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Oct 02, 2016 Eduardo Paganini Opinión Comentarios desactivados en Cinco ideas cuestionables
Ha pasado un tiempito desde que asumió Mauricio Macri a la presidencia y va siendo hora de separar la paja del trigo, sobre todo con la intención de aportar a un mejor debate sobre la realidad de nuestro país y su proyección, tratando de salir de estereotipos que se están generando y que como todo molde de pensamiento —y el estereotipo lo es— termina achatando la visión de un problema y quitándole dinámica a la dialéctica de su análisis y la acción consecuente.
Además, en este caso que involucra la dimensión política y todos los ámbitos que de allí se desprenden (lo social, lo económico, lo ideológico, lo anímico…) se hace más delicado el esfuerzo para proponer una voluntad de vislumbre, que otorgue espacio franco y capacidad de propuestas, sobre todo en un campo que se halla delineado y surcado —al mejor estilo viña en espaldar— por los medios masivos de comunicación, que vienen encabalgando una etapa hegemónica en el territorio educativo de la civilidad.
Lo que estamos queriendo decir es que intentaremos salir tanto del enojo como del odio en la consideración del problema y de la relación con el otro, como para ir proponiendo ámbitos de intercambio polémico que no nieguen la existencia de una grieta, sino que la incorporen como una temática de la contienda.
Cinco son los estereotipos, a veces de un lado a veces de otro, que pretenderemos abordar:
Como primera instancia, apelemos a la semántica de boludo, expresión originalmente vulgar pero muy difundida en los registros amistosos y familiares urbanos. Tanto su propia difusión y expansión de uso, como la flexibilización de la norma lingüística de nuestra habla actual ha posibilitado que la expresión boludo/a, en otros tiempos anteriores demandante de retos y exigencias de corrección, ahora es un vocablo más que circula tanto en la mesa del hogar como en las pantallas y radios nacionales. La Real Academia Española reconoce que en el Uruguay y en la Argentina esta expresión corresponde a “una persona que tiene pocas luces o que obra como tal”. Teruggi —autor de una obra insoslayable para el lunfardo[i]— sostiene que su significado es el de “tonto, bobo, poco avispado” y lo considera sinónimo de pelotudo, aunque hoy día tal afirmación resulte lingüísticamente polémico.
Es muy difícil que una persona de pocas luces o que se manifieste como poco avispado pueda acceder a un estatus tan singular como la alcaldía de una jurisdicción o la presidencia nacional. Sobre todo con los códigos de la política argentina, herederos de viejas costumbres y mañas de la política criolla que requieren de sextos sentidos y fortalezas psíquicas muy particulares: en suma, un terreno tan dinámico y cambiante como nuestro partidismo requiere muchas luces y demasiado avispamiento como para no derrapar sin consecuencias nefastas. A pesar de que la tesis de Jerzy Kosinski en su novela Desde el jardín —llevada al cine con el genial protagonismo de Peter Sellers— esté en contradicción con lo que aquí afirmamos, entendemos que su mensaje es más humorístico e irónico que realista.
Sucede que solemos confundir la ignorancia de un sujeto con otras características equivalentes o similares. Muchas veces con la imprudencia, la inexperiencia, la carencia de pericia, la desubicación… En el caso de Macri, la apelación está motivada —sospechamos— en cualidades que resultan propias de alguien que se ha formado en el ámbito de la competencia empresarial y la estructuración pétrea de la ingeniería, tan ajenos a los discursos de tono social, histórico, político, económico e inclusive literario que caracterizan a los de la política argentina. De allí que su producto oratorio —sobre todo el oral y espontáneo, ya que el leído es producto de finos y caros amanuenses— resulte ajeno a lo habitual en este ámbito, tanto en forma como en contenido: las vacilaciones fónicas, las entonaciones monocordes, la ausencia de una estructura de apelación, la elusión de núcleos temáticos de potencia histórica, la tonalidad y el ajuste del mensaje en consonancia con las prédicas evangélicas —plenas de promesas de felicidad y futuros redentores de un presente de sacrificio—, no satisfagan quizá a los oídos cívicos, más o menos interesados en la consideración de la realidad, su transcurso y su tratamiento. Pero, definitivamente, estas no son señales de que el emisor lo haga por boludo, sino por impericia y probablemente por ignorancia de muchos aspectos propios de los códigos y sustancias que configuran la expresión de lo sociopolítico.
