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A pocos meses de cumplirse medio siglo de la presentación del Nuevo Cancionero Cuyano, recordamos cómo y por qué surgió este movimiento que nació en Guaymallén y despertó, cultural y musicalmente, a toda América Latina.
La zona —para algunos barrios— de la Media Luna ya es un capítulo en la historia de nuestra América. Es que allí fue donde los días y su gente se hicieron poema y canción; donde crecieron grandes artistas, y donde todavía hoy se puede respirar un aire de recuerdos. Allí, muy cerca del centro y en el distrito de Pedro Molina, se tejió el comienzo de uno de los movimientos más importantes del folklore cuyano, proyectado a nivel nacional y de gran influencia a nivel internacional.
El Nuevo Cancionero, fundado de la mano de un grupo de inmensos creadores, como lo fueron —nada más y nada menos— don Armando Tejada Gómez, la gran Mercedes Sosa, Tito Francia y Oscar Matus, entre otros, comenzó como una propuesta que buscaba recuperar las raíces de nuestro país, para así reivindicar los orígenes de nuestra identidad y reinterpretarlos a través de escritos y canciones populares.
Fue con esos ideales, entonces, que este movimiento literario-musical cambió el escenario de la canción popular argentina de ese momento, inspirando a la Nueva Canción de toda América Latina (incluso es difundida la idea de que hasta la nueva trova cubana fue influida por esta corriente).
Todas las voces, todas
Ahora bien, ¿qué era lo que se proponía este grupo de artistas con la creación de un Nuevo Cancionero? y, ¿cuáles habían sido sus antecedentes? El 11 de febrero de 1963, el trío Sosa-Matus-Tejada Gómez, asociado a otros artistas como Eduardo Aragón y Tito Francia dio a conocer, en el Círculo de Periodistas de Mendoza, el Manifiesto de fundación del Movimiento del Nuevo Cancionero[i]. El mismo, partía de la idea de que la búsqueda de una música nacional de contenido popular, había sido y es (hasta la actualidad) uno de los más claros objetivos del pueblo argentino; y al mismo tiempo afirmaba que este movimiento “no había nacido en oposición a ninguna manifestación artística popular, sino como consecuencia del desarrollo estético y cultural del pueblo.»
En ese contexto (época del ‘boom del folklore’), el manifiesto cuestionaba la falsa oposición entre el tango y el folklore: «…se perpetró la división artificial y asfixiante entre el cancionero popular ciudadano y el cancionero popular nativo de raíz folklórica. Oscuros intereses han alimentado, hasta la hostilidad, esta división…», y dejaba en claro que su intención era más bien integradora: “Hay país para todo el cancionero. Sólo falta integrar un cancionero para todo el país». Se buscaba, precisamente, la integración de la música popular en la diversidad de las expresiones regionales del país y la participación de la música típica y nativa, en las demás artes populares.
Asimismo, en relación a sus antecedentes, el manifiesto dejaba en claro su postura: «… el cancionero carecía de un sitio hondo y visible en la sensibilidad de amplios sectores del país; era natural y lógica la insistencia en mostrarlo tal cual era o había sido su origen. Pero fue la fijación en ese estado lo que degeneró en un folklorismo de tarjeta postal cuyos remanentes aún padecemos, sin vida ni vigencia para el hombre que construía el país y modificaba día a día su realidad”. Y agrega: «Es con Buenaventura Luna, en lo literario, y con Atahualpa Yupanqui, en lo literario musical, con quienes se inicia un empuje renovador que amplía su contenido, sin resentir la raíz autóctona. A ese hallazgo se sumará luego el aporte de músicos, poetas e intérpretes de las nuevas generaciones que, urgidos por desarrollar esa veta de la sensibilidad popular, han protagonizado el resurgimiento actual.»
El Movimiento del Nuevo Cancionero buscó el diálogo y el intercambio con todos los artistas y movimientos similares del resto de América, asegurando que el arte, como la vida, debe estar en permanente transformación.
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En la esquina de Pedro Molina y Costanera se emplaza desafiante, la obra que brinda homenaje a nuestros antepasados culturales y que, desde noviembre del año pasado, nos recuerda que también allí, se gestó el movimiento artístico más importante de la canción cuyana. Se trata de una escultura de siete metros de altura realizada por el artista local Elio Ortiz, quien trabajó junto a un grupo interdisciplinario de la UNCuyo y al arquitecto Luis Orecchia. Manos representativas, elementos de nuestros pueblos originarios y fragmentos del Nuevo Cancionero son algunas de las partes que componen Las huellas de América, obra declarada de Interés Cultural provincial por la Secretaría de Cultura del Gobierno de Mendoza. |
[i] El texto completo puede verse en nuestro BAÚL: http://la5tapata.net/manifiesto-del-nuevo-cancionero/
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