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Mar 11, 2018 Federico Mare Opinión Comentarios desactivados en Acerca de una falsa antinomia: el 8M y los varones antipatriarcales
De cara a la conmemoración y el paro del pasado 8 de marzo, muchos varones progresistas o de izquierda instalaron un debate político que, humildemente, considero inoportuno y pernicioso: o coprotagonismo masculino 50-50 en el movimiento feminista, o «segregacionismo misándrico». En mi opinión, se trata de un planteo maniqueo y victimista. No hay que caer en ninguno de los dos extremos. Lo que debemos hacer es, me parece, participar de la lucha feminista, solidarizarnos con la misma, apoyarla activamente (no sólo en la esfera pública, sino también en la privada), pero entendiendo y asumiendo que no podemos ser sus protagonistas. Debemos ser –permítaseme usar una metáfora cinematográfica– actores de reparto. No es un rol menor, insignificante. Podemos aportar mucho desde él.
Las buenas películas tienen buenos actores y actrices protagonistas, pero también buenos actores y actrices de reparto, como Peter Ustinov haciendo de Léntulo Batiato en Espartaco, o Ruth Gordon interpretando a Minnie Castevet en El bebé de Rosemary. La actuación secundaria no es algo nimio, fútil, y mucho menos algo degradante. Tiene su valía, su utilidad. Representa algo muy digno, honorable. No sólo en el mundo del cine, sino también en el campo del activismo, feminista o cualquier otro. Es un error no entenderlo.
Siempre he pensado que, en todo movimiento social de liberación, cualquiera sea este (feminismo, indigenismo, antiimperialismo, etc.), el protagonismo tiene que estar en manos de quienes sufren mayor o directamente la opresión (por ej., obreros/as en el caso del capitalismo, inmigrantes en el caso de la xenofobia, homosexuales en el caso de la homofobia); y que las personas que, sin padecerla, deciden sumarse solidariamente, deben hacerlo como causa auxiliar, no como causa eficiente. Deben hacerlo no sólo por razones éticas de tipo «principista», sino también por estrictas razones prácticas de eficacia política.
Porque, así como “la emancipación de los trabajadores será obra de los propios trabajadores”, la emancipación de las mujeres será –esencialmente– obra de las propias mujeres. No hay vuelta que darle. La autoorganización –de clase, de género u otra– es una de las claves de la autonomía política, y la autonomía política es una de las claves de la victoria.
En los años 60, en Estados Unidos, se dio un debate similar dentro del movimiento de derechos civiles. Y en los 80, en Sudáfrica, dentro del movimiento anti-apartheid. Muchas personas blancas progresistas, o de izquierda, pretendieron no sólo colaborar en la lucha contra el racismo, sino también estar en la primera línea, algo que, lógicamente, molestó a muchos sectores de la comunidad negra, que vieron en ese proceder una sobreactuación paternalista innecesaria y contraproducente. Una cosa es participar colaborativamente, ayudar, apoyar, etc., y otra muy diferente es participar con pretensiones vanguardistas.
Opino que existe, claramente, un término medio. La antinomia abstención o coprotagonismo es falsa. Los varones antipatriarcales podemos –y debemos– sumar, pero comprendiendo y aceptando con humildad, con respeto, que nuestro rol no puede ser el principal, el «estelar». En esta película nos toca ser actores de reparto. Bienvenido que así sea. Es lo más sano, y por lo demás, hay mucho por hacer desde él.
Que cierta participación de los hombres no machistas en el movimiento feminista resulta necesaria (siempre que no haya afán de estrellato ni actitudes paternalistas), es algo que, a mi modesto entender, no admite dudas. No sólo porque siempre es saludable, en cualquier ámbito militante, evitar el sectarismo, sino también porque ninguna batalla es ganable en solitario, sin alianzas, sin apoyos externos.