Por supuesto que los empresarios y los ingenieros desarrollan sus políticas, pero en el primer caso corresponden a las cuestiones comerciales, financieras y fabriles, a lo sumo, en el mejor de los casos con la posibilidad de un dominio más amplio del mundo de la economía; en el segundo, es más difícil hallar territorio de desarrollo que les resulte ajeno al del ámbito de contrataciones y presentación de proyectos, ya que la mayor vinculación no se da entre sujetos, sino entre el sujeto y el objeto sobre el que se aplica la ingeniería. En estos casos de formaciones profesionales técnicas, salvo que la tradición familiar haya procurado una incursión formativa por los espacios de la cultura general, filosófica, histórica, social, artística, será muy difícil que se pueda acceder al manejo idóneo de las competencias oratorias del discurso político. Habitualmente las clases patricias y dirigentes de nuestro pasado cultivaban esos senderos ya que sostenían el conocimiento (en tanto civilización) como un valor distintivo. La dinámica social de la Argentina —sobre todo movida por las transformaciones del liberalismo en lo económico y las inmigraciones en lo social— modificó hace tiempo esta imagen del doctor funcionario público. M’hijo el dotor de Florencio Sánchez de haberse escrito en los ’60 habría sido M’hijo el ejecutivo; y desde los ’90, M’hijo el yupi.
Así es como habrá que resignarse al balbuceo, a la existencia de una improvisación carente de profundidad, al desconocimiento —o silenciamiento— del juego de causas y consecuencias del complejo mecanismo socioeconómico.
Y a todo ello, se le suma el agravante de una difundida actitud de subestimación por parte de este nuevo tipo de político hacia esta herramienta de proselitismo —de tan amplia y vasta trayectoria— como el discurso. ¿Por qué esa subestimación? ¿Por qué no le importa al nuevo político hablar con carisma frente a las masas? ¿Dónde se origina esta minusvalía? ¿En qué momento se torció aquella venerada costumbre del político vocacional que se iba de banquito y megáfono en mano a arengar a los paseantes de parques y plazas?
Cabe pues la interrogación sobre por qué perdió valor la proclama pública… Probablemente porque ya, en estos tiempos mediáticos y tecnológicos, se estime prescindente hablarle a las masas, pero seguramente con la tranquilidad de que la innovación no conlleva riesgos, pues ya se le ha delegado esa tarea proselitista y convincente a sus portavoces: fundamentalmente, los medios de prensa, erigidos en cajas de resonancia del discurso del poder y polea de transmisión de sus intenciones.
Conclusión: no es boludo, aunque para algunos lo parezca. No sabrá hablar como lo esperamos, ni dice lo que queremos y, a veces, ni lo que él mismo haya querido decir, no tiene carisma, sostiene un discurso público de categoría light, todo eso y mucho más: pero no es boludo. Su palabra va por ese lado sin tanta importancia porque su accionar se hace en silencio y, en definitiva para nuestros destinos, con mayor contundencia…
Es visible que para muchos argentinos que no votaron por Macri, el enojo o la decepción por los resultados los ha llevado a considerar que esas cifras han sido consecuencia directa de la ingenuidad de los votantes. La poca diferencia[ii] (=2,8%) entre los contendientes ha tensado aún más esa cuerda y llevado a varios de esos muchos a la manifestación intolerante de que su conducta cívica ha sido mero producto de la boludez que los caracteriza. En principio, esta afirmación resulta muy lineal ya que asigna a un solo factor la conclusión del acontecimiento, cuando la mayoría de las miradas en ciencias sociales hoy día hablan de multicausalidad en la configuración de un proceso. Aquella afirmación pues es aliviadora, pero no rigurosamente verdadera.
