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Nov 26, 2016 Eduardo Paganini El baúl Comentarios desactivados en Un estudio en profundidad sobre nuestro poeta Ricardo Tudela (I)
He aquí una particular y exhaustiva mirada sobre las fuentes estéticas y filosóficas donde abrevó nuestro Ricardo Tudela para lograr el camino de su expresión, de búsqueda y de pasión —según comenta la estudiosa Gloria Videla de Rivero con honestidad intelectual y entusiasmo literario.
Poco espacio hay en nuestra actual Mendoza para los espacios líricos transitados por los que nos precedieron y que merecen mayores reconocimientos. Por ello, entendemos en EL BAÚL que resulta de vital importancia poder ofrecer a nuestros lectores este material, cuya extensión plasmaremos en dos entregas.
Me propongo en este estudio contribuir al conocimiento de la poética del escritor mendocino Ricardo Tudela (1893-1984), deteniéndome sobre todo en la descripción y análisis de su conjunto de ensayos: El hecho lírico. Ensayos de interpretación (1937)[i]. Complementariamente me referiré a otros dos artículos de este autor aparecidos en publicaciones periódicas: La poesía intransferible (1930)[ii] y Algunas sugerencias sobre la nueva poesía (1931)[iii]. Postulo que Tudela asume la herencia de las poéticas románticas y pos-románticas, a través de su propia personalidad y desde sus condicionamientos biográficos y regionales. Contribuye además a divulgarlas en Cuyo, entre los escritores de la región y en otros lugares de América en los cuales se difunden sus publicaciones.
En las poéticas mencionadas, así como en la del surrealismo, que también influye en el pensamiento estético de Tudela, ingresan junto con corrientes filosóficas varias, tendencias esotéricas, que contribuyen al carácter oscuro, por no decir críptico de muchas de sus postulaciones[iv]. Haré mi aporte para su comprensión desde mi formación literaria y no esotérica. Es probable que mi trabajo pueda ser enriquecido por nuevos asedios desde una perspectiva filosófica o por quienes poseen las claves secretas, en gran medida gnósticas.
Considero además, como hipótesis secundaria, que entre las poéticas de Tudela y la de Jorge E. Ramponi existe un estrecho diálogo, o al menos coincidencias notables, por lo cual será ilustrativo introducir algunos ejemplos del segundo.
La estructuración de mi estudio ofrecía dos posibilidades principales: la determinación de los grandes núcleos de la poética tudeliana y un intento de sistematización en torno a ellos (sueño y poesía, viaje y poesía, dolor/gozo y poesía, consideraciones sobre la poesía celebratoria, mito y poesía, geometría y poesía, naturaleza vegetal y poesía, poesía y poema, etc.). La otra posibilidad, por la que opté, es la de respetar el orden de los artículos y de los capitulillos en los que se divide El hecho lírico, analizando a través de ellos sus principales ideas (que se repiten con modulaciones en varias partes). Ofrezco así la posibilidad de conocer la estructura elegida por él, aún con el riesgo de reiterar algunos conceptos. Selecciono, destaco, interpreto, comento y enmarco sus ideas haciendo referencias a sus fuentes explícitas o implícitas.
Un alto porcentaje de la totalidad de la obra poética, ensayística y aforística del autor está constituida por un obsesivo reflexionar sobre la esencia y función de la poesía y del poeta, pero no en forma abstracta o desencarnada sino como una forma de autoindagación. Si bien Tudela desempeñó durante su larga vida muy variados oficios y profesiones[v], fue la escritura su forma de expresión más persistente, su modo de canalizar sus angustias, perplejidades, inquietudes religiosas o sociales, sus acuciantes reflexiones. Identificaba su ser con el de un poeta, un pensador-escritor más intuitivo que racional, un buscador metafísico agónico, atormentado, un religioso heterodoxo y antidogmático (según su propia definición), un inconformista, un luchador civil (que en un período de su vida adhirió al marxismo), un regionalista con ambición universalista, un americanista visceral[vi]. Su perfil intelectual está condicionado por factores biográficos: «Desde muchacho estaba familiarizado con dos corrientes ideológicas de mi hogar: mi padre anarquista, mi madre protestante. Este sentido de inconformismo y libre examen me dio cierta independencia de pensamiento”[vii].
