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Jun 26, 2016 Eduardo Paganini El baúl Comentarios desactivados en El gaucho Cubillos y la ley
Interesante resumen —y bien redactado— de las peripecias acontecidas en la vida de este mítico personaje que afrontó el destino de modo tal que recibió en vida y post mortem el reconocimiento de vastos sectores populares. Varias veces hemos recurrido en EL BAÚL a documentos sobre el gaucho Cubillos, los cuales están a disposición para el lector atento y curioso.[i]
La vida de una leyenda. Un pequeño manual para entender por qué este hombre se ha transformado en uno de los personajes más queridos y recordados de nuestra provincia.
Nada mejor para desandar la melancolía como pasear por el cementerio y encontrarse con lo poco que quedó, de todo aquello que aún somos. En eso andaba cuando me crucé con la tumba más pintoresca de todas. Vi innumerables placas de agradecimiento, ofrendas, velas, una foto y un nombre: Juan Francisco Cubillos, “el gaucho”. Empujado un poco por la curiosidad y otro poco por la necesidad intentaré desentrañar algo acerca de la vida de este personaje.
Nacido en Curicó (Chile), en 1869, y venido a Mendoza a los dieciocho años. Seguramente tenía y tuvo poco de gaucho, aunque sí tuvo mucho de perseguido. Llegado a Tunuyán; realiza, luego de haber tomado un caballo casi por prestado, un viaje a San Luis, para volver al poco tiempo. No sabemos si a Cubillos lo intrigaba como era aquello de cabalgar con el caballo del comisario, lo que sí sabemos es que no duda en sustraerle el flete al comisario Peñalosa para volver a la capital mendocina.
No se trató esta de una aventura más en su vida ya que fue el viaje en que dejó de lado al croto chileno y dio nacimiento al mítico gaucho. No alcanza a regresar que conoce por primera vez los cuarteles de policía, y la manera de escapar de ellos (que dicho sea de paso, eran muy fáciles de vulnerar en ese entonces). Comenzó así su trayecto de atracos varios hasta desembocar en la penitenciaría; paradójicamente ubicada donde hoy funciona nuestro hotel cinco estrellas. Luego de sucesivas entradas y escapatorias de la cárcel, donde aprende el oficio de trenzador y a escribir su firma, en 1890 logra finalmente evadirse y desaparecer.
A medida que se fue apagando el recuerdo de Juan F. Cubillos, comienza a encenderse la fama de un paisano de la zona del Borbollón y El Plumerillo, en Las Heras. Se trataba de Pedro Ortiz, famoso por entrar en los boliches (cantinas), beber, comer e irse sin pagar, y sin que nadie se atreviera a contradecirle. Comienzan a producirse robos, hurtos y la gente, que ya se sabe es mala y comenta, comienza por lo bajo a indicar como autor a Ortiz, aunque sin pruebas concretas. A él, la mala fama comienza a jugarle en contra y decide prudentemente marcharse, para más tarde ser detenido en San Francisco del Monte. Sus apresores vieron con absoluta sorpresa que si Ortiz no era Cubillos, era por lo menos su gemelo idéntico. Nuestro protagonista vuelve a caer y por enésima vez vuelve a escapar, esta vez, a fuerza de sobornos a guardiacárceles.
Corría el año 1894 pero en esta oportunidad, ya envalentonado por su fama, se pasea a plena luz del día por la calle. Se encontraba así, plácidamente por los alrededores del cementerio de la Capital, cuando nota la presencia amenazante y perturbadora del comisario Vásquez de Las Heras ¿Qué podía hacer ante esta súbita aparición? Esconderse, pensarán algunos; disparar algunos tiros (aunque sin acertar), pensará Cubillos, y luego escapar. Lo cierto es que en su rauda huida es interceptado por otro comisario, a quien (aunque parezca increíble) un vecino le alcanzó un revolver cargado con tres balas por estar munido sólo de un rebenque y unas boleadoras.
En la persecución continuó intercambiando disparos hasta el Borbollón. Frente a los hornos de cal, Cubillos decide jugase el todo por el todo (grave error) y origina un tiroteo hasta que, ambos bandos, se quedan sin municiones. No quedó otra opción que la lucha cuerpo a cuerpo, para la cual el comisario tenía un par de aces [sic] en la manga: sus boleadoras última generación y un par de refuerzos que les venían siguiendo los pasos. Cubillos luchó tan bravamente corno pudo, pero fue superado y esta vez, fue conducido atado y ensangrentado, bramando de coraje e impotencia, a la jefatura de policía de Las Heras. Esto ocurría el 20 de noviembre de 1894.
