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Sep 19, 2021 Jorge Abalo Dapaz Género y Feminismos Comentarios desactivados en El día que conocí a Paulo Freire y aprendí una lección
Por Jorge Abalo
Conocí a Paulo Freire en un encuentro en San Luis. Corría el año 96´ y en el medio de la marea neoliberal, la llegada del gran pedagogo se convertía en un bálsamo de esperanza.
Nosotros formábamos parte de una agrupación que había sido creada en el año 1988, junto a un grupo de jóvenes de la facultad con los que compartíamos ideales y compromisos y que llevaba por nombre Paulo Freire.
Me tocó encabezar esa pequeña delegación de la Escuela Superior de Formación Docente, que viajó a la ciudad de San Luis, donde habría un encuentro con él. Había sido la propia decana de nuestra facultad, María Victoria Gómez de Erice, quien nos había bancado la parada.
La movida era en GEPU, un estadio de básquet que era el más moderno de la provincia, y donde alguna vez había jugado el gran Pichi Campana.
La cantidad de personas que habían llegado desde toda la Argentina, superaba ampliamente la capacidad del estadio, por lo que no solo las tribunas estaban completamente llenas, sino también la cancha.
Cuando entró por detrás del escenario, los y las jóvenes se abalanzaron hacia él para sacarse fotos. No había celulares en esa época, por lo que pululaban por doquier, las camaritas particulares. Paulo Freire no decía nada, solo miraba al público y sonreía. Tato Iglesias, un referente de la educación popular, y que estaba a su lado tampoco.
Luego de unos minutos, algunas personas desde el escenario tomaron el micrófono y pidieron por favor que se sentara la multitud que incluso amenazaba con tirarlo al suelo. Luego de las insistentes apelaciones desde arriba del escenario, la gente que lo rodeaba fue alejándose y sentándose en el suelo para escuchar. Tato lo presentó y Freire comenzó. Cuando lo hizo, el silencio fue total. Más de 3.000 personas pegadas una al lado de la otra, se dejaron llevar por las palabras y las libaciones de Freire. Habló de muchas cosas, aunque recuerdo pocas. Sostuvo que toda educación es política, y fue explicando el sentido del por qué lo era. También habló de educación popular y educación formal, y por primera vez escuché la perspectiva de género en el lenguaje, cuando sostuvo que los grupos feministas de EEUU le habían reclamado con acierto, la falta de un lenguaje inclusivo.
La charla se dividió en 2 o 3 jornadas, no lo recuerdo bien, y al final, cuando salió por última vez del estadio, un grupo de gente lo siguió hasta el estacionamiento del auto. Laura, mi compañera, y yo, salimos como el resto detrás de él. Laura era una militante de fierro de la facultad y llevaba consigo una carpeta llena de proyectos y propuestas de nuestra agrupación que pretendía entregársela en la mano. Ella caminaba más ligero que yo, por lo que iba más cerca de él. Sin embargo, un par de personas que lo custodiaban (estudiantes que la organización puso en un momento de desborde de la gente por acercarse a saludarlo, tocarlo o abrazarlo) impedían que se acercara a él y lo llevaban ligerito hasta el auto. Freire tenía 72 años, pero se veía una persona frágil físicamente.
Luego de caminar más de 50 metros en el estacionamiento sin poder alcanzarlo, Laura se paró y me dijo “bueno, no importa, ya no voy a poder darle las carpetas y saludarlo”. No lo dijo fuerte, solo acongojada. En ese instante, Paulo Freire se detuvo, se dio vuelta y la miró. Laura se quedó petrificada, solo alcanzó a pasarle la carpeta y él agradecido la abrazó. Cuando lo hizo, ella no supo que decir. Apenas pudo balbucear algo ininteligible. Freire volvió a decir gracias. Los muchachos que lo acompañaban lo tomaron del brazo y continuaron la marcha. Apenas se alejó, Laura rompió en llanto desconsolada, pero de emoción. En esa escena, casi efímera, descubrí lo que había perseguido tantas veces leyendo al maestro, y lo que explicó en más de una oportunidad en una de esas charlas. Entendí que la escucha de la que tanto él hablaba, es un don. Un don de los privilegiados, pero no de aquellos que creen saberlo todo, sino de los que saben que no saben nada. Porque los que escuchan aprenden, y los que aprenden piensan.
En un mundo donde se cree que el que grita más fuerte tiene la razón, aprender a escuchar es uno de los grandes valores que aprendí del maestro.
En el día de su natalicio, mi gran respeto y gratitud.
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