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Oct 04, 2015 La Quinta Pata Recomendada Comentarios desactivados en El ectoplasma del ex juez Romano en celdas del D-2
Por Alberto Atienza
Periodista y ex preso político
El entonces juez federal Otilio Romano, no hace mucho tiempo, tomaba café en la peatonal Sarmiento junto a algunos de sus fieles servidores. Y tal como le ocurría en esos tiempos se desdoblaba, una de sus grandes y casi desconocidas capacidades. No sólo era apto para plegarse ante la más nimia orden de los entorchados que asesinaban a rajatabla a seres indefensos, sino que también se desdoblaba y se dirigía a otros lugares mientras daba instrucciones a sus sátrapas, bajo el sol primaveral.
Por debajo de la suela de sus caros zapatos empezaba a correr despacio, imperceptible, una corriente de ectoplasma, sustancia coloidal, que de a poco se iba situando, ya casi transformada en acequia, al pie de un añoso árbol De pronto corporizado, por puro ectoplasma, otro Romano, su “alter ego” caminaba por la peatonal en dirección a los calabozos liliputienses, pero llenos de humanos normales en altura y peso, de ese pabellón de torturas que fue el D-2, el servicio de espionaje de la Policía de Mendoza.
Y se apareció, ectoplasmático en la celda de una menor de edad detenida quién sabe por qué injusta causa. Se enteró que la chica fue violada por sus verdugos y no adoptó ninguna medida.
Digo y sostengo lo de esa singular transformación de Romano en una suerte de grandulón y torpe muñeco, en una efigie de una sustancia similar a la baba, porque declaró que nunca fue a la celda de esa chica. Sin embargo ella lo vio. Y no podría dar fe de ello, como lo hizo bajo juramento, si realmente no estuviera segura. El dice, también mano en Biblia, que no entró a ese calabozo. Faltan entonces lo que no se ha podido lograr: las palabras del ectoplasma.
Sin dudas este personajón, enriquecido y antes detentador de la suma del poder, devenido en un juez de cotillón, un personaje de burdo sainete, ataviado para la audiencia, con una prenda rayada, como un émulo de los antiguos presos (algún personaje del film “Flop”) no es un perjuro. Entonces (milagro, milagro, loado sea el dios de la picana, el profeta del submarino seco) él y nada más que él (“hinquensen” ex presos políticos) se desdoblaba.
Nadie sabe si el que ahora en el juicio donde goza de libertad de palabra es él en persona o su ectoplasma. Tache lo que no corresponda. Seguro está el Tribunal que lo juzga de que fue un entregador, con un sueldazo que le pagaba el pueblo para administrar justicia cosa que nunca hizo. Mancilla el buen nombre de mujeres, acusa a la madre de la joven violada de no hacer la denuncia por el delito cometido contra su hija. Esto último lo convierte en un ectoplasma “Ionesquiano”. Un cultor irredento de lo absurdo ¿Ante quién podía denunciar esa señora lo ocurrido si él formaba parte de ese delito? Si la madre de la piba alzaba su voz, sin ni tan siquiera denunciar, hubiera desaparecido casi con seguridad. Y también su hija. Nadie podía hablar. Ni una figura literaria de nivel mundial, un hombre sin ideología política, consagrado al periodismo, Antonio Di Benedetto. Esto es nuevo, por lo menos para mí y para muchos lectores, no lo dudo. Me lo contó recientemente Daniel Tagarelli , nuevo director de Derechos Humanos de la provincia, compañero de cárcel del autor de “Zama”
El Antonio o El Dibe como le decíamos en la Redacción de “El Andino” escuchó en sórdido penal de La Plata donde fue confinado junto a varios presos políticos, muchos de ellos mendocinos, un “instructivo” de supervivencia elaborado por detenidos más conocedores de la extraña lógica de los carceleros. No había que conversar con esos cancerberos uniformados, pagos también por el pueblo. Porque las charlas con ellos siempre concluían en problemas para los presos. O no entendían parte de lo hablado y lo interpretaban torcidamente, con su secuela de violencia. Se transmitieron esas pautas y días después se escuchó la inconfundible voz de Di Benedetto en diálogo con un guardia al que pretendía concientizar acerca de lo beneficioso para el espíritu de los presos y de los uniformados el adoptar un buen trato. De cómo una relación armoniosa, sin crueldades, mejora la convivencia entre encerrados y encerradores. Al rato llegaron cuatro de esos pobres seres despiadados al calabozo de Antonio y le dieron una paliza de la que milagrosamente emergió con vida. Por hablar. Nadie podía hablar en esos días. Ni en prisión ni en las veredas. Ni en los trabajos llenos de batidores, periodistas a sueldo en los medios de prensa o delatores mimetizados en cualquier función en reparticiones públicas, en grandes empresas, en clubes, en todos lados.¿ Por qué no denunció la madre de la piba presa,? pregunta Romano (o su ectoplasma) Porque no había ante quien hacerla che ecto, cualquiera le responde ahora. Si abrías la boca ante una injusticia o un delito encubierto por el poder (en el caso de la detención ilegal y violación de la piba, si denunciabas algo aunque más no fuera al aire, las consecuencias eran funestas.