Esto es particularmente cierto en el caso del feminismo. ¿Por qué? Porque a diferencia de muchas otras formas de opresión social, como el capitalismo (donde el elemento privilegiado y dominante, la burguesía, es una minoría muy pequeña de la población, que en ningún caso supera el 10%), el patriarcado tiene un segmento opresor (los varones sexistas) que prácticamente iguala en número a la parte oprimida (las mujeres principalmente, aunque no sólo ellas). Esta correlación de fuerzas, agravada por la circunstancia de que una proporción no menor de la población femenina sigue careciendo aún de conciencia de género, hace que el movimiento feminista, para poder triunfar, requiera del concurso de esa minoría activa representada por los varones antipatriarcales.
Todo esto es verdad. Pero, insisto una vez más, la necesidad de que los hombres no sexistas intervengan en la lucha contra el patriarcado, no significa que esa participación deba ser protagónica. No lo debe ser, bajo ningún punto de vista. Debe ser una participación secundaria, de solidaridad y apoyo, respetuosa de la autoorganización y autonomía de las mujeres.
Algunos sectores del movimiento feminista expresaron que no querían que hubiera varones en la marcha del 8M. Es una posición completamente válida, legítima, se la comparta o no. Razones no les faltan, a decir verdad. Hay mujeres que no se sienten seguras o a gusto con la presencia masculina, porque han vivido experiencias traumáticas o negativas con hombres machistas, y estas las han marcado. Por otro lado, como bien ha señalado el psicólogo y psiquiatra Enrique Stola en un reciente posteo de Facebook, muchos varones suelen participar en las protestas feministas de un modo bastante poco respetuoso y constructivo.
En mi experiencia personal y por las observaciones que hice en otras concentraciones de mujeres […] había muchísimos hombres, especialmente los encolumnados en agrupaciones políticas, en donde era muy claro que a una gran parte de ellos les interesaba tres carajos las reivindicaciones de las compañeras. Se notaba en la energía que ponían cuando se cantaban las consignas. Si estas eran feministas movían los labios y quizás cantaban, pero si eran partidarias entonces saltaban y agitaban brazos. Recuerdo que un grupo venía cantando en contra de la matanza de mujeres, y cuando dentro de ese grupo unos hombres comienzan a gritar “Macri, basura, vos sos la dictadura” uno de ellos gritó: “¡por fin una consigna como la gente!
Una tercera razón es que la presencia masculina, si bien coadyuva a masificar las manifestaciones feministas, también puede diluir, en términos de simbolismo y visibilidad, su potencia y eficacia. Una marcha multitudinaria de mujeres, y nada más que de mujeres, sin un solo varón, sería algo fascinante, algo digno de verse. Tendría, intuyo, una fuerza extraordinaria, un impacto colosal. No todos los días se ve por las calles a miles y miles de féminas marchando, sin que haya hombres entremezclados en esa marea humana. Sería, sin duda, algo muy llamativo, provocativo, transgresor… ¿No se supone que una manifestación pública debiera poseer estos atributos? A mi entender, un 8M sin un solo hombre marchando podría reforzar muchísimo, desde lo simbólico, desde lo visual, desde lo metafórico, el sentido de la protesta, su intensidad y repercusión. Quizás me equivoque, pero creo que valdría la pena hacer la prueba alguna vez.
Por otra parte, los varones antipatriarcales no podemos olvidar que somos una ínfima minoría dentro de la población masculina. Es inevitable, por ende, que en la urgencia y el fragor de la militancia se hagan, a veces, generalizaciones que no contemplen nuestra singularidad. Esto no es justo, pero es comprensible. Hagámosnos cargo de que la abrumadora mayoría de los hombres son machistas, y no estemos tan prontos a ofendernos cuando no se nos diferencia del resto. Nuestra condición es totalmente excepcional y marginal. Debemos ser conscientes de ello, y mantener a raya nuestra susceptibilidad.
Compañeros, no nos victimicemos. No se trata de optar entre la inacción o el coprotagonismo. Aprendamos a colaborar con modestia, a actuar el papel de reparto que nos toca, a luchar sin quejas en la retaguardia. Porque la vanguardia, en el movimiento feminista, es de ellas, no de nosotros.
