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May 21, 2017 Eduardo Paganini El baúl Comentarios desactivados en Interesante estudio sobre nuestro Juan Draghi Lucero
Cuando, a mediados de la década de 1980, tuve la suerte de entrevistar a Juan Draghi Lucero (1895-1994), el gran folclorista y escritor argentino era un lúcido y amable octogenario, y yo una joven periodista que sobrepasaba en pocos años la veintena. Yo trabajaba entonces para el periódico Mendoza, que unos años después se convertiría en Hoy. Ninguno de los dos periódicos sobrevive. Recuerdo a don Juan Draghi Lucero como un hombre alto, activo, de expresivas manos callosas, que compensaban la ausencia de una mirada directa, por las gruesas gafas oscuras que protegían sus ojos. Su rostro, trigueño, de altos pómulos huesudos, mostraba su casta de rudo trabajo al sol.
Respondía de modo sencillo, con humilde pero cercano acento. Se mostraba preocupado por la educación de los jóvenes, que aprendían —decía— de modelos culturales foráneos sin apreciar ni conocer la historia ni la tradición de su propia comarca. Idealizaba la pureza de la identidad cuyana, la cultura del hombre andícola, el montañés que nace y muere al pie del Ande, mezcla de pájaro, hombre y montaña, prolongación del antiguo mestizo de indígena y de español. Asunto que, en aquellos años, y en realidad, durante toda su vida, le ocupó tantas reflexiones y trabajos.
Añoraba también el escritor que hubiera un mercado editorial local que cumpliera los objetivos de difusión y preservación de los escritores y etnógrafos de la provincia, para no tener que depender siempre de Buenos Aires. Del pensamiento él había alguna vez pasado a los hechos, puesto que fundó, junto a otro poeta mendocino, Ricardo Tudela, la desaparecida Editorial del Oeste, en la que publicaron escritores cuyanos.
Cuando yo le conocí, Juan Draghi Lucero era uno de los más reconocidos defensores de la cultura tradicional argentina. Junto a sus compatriotas Juan Alfonso Carrizo y Carlos Vega, entre otros, fue uno de los más destacados reivindicadores de la cultura popular argentina, y uno de sus más entregados recolectores y editores de cuentos, de leyendas, de tradiciones.
Entre las frases que dijo Draghi Lucero a otro periodista, Prieto Castillo, están las que defendían que hacer literatura era colindar con terrenos mágicos, a veces peligrosos, que era como «buscar diamantes ocultos en el pedregal». Afirmaba, también, que «el arte cohabita con lo demoníaco, con lo fronterizo», y que «allegarse a él luego de deslizar sutiles velos» le provocaba «el atrevimiento a encontrarse con lo extraterreno, con lo extraordinariamente bello».
Si bien se le conoce, sobre todo, por su Cancionero popular cuyano (1938), que es una compilación de canciones con ciertos comentarios de teoría del folclore, es, sin duda, Las mil y una noches argentinas (1942) su libro más singular, y el más representativo dentro del conjunto de su obra, que está cercana a la treintena de títulos. Se trata de una obra, en la que confluyen lo costumbrista, lo fantástico y lo maravilloso, que está atravesada de modismos, y que reelabora el repertorio de los cuentos del campo argentino.
La frase «¡Padre Ande!» da la bienvenida a una colección de trece cuentos —relativamente extensos, al menos si los comparamos con la extensión media de los cuentos folclóricos— que llevan estos títulos:
Los orígenes de estos cuentos de transmisión oral se pierden probablemente en la noche de los tiempos, en que ya funcionaba el «boca a boca» de viajeros, encomenderos, gauchos, carreros y arrieros. Desde su adolescencia, Juan Draghi Lucero se dedicó a tomar apuntes de las mitologías rurales. Cuando orillaba ya los cincuenta años fue cuando escribió Las mil y una noches argentinas, como homenaje y estrategia —según confesó más tarde— para preservar toda aquella mística fabulatoria heredada de sus predecesores iletrados.
La mayoría de sus relatos están introducidos por un breve y anónimo cantar o poema —tonadas abajinas, arribeñas y cordilleranas, contrapuntos y cogollos—. Después llega el cuento propiamente dicho, lleno muchas veces de arcaísmos que deben venir de los tiempos de la conquista española, y que el autor cuyano quiso preservar…
Los cuentos de Las mil y una noches argentinas respetan el tono de la voz campesina, pero añaden aderezos estilísticos que acentúan la tensión y el drama del esqueleto de la fábula, la cual acaba siempre con el triunfo del bien y de la justicia sobre el mal, en figuras héroes que son ayudados por seres supraterrenos con cuyo concurso acaban vencidos el Maligno, sus ayudantes y la mala.
Como suele suceder en el terreno del cuento maravilloso, encontramos como protagonistas a hombres en principio comunes, a jóvenes sin experiencia que a veces se equivocan haciendo pacto con el diablo y que luego han de luchar contra todo tipo de seres y de obstáculos destructivos. Talismanes ofrendados por misteriosos ayudantes, amores que vencen todas las barreras, afanes de justicia a la hora de socorrer al débil… Ingredientes típicos de estos relatos.