La detención del Cubillos en 1894 fue todo un acontecimiento. El diario Los Andes entrevista al personaje y publica: “tuvimos conocimiento de haber sido apresado el famoso bandido conocido vulgarmente con el nombre de gaucho Cubillos”, luego agrega, al describirlo: “está muy lejos de ser aquellos tipos de criminales hechos para imponerse e inspirar terror, por el contrario, sus facciones vulgares no inspiran sino indiferencia”.
Desde el momento en que ingresó a la penitenciaría, comenzó a preparar su evasión junto con su compañero de celda. Sobornan así al soldado de línea Manuel Oviedo, y el 5 de abril abandonan sin dificultad su celda yendo a la esquina de la cárcel (25 de Mayo y Sarmiento), donde los aguarda el sobornado con una cuerda. Ambos bandidos se descuelgan pero lo extraño es que el guardia también se “escapa” junto a los prófugos, dejando en su garita de vigilancia su fusil y su correaje. Vaya nuestro homenaje por medio del soldado Oviedo a todos aquellos capaces de dar semejantes giros a su destino.
A partir de aquí la fama de Cubillos fue incontenible. Diariamente se publicaban avisos con delitos supuestamente provocados por él. Un ejemplo fue la captura de Juan Fuentes quien encapuchado y bajo los visibles efectos del alcohol había descargado su furia contra un agente de policía, cuando este montaba guardia en Ituzaingó y Cuyo (hoy Urquiza); al grito de Yo soy el gaucho Cubillos!. Hechos como este se habían transformado en algo normal.
Cubillos comprende que debe marcharse o esperar el fin, ya que la policía había expedido la orden de captura “vivo o muerto”, consigna muy común en esa época.
Decide así marcharse a las minas del Paramillo, en Uspallata, en plena actividad por entonces. La policía intenta atraparlo pero fracasa, al ser el gaucho protegido por los mineros.
Frente al riesgo de caer en el ridículo, la policía decide capturarlo a cualquier precio. La estrategia fue ubicar en aparente calidad de trabajadores de las minas al cabo Carrizo y al agente Quinteros, los cuales debían esperar a oportunidad precisa para liquidado. Mientras tanto en Uspallata, Cubillos era reconocido por todos debido a su carácter sencillo y bondadoso, incluso lo protegían y ocultaban.
Lo cierto es que la madrugada del 26 de octubre de 1895 Cubillos fue muerto, con 27 años, a manos de Carrizo y Quinteros. Según la declaración de los oficiales hubo una lucha encarnizada, según todos los demás lo mataron mientras dormía. Los mineros se apoderaron del cadáver, para velarlo y los matadores tuvieron que partir para evitar ser linchados, El fiscal Petra dictaminó: “la muerte de Cubillos fue racionalmente necesaria para repeler la agresión llevada a la autoridad”.
Al momento de morir la pobreza de Cubillos era extrema. Sus posesiones se resumían, básicamente, en lo que llevaba puesto. Resta decir que en su prontuario no cuenta ningún homicidio.
Sus restos fueron enterrados en el cementerio de la Capital en una fosa con una cruz de palo, que poco fue atrayendo seguidores, hasta conformar un tumulto de imágenes, ofrendas y velas (tantas que fue necesario colocar un cartel para evitar que estas quemaran su foto).
Hacia 1926, se reunieron fondos para dar digna sepultura a J. F. Cubillos, siendo en ese mismo año trasladados sus restos hasta el lugar donde hoy se encuentran, en el cementerio viejo, rodeados de las materiales muestras de afecto y agradecimiento, y sobre todo, junto a las inmateriales marcas de su historia.
Fuente: Fernando Álvarez, El gaucho Cubillos en Revista Barro, sección Cenizas quedan, Mendoza, diciembre 2004, Año 1 Nº 1. Director: Mauco Sosa.
Referencias:
[i] http://la5tapata.net/alguien-se-acuerda-del-gaucho-cubillos/
http://la5tapata.net/historias-de-cada-uno/
http://la5tapata.net/isidro-velazquez/
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