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Oct 15, 2017 Ramón Ábalo La Pata Semanal Comentarios desactivados en ¿Descubrimiento, conquista? Colonización y genocidio (I)
Hace años atrás en un congreso científico de antropología en que se discutió también lo que ya era cuestionado: descubrimiento o conquista de América. Uno de los representantes, y científico él, al respecto afirmó que en la misma España se decía que «con la plata que se había extraído del Cerro Rico en Potosí, desde aquella época al presente, se podría haber construido un puente entre ese cerro y la misma España”. Un dirigente indigenista presente en el congreso, tomó la palabra y simplemente dijo: «…y sí… con los huesos de los hermanos que dejaron allí sus osamentas, paralelamente se podría construir otro puente… allí desde entonces hasta ahora fueron aniquilados, por las entrañas del monstruo, 8 millones de hermanas y hermanos… no fue un descubrimiento, porque hace miles de años que ya éramos pueblo en estas tierra… fue conquista y exterminio…».
Y ello fue así después del 12 de octubre de 1492. El primero fue Colón, el «descubridor«, aunque solamente se limitó a abrir el camino para la gimnasia exterminadora de los siguientes invasores y colonizadores de Doña Isabel la Católica y su cónyuge. Después llegaron los portugueses y allá en el Norte, los ingleses y algunos franceses.
Ya lo decían nuestros ancestros los indios, como lo afirmó Cristina, la expresión Día de la Raza es racismo, y era una cuestión pendiente como lo venían reclamando. De aquí en adelante, los argentinos respetaremos a todas las culturas oprimidas por las cruzadas conquistadoras, colonizadoras y exterminadoras. Fue la decisión del gobierno cristinista que la expresión racista se transformó en el Día del Respeto a la Diversidad Cultural.
Un valioso testimonio para la reafirmación de esta decisión es el aporte que en su momento hizo la revista mendocina Alternativa Latinoamericana en su Nº 10 con fecha del año 1990. Estaba dirigida por Rolando Concatti y la responsabilidad editorial era de la Secretaría de Estudios de Acción Popular Ecuménica de la Fundación Ecuménica de Cuyo. Se destacan artículos del mismo Concatti, de Oscar Bracelis, Arturo André Roig, Enrique Dussel , Ricardo Enrique Rojo, Adolfo Colombres, Horacio Cerutti Goldferg, Raúl Leis, y reportajes de Norma Fernández. Un documento, la revista, de un valor cultural excepcional. En las siguientes líneas, transcribiremos algunos párrafos de jugosas notas referidas a aquel episodio de la llegada de Colón a estas tierras, el 12 de octubre de 1492. En principio transcribimos parte de la escritura de Concatti que se expresa con el título “La conquista, informe sobre ciegos”. Y en sucesivas entregas la transcripción de partes de las notas de los autores mencionados.
Dice Concatti: “Toda conquista supone un gesto de soberbia y de desprecio; una mirada empequeñecedora y aniquilante para con el conquistado. Toda conquista armada, con más razón supone no sólo la violencia de la sangre, sino la violencia más perversa de preferir el hierro a la razón, la pólvora al espíritu, el atropello al diálogo.
Si esto es una trágica verdad que impregna casi toda la historia humana, es particularmente dramática en el caso del descubrimiento y conquista de América. «Descubrimiento» que terminó siendo un «encubrimiento», encuentro de posibilidades insólitas que se saldó en gran medida por el desencuentro, choque de dos mundos y dos culturas que acabó -en juicios de muchos- con una de ellas y prolongó, enturbiada, la victoriosa. Esto al menos en apariencia… Nuestra revista -en este número y en posteriores- quiere dar cabida a una sana y audaz polémica sobre estos temas…
De los muchos interrogantes que plantea 1492, hay uno que me toca particularmente: la ceguera que parece haber poseído a casi todos los protagonistas, y especialmente a los conquistadores españoles. Miraban sin ver; fueron espectadores de culturas espléndidas y las pisotearon, tuvieron en sus manos prodigiosas obras de arte y las fundieron para sacarle un poco de oro; encontraron bibliotecas inmensas y las quemaron sistemáticamente.
ESTABAN CIEGOS Con la ceguera vulgar de la soberbia y de la fuerza bruta, sin dudas. Pero con otras formas más sutiles y profundas de la ceguera humana. Que perviven y renacen en otros tiempos; también en nuestro tiempo… Propongo tres cegueras:
I – Colón: la ceguera de la ciencia
Se olvida con frecuencia -llevados por los modelos estereotipados- que Colón no fue propiamente un «descubridor» en el sentido moderno de la palabra. Colón no pensaba, no quería y no creyó nunca haber descubierto un nuevo continente. Colón quería verificar, comprobar empíricamente los pronósticos científicos de que navegando hacia occidente, y en virtud de la redondez de la tierra, llegaría a las costas orientales de Asia. La enorme discusión científico-teológica que marcó el siglo XV, y que significaba un trastocamiento de las ideas geográficas y cosmológicas heredadas y su reemplazo por nuevas certidumbres, apoyadas en un nuevo instrumental científico, en una perspectiva secularizante hasta entonces inéditas. La llegada del Almirante a las «Indias Orientales» y su retorno, comportaba un impacto emocional y un hecho científico de mayor envergadura que la llegada del hombre a la luna cinco siglos después.
