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Jul 03, 2016 Eduardo Paganini El Baúl Nacional Comentarios desactivados en Recordando a Manuel Sadosky
Manuel Sadosky nació el 13 de abril de 1914 en el seno de una familia de origen ruso llegada al país al comienzo del siglo. Hoy tiene 70 años, rostro de piel lisa y sonrosada, ojos azul claro, mansos e inocentes, que sonríen cuando habla, y una actitud serena que parece imposible hacerle perder. Como todos los que aman al país, este brillante hombre de ciencia sufrió sus desvíos: rechazos, frialdad, agresión, indiferencia. Por diez años vivió fuera. Cosechó éxitos, sufrió muertes, hizo amigos, enseñó lo que sabía y pensó. Siempre pensó en el país que había dejado a su pesar y no cesaba de mandar desesperadas señales de intolerancia, dolor y muerte. Cuando éstas fueron de paz y esperanza hizo las valijas y volvió pata darle lo mejor que tenía: su energía y su experiencia. Hoy es secretario de Estado de Ciencia y Técnica.
— A través de los relatos que hacen los que lo conocen, uno puede concluir que su relación con el país nunca fue distraída.
— ¿Qué quiere decir?
— ¿Usted vio que hay hombres que aman a una mujer y olvidan la fecha en que la conocieron, o no saben si ella prefiere el cine o el teatro, el verano o el invierno? Son amantes distraídos.
— ¡Ah no! Mi relación con el país es absorbente. El está por encima de todo.
— Es decir que no se trata de un sabio metido en su gabinete y sordo a lo que pasa afuera.
— Ni siquiera se trata de un sabio.
— Eso carguémoslo a su modestia. ¿Es verdad que en la “Noche de los bastones largos”[i] usted salió de la universidad con la cabeza rota?
— Mi cabeza sería lo de menos. Esa noche le asestaron un golpe mortal a un período que había sido un orgullo para el país. El período 1955-1966, uno de los más creativos en la historia de la Universidad.
— ¿Qué hizo a partir de allí?
—Yo estaba bastante vinculado con la Universidad uruguaya, empecé a viajar a Montevideo, dicté cursos, organicé con gente de allá el Instituto de Cálculo. En 1974 fui invitado a un congreso en Colombia. De allí pasé a Caracas, donde me invitaron a colaborar en un centro para el desarrollo del país que se llamó CENDES.
— Quiere decir que ya no volvió.
— Aquí había empezado a actuar la Triple A. En 1974 habían matado a Silvio Frondizi, había orden de detención contra Carlos Varsavsky, Amílcar Herrera, J. J. Giambiagi y contra mí. Era un delirio. Nos acusaban de algo siniestro a nivel internacional. A fines de 1979 fui a España y ahora aquí me tiene.
— Su constante es volver en cuanto lo dejan… En el 73 los estudiantes lo acusaban de cientificista. ¿Era, sí, un cientificista?
(Don Manuel sonríe y llama a su hija para que nos traiga un mate cocido. Mirándolo, uno se pregunta si alguna vez se enoja, si alguna vez está tenso, si alguna vez sufre de estrés. No parece probable. Le pregunto si alguna vez se enoja y grita y vuelve a sonreír sin responder. Con la mirada parece decir: “Es que sirve de algo gritar?” Insisto entonces con mi anterior pregunta: “Tenían razón los estudiantes y usted era realmente un cientificista?”).
— Era la época de la borrachera ideológica. No había idea de lo que es un razonamiento riguroso.
— La Universidad al alcance de todos. ¿Y usted qué decía?
— Que debía ser democrática en su constitución y rigurosa en su estructura científica.
— No podría entrar el que no estuviera preparado.
— Eso no importa. En los Estados Unidos o Francia no hay ingreso. Lo que importa es el egreso. Dar pruebas de creatividad y originalidad. Someterse a una disciplina de pensamiento riguroso.
— Usted ha dicho que invertir en ciencia no es un lujo. En este momento puede no ser un lujo, pero sí una elección dramática. ¿Qué se hace primero, se mata el hambre o se invierte en ciencia? Hay gente que pasa hambre.
— La experiencia internacional es muy clara: porque hay graves problemas es preciso intensificar el desarrollo de la ciencia.
— El desarrollo económico de Estados Unidos y la Unión Soviética ¿piensa que está ligado al desarrollo de la ciencia en esos países?
