamente, por ejemplo, que las materias más densas contienen materias sutiles imponderables; que un árbol lleva en sí muchos árboles y que un pájaro, por más que se duela en sus trinos de su soledad o viudez, lleva en el sentimiento que lo urge numerosos sentimientos que encarnan de manera poco explicable el existir y el trino de muchos pájaros; conjuntamente, la dulzura desesperada o la boca musical que recoge ahí mismo el corazón del mundo.
Todo esto, con ser en su esencia tan simple, puede ser una explicación grandiosa de la poesía. Es posible que parezca arbitrario y hasta que se diga que subvertimos la índole lógica de las facultades humanas a fin de intercalar en sus asociaciones caprichosas existencias de valor. El que posea alma despierta y haya entrevisto realidades inéditas, hará suya esta percepción. Un corazón intrépido tiene sus dioses y sus fantasmas. Detrás de cada etapa o en las llamas voraces de tanto frenesí, él mismo representa infinitos papeles. En el fondo, casi a contraluz de lo que más amamos, de lo que por nutrirse de nuestros sueños es más nuestro, ese corazón inspirado adivina la gran aventura de la vida. Todo esto, a la vez, es un desenvolvimiento esencial en que la existencia, por verse terriblemente contrariada, entrega finalmente al espíritu lo que sólo es posible por el canto y la gracia.
Entonces — y esto es el verdadero éxtasis de toda alma grande— la propia poesía centraliza sobre sí la inconmensurable y desesperada responsabilidad de toda la madurez y el destino de los hombres.
II
Conviene, no obstante , fijarse en algunas cosas más. El hombre no canta simplemente por un puro impulso de alegría, sea que le venga de la naturaleza o del amor, sino por virtud de volcarse en su alma sentimientos pertinaces de desamparo, desencanto o desdicha. Lo que más le embarga, a la postre, es la congoja de su incompletación. Si fuera feliz, es bien cierto que su canto sería un dulce gorjeo o un trino melodioso. Su canto es algo más que melodía. Lleva consigo músicas que comprenden al cielo y a la tierra, pero además tremendas exigencias del sentido. Por esto, es posible descifrar a una poesía poderosa en cuanto lo musical acierta a desentenderse de los efectos para condensarse en un sentimiento que cuanto más se representa poéticamente más esencialmente transparenta luz universal.
Sostengo, por esto, que el canto auténtico es siempre una revelación agitada y austera del corazón humano. De ahí que constituya el febril repertorio del hombre. A medida que este afina su dolor y lo deja henchido de lenguaje, todo en su medio peculiar adquiere esa tensa conciencia. Así, lo mejor de un artista de esta estirpe es su éxtasis. Y únicamente así descubre que en su canto está su propia realización.
Ordinariamente créese que la poesía no explica nada. De este error arrancan errores fundamentales. Paul Valery , no obstante centrar los fenómenos de la poesía en la inteligencia, regida al efecto por un sistema de previsiones y ordenaciones lógicas del sentimiento y la imaginación, de lo que surgen las infinitas combinaciones que integran el mundo poético, afirma en una de sus conversaciones acerca de esta cuestión, que la poesía es una exaltación y explicación del ser. Claro que refiérese al ser del poeta, que por virtud de sus peculiaridades y los procedimientos a que se somete voluntariamente es un ser aparte.
Lo cierto, como hemos tratado de mostrar a lo largo de estas intuiciones, es que sin esa exaltación poco influye la poesía sobre nosotros. Por esto, como quiera que se la entienda, la poesía hecha de intensidades humanas lleva el extraordinario poder de una vida sometida a gran temperatura. Los éxtasis de un poeta, por poco que se los entienda, no pueden verse sino como llamas poderosas que envuelven la existencia llenándola de fertilidad. En muchos casos, por virtud de ese fuego creciente, las llamas que absorbe la creación revelan poseer una extraña unificación inextinguible. Es así cómo un artista de verdad parece adueñarse de todas las bellezas y el poder de la tierra; condúcese, en muchos momentos, como si todo dependiese de su alma o de su inspiración. Un vistazo más o menos iluminado al pasado poético de la antigüedad nos daría pronto tales sensaciones. Otro tanto recibiríamos de la Edad Media y de las etapas modernas.
Me parece que un trabajo tan excepcional debiera demandarnos la más concentrada y apasionada de nuestras angustias. Para decirlo de una vez, es aquí precisamente donde encuentro la fuerza nuclear del verdadero creador. Dadle toda la felicidad del mundo, colmadlo de la gran salud, del bienestar agobiante y de éxitos enloquecedores. Sólo por una rareza del destino un alma se identifica profundamente con el canto magnífico. En cambio, puesta en las grandes pendientes o arrojada de pronto a todas las tensiones y todos los riesgos, esa misma alma moverá ávidamente sus ocultas antenas. Tal vez ni ella misma sepa qué papeles le aguardan y que tremendas descargas de sentido le rodean. Como quiera que ocurra, es bien seguro que las extrañas materias y los azares de esta poesía han de asaltarle al menor descuido. Así que sobrevenga hecho tan significativo, todo desprenderá de las fibras de su naturaleza y de los conjuntos que aparenta rechazar, el desvelo patético, la sangre del metal y ese horizonte de lirio sin cuya presencia una sobreviviente duración geológica jamás entrega sus sorpresivas esencias de luz.
Todo esto es poesía. Todo esto viene del tiempo inmemorial para excitarnos y henchirnos de poesía. Puede resultar, una vez afinado el sufrimiento y el amor de cada cual, que la belleza, que parece ser el fin único de faena tan excelsa, termine por dar de sí, al través de las conexiones que la maduran, el sortilegio de la luz espiritual que hasta entonces nos pareció inaccesible. Si esto ocurre — y hay vehementes sospechas de que puede ocurrir— el corazón se enriquece de golpe. Desde esa esfera lo humano es capaz de enriquecerse inagotablemente; puede, en última instancia, ser dueño de un combate en que lo puramente humano revele que nada de cuanto le concierne está distante de lo divino.
Fuente: Azares de la Felicidad Poética en Pámpano. Revista Mensual, Mendoza, octubre 1943. Año 1, número 1. Director: Abelardo Vázquez
Referencias:
[1] http://la5tapata.net/de-la-critica-de-arte/; http://la5tapata.net/la-solidaridad-de-los-artistas-mendocinos-frente-al-terremoto-de-san-juan/; http://la5tapata.net/antonio-bravo-y-el-impresionismo-en-mendoza/
[2] Para actualizar información sobre Ricardo Tudela se sugiere consultar http://edant.revistaenie.clarin.com/notas/2008/07/07/01710163.html y http://archivo.losandes.com.ar/notas/2008/7/7/sociedad-368272.asp
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