Obvia muchos otros factores que seguramente deben haber incidido en los comicios. Por un lado, no puede dejarse de lado el papel decisivo que ha desempeñado los medios masivos de comunicación (o de colonización) —y que continúan con gran éxito[iii]—. La subjetividad se encuentra modelada por varios factores que surgen en el intercambio institucional y sociocomunitario (familia, escuela, trabajo, tiempo libre, creencias…), pero la gran novedad de hoy es el crecimiento desmedido y el aumento del poder de configuración que han adquirido los sistemas de prensa, oral, escrita o audiovisual. No solo son eficaces en el mensaje expreso sino que también lo son —y hacen una excelente política de ello, claro que a favor de sus intereses (empresariales)— en los silencios. Antes una noticia no dada era una mera desinformación, una ausencia del dato que tarde o temprano, bien o mal, sería dada a conocer por algún medio, ya que el informar era el objetivo final; ahora el silencio deviene en una inexistencia del acontecimiento, no es una mera desinformación o una omisión menor: la carencia del dato, sostenida en coherencia y cohesión por todo un aparataje de difusión (si es que el silencio se puede difundir… ¡y parece que sí!) es resultante de la construcción de un agujero negro de una realidad determinada. Algunos denominan a este proceso desinformativo como “blindaje”, evidentemente porque al ser un dato invisible e intangible para la llamada opinión pública está protegido de todo acceso, no se puede llegar a él, es una caja negra: no existe. Asistimos así a una nueva figura en la acción de la desaparición forzada, no ya de personas sino de contenidos, que en definitiva terminan configurando un vaciamiento en la cosmovisión de esas personas.
Pero además, debieron actuar otros factores más en la decisión final de aquellos votantes pro-Macri que resultaron ganadores. Muchos de ellos provenientes de las propias fuerzas que se vieron derrotadas, en atención a que la marcha cotidiana de más de diez años de ejercicio del gobierno y del poder político debieron generar indudablemente reacciones y sensaciones diversas, sobre todo considerando que la experiencia instalada a partir del 2003, desde una óptica histórica, vino a sostener una impronta —en prácticas y en discurso— inusuales para el devenir argentino. Y aquí resulta interesante el punto porque en vistas al futuro cívico se requiere de cierta mirada autocontemplativa y con valor de crítica de las propias acciones para revertir realidades adversas, para ampliar espacios o territorios que se han abandonado o perdido, para validar o cuestionar jerarquías y escalafones sostenidos. El enojo con el otro es mal consejero para el crecimiento propio. Inclusive, su institucionalización o su culto terminarán absorbiendo voluntades y conductas que quedarán en el polo de la resistencia, y por ende restando fuerzas al polo del proyecto. Proyecto de un espacio renovado, superador de vicios y errores, profundizador de transformaciones que sostengan un proyecto de país, promotor de espacios de intercambios y crecimientos en lo social, educativo, cultural, sanitario, donde lo económico y lo político estén al servicio de ello.
Las promesas de campaña por la presidencia del partido ganador han quedado chicas —para buscar un eufemismo elegante—. Y no hace falta sostener demasiadas pruebas ya que las propias declaraciones —desacertadas o no del actual gobierno— son suficientes. Esta es quizá la causa de que muchos de los votantes enojados que hemos comentado más arriba enarbolen la idea —con mayor o menor entusiasmo— de que ya mismo se vaya el actual presidente de la casa de gobierno.
Y aquí creemos importante recordar aquella vieja prevención que circulaba hacia la juventud de los ’70 acerca que no había que confundir estrategia con táctica. No es lo mismo la obtención de la meta final propuesta, el cumplimiento del objetivo buscado que las acciones desarrolladas para ese logro.