— Está ligado el desarrollo tecnológico basado en la ciencia. Estados Unidos, que ya tenía una gran industria, tuvo la visión de abrir las puertas a todos los sabios que Hitler echaba.
— ¿Ninguno quería venir a América Latina?
— América Latina no los recibía.
— ¡Pero Argentina tiene 500.000 judíos!
— Que entraron a fines del siglo pasado y principios de este.
— Con la guerra volvieron a entrar.
— Pocos. En general gente de plata.
— ¿No los dejaban entrar? ¿Usted supone que había discriminación?
— No supongo, estoy seguro. Busque en el ejército algún apellido judío. En Estados Unidos el padre de la armada nuclear es un judío polaco que llegó a ese país a los seis años: el almirante Ryckover.
— ¿Y la URSS, cómo llegó a tal grado de desarrollo, un país que era casi feudal en el momento de la revolución?
— Lenin, pensando que iban a ser bloqueados, compaginó un plan que les permitiera subsistir en las peores condiciones de aislamiento. Fortaleció todo lo científico. De un país atrasado, agrario y feudal, la Unión Soviética pasó a ser un país moderno que se abastecía totalmente.
— Todos nuestros esfuerzos, entonces, deberán ser para la ciencia al servicio de la técnica. El Instituto de Cálculo que usted fundó en 1961 ¿no tenía que ver con esto?
— Sí, allí contribuimos a la solución de problemas nacionales.
— Nuestro lema, el que tenemos que grabarnos en la cabeza ¿es “modernizar”, “modernizar”?
— Exactamente. En este momento la cosecha de granos alcanzó a 40 millones de toneladas como consecuencia de la labor del INTA. Y no queda un grano sin vender.
— Sin embargo, hay veces en que no alcanza con producir. Piense en el vino que se ha tirado por falta de mercado. Este año gran parte de las peras de Río Negro no se vendieron.
— Tenemos un país que, como comerciante internacional, es muy débil. La cancillería no se ocupaba de cosas económicas.
— En 1965 la Argentina estaba a la vanguardia en informática en América Latina ¿cuál es la situación ahora?
— Estamos muy atrasados. Brasil, México, e incluso Venezuela, con la incorporación de científicos argentinos, han hecho grandes progresos.
— ¿Cómo entiende usted que en este momento estén entrando al país desde Estados Unidos, elementos de informática rechazados allá? Cosas ya viejas…
— Creemos que en breve tiempo podremos restablecer el orden, de manera que no supere ese problema de que habla.
— ¿Lo ve fácil?
— Sí, aunque el asunto de la trampa es algo que se ha infiltrado mucho en este país.
— Hace ocho meses que usted ocupa la Secretaría de Ciencia y Técnica, ¿qué cosas podríamos poner en su haber?
— Empecemos por coordinación. Se han hecho varias coordinaciones para vincular organismos como el INTA (Instituto Nacional de Tecnología Agropecuaria) y el INTI (Instituto Nacional de Tecnología Industrial) con la Comisión de Energía Atómica y con el CONICET (Consejo de Investigaciones Científicas y Técnicas) y muchas otras instituciones.
— ¿En qué sentido es importante esta coordinación?
— Imagínese un organismo en el que las piernas y los brazos están por un lado y el cerebro por otro. Es necesario formar un sistema. Subrayar este concepto: sistema, con ciencia y técnica. Debe haber interacción entre ambas. Además hay que adaptar la producción, la industrialización a las necesidades, a los requerimientos, ya sean de afuera o de adentro. Y aún algo muy importante. Todo esto es fundamental para la defensa del país. ¿Cómo podría implementarse esta defensa sin conocer profundamente nuestras reales posibilidades?
— Saber qué tenemos, con qué contamos.
— Y qué no tenemos. No estamos en la época de subir a la azotea y tirar aceite hirviendo a la cabeza del invasor. No hay defensa nacional posible sin una estrecha relación con un sistema científico y técnico. Estar preparados es una manera de desalentar las malas intenciones. Y volviendo a la Secretaría de Ciencia y Técnica: a nuestro haber podemos añadir la promoción de la ciencia y la técnica a través del CONICET. Este es el instrumento que tiene la Secretaría para la promoción de su política de conseguir una estrecha relación entre técnica, ciencia y los sectores productivos.
— ¿Qué cosas ha hecho el CONICET para cumplir con sus cometidos?
— Uno de los primeros actos ha sido reponer a los investigadores apartados en estos años. Es necesario recuperar el patrimonio humano nacional.
