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Nov 08, 2015 Eduardo Paganini El Baúl Nacional Comentarios desactivados en El problema de la lectura y la educación de nuestros hijos
Fuente: Diario Clarín
Título: Los chicos, los libros y la escuela
Autor: Carlos Sylveira[1]
Lugar: Buenos Aires
Fecha: 3 de enero de 1987
A pesar de las renovaciones pedagógicas más recientes, la lectura en la escuela ha permanecido prácticamente inalterable en los últimos treinta años. El receso educativo que se inicia abre el espacio para meditar sobre un nuevo concepto que cada vez toma más importancia en el mundo entero: la formación de lectores a partir del respeto de los gustos literarios de los chicos. Carlos Sylveira, un profesional de dilatada trayectoria en materia de literatura; infantil analiza el tema en esta cobertura […].
La palabra, en particular la palabra escrita, goza de un prestigio social como ninguna otra forma expresiva en nuestra sociedad. Esta sociedad alfabética, a la que le está resultando bastante difícil aceptar otras formas de comunicación propias de nuestro siglo, deposita en la institución escolar la tarea de enseñar a leer a las nuevas generaciones.
La escuela actual, nacida a la luz de la revolución industrial y de la necesidad de democratizar el aprendizaje, invirtió el grueso de sus esfuerzos en administrar «el saber» de la lectura; es decir, trabajó sobre la mecánica de la lectura desconociendo que no puede haber lectura real sin significado y que no hay significación posible desgajada de la necesidad de enterarse de algo, sea esta necesidad utilitaria o placentera.
Es en virtud de esto último que en los currículos—las raíces latinas culturizan en este caso a nuestros viejos programas de estudio— plantean, pertinaces, la necesidad de formar el hábito de la lectura. Y, por lo general, nada más lejos de un hábito como la lectura. Efectivamente, por hábito nos cepillamos los dientes o por hábito ponemos a la derecha la fecha en una carta. Pero leer debe ser una acción consciente y reflexiva. Elegimos leer en vez de hacer otra cosa, elegimos leer cuando encontramos cierto placer en ello.
Convengamos, entonces, que la tarea de la escuela en este sentido es la de formar lectores en vez de trabajar sobre el «músculo» de la lectura para lograr el hábito.
Cuando llegamos a esta conclusión empiezan a aparecer los fantasmas tan temidos: el costo de los libros, el escaso conocimiento de la bibliografía por parte de los maestros, la imposibilidad por cuestiones de tiempo de proponer actividades que respeten los intereses particulares de los chicos, etcétera.
Lo cierto es que la escuela parece querer descongelarse respecto de este tema. Cada día es más frecuente escuchar que tal autor visita un colegio, que tal otro organizó una feria del libro, que la maestra de aquel grado creó una biblioteca circulante… El problema que subsiste, además de aquellos fantasmas apuntados más arriba, es el de la selección adecuada de los libros para ser ofrecidos a los chicos.
Mucha gente piensa que seleccionar implica descartar textos. Y es exactamente al revés: seleccionar implica valorizar. En vez de decir «este libro es malo», cuando se selecciona se está diciendo «este otro libro es muy bueno». ¿Qué es muy bueno? En principio, lo que puede interesar verdaderamente a un niño. En muchas oportunidades escuché a maestros asegurar que algún texto «les gusta»; textos que están alejados del mundo de los chicos, textos interesantes, sin duda, para el adulto. La experiencia demuestra que adultos lectores no pueden abordar la lectura de Don Quijote de la Mancha o de Platero y yo a causa del verdadero abuso de literatura que hicieron de ellos los docentes, sean de primaria o de secundaria.
Una vez lograda esa aproximación al interés debemos preguntarnos por los valores estéticos y éticos de la obra en cuestión. Del mismo modo que cuatro diminutivos y algún animalito no garantizan nada en lo que se relaciona con la identificación del lector, tampoco lo garantizan textos gongorianos ni una moraleja sabiamente encubierta. Alguien dijo cierta vez que lo mejor que le puede pasar a la literatura es no enseñar nada, entendiendo por enseñar la transmisión de información o de generador de conductas moralmente válidas para el gusto del adulto. En todo caso es válido un texto que apunta a la reflexión, a la discusión, a la construcción de una moral propia
Pagar un precio
Algo similar sucede con el uso que se hace del texto literario en las aulas. Después de reiteradas experiencias de lecturas de poemas o de cuentos, muchos chicos están esperando, hastiados, pagar el precio del placer. Es decir, por haber disfrutado de la lectura de un cuento ellos saben que, inexorablemente, luego se les pedirá que subrayen los sustantivos colectivos o que indiquen los modos y tiempos de los verbos. La sintaxis, la morfología están o, mejor dicho, deberían partir de la lengua de todos los días, de la oralidad. O, en todo caso, de la revisión de un texto informativo. ¿Por qué se insiste en la disección del discurso literario? ¿Acaso cuando disfrutamos de un cuadro se nos pide que analicemos la composición, el color o la textura? O cuando escuchamos una sinfonía, ¿quién nos impone que busquemos semifusas o tresillos? Esto es, realmente, un ejercicio ilegal de la literatura.
Finalmente, ¿con qué criterio autoritario podemos determinar que tal o cual texto debe gustarle a los treinta y cinco alumnos de un grado? Ese grupo está compuesto por treinta y cinco individuos diferentes entre sí. Ello implica la necesidad de encontrar textos interesantes para la mayoría a la par de habilitar algún circuito que respete los intereses individuales: la biblioteca del grado, circulante o para el momento dle lectura silenciosa, o biblioteca escolar central, lo que, de paso, les permite a los chicos conocer la mecánica particular de una biblioteca y revalorizar el libro en común, el libro de todos.
Leer es, en cierto sentido, jugar. Jugar a que me creo, mientras estoy leyendo, que lo que me dice este fabulador que es el escritor es cierto. Lo que la escuela argentina debe profundizar es nada más y nada menos que el intento de desburocratizar la lectura. Porque nadie puede disfrutar de un juego burocratizado. A veces aun escucho a maestros afirmar que sus alumnos son lectores porque la clase de lectura es ordenada, todos traen sus libros, etcétera. Esos son niños obedientes. Un lector es quien elige leer cuando podría hacer otra cosa.
No hay ningún cromosoma de la lectura: los lectores se hacen, no nacen.
[1] Carlos Sylveira: docente, escritor, comunicador y psicólogo social; se dedica a la literatura para jóvenes y niños con extensa obra escrita y amplia labor de extensión comunitaria. Para mayores datos y links: http://www.imaginaria.com.ar/11/5/silveyra.htm#bio
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