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Jun 27, 2015 Eduardo Paganini El baúl Comentarios desactivados en Adivina, adivinador!
En la línea de las investigaciones y relevamientos del inventario de la cultura folklórica que se realizaba en el país (Ambrosetti, Carrizo, Draghi Lucero, Rodríguez…) este estudioso catamarqueño analiza y nos deja testimonios de los usos y costumbres de la vida cotidiana de territorios no tan lejanos de nuestra provincia, en los principios del siglo XX. En este caso, nos quedamos con una tradición un tanto olvidada en este presente tan digital y vertiginoso: las adivinanzas, y como cierre un relato de pícaros… y adivinanzas.
A principios del siglo actual[1], o sea antes de generalizarse el cine, la radio y el futboll [sic], la falta de diversiones contribuía para que las noches resultaran interminables, particularmente en las ciudades del noroeste argentino, donde los bailes se realizaban únicamente en los aniversarios de la patria. Con el objeto de alterar la beatitud de esas noches provincianas, que si son encantadoras, en cambio enervan el espíritu, el elemento joven introdujo la costumbre de reunirse en algunas casas de familia a “echar adivinanzas”.
Este pasatiempo inocente y agradable, adquirió extraordinaria difusión, solo comparable, a la popularidad de que posteriormente gozaron “las palabras cruzadas”.
En invierno, una vez terminada la cena, los moradores de una casa se reunían en la sala (el personal de servicio alrededor del fogón) y, si había señoritas invitaban jóvenes, con lo cual la tertulia resultaba más atrayente.
En verano ocurría igual, con la ventaja de que el escenario era más amplio, y los concurrentes se congregaban en los patios bañados por la luz de la luna y embellecidos por jazmines del campo, madreselvas y diamelas.
Mutuamente planteábanse complicadas adivinanzas, cuya solución significaba una verdadera gimnasia intelectual.
En su mayoría, aludían al cielo, la luna, las estrellas, órganos del cuerpo humano, fenómenos meteorológicos, flora y fauna de la región, implementos de labranza, utensilios domésticos, como también a adornos femeninos.
En estas reuniones solían intervenir médicos, abogados, maestros, etc., y sin embargo, a ninguno se le ocurría analizar el origen de la adivinanza.
En síntesis: la adivinanza se “echaba” verbo ad verbum, pero sin declarar su paternidad al principio, ni al final, lo que inducía a confusiones lamentables, pues a muchas se las consideraba auténticas de la zona, cuando en realidad provenían de África o Europa.
En mi adolescencia, recuerdo que surgieron jóvenes y señoritas que conquistaron justificado renombre, por su extraordinaria retentiva e ingenio para resolver la más complicadas adivinanzas, lo que les convertía en elementos insustituibles en toda reunión social.
Pero en las salas, como en los patios hogareños, después de varias horas, decaía la animación.
Casi siempre había algún músico entre los concurrentes, entonces ejecutaba en la guitarra y cantaba las zambas José Julián y Mañanitas, muy popularizadas en el centro, norte y noroeste del país en el año 1903[2].
Si a pesar de ello, no reaccionaba el auditorio, otro concurrente “echaba” una adivinanza llena de intención picaresca que tenía la virtud de caldear el ambiente como por arte de encantamiento:
Las señoritas bajaban ruborosamente los ojos o simulaban no haber oído; en cambio ‘‘las Viejas’’ fulminaban con la mirada ‘‘al gracioso’’, o mordían nerviosamente sus cigarros de chala, por no constarles que la solución fuese efectivamente “colorada”.[3]
Después de “sobrar” a los concurrentes durante algunos minutos, el que había “echado la adivinanza”, explicaba su significado: los ojos.
Y hasta el más distraído podía observar, que la solución había defraudado a los oyentes…
La adivinanza en quichua, insinuante y linda era también de rigor.
Con esta perspectiva, todos prestaban la mayor atención:
Si planteada una adivinanza, ninguno de los que participaban de la diversión, daba la solución exacta, el autor de la misma, les exigía la entrega de algunas prendas en carácter de multa, como ser: carteras, relojes, espejos, etc.
Para rescatarlas tenían que someterse a una prueba de competencia, caso contrario eran eliminados del juego. Con esta perspectiva, todos prestaban la mayor atención para salir airosos de la prueba.
Para evitar que alguno le “soplara”[4], el candidato tenía que alejarse dos o tres metros de los concurrentes.
Si reconocía que no podía resolverla, era autorizado para consultar con cualesquiera de las señoras que a corta distancia departían, pero sin actuar en el juego.
Si se trataba de algún chico, la autorización rezaba así:
Acaso no te das cuenta: que son “las medias”, y “los dos hombres juntos”, los botines?…
De regreso ante el grupo de compañeros, repetía la solución y si era acertada, recobraba su prenda.
La afición por “echar” adivinanzas, no tardó también en difundirse por la campaña, y tan pronto la reunión se efectuaba en un almacén, como en el interior de un humilde rancho con quincha de jarilla.
En ocasiones convertiánse en verdaderas justas o torneos y los participantes se disputaban el honor de ser infalibles para resolver adivinanzas.
Un vívido ejemplo es la tradición riojana que menciono a continuación:
En el Distrito de Juyubil (Departamento de San Blas de los Sauces), vivía un paisano pendenciero y borracho, de nombre Cecilio, que si bien no sabía leer, ni escribir, en cambio gozaba de justificada fama, por su agudo ingenio para resolver adivinanzas.
Cierto día en que don Cecilio se hallaba en la pulpería con varios paisanos, suscitóse una discusión con Aniceto Picana y Andrés Pedraza, porque éstos le hacían competencia.
No pudiendo convencerse, formalizaron la siguiente apuesta:
En el plazo de tres días, Picana y Pedraza concurrirían al domicilio de don Cecilio y, cada uno le plantearía una adivinanza.
Si este último las resolvía, los desafiantes le pagarían una tambera con cría. Aniceto Picana regresó a su casa y le contó a su madre adoptiva, las bases de la apuesta y el ridículo en que caería ante los vecinos si fracasaba en su propósito de deprimir a su antagonista.
La viejita trató de disuadirle inútilmente, pues el chango le expresó que de no presentarse el día fijado, tendría que alejarse del lugar.
Ante tan categórica resolución, la viejita amasó una tortilla, le echó veneno y la puso a cocer al fuego.
Luego se la regaló a Aniceto, diciéndole: “En caso de peligro comes esta tortilla’’.
El chango montó en su burra Pita y se puso en marcha hacia la casa de don Cecilio, habiendo convenido previamente que en el camino se le uniría su compañero Andrés Pedraza.
Varias horas llevaba de marcha y ya cansado, se detuvo debajo de unos algarrobos. De improviso recordó que traía una tortilla en las alforjas y como no tenía apetito, se la dio a Pita[6].
Minutos después, la burra comenzó a tiritar y cayó muerta… y recién recordó Aniceto que su madre adoptiva le había hecho una advertencia sugestiva.
Cuando se alejaba de este trágico paraje, vio que tres caranchos estaban banqueteándose con el cuerpo de Pita, por lo que resolvió detenerse para ver el final de la escena.
En efecto: al breve rato, los caranchos corrieron la misma suerte que la burra. Aniceto los desplumó, y continuó a pie su interrumpida gira.
A mediodía, ya no pudo aguantar más el apetito y se puso a asar los caranchos.
Casi listos para comer, sintió el tropel de varios jinetes y ante el temor de ser víctima de una agresión, optó por ocultarse en el monte.
No tardaron en aparecer siete gauchos bien armados, quienes se apearon y comieron los caranchos asados, riéndose a carcajadas del anónimo obsequiante.
Pero muy corto tiempo duró la alegría de los malandrines, porque tuvieron la misma suerte de Pita y los caranchos.
Aniceto salió de su escondite, agradeciendo a todos los santos por haber salvado la vida; eligió la mejor escopeta; unas alforjas y luego montó a caballo, prosiguiendo su camino alegremente.
Al cruzar por un trebolar vio una perdiz y le hizo un disparo, pero con tan buena suerte, que en vez de ésta, mató una liebre preñada.
Bajóse del caballo; encendió fuego con las hojas de un libro que halló en las alforjas y asó “el suyu”[7].
Después de almorzar, por no tener agua, sacó un pelero de la montura, lo exprimió bien y bebió ávidamente el sudor que hizo destilar.
Al vadear el río de Los Sauces, vio que la corriente arrastraba un animal muerto, y que sobre su cuerpo iban dos jotes[8].
En el paraje convenido, se unió a Pedraza y ambos dirigiéronse a casa de don Cecilio, dispuestos a dejarlo “más chato que cinco de queso”…!
Este los recibió despectivamente y sin retribuir el saludo de sus visitantes, les dijo: “Vamos; no me hagan esperar…!”.
Aniceto desmontó de su caballo y resueltamente compuso una adivinanza con todas las peripecias que le ocurrieron durante el viaje:
Don Cecilio caviló largo rato sin poder acertar la solución y, ante el peligro que corría, quiso llamar a sus secuaces con un cencerro, pero Pedraza le detuvo, diciéndole: “Amigo, calle esa lengua de bronce: no meta bulla y conteste esta otra adivinanza:
Don Cecilio tampoco pudo acertar la solución, por lo que solicitó un día de plazo para reflexionar, jurando, que les agasajaría espléndidamente. Pero Picana y Pedraza, sospechando sus intenciones, renunciaron a la tambera con cría que habían ganado y le dieron una formidable paliza!
Fuente: Rafael Cano, Echar adivinanzas en Allpamisqui (tierra dulce): Folklore del Noroeste, Librería del Colegio, Buenos Aires, 1938.
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