Post scriptum.— Esta columna de opinión fue concebida –ya se lo ha dicho– como una crítica al discurso maniqueo y victimista de muchos hombres del campo progresista y de izquierda que, en las redes sociales y otros ámbitos, han estado agitando el fantasma de la «segregación misándrica». Sé que muchas mujeres les han salido al cruce, pero me pareció que podía ser útil que también un varón lo hiciera. No se trata de practicar una forma edulcorada o subrepticia de mansplaining, sino de ejercitar algo que nunca resta, y que siempre suma: la crítica interna, la autocrítica. Esa al menos fue mi intención.
Olvidé mencionar una cuarta razón por la cual, según entiendo, muchas mujeres prefieren que la marcha del 8M no tenga presencia masculina. Es la siguiente: si bien existe una minoría creciente de varones que cuestionan la ideología machista, su posicionamiento a favor de la emancipación femenina y la igualdad de género no siempre es lo suficientemente integral y consecuente. A menudo, adolece de omisiones e inconsistencias. Esta falta de coherencia, este correlato a medias entre lo que se dice y lo que se hace, puede ir desde el colmo de la contradicción, como no apoyar algunas reivindicaciones fundamentales del feminismo (por ej., la despenalización del aborto), o incluso ejercer puertas para adentro la violencia de género que tanto se repudia en público, hasta formas más sutiles como practicar lo que se ha dado en llamar micromachismos (como la inequidad en las responsabilidades parentales y los quehaceres domésticos). Aun cuando no pocos hombres progresistas o de izquierda acompañan la lucha por los derechos reproductivos de las mujeres, y aun cuando muchos de ellos no son violentos en sus hogares, subsiste el problema de los micromachismos, y este no representa un problema menor… Creo no equivocarme si digo que la creciente oposición, de parte de diversos sectores del feminismo, a la participación masculina en la marcha del 8M –u otras instancias– tiene bastante que ver con el malestar acumulado que ha generado dicha situación. Se podría aseverar, entonces, que tal oposición constituye una forma de protesta hacia adentro, hacia el interior del campo militante, que acontece en paralelo con la protesta hacia afuera, contra la sociedad patriarcal toda.
Una aclaración final, con motivo de algunas observaciones que me han hecho. En realidad, el debate que propone esta columna no es tanto si los varones deben o no participar de la marcha del 8M, sino el de si cabe o no quejarse de «segregación» y «misandria» cuando algunos sectores del feminismo plantean una marcha solamente integrada por mujeres. Se puede estar de acuerdo o no con esto último, pero harina de otro costal es si tal postura es «segregacionista» y «misándrica». Mi opinión es que no lo es, y que muchos varones han caído en el tremendismo para autovictimizarse. Seguramente haya alguna que otra excepción (¿cuándo no las hay en un mundo tan vasto y diverso como el de los movimientos sociales?), pero en general, las mujeres feministas que conozco, que prefieren una marcha del 8M sin presencia masculina, están muy lejos del segregacionismo y la misandria, y no me parece bien que se las acuse de eso. No siempre que te dicen “prefiero que esta vez no vengas”, te están segregando u odiando. Mi columna apunta precisamente a mostrar esto, y a echar luz sobre las razones que tienen algunos sectores del feminismo para pensar como piensan. Razones con las que se puede concordar o no, pero que no son descabelladas ni caprichosas. Yo este año sentí que no debía participar de la marcha del 8M, porque advertí que un segmento muy considerable del feminismo (aunque no fuese quizás mayoritario), prefería que no hubiera hombres. En lugar de autovictimizarme, de creer que me estaban segregando u odiando, traté de conocer y comprender las razones que esas compañeras tenían para pensar como pensaban. El resultado de esta reflexión autocrítica es la presente columna. Con ella, no pretendo ser «dueño de la verdad», sino, solamente, complejizar un poco el debate, corriéndolo del terreno de la simplificación maniquea, el victimismo y las chicanas.
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