Aún coincidiendo con un objetivo que sostenga que el gobierno de Macri no debe continuar en el poder, es decir, aún compartiendo esa estrategia, no estimamos oportuno el desarrollo de una táctica que a la larga (la derecha tiene mucha memoria, de lo que le conviene) o a la corta (la derecha tiene mucho poder, que ejecuta de una u otra manera según el grado de enflaquecimiento de su billetera) pueda traer consecuencias negativas, contrarias a la meta deseada. La interrupción de un mandato constitucional suele cobrarse políticamente por los sectores desplazados, una vez que el tiempo ha atenuado las condiciones —sobre todo subjetivas— que hayan adyuvado en su concreción. Baste como ejemplo personajes del calibre de De la Rúa y Cavallo que no solamente vuelven a ocupar espacios públicos de opinión en los medios, sino que insertan argumentos plañideros que lamentan la frustración de no haber cumplido el mandato.
Por eso, para no generar ni mártires ni próceres donde no hay sustancia para ello, interpreto que la mejor táctica es la de acatar lo dictado por la normativa para el cumplimiento de los plazos establecidos, pero paralelamente desarrollar todas las acciones posibles para que en la próxima contienda electoral, a través de proyectos alternativos de inserción social y sentido político amplio, se logre el pleno desarrollo de la estrategia planteada. Fundamentalmente para que no se vuelva a caer en el excusismo: la explicación de los errores propios a través de la atribución a causas ajenas y opositoras (no lo dejaron hacer, lo sacaron antes de tiempo, si lo hubieran dejado hoy estaríamos bien…etc. etc.).
Cumplí tu mandato. Hacé lo que tenés que hacer, pero no te vayas antes. Que la responsabilidad de lo acaecido sea del 100%.
La frase la han acuñado personajes y sectores cercanos al proyecto del actual gobierno que desean mantener cierto barniz de independencia y/o espíritu crítico con la gestión en desarrollo, pero que en definitiva no cumplen otra función que la de edulcorar el entorno. Es probable que este señalamiento se haya originando en algunas frases que los funcionarios gubernamentales hayan enunciado y que se han caracterizado por ser poco felices, por poseer oraciones contradictorias, por encerrar alguna falacia insostenible, por contener algún lapsus linguae, o bien por expresar algún contenido relativamente ominoso sino insultante.
Son en su esencia frases duras, extradiplomáticas, excluyentes, con núcleos ideológicos clasistas, extremadamente ejecutivas, maniqueas (lo propio está bien/lo ajeno está mal), por ende carentes de matices intermedios y dinámicas de proceso.
Son expresiones que raramente se hayan oído en el discurso político —salvo en personajes autoritarios— seguramente porque una de las cualidades esenciales que perfilan este tipo de género discursivo sea su actitud persuasiva y/o de tono argumentativo, lo cual no aparece en los nuevos oradores del gobierno argentino. Inclusive, hasta las dictaduras militares que se han sucedido en nuestro país —a pesar de su rigidez ideológica y/o de su conducta sanguinaria— no abandonaron esta peculiaridad, ya que sus comunicados y demás enunciados intentaban ser fundamentados mediante referencias a altos valores que los llevaba a desarrollar esa misión patriótica de salvar la Nación, y para reforzar la idea sus bases eran dios, la patria, los altos intereses nacionales, el destino histórico que les tocaba fatalmente jugar, etc. etc. Prácticamente no se dio en la historia política nacional un mensaje que se construyera sobre la base de la idea madre “esto es así porque a mí me funciona”. Carentes de tradición de noblezas y realezas —por lo menos en la dimensión legal e institucional política— quienes acceden en nuestro país al sitio público respetan —respetaban— el modus operandi del decir tratando de convencer o justificar sus acciones.
Pero esos mal llamados “errores de comunicación” que aparecen en la actualidad no son equívocos como lo intentan clasificar los amanuenses oficialistas, ni yerros, ni disparates. Son reales y concretos emergentes de un pensamiento, de una manera de ver y sentir el mundo, y de una asentada tradición de actuación en el territorio económico, comercial y financiero. Esos “errores” son esquirlas de una forma de expresión muy instalada en el ámbito empresarial argentino; el empresario siempre es dueño de algo: si es el propietario, de la fábrica y la plusvalía; si es el gerente, de sus ganancias y del personal.