Usted Romano no puede alegar desconocimiento acerca de lo que pasaba en las mazmorras del D-2- Era un juez federal y sabía de la detención de Silvia Ontiveros, una bella mujer a la que violaban tres veces en un día. A la que le introdujeron un arma de fuego por el ano y le lesionaron gravemente la vagina y la matriz tornándola estéril Tenía usted suficiente poder como para obligar a esos monstruosos carceleros a comportarse correctamente, sancionarlos penalmente. Esa chicana de que las violaciones fueron delitos de instancia privada, La exposición de ese absurdo es un insulto a la moral, un pecado contra la humanidad. Claro, la violaron a esa, algo habrá hecho, habrá provocado a los honestos carceleros. Todas esas opiniones cambian si la víctima es alguien ligado a la familia del criticón o del que sabe de lo ocurrido y se pone el poncho del yo no sé nada, o en el lenguaje de los mafiosos “io non sachio niente”
Mencionó otro tema increíble: un complot urdido en su contra. No es un chiste de mal gusto la rara afirmación. Habló sin saber. Un complot fue el asesinato de John Fitzgerald Kennedy, en el que murieron no sólo el presidente de los EE.UU, sino uno de los asesinos, Lee Harvey Oswald, quien lo mató a él, Jack Ruby y más de una decena de testigos, atropellados por autos o que expiraron por causas aún no establecidas. Ni esos crímenes, ni el asesinato del ex gobernador Carlos Washington Lencinas. Trama que incluía la creación de un asesino apócrifo conocido como “El tuerto Lima” confeso y libre, que narraba en los boliches de Pedro Molina, luego del segundo botellón de carlón, como mató a un hombre joven y necesario para la Mendoza de aquellos días (años 30), Esos fueron complots. Más de 60, familiares de detenidos desaparecidos, que presentaron recursos de habeas corpus (derecho de un detenido que obliga al juez que entiende en la causa del reclamante a presentar en un término de días las pruebas que motivan la privación de su libertad) Claro, eran detenciones ilegales. A veces los presos ya habían sido llevados fuera de Mendoza. O estaban a la espera de las aberrantes ejecuciones que inventaron para ellos)
Los padres y madres de esos seres son lo más distinto que alguien puede imaginar acerca de un complot, personas con sus corazones azotados por el dolor. Familias a quienes les arrebataron, sin causa, uno o más de sus miembros. Y para siempre. Algunos salieron de prisión, con sus vidas truncadas, sin trabajo, sin futuro, con la prohibición absoluta de ejercer el periodismo por ejemplo (andá, hacete cocinero, chofer, pocero, pero a una redacción no volves más) era el mensaje que recibían los periodistas liberados. A otros nada le advertían, como a Aldo Casadidio, un joven e inocente poeta, baleado en la calle. O Jorge Bonnardell, detenido mucho antes del golpe, muy torturado al que le permitieron salir y exiliarse en Paris, donde murió atropellado por un auto.. Pedro Tránsito Lucero, hombre de una gran capacidad periodística. Sufrió una fractura psíquica de tal magnitud que nunca más pudo trabajar en su vida. Antonio Di Benedetto, con el que se ensañaban los carceleros platenses, como si odiaran al literato nada más que por serlo. Le cortaron las alas del periodismo y le apresuraron su deceso, con palizas y golpes en la cabeza.. El logró salvar al escritor y produjo muy buena obra en su exilio español. Pero su gran amor por la prensa, convertido en un dolor permanente, lo acompañó hasta el último día de su existencia.