Pero la identificación del propio ser con el del poeta (ligado al del filósofo asistemático, al del «homo religiosus», al del combatiente político y al del realizador cultural) está también condicionada por factores culturales y epocales.
Arturo Roig ha señalado, en Breve historia intelectual de Mendoza[viii] que, a partir de la década del veinte, el medio intelectual de Mendoza va superando la influencia «positivista» para entrar en corrientes «neo-espiritualistas». Alfredo Bufano representa al pensamiento católico, con tradición bíblica y eclesial, sobre todo franciscana[ix]. Otras corrientes vigorosas de la época son la teosofía y el vitalismo irracionalista. Dentro de esta última corriente ubica Roig a Ricardo Tudela y a Sixto Martelli[x].
En el orden estético, las reflexiones de Tudela sobre el hecho lírico se inscriben en la herencia del romanticismo y posromanticismo, que conciben a la poesía como una instancia totalizadora. La poesía no es ya sólo un camino que conduce a un fin que la trasciende más allá de sí misma, sino que revela el último reino, «es la última realidad» (Novalis). Su exploración puede otorgar o revelar el infinito, su promesa es ilimitada. Hoy, casi al fin de siglo, observamos que muchos poetas (hombres y mujeres) se atormentaron, se extraviaron tras esta promesa. Identificaron vida y poesía creyendo encontrar en ella toda respuesta, toda altura y toda plenitud pero —como siempre que se convierte el medio en fin, el camino en meta, el titán en Dios— se permanece en el desasosiego, en la clausura, aunque la cárcel sea algo tan inmenso como el macrocosmos o tan íntimo como su espejo: el microcosmos, realidades que los románticos, los posrománticos y sus herederos con influencias gnósticas directas o indirectas exploraron y divinizaron.
¿Cómo maduró Tudela sus ideas estéticas? El artista siempre dialoga con su contexto y consigo mismo y —desde este diálogo— hace su aporte personal a la cultura. Dentro de los límites que nos hemos fijado para este estudio, nos importa sobre todo comprender la etapa de la evolución tudeliana preparatoria o coincidente con los años treinta, época en la que aparecen dos ensayos breves que comentaremos aquí y el grupo de ensayos que constituyen El hecho lírico.
El escritor nace en el seno de una familia muy modesta. Su formación intelectual es asistemática. En la década del veinte pasa una larga temporada en Chile y allí toma contacto, ya personal, ya a través de lecturas, con los poetas de la llamada «generación de 1920», proclives al vanguardismo, entre los que se encuentran Neruda, Juan Marín, Salvador Reyes, Joaquín Cifuentes Sepúlveda, Rosamel del Valle, Rubén Azocar, Gerardo Séguel, Julio Barrenechea, Augusto Santelices, Juvencio Valle, Humberto Díaz Casanueva, entre otros. Conoce o lee también a autores procedentes de la generación anterior, pero aún con gran vigencia: Pablo de Rokha, Gabriela Mistral, Ángel Cruchaga Santamaría… Accede a la poesía de Huidobro y a las teorizaciones poéticas del creacionismo y del surrealismo[xi].
Cuando regresa a Mendoza en abril de 1925, trae ese fermento, que se traduce no tanto en su práctica como en la teoría poética En tertulias de café, en charlas en las redacciones de los periódicos en el núcleo del grupo vanguardista poético «Megáfono«[xii] y a través de colaboraciones periodísticas, difunde sus reflexiones sobre la poesía. En el ensayo autobiográfico Ubicación de un destino[xiii] publicado en 1964, enuncia cuáles fueron las lecturas que influyeron en su ideario estético: se autodefine como «un romántico insurgente», influido por la revolución surrealista, también de raíz romántica, «que se proponía devorarlo todo: el orden clásico, la lógica y la sensatez del reino filosófico, la simetría y la euritmia de las artes plásticas, la metafísica y la ética de la burguesía»[xiv]. Según su punto de vista: «El surrealismo se propuso nuevas aperturas de la fuentes creadoras: que lo elemental encontrase vías subconsciente para enarbolar lo espiritual. De ahí la irrupción, a veces insurgente de metáforas y símbolos» (Ibíd.).