Así es como observamos enunciados del tipo: «Los gremios verán si arriesgan salario a cambio de empleo» o bien «Un aumento de $200 en la factura de luz equivale a dos taxis o dos pizzas» (Alfonso Prat Gay), “…le hiciste creer a un empleado medio que su sueldo medio servía para comprar celulares, plasmas, autos, motos e irse al exterior» (José González Fraga), “Esta es la nueva campaña del desierto, pero no con la espada, sino con la educación” (Esteban Bullrich), “Tenemos costumbres de país rico» (Marcos Peña), «A nadie le gusta aumentar las tarifas, pero es parte de decir la verdad» (Guillermo Dietrich), “[sobre los cortes de luz] No es lo que queremos, no tendría que ocurrir en un país normal. Es lo que hay” (Juan José Aranguren), “En lugar de regalar en Plaza de Mayo vayan a vender a la feria” (Ricardo Buryaile). Estas palabras existen no por ausencia de diplomacia o bien por errores de comunicación, definitivamente no lo son. En todo caso, son registros de expresiones ajenas al discurso político —por eso no sugieren, no fundamentan, no poseen capacidad dialéctica, y en síntesis carecen de expectativa de otredad—. Son registros propios del discurso pragmático, propenso a la ejecución de indicaciones u órdenes, casi de tono instructivo. Es el discurso habitual del patrón, del dueño, del que no incorpora la duda en su praxis, es el discurso habitual del empresariado que ha caracterizado a la Argentina.
Este tipo de aseveraciones apodícticas constituyen una de las dos modalidades del nuevo discurso de los funcionarios: este es el que se origina en lo que podríamos llamar convencionalmente autoridad del emisor; el otro tipo de discurso —del que ya algo se dijo cuando nos referimos al presidente— es el que se origina en la impericia o la ignorancia del hablante. Claro que esta última clase de enunciados suelen ser más divertidos porque trae como una de sus consecuencias comentarios risueños, pero tamizado el efecto humorístico no deja de entreverse cierto deterioro en la solidez de lo dicho y un trasfondo de crueldad. A esta clase corresponden otro tipo de frases, del tipo: «Hay lugares donde falta el agua y lugares donde sobra» (Mauricio Macri), “Las manzanas que vienen de Chile no son las mismas que se fabrican en nuestro país” (Rogelio Frigerio), «Si tuviéramos una alternativa habríamos elegido esa alternativa» (Marcos Peña), «Cuando se corta la electricidad también tiene castigos, tanto porque no pueden hacer uso de un servicio por el cual está pagando, como también porque tienen a veces que comprar alimentos» (Juan José Aranguren). Y la joya del cofre la constituyen las últimas declaraciones de Macri sobre Malvinas y el diálogo con Gran Bretaña…
Está visto que la oratoria ya no cotiza como antes.
La expresión tiene su antigüedad —tenemos registro de que la expresión ya merecía reflexiones en junio del 2013 (puede corroborarse en https://ar.answers.yahoo.com/question/index?qid=20130610141820AAs638u)—, por ende no intentamos aquí abrir un análisis sobre su origen, que pretenda novedad, sino que tratamos de indagar qué clases de concepciones sobre el otro, que nociones sobre el entorno social subyacen en esta denominación aparentemente jocosa.
Parecería que estamos a 20 años de la institucionalización de los planes sociales en la Argentina —es el cálculo que surge de la breve historia de Laura Vales[iv]—, aunque la existencia del Plan Alimentario Nacional (las cajas PAN de Alfonsín) obligaría a extender la cifra a tres décadas. En ese lapso, el vocabulario de la calle no pareció estigmatizar a los beneficiarios con originales denominaciones hasta esta ocurrencia de planeros o choriplaneros de más reciente registro. Solo el término piquetero está allí, compitiendo en exégeta de la discriminación, pero hay que hacer una salvedad de distinción: precisamente el piquetero es el que surge como organización de demanda, de exigencia de esa ayuda social que no le llega. En todo caso choriplanero y piquetero son un caso más de esos sinónimos que en sí no se parecen mucho (p. ej como Estado y Gobierno).