— Para el Nobel de este año hay un argentino nominado que vive en Londres.
— Sí, César Milstein fue nominado por sus trabajos en biología molecular. Estuvo hace poco, dio conferencias. Nos alcanza con que esté dispuesto a colaborar, no es necesario que vuelva.
— ¿Por qué se fue Milstein?
— En 1964 lo expulsaron del Instituto Malbrán y se fue a Inglaterra, donde hizo una gran carrera. Esta nominación de hoy es por sus trabajos sobre anticuerpos monoclonales.
— ¿Qué hará él por el país?
— Alumnos suyos vendrán aquí a trabajar e investigadores de aquí irán a Inglaterra a trabajar con él. La trama entre afuera y adentro se había roto. La estamos recomponiendo.
— En la frase “patrimonio humano nacional” entran todos los que están interesados en nuestro desarrollo nacional, estén donde estén. Cuénteme un poco de ese patrimonio desperdigado por el mundo.
— Por ejemplo, en los Estados Unidos se está formando una asociación de 500 argentinos que están dispuestos a hacer cosas para el país. Tan solo en Nueva York tenemos profesores como David Sabatini, José Zadunaisky, Osías Stutmam, José Musacchio, Enrique Ravelino, Angel Pogo, Roberto Celis, Carlos Frangione. Y estamos hablando sólo de investigadores en biomedicina.
— Todos de altísimo nivel.
—No me equivoco si le digo que son importantes en el conjunto de la ciencia en Estados Unidos.
— Esto pasa con la biomedicina, ¿y la matemática y la física?
— La matemática ha producido un personaje excepcional, Alberto Calderón, profesor en la Universidad de Buenos Aires y en la de Chicago. Este año dos de los más importantes premios a la producción matemática original fueron entregados a dos argentinos de menos de 40 años residentes en los Estados Unidos: los doctores Luis Caffarelli, de la Universidad de Chicago, y Carlos Kenig, de la Universidad de Minnesota. Cafarelli, de 38 años, está en estos días con nosotros dando un curso en la Universidad de Santa Fe. Kenig, de 31 años, vendrá dentro de poco tiempo. Bueno… y el jefe del Departamento de Física de la Universidad de Berkeley era hasta hace muy poco León Falicoff, argentino.
— Y siguiendo con las realizaciones en su Secretaría…
— También hemos creado la Subsecretaría de Informática, que trata de coordinar todo lo relativo a esta disciplina. Uno de sus objetivos es impulsar la construcción de computadoras, la enseñanza de las técnicas y el arduo problema de la relación entre educación e informática.
— ¿Coincide con Mac Luhan en el sentido de que las computadoras terminarán por sustituir al maestro?
— No planteo ese problema en esos términos. Hay que reentrenar al docente, interiorizarlo en computación, pero el eslabón humano es indispensable en los procesos educativos.
— ¿Algún trabajo se puede delegar a la computación en materia de educación?
— Todos los trabajos rutinarios, de ninguna manera los creativos.
— Tengo idea de que hay algún rubro en el que se están realizando algunos trabajos, que pueden considerarse creativos.
— En ese sentido, en este momento, estamos asistiendo a una verdadera revolución en matemática de alto nivel; cosas nada rutinarias en la matemática de frontera que están empujadas por la computación.
— ¿Cómo fue la visita del señor Presidente[ii] a su Secretaría?
— Algo inusitado y fantástico. De un lado los científicos exponiendo y sugiriendo cuestiones prácticas, del otro el Presidente preguntando.
— ¿Alguna de las propuestas?
— Que los directorios de las grandes empresas estatales se integren con científicos y técnicos, a fin de evitar algo que ocurrió muchas veces: comprar afuera cosas que pueden producirse aquí.
— De todo lo dicho se deduce que está contento con lo hecho y con los proyectos para el futuro. El peor problema es el dinero ¿no?
— Es grave, pero el fervor de la gente joven es tan enorme… Es imbatible. Por eso soy optimista.
— ¿Cuándo veremos resultados concretos?
—En menos de dos años. Los grandes resultados, los resultados notables, dentro de siete, ocho, diez años. Este es uno de los países más viables del mundo. Tenemos alimentos, energía…
— Podríamos cerrar las fronteras y sobrevivir.
— Pocos países pueden decir eso. Hay un problema, sin embargo. El consumismo. Tenemos una educación muy consumista.