Hasta aquí, en la búsqueda de pistas para una elaboración de la biografía intelectual juvenil de Tudela, me he referido a sus bases mendocinas y a la influencia conmovedora de la breve estada en Chile (1924-1925). Draghi Lucero, amigo del poeta, señala otras dos vertientes de su formación: la lectura asistemática y los contactos con intelectuales uruguayos: «La pobreza ha sido siempre su compañera; pero ha sabido hallar los centavos necesarios para procurarse desde temprana edad las pobres velas a cuya luz mortecina leyó ávidamente a Gorki y Tolstoi, a Dostoiewski y Zola»[xv].
Su avidez por la lectura era enorme, tanto que logró reunir una biblioteca que —ya al final de su vida, cuando lo visité— había invadido literalmente su casa, al punto de que no quedaban ya estanterías, mesas, sillas ni otras superficies sin cubrir por las ya inmanejables pilas de libros. Invertía el escritor en estas compras el dinero que a veces necesitaba para la subsistencia, razón por la que muchas veces las hacía a escondidas de su esposa.
La otra vertiente que según Draghi influyó en la formación de Tudela —retrotrayéndonos nuevamente a las décadas del veinte y del treinta— es la de los escritores uruguayos: «Jules Supervielle, Sabat Ercasty, Zum Felde y otros autores de la tierra de San Martín»[xvi].
El mismo Tudela nos da en sus escritos autobiográficos pistas sobre sus lecturas, pero en general lo hace de modo muy asistemático. Reconoce que la escuela trascendentalista norteamericana está en la raíz de su formación estética: Emerson, Thoreau, Walt Whitman, cavaron hondo en su sensibilidad y su conciencia. Fue también un asiduo frecuentador de la Biblia: «Amaba la naturaleza, la vida comprometida, la intuición panteísta del mundo»[xvii]. Como respuesta a las inquietudes poético-filosóficas fueron apareciendo Whitman-Almafuerte, Nietzsche-Rilke, Martí-Darío, Romain Rolland-Gorki, Antonio Machado-Juan Ramón Jiménez, creacionismo-surrealismo, los grupos vanguardistas españoles-americanos «todo en conflicto personal continental con el drama y las revoluciones ideológico-espirituales de nuestra América»[xviii].
¿Qué leyó Tudela de Emerson, de Thoreau, de Nietzsche, de Whitman, autores que él confiesa como fuertemente influyentes en su pensamiento? ¿Leyó a todos estos autores en sus fuentes, o a veces a través de historiadores, sistematizadores o divulgadores? Recordemos que el libro de Guillermo de Torre: Literaturas europeas de vanguardia (1925) circulaba entre chilenos, uruguayos y argentinos y era material frecuente de lectura, de discusión, de incitación y de pautas modélicas entre los poetas jóvenes de estas latitudes. Pensamos que —sin ignorar historias literarias fuertemente impregnadas de pautas estéticas, como la de Guillermo de Torre o ensayos como La deshumanización del arte de Ortega y Gasset o posteriores aportes críticos— la pasión intelectual de Tudela lo llevaba a las fuentes. Aquí y allá, en sus ensayos y testimonios hay comentarios de estas lecturas. Por ejemplo, en el ensayo Vecindades de lo absoluto, posterior a la época que focalizamos, dice: «Leo a Henry David Thoreau en su Diario y en Walden y sus sencillas y sugestivas lecturas me llenan de conmovedora vitalidad […]. Thoreau fue en cierta manera el profeta de la Naturaleza; le arrebató muchos de sus secretos para inducirnos a amarla y reverenciarla. También vivieron con parecido fervor Emerson y Whitman, los pioneros con alma universal […]»[xix].