América fue la prueba de lo desconocido por la tradición pero pronosticado por la ciencia. Fue de algún modo la primera apoteosis del pensamiento científico y la derrota del pensamiento mitológico-religioso. Se comprende, en esa euforia, las certidumbres reforzadas y los equívocos posteriores de sus protagonistas… Aunque la realidad de lo que enfrenta Colón a su arribo al continente americano fue terriblemente problemático y en más de una oportunidad lo llevó a dudar sus imágenes primigenias, el navegante genovés desde el momento del descubrimiento no dedica su inteligencia a ver y conocer la realidad concreta del Nuevo Mundo sino seleccionar e interpretar cada uno de sus elementos de modo que le fuera posible identificar las tierras recién descubiertas con el modelo imaginario de las que estaba destinado a descubrir. Coló se aplicó a llevar a cabo este proceso de identificación con una voluntad y una constancia mucho más notable si se tiene en cuenta la gran diferencia que existía entre su fabuloso arquetipo y la realidad que contemplaba cotidianamente en sus recién descubiertas indias. «Quisiera hoy partir para la Isla de Cuba, que creo que puede ser Cipango, según las señas que me dan estas gentes de la grandeza de ella y riqueza, y no me detendrás aquí». (Cristóbal Colón, Diario del Primer Viaje).
II – La ceguera de las utopías
Sigue diciendo Concatti: «Asistimos a un tiempo de lecturas pesimistas y pensamiento «anti-utópico». En nombre del realismo se pretende abortar todo lo que sea un proyecto superador y una refutación de las pobres perspectivas actuales.”
“Ya hemos probado largamente en esta revista que estamos a favor de la utopía, en cuanto constituye una protesta y una denuncia de las miserias del presente y en cuanto se anima a imaginar, a proyectar y anunciar un futuro mejor y posible. La utopía como rebeldía y posible. La utopía como rebeldía y creatividad humana frente a un mundo que se deshumaniza. Pero esta defensa de la dimensión utópica no implica una justificación idéntica de todo lo que en el mundo se ha llamado o ha funcionado como una utopía, o más precisamente de las utopías perversas han deslumbrado y enceguecido a hombres y pueblos enteros. En esta oposición -que no es un juego de palabras- entre la utopía como lucidez y la utopía como ceguera, estriba toda la diferencia; toda una trágica diferencia.
«La utopía como ceguera no hace preguntas sobre la fidelidad: decide que la realidad deberá coincidir con sus sueños No hace preguntas, tampoco sobre los costos o sobre las víctimas de sus proyectos: decide que serán siempre insignificantes frente al gran resultado final y que todo sacrificio se justifica con la felicidad futura…»
III – Un sistema ciego
Con Colón no desembarcó tan sólo el espíritu científico-profético en sus primeros tanteos, o la utopía renacentista hecha de sueños medievales y modernos. Desembarcó también el capitalismo, la parte más «realista» y más cruel de la modernidad naciente, su motor y su demiurgo. Sin dudas los propios colonizadores no lo sabían. Inmersos en una historia que creían conducir y que en realidad los arrastraba fueron punta de lanza de un proceso colosal e inexorable.
Sin dudas los propios colonizadores no lo sabían. Inmersos en una historia que creían conducir y que en realidad los arrastrabas, fueron punta de lanza de un proceso colosal e inexorable. Así como llevaban en la sangre una multitud de gérmenes y de microbios para los que en América no había anticuerpos (y que fueron responsables de mortandades enormes); así portaban «en germen» las líneas rectoras del capitalismo naciente, responsable de la otra parte del genocidio y las estructuras de dependencia y postergación que signarían en el futuro a nuestros países.
Acá quiero hacer un paréntesis para formular una aclaración. No creo en las teorías “conspirativas» de la historia reciente. Creo sí que es una maquinaria poderosa e inexorable… Y que librado a sus puras tendencias, sin corrección y sin control, es una maquinaria mortífera y peligrosa… Volviendo a lo que estábamos tratando más arriba, es evidente que el drama del encuentro, sobre todo para los aborígenes, tuvo que ver no sólo con otras diferencias culturales o de tiempo histórico, sino con la invasión de un sistema expansivo que empezaba a ocupar el mundo, a unificarlo y a transformarlo radicalmente…
«El motor de este capitalismo fue la explotación minera, practicada primero en los lugares que conocían los indios, y más tarde en depósitos profundos descubiertos por los buscadores españoles. Pero esta nueva explotación de las vetas profundas fue, por otra parte, infinitamente más costosa que la de los placeres. Se necesitaban capitales para pagar la construcción de molinos de mineral y de refinerías para cavar pozos y entubarlos, para la compra de mulas, para la adquisición de víveres y de mercurio, de equipos de drenajes y de bombas».
El engranaje del capitalismo se había puesto en marcha.
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