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Sep 18, 2016 Hugo De Marinis Recomendada Comentarios desactivados en De alianzas y burguesías
Cuando preguntan qué hay de parecido entre el presente macrista y la dictadura la respuesta de consenso subraya el sistema económico que el oficialismo actual se esfuerza en imponer. Hay otros, sin dudas. A mí se me aparece destacada la palabra burguesía, término en desuso hoy, salvo en pequeños círculos áulicos. Si se te ocurre mencionarla donde se “hace política”, se te vienen encima con ese verbo tan de moda entre nuestros paisanos: “atrasar”. “¡Atrasás medio siglo, viejo!” Entonces, si fatigado no se desea volver caras para el duelo, se pone violín en bolsa y a otra cosa mariposa. No te vayan a tildar, a más de viejo, de anacrónico.
En la época de la militancia setentista se discutía con más sensibilidad que conocimiento las bondades o peligros para el campo del pueblo (otra expresión caída del tiempo) de formalizar alianzas con la burguesía. A los flamígeros y desavisados intercambios de posturas los solía sobrevolar el título de un texto de Trotsky, La revolución permanente (1930), que pocos habían leído, pero se asumía que aconsejaba la cansadora tarea de mantener los ojos bien abiertos – “en control” – en el asunto de las alianzas para que no te sorprendan los aliados circunstanciales, los volubles burgueses.
Quienes cumplían funciones de algún comando en las formaciones con raíces nacionalistas revolucionarias, con diversos matices – la pequeña burguesía, la burguesía nacional, la gran burguesía proimperialista, entre otras – bajaban línea sobre la necesidad de amucharse tanto como demandaran los escenarios en juego. “Quedarse en lo testimonial” no me acuerdo que figurara en el léxico de entonces. Se decía con fiaca, “en política no existe lo químicamente puro”. De este modo los partidarios de anchurosas alianzas o frentes pretendían cargar contra las críticas de los ultras. Los ultras, a su vez, contestaban que la amplitud aliadófila la conformaban una manga de reformistas aburguesados. Los dilemas de quedarse en lo testimonial y con quién formar alianzas no se resolvió y todavía persiste.
Creo no recordar mal que a diferencia de los que instruían a la militancia novicia, a los que se hallaban en el montón – los perejiles, los recién arrimados – no les cerraba muy bien el valor táctico de las alianzas. El meollo de las reservas era, “¿qué ganarían los burgueses si se realiza la revolución? No van a ser tan boludos”. Con el auxilio de huellas indelebles encontradas a rolete en las máximas de Juan Perón, a los dudosos se les respondía que a los burgueses algo les quedaría y que si no se avenían a lo ofertado perderían todo.
Los “responsables” reforzaban con que la burguesía, al observar la correlación de fuerzas a favor del campo popular, no tendría más remedio que sumarse a él. Suerte de ilusión voluntarista porque la burguesía en la historia de nuestro país, solo con el más mendaz de los oportunismos acompañó de lleno proyectos populares. Tampoco hubo demasiadas rebeliones sociales perdurables en que el pueblo o proletarios y campesinos, unidos a burgueses de cualquier laya, se hayan impuesto, excepto por pinches periodos más bien cortos que largos. Luego, el termidor[i]. En retrospectiva, hay que justipreciar que a los perejiles cuestionadores de alianzas les asistía más tino que a sus “respos”, dicho esto, con el debido y honroso reconocimiento a sus ideales, compromisos y sacrificios.
En el actual mapa político nacional se distinguen calcos con las estrategias económicas de la dictadura[ii] y también, por qué omitirlo, con la pesadilla menemista. Asimismo se nota la continuación de esa tendencia dilemática entre los que “hacen política” de establecer alianzas con cualquiera de cara a elecciones. Del ramillete de gobiernos posneoliberales progresistas de la región dados a diversas alianzas quedan tres que cuadran, sin contar a Cuba que estaba de antes: Venezuela que soporta como puede la embestida de su burguesía reaccionaria y mediático-imperialista, Bolivia y Ecuador. En Brasil los aliados burgueses ahora comienzan a carcomer los escasos restos populares del gobierno de Dilma. En nuestro país apreciable número de los elegidos por el voto de avanzada en los comicios presidenciales del año pasado con quienes el partido del ex gobierno había hecho causa común se fugaron sin pudor de los compromisos adquiridos y viran en escándalo hacia las variadas tonalidades de las nuevas derechas criollas y burguesas. ¿Era la única posibilidad de formar gobierno para el oficialismo de la anterior administración pactar con semejante clase de aliados para implementar unas cuantas medidas que favorecieron a las mayorías por doce años? ¿Todo para que en menos de un año se vuelva, por ahora solo en el área crematística, a 1976? ¿A los noventa?
Es cierto, ya no se aplican burguesía ni campo del pueblo. Será porque hemos evolucionado y hay tantas otras alocuciones pertinentes que sustituyeron el acartonamiento de aquellas palabras y frases que en su momento perdieron cruentamente las más decisivas batallas. Pero ¿no habrá que examinar mejor con quién andamos para determinar quiénes somos? Con estas preguntas ¿se cae en lo testimonial ineficaz? Diría alguno que quizás habría que armarse de paciencia, empoderar a fuego lento y no optar por lo más fácil, aunque los frutos tarden. El dilema subsiste porfiado, sin embargo, ya que si vamos tan lerdos y desestimamos el arco colorido de las alianzas ¿cómo quedan en el ínterin los muchos de abajo que siempre tienen poco y nada?
[i] En breve, con este nombre se conoce el fin de la administración jacobina durante la revolución francesa y el inicio del dominio de los republicanos conservadores, llamados precisamente termidorianos (julio de 1794 – octubre de 1795).
[ii] El temperamental economista del Frente Renovador Aldo Pignanelli, verdadero correcaminos de los programas de actualidad en la noche cotidiana de la tele hegemónica, se refiere a las similitudes del macrismo con la dictadura cada vez que se lo permiten.
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