En otro escrito autobiográfico vuelve a referirse a los trascendentalistas norteamericanos, vinculando estas lecturas con una crisis religiosa: «He aquí una verdad de mi vida: fui protestante. […] La Biblia y los Evangelios tomaron una central y vivificante dirección en mis asuntos interiores»[xx]. Luego narra su separación del protestantismo: «encontré en su seno una dura inclinación por los dogmas y el sectarismo. Esa tendencia sembró en mí dudas terribles. Para neutralizarlas, me di al estudio comparado de las religiones. Un día —conmovedora aurora de liberación— descubrí que la India era la madre de toda la sabiduría religiosa y filosófica. Y me dejé llevar por ese viento bienhechor con toda la ingenuidad y el hambre de saber de mi criatura atribulada. Por aquel tiempo leía yo con apasionada voracidad al grupo de los escritores trascendentalistas: Emerson, Thoreau, Walt Whitman, Mellville, etc. Un soplo nuevo de disconformismo e insurgencia terminó por apoderarse de mi pensamiento y mi sensibilidad. Desde Hispanoamérica esa fuerza ideológica empalmaba con ciertas lecturas de anarquismo ingenuo»[xxi].
No es mi propósito reseñar toda la evolución tudeliana, sí mostrar su talante romántico, conflictuado y agónico, su trasfondo religioso (heredado de la madre), sus lecturas hinduistas (muy difundidas en la época)[xxii], su rebelión anárquica (transmitida por el padre). Como síntesis diré que estas tendencias contradictorias encontraron, por la década de los años setenta, un cauce que él sintió como armonizante: la fe en el «Cristo Cósmico», que bebió en la teología de Teilhard de Chardin.
En la fuente citada (Piedra y Canto) se publica facsimilarmente este poema de Ricardo Tudela:
Referencias:
[i] Publicado en el N° 2 del Boletín Oeste (Mendoza, junio, 1937, s/p); 2a ed. La Habana, 1942.
[ii] En Los Andes, 2a Sección, Mendoza, 28 de set. 1930. Recogido en mi libro Direcciones del vanguardismo hispanoamericano, Mendoza, Universidad Nacional de Cuyo, 1990, T. II; 2a ed. Pitssburgh, Instituto Internacional de Literatura Iberoamericana, 1994. Citaré por la 2a ed. de mi recopilación.
[iii] En Cuyo-Buenos Aires. Miraje Intelectual Sudamericano. Volanta Mensual de Literatura, Arte y Crítica, N° 7, San Rafael, Mendoza, 1931. También recogido en mi Direcciones…. Citaré por la 2a ed.
[iv] Sobre las variadas influencias que confluyen en el pensamiento de los románticos, Cfr. Albert Béguin. El alma romántica y el sueño. Ensayo sobre el romanticismo alemán y la poesía francesa. México, Fondo de Cultura Económica, 1954. 500 p.; M.H. Abrams. El espejo y la lámpara, Buenos Aires, Nova, 1963, (The Mirror and the Lamp, New York, 1953); M.H. Abrams. El romanticismo: tradición y revolución. Madrid, Visor, 1992. 482 p.; René Wellek. Historia de la crítica moderna (1750-1950). Los años de transición, Madrid, Gredos, 1959, T. III; H.G. Schenk. El espíritu de los románticos europeos. Ensayo sobre historia de la cultura, México, Fondo de Cultura Económica, 1983. 308 p.
[v] Entre ellos: aprendiz de panadero, confitero, herrero, albañil, aprendiz de boticario, encuadernador… Ingresó luego en el mundo del teatro que «fue su universidad y el campo de engaños y desengaños que le permitió encontrarse consigo mismo». En el teatro fue tramoyista, traspunte, arreglador de libretos, montador de espectáculos, secretario de empresa, crítico teatral. Ingresó así al periodismo como cronista, redactor, editorialista y Director de publicaciones (Revista Oeste, Diario La Palabra. Suplemento Cultural del Diario Los Andes en algunos períodos, etc.). Desde 1931 fue profesor, durante más de treinta años, de Historia del Arte, Estética y Cultura en la Academia Provincial de Bellas Artes de la Provincia (Cfr. Nelly Cattarossi Arana: Literatura de Mendoza. Historia documentada desde sus orígenes hasta la actualidad, Mendoza, Inca, 1983, T. II, pp. 694-695).
Véase además la síntesis biográfica realizada por José María Rodríguez y María Suoni. A cien años del nacimiento de Ricardo Tudela, en Los Andes, Libros y autores, Mendoza, 11 de abril de 1993, p. 14. Aquí se perfila también su actuación política —ligada en sus inicios al radicalismo lencinista— y se describe su actuación en organismos culturales y gremiales (Comisión Provincial de Cultura, Sociedad de Escritores, etc.).