— Muchas veces se ha señalado el enorme desfasaje que existe entre las cosas que se estudian en las universidades y la realidad. Se habla de lo antieconómico que resulta la pérdida de tiempo en cosas que son inaplicables.
— La historia de la ciencia muestra que no se sabe qué es inaplicable y qué no lo es. Hace 120 años murió un sabio: Maxwell, que estudió las relaciones entre la electricidad y el magnetismo. Y escribió ecuaciones que explicaban esas relaciones. De acuerdo a estas ecuaciones, tenían que existir ondas que se propagaban con la velocidad de la luz. ¿Para qué servía este descubrimiento? Parecía que para nada. Al poco tiempo Hertz se propuso verificar la hipótesis y descubrió las ondas hertzianas. Luego vino Marconi, con la radio, y luego la televisión.
— ¿Habría entre nosotros algún ejemplo parecido a éste?
— Aquí, entre nosotros, los anticientificistas decían que la biología molecular no servía para nada. Que dedicarle atención era perder tiempo y dinero. En esa época para conseguir hormonas de crecimiento había que matar miles de vacas para extraer de sus hipófisis material activo, Hoy se consiguen sin matar una vaca. Y esto puede tener consecuencias económicas enormes.
— En definitiva, que un buen desarrollo de las ciencias y de la tecnología…
— Espere, espere, no quiero que me llamen cientificista. Debernos entender que el progreso de las ciencias sólo tendrá una alta y positiva incidencia en la vida del hombre si va acompañado por un progreso semejante en las ciencias humanas. Los desfasajes en este sentido revelan que el hombre no está capacitado para asimilar un desarrollo tecnológico desmesurado, separado del resto.
— Doctor Sadosky, usted, además de secretario de Estado, es abuelo.
— ¿Será eso un mérito?
— Alcanza con ver su sonrisa para saber que, por lo menos, es un fuerte motivo de felicidad. Cuénteme de ese viaje que hicieron usted y su nieta, solos, en 1982, en busca de la patria perdida. Ella tenía tres años cuando salió de la Argentina, once cuando volvió. ¿Sentía que volvía a su patria?
— Sí, y además, recibió mucho afecto; aquí es tan diferente la forma de relacionarse la gente respecto de Estados Unidos. La contundencia del cariño, la vida en la ciudad: el hecho de poder moverse sola por la ciudad la maravilló. La llevé a ver los lugares que más quiero. La escuela Mariano Acosta, donde me recibí de maestro, donde fui alumno de Jorge Romero Brest, de José Luis Romero, compañero de Julio Cortázar. Esa escuela era una verdadera fábrica de democracia. Había hijos de carniceros, de médicos, de albañiles, de estancieros. Hijos de españoles, rusos, polacos, italianos. Era la escuela sarmientina.
— ¿Usted sabe una cosa? Cuando la gente habla de usted y lo describe, siempre dice una cosa: que es inocente. ¿Cómo se ve? ¿Le molesta esa caracterización?
— No, para nada. Al contrario.
— ¿Qué significa para usted ser un inocente?
— Inocente es el que dice lo que piensa y tiene, a priori, una gran voluntad para realizar las cosas. Claro que si la realidad demuestra que estaba equivocado y sigue insistiendo, en verdad, demuestra que es un tonto. ¿Conoce aquella anécdota de los que están frente a una botella llena hasta la mitad? Unos la verán por mitad vacía, otros, la verán por mitad llena. Yo soy de los que la ven por mitad llena.
[a] María Esther Gilio (Montevideo, 1928 – Montevideo, 2011), periodista, escritora, biógrafa y abogada uruguaya de notable actividad periodística en Uruguay y Argentina. Además fue colaboradora en publicaciones de Brasil, México, España, Francia, Italia, Chile y Venezuela. Para mayor información se puede consultar en http://www.revistaenie.clarin.com/literatura/Maria-Gilio-fallecio_0_544745684.html
[i] Episodio intervencionista a través de la violencia represiva por medio de las fuerzas de seguridad durantee la dictadura del Gral. Onganía en la Universidad de Buenos Aires, el 29/07/1966 (próximos al cincuentenario). Se desalojaron las instalaciones a fuerza de empujones y bastonazos policiales, de ahí su epónimo. Para mayores detalles: https://es.wikipedia.org/wiki/Noche_de_los_Bastones_Largos
[ii] Se refiere al Dr. Raúl Alfonsín.
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