La colección de Draghi Lucero jamás llega, en cualquier caso, a cotas insoportables de terror, ni a erotismos crudos —presentes en el modelo oriental— ni a un humor que desborde la categoría de la ironía. Por encima de todo domina el elemento mágico-maravilloso. Mezclado con un costumbrismo pintoresco, que se asoma al paisaje, a las costumbres, a los oficios ganaderos y agrarios tradicionales, a la gastronomía… Draghi Lucero, experto conocedor de todas esas realidades, supo expresarlas como casi nadie.
Numerosos críticos y eruditos argentinos han colocado a Juan Draghi Lucero, a partir sobre todo de sus Mil y una noches argentinas, entre los patriarcas de la literatura nativa. Así lo han afirmado intelectuales de la talla de Manuel Gálvez, Bernardo Canal Feijoo, Adolfo Colombres y León Benarós —prologuistas de sus colecciones de cuentos— o las filólogas Graciela Maturo y Marta Castellino, expertas en su obra.
En España, sin embargo, el autor argentino no es tan conocido como se merece. Que yo sepa, sólo aparece mencionado por José Manuel Pedrosa en su libro Las dos sirenas y otros estudios de literatura tradicional (1995), en cuyo capítulo «Tradición oral, tradición visual y papiroflexia», desentraña los paralelos pluriculturales de un antiquísimo «enigma» que fue recogido y editado por Draghi Lucero en su Cancionero popular cuyano… Y por otros folcloristas argentinos, como Juan Alfonso Carrizo, en sus Antecedentes hispano medievales de la poesía tradicional argentina.
Curiosamente, la vida de Juan Draghi Lucero bien pudiera tener la categoría de fabulación a mitad de camino entre lo real y lo maravilloso. Aunque nació en Los Nogales, un pueblo de la provincia de Santa Fe, en el litoral argentino, en 1895, era muy pequeño cuando su familia se trasladó, en 1897, a Luján de Cuyo, en Mendoza. Antes de morir, cuando el niño tenía diez años, su padre, Aquiles Draghi, un italiano culto y de buena posición económica, le dejó esta consigna: «no descanses nunca, trabaja, trabaja, lucha!». Su padre fue quien le había hecho aprender violín y alemán, y quien le inició en la lectura de sus escritores esotéricos favoritos (Flammarion, Kardec, Wheeler, Wilcox).
Huérfano de padre, poco tardó Draghi Lucero en empezar a trabajar. Se dedicó, sobre todo, al negocio de la leña. Metido entre algarrobales, montes y chañares, fue, precisamente, durante los fogones nocturnos, donde su memoria comenzó a impregnarse de relatos maravillosos, nativos muchos, enraizados otros en el folclore hispano o de otros lugares.
El joven Draghi Lucero, no por trabajar en el campo dejó de leer cuanto cayó en sus manos. Cuando recordaba sus inicios como escritor, decía que «lo hacía para recordar». Eran los inicios del siglo XX, todavía sin luz eléctrica. Draghi Lucero contó, en más de una ocasión, que escribía junto a un «cabito de vela», en cuadernos de tipo escolar, animado por un impulso que vencía cualquier dificultad. Sus autores: Teresa de Jesús, Cervantes, Gorki, Anatole France… Y, sobre todo, Domingo Faustino Sarmiento, el célebre autor de Facundo y de Recuerdos de provincia, que le marcaron. Y también Ricardo Güiraldes, el autor de Don Segundo Sombra, y Florencio Sánchez, el dramaturgo de Barranca abajo.
En Argentina, las primeras décadas del siglo XX fueron conflictivas, en el nivel político: luchas obreras e iniciativas culturales se dan la mano. Draghi Lucero empieza a colaborar en periódicos, publica sus primeros poemarios (Sueños y Novenario Cuyano). Debuta como autor y director teatral. La bodeguita y Hondas y piedras son dos de sus dramas. Funda, en 1929, la primera escuela de Apicultura de Mendoza: actividad a la que se dedicó gran parte de su vida.
En el año 1945, viaja a Estados Unidos, donde estudia documentos asociados con temas económicos en las bibliotecas de Washington y Nueva York, y asiste a cursos de eminentes folclorólogos de la Universidad de Carolina del Norte. Ofrece una conferencia sobre folclore cuyano en la radio (en la National System Broadcasting), y entra en contacto con la American Folklore Society, de la que fue miembro —también tendría, con el tiempo, vínculos con asociaciones de México y de Uruguay—. Se traducen poesías suyas en las revistas New México y Americam Poetry.
Animado por todas aquellas experiencias, un año después funda y preside la Sociedad de Historia y Geografía de Cuyo, y dirige la Biblioteca Sanmartiniana.
En 1947 contrae matrimonio con Yolanda Costábile Argumedo, quien le acompañara hasta su muerte.
La mitad del siglo lo encuentra dedicado fundamentalmente a la investigación histórica, al ensayo y a la docencia universitaria, tras ganar mediante concurso y clase magistral la cátedra de Geografía Económica en la Universidad Nacional de Cuyo.
Tras su jubilación en 1956, a los 61 años, se dedica con ahínco a la producción de diversas colecciones de relatos: Cuentos mendocinos —Premio Bienal de Novela—; Poemas al pie de las serranía (1964); El loro adivino; El pájaro brujo (segunda y tercera parte de Las mil y una noches argentinas, 1965 y 1972); El hachador de Altos Limpios (1966); El tres patas (1968); El bailarín de la noche[i]; y Andanzas cuyanas (1969).
Otros cuentos de este período dan voz