Sus principales publicaciones son: De mi jardín…verso y prosa (1920); Un verano en Potrerillos (1921, novela); Vida interior (poemas, 1922); Los poemas de la montaña (1924); Horas de intimidad (poemas, 1924); El inquilino de la soledad, Ia ed. 1929, 2a ed. 1964, (prosa poemática); La canción nativa (1930, poemas); El hecho lírico (1937, ensayos); El labrador de sueños, poemas, 1969; Los ángeles materiales (antología poética, 1973); Ventanales de la conciencia humana; Ensayos confidenciales, 1983. Póstumamente se han editado: Canto a América (poemas, 1987); El pensamiento perenne (Ensayos y escritos, 1940-1970, T. I: 1989, T. II: 1993; Himno al sol (poemas, 1991).
[vi] Extraigo esta semblanza de los escritos del propio Tudela, particularmente de Ubicación de un destino (prólogo a El inquilino de la soledad), Ventanales de la conciencia humana, y los libros póstumos: El pensamiento perenne (Ensayos y escritos), T. I: 1989, T. II: 1993, entre otros escritos con fuerte impronta autobiográfica.
[vii] Cfr. José Rodríguez. Op. cit.
[viii] Mendoza, Ediciones del Terruño, 1966, pp. 46-54.
[ix] En sus Conferencias de 1936 desarrolló una posición cuyas raíces se encuentran, según Roig, en el liberalismo de Fray Mamerto Esquiú y en la filosofía de la persona de Jacques Maritain (Ibíd., p. 49).
[x] Ibíd.
[xi] Libro paradigmático de la vertiente surrealista del vanguardismo chileno (claramente heredera del romanticismo) es Tentativa del hombre infinito (1926) de Neruda, que busca la experiencia del infinito a través del viaje poético. Frustrada tentativa, como se desprende de la lectura del libro nerudiano y de las biografías de varios poetas que, desde el romanticismo, hicieron este intento.
[xii] Cfr. mi artículo: Notas sobre la literatura de vanguardia en Mendoza: el grupo Megáfono, en Revista de Literaturas Modernas, Mendoza, Universidad Nacional de Cuyo, FFL, Instituto de Literaturas Modernas, N° 18, 1985, pp. 189-210.
[xiii] Ricardo Tudela. Ubicación de un destino, prólogo a El inquilino de la soledad, 2a ed., Mendoza, D’Accurzio, 1964, p. 17. (La primera edición es de 1929).
[xiv] Ibíd., pp. 11-12.
[xv] Discurso de Juan Draghi Lucero, en: Ricardo Tudela, Juan Draghi Lucero. La cultura y el pueblo. Mensaje de Pablo Neruda, Mendoza, D’Accurzio, 1945, s/p.
[xvi] Ibíd., s/p.
[xvii] Ubicación de un destino, ed. cit., p. 16.
[xviii] Esta lista no agota las numerosas lecturas de Tudela. Él mismo la amplía en el prólogo citado, nombrando, entre otros, a Supervielle, Eluard, Milosz, León Felipe, García Lorca, César Vallejo, Luis Franco, Juvencio Valle, Pedroni, etc. (Cf Ibíd., p. 34).
[xix] En Ricardo Tudela. El pensamiento perenne. Ensayos y escritos 1940-1970, T. Mendoza, Ediciones Culturales de Mendoza, 1989, p. 77. Es de lamentar en esta recopilación la falta de una ordenación cronológica que hubiera permitido establecer etapas o matices evolutivos en el pensamiento de Tudela, o —al menos— datar su lecturas con mayor precisión, ya que el lapso 1940-1970 es demasiado global y amplio.
[xx] Ricardo Tudela. El pensamiento perenne, T. II, Mendoza, Biblioteca Comunal, 1993, p. 108.
[xxi] Ibíd., p. 110.
[xxii] Recordemos, por ejemplo, que por la misma época Ricardo Güiraldes reemplazaba la fe católica heredada por la conversión a una espiritualidad hinduista, inducido por la lectura del libro Los grandes iniciados de Schuré, que puso en sus manos su pariente masón, Bonifacio del Carril.
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