Las familias que vieron como sus recursos de habeas corpus se diluían y sus seres queridos se esfumaban cada vez más en nubes de recuerdos, no armaron un complot contra Romano. Pedían ayuda desesperadamente. Y no obtuvieron una respuesta valedera.
En mi caso en particular y debo recordárselo una vez más Romano,, usted me mandó preso por gusto, por el mero placer de meter tras las rejas a un periodista, profesión execrada históricamente por los tiranos, que buscan la muerte como solución. Es cierto que usted me vio con una señorita en un bar de calle Las Heras. Y también es verdad que usted fue y se lo contó a la que era entonces mi esposa, compañera suya de trabajo en el estudio jurídico Cano. Indiscutible que esa mujer, convertida poco después en mi ex consorte, fue y le dijo a usted que yo, en un momento de lógica indignación grité sin pensar en lo que decía, de otra forma no lo habría dicho, “a ese batidor yo lo voy a matar” También es indiscutible que esa mujer, fallecida y que merece perdón por su error, le transmitió a usted mis palabras, acaso ignorando que usted ya era un servidor incondicional de los militares. Y lo otro, cuando las papas empezaron a quemar para la democracia usted le informó de mi intrascendente bravata (nunca intenté hacerle daño) a la terrorífica Comunidad Informativa, ese ente satánico que hacía las listas de las detenciones ilegales. Y todo lo anterior es real porque los interrogadores, en el Liceo Militar General Espejo, donde fuimos confinados creo que cerca de 200 asustados “perejiles” a las sesiones de preguntas que me hacían con mis brazos atados a la espalda, una venda de tres vueltas sobre los ojos y, encima, una capucha, las insistentes preguntas iniciales siempre eran las mismas. De una manera u otra: querían saber si yo lo había amenazado de muerte. A lo que respondía que sí. Porque era verdad. Y no cumplí con esa promesa de pura raigambre oral. Ya en el fin, conmueve lo que usted dijo, que tenía que ajustar muy bien su defensa porque si lo condenan en una de las 93 causas en su contra, por su edad, eso podía transformarse en prisión perpetua. Alabo su juego casi literario sobre la definición que hace de mi persona (“mojado pesa 35 kilos”) es gracioso, peso 75 seco y nunca me he pesado mojado. Le aclaro que a mí no me manda ningún fiscal, como usted sostiene y ningún partido político. Dijo que no me tuvo celos. Le digo, yo a usted tampoco. Me dijo cobarde. Cubrí el segundo Cordobazo, el Tucumanazo, el Mendozazo, en medio de una lluvia de proyectiles de todo tipo (siempre me situé en la franja de los manifestantes y no en la segura, tras las filas de gendarmes) Crucé el río Congo en una endeble chalupa, rio repleto de cocodrilos de más de 4 metros de largo, permanecí varios días en medio de la selva al lado de una tribu Lingala. Volé sobre grandes incendios en antiguos helicópteros ex Viet Nam de propiedad de Manuel Prieto, intervine en varios motines carcelarios a pedido de las madres de los internos, en rol de mediador casi rehén, detrás de los muros. Recibí amenazas del ERP por no publicar sus comunicados (en días de El Andino, estaba prohibido difundirlos por disposición de una ley nacional) Me han amenazado policías corruptos y delincuentes. Investigué bajo presiones de todo tipo el caso Guardatti, la tercera desaparición ilegal –Mendoza– en democracia. Y eso usted lo sabe porque le llevé a su esposa la jueza Guarna un dato sobre un ADN apto para encaminar la identificación (o no) de un cadáver encontrado.. Se lo entregué. Usted le habló por teléfono justo cuando me encontraba en el despacho de su consorte ¿Se acuerda? Creo que no fui cobarde. Ni tampoco un héroe, como a usted le gusta que le digan.
Usted dijo no ser el mismo de antes, cuando mencionó la aplicación de una condena por una sola causa que podría derivar en perpetua. Yo tampoco soy el mismo. Usted canceló una brillante carrera periodística que yo llevaba hacia adelante, al hacerme encerrar, privándome de mi trabajo. Tuve que empezar de cero, otra vez, como cuando tenía 20 años.
Su destino ahora está en manos de la Justicia. A usted no lo odio ni le deseo la muerte. En lo que respecta a mis sentimientos, yo lo perdono.
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