Así marchaban las cosas, hasta que algo nuevo debió surgir en la evolución de los hechos, las cosas y las significaciones porque en algún sector social comienzan a registrarse señales de molestia, de desagrado hacia quienes pueden estar delineadas dentro del marco conceptual de beneficiario/a de un plan social. No necesariamente la línea divisoria la establecía la extracción socioeconómica, aunque las fundamentaciones más difundidas tenían un fuerte contenido clasista burgués, ya que en el conjunto de usuarios de tales designaciones se podía detectar individuos de todo tipo de nivel económico, pero homogeneizados en una identidad ideológica con una concepción lineal de la realidad, excluyentes socialmente, por ende propietarios de conductas discriminatorias y segregacionistas. Los piqueteros, unidos en la acción a partir de sus propias necesidades y demandas, tomaron la palabra otorgada como afrenta, y la hicieron identidad, la usufructuaron en beneficio propio y dejaron plasmada para la lengua y su radio de acción la expresión caracterizadora: movimiento piquetero.
En cambio, los receptores de planes sociales, dispersos, sin organización comunitaria, mediados a través de gestiones administrativas y burocráticas que les actualizaba cotidianamente su condición de anonimia, no tuvieron a su alcance la potencialidad transformadora de replegar el lenguaje. Y así la expresión quedó como latiguillo para escarnio propio, desde lo ajeno. En un principio, cuando la crisis había llegado a niveles intolerantes, los primeros planes llevaron consigo la casi exclusiva misión de paliativo a cambio de una probable devolución laboral. Esta condición probablemente haya sido el estímulo de la intolerancia discordante: el ver beneficiado a otro suele intensificar los desniveles de consideración en los mecanismos de exigencia y compasión. Por qué a él sí y a mí no. Demandas de automerecimientos… pero no creemos que todo quede allí limitado, porque esto quizá burdamente intente explicar la disidencia del par, del que socioeconómicamente posee un nivel equivalente, pero no llega a aclarar cuáles son los motivos del que es consciente de su posición más cómoda, y sin embargo se ofusca frente a la ayuda de un plan. En estos últimos casos, solo nos queda pensar que la diferencia económica ha rasgado tan profunda y diferentemente los sujetos sociales que en esa intolerancia subyace el viejo odio racial.
Y este es un buen momento para la expresión de ese sentimiento en la Argentina. Pero por supuesto, no para sindicar, ofender, o señalar a los nadies que solo supieron conseguir choriplanes… No. eso sería caer muy bajo. Con la chusma no nos metemos, nos metemos con los caciques, con los que a su cabeza dirigieron acciones que actuaban en su pro (valga la paradoja). Por eso, choriplaneros hoy es una designación amplia, difusa, estigmatizante, pero no necesariamente querellante: en este momento la querella —sobre todo judicial— es con la dirigencia que estuvo en lugares de conducción política, desarrollando acciones a su favor —aunque fuere en el nivel discursivo—.
Referencias:
[i] Mario E. Teruggi (1978) Panorama del lunfardo: Génesis y esencias de las hablas coloquiales urbanas, Buenos Aires, Editorial Sudamericana.
[ii] Porcentaje elaborado según datos oficiales en http://www.resultados.gob.ar/balotage/dat99/DPR99999A.htm
[iii] A propósito se puede leer sobre esta hegemonía http://la5tapata.net/la-prensa-y-el-campo-de-oregano-i/ y http://la5tapata.net/la-prensa-y-el-campo-de-oregano-ii/
[iv] http://www.pagina12.com.ar/diario/elpais/subnotas/26350-9596-2003-10-05.html
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