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Ene 28, 2017 Federico Mare Opinión Comentarios desactivados en El bicentenario de Cornejo, o el desguace de la memoria
El Bicentenario del Cruce de los Andes que nos ofrecen Cornejo y sus adláteres de Cultura es una mezcolanza indigesta de demagogia patriotera, nacionalcatolicismo, Pop Art, narcicismo provinciano y culto castrense al Santo de la Espada, salpimentada ad nauseam con celebridades del espectáculo y la política: Soledad, Patricia Sosa, Jorge Sosa, Cornejo, Macri y la mar en coche. Cambalache: la Biblia junto al Calefón.
También un toque grotesco: la interminable maratón post mortem del Gral. O’Brien, en una pesadísima urna de 240kg hecha con metal de cañones fundidos (sic), desde el Cementerio de la Recoleta hasta El Plumerillo, con escolta de granaderos, escala en la Legislatura y acompañamiento de banda militar incluidas. Y desde luego, la elocuencia ciceroniana de nuestros politicastros, rebosantes de un patriotismo y un civismo que –al menos hasta hoy– no hemos tenido la suerte de apreciar en otras instancias, por ej., en su cotidiano desempeño como funcionarios públicos.
Y un guiño –cuándo no– al tradicionalismo católico de derecha: la muy cristiana bendición de los restos del Gral. O’Brien a cargo de un sacerdote, amén de la exaltación piadosa de la Virgen del Carmen de Cuyo como patrona del Ejército de los Andes. Dios y la patria, la cruz y la espada. Como en tiempos de dictadura.
Argentinidad y cuyanidad al palo. Historia mitologizada y escenificada para las masas. Esencialismo identitario y política del entretenimiento. Epopeya con pocas neuronas y mucho show. Idiotización del pueblo al por mayor.
¿La frutilla del postre? El político radical Rodolfo Terragno –correligionario de nuestro benemérito gobernador– disertando sobre San Martín, como si fuese la máxima luminaria de la historiografía y la intelectualidad argentinas. O lo que es peor: la única voz autorizada del tópico sanmartiniano. ¿Dónde está el pluralismo que Cambiemos tanto le reclamaba al kirchnerismo, y que prometió instaurar si ganaba las elecciones?
Bicentenario anémico y ramplón, lánguido y chato, falto de bríos y de ideas. ¿Reflexión, debate, pensamiento crítico? Nada. Nada de nada. Sólo verborrea chovinista, folclorización del pasado, propaganda oficialista y banalización instrumental del arte. Peor política de la memoria, imposible.
No hay de qué sorprenderse. Al fin de cuentas, no es más que un Bicentenario a tono con la política exterior del macrismo: reendeudamiento, aperturismo, vía libre a los fondos buitre, enfriamiento de los reclamos soberanos por Malvinas, encolumnamiento detrás del Tío Sam, cipayismo cultural, etc. En suma, un Bicentenario neoliberal, neoconservador en cuerpo y alma.
¿Los nuevos murales sanmartinianos? No están mal, admito. Pero no alcanzan a maquillar el resto, que es mucho y desastroso. Una golondrina no hace verano.
Como expresé en una entrevista que me hiciera el periodista Javier Cusimano para el diario Uno, a propósito de la polémica que desataron los heterodoxos afiches sanmartinianos de la Secretaría de Cultura, “la idea de reencontrarnos con un San Martín más humano”, más terrenal, de carne y hueso, “sin el bronce de la historia oficial” y su agobiante hagiografía “no era en sí mala”. Claro que no. “Lo malo es el camino que se ha elegido para ello: la banalización demagógica y la estética del espectáculo. Ahora tenemos, sin dudas, un San Martín más modernoso, simpaticón y canchero, pero sin sustancia histórica alguna”, totalmente descontextualizado, anacrónico, sin las coordenadas epocales que permiten comprenderlo con justeza y en profundidad –como bien señaló la historiadora Beatriz Bragoni–. “El rigor intelectual y el pensamiento crítico brillan por su ausencia en este Bicentenario edulcorado de pan y circo, burdamente instrumental, propagandístico. Por lo demás, la rancia tradición patriotera se mantiene intacta: el culto al Santo de la Espada, la inercia del imaginario castrense-clerical, el autobombo provinciano, la folclorización del pasado”, la retórica chovinista, el esencialismo identitario, la exaltación romántica de la cuyanidad ancestral como Volksgeist, el ominoso comunitarismo del Ser nacional, la invocación a la Virgen del Carmen de Cuyo como símbolo del confesionalismo de Estado… “No hubo rememoración (en el sentido estricto de la palabra), ni tampoco indagación y reflexión. Mucho menos debate. Un fiasco”.
Diego Gareca cree posible licuar el papelón del Bicentenario alegando que los afiches tenían una veta humorística que sus detractores no supieron comprender. El secretario de Cultura nos pide que veamos el árbol para no ver el bosque. No se trata de tener o no tener sentido del humor. Se trata de tener o no tener honestidad intelectual para pensar los afiches a la luz de su contexto general: los festejos del Bicentenario como hecho conmemorativo, político e ideológico en una Argentina y una Mendoza cada vez más derechizadas. El balance debe ser integral, no compartimentado. Es ridículo querer apreciar los afiches en abstracto, dejando de lado todo lo demás. Los afiches pueden –y deben– ser analizados, comentados, comprendidos, explicados, evaluados, criticados, debatidos, siempre en referencia a la política de la memoria que el radicalismo cornejista ha pergeñado para el Bicentenario, pues ése es su humus germinal y su marco de inteligibilidad. Aunque a Gareca no le convenga, y le moleste sobremanera. Los afiches sanmartinianos Pop Art no son inocentes. Son emergentes de algo mucho más amplio que no se puede pasar por alto así como si nada. Hay un trasfondo. La coartada del humor no puede ser aceptada sin más como una panacea exculpatoria, aunque se nos coloque el sambenito de amargos, criticones y aguafiestas.
Un Bicentenario sin pensamiento crítico, sostuve y vuelvo a sostener. Verdad de Perogrullo: que el pensamiento crítico no es del agrado del oficialismo –tozudamente optimista y entusiasta «por el bien de la gente»– es algo que todos saben y que nadie puede negar. Entre otras razones, porque el propio gobierno lo ha reconocido sin ambages –y con arrogancia– a través de Alejandro Rozitchner, su filósofo-gurú de cabecera. Por razones de espacio, no me detendré aquí en esta oscurantista cruzada contra el pensamiento crítico en nombre de la sacrosanta buena onda. Quienes estén interesados en conocer mi posición al respecto, pueden leer la columna Los globos de Rozitchner (y nuestros alfileres), publicada el pasado 3 de enero en La Izquierda Diario.
Un Bicentenario sin historiadores de enjundia, sin intelectuales de fuste. Sólo el magro sucedáneo de Terragno y su fast thinking para la galería. ¿Por qué no haberlos traído a Horacio González, a Beatriz Sarlo, a Eduardo Grüner, a Norberto Galasso, a Luis Alberto Romero, a Gabriel Di Meglio, a John Lynch incluso (dinero para los pasajes de un vuelo internacional no hubiese faltado, como ha quedado a la vista), para que dialogaran y debatieran desde sus distintas perspectivas historiográficas, teóricas e ideológicas? ¿Por qué no haber recurrido a Bragoni, una investigadora local del Conicet y profesora de la UNCuyo, especialista en la temática sanmartiniana, autora –entre otros libros– de San Martín: de soldado del Rey a héroe de la nación (Sudamericana, 2010)? Un Bicentenario no puede ser sólo recitales al aire libre, murales callejeros, afiches transgresores y discursos políticamente correctos. Hay también –y sobre todo– que historiar y rememorar. Historiar y rememorar en serio, poniendo en valor las contribuciones de la ciencia histórica y del pensamiento político, saliendo de esa zona de confort (lecho de Procusto también, en otro aspecto) que son los mitologemas del nacionalismo, oficiales y revisionistas.
Desperdiciamos una inmejorable oportunidad para rememorar y reflexionar. Desperdiciamos, además, la oportunidad de conmemorar el Cruce de los Andes con Chile, república hermana a la que –por obvias razones– también le atañe el Bicentenario, y no menos que a nosotros. Hace 200 años, San Martín y su ejército cruzaron la cordillera con admirable esfuerzo y resolución. Es cierto. Pero no para que sus compatriotas futuros se emborrachen en la jactancia patriotera autorreferencial, ni para que den rienda suelta a un sentimiento antibritánico incoado en circunstancias históricas que no eran todavía las suyas. Lo hicieron para liberar a Chile del yugo colonial y absolutista de los Borbones. El Cruce de los Andes fue contra España, no contra Gran Bretaña. Y no por el ego argentino del siglo XXI, sino por la libertad del pueblo chileno de aquel entonces. Sin embargo, Chile no tuvo ninguna participación sustancial en nuestra celebración. Un absurdo, a todas luces. Y también un destrato.
¿Qué nos deja en definitiva el Bicentenario cornejista, entre tanto festejo, demagogia y espectáculo? Algo de lo cual difícilmente podamos enorgullecernos, si somos pueblo y no comparsa: el desguace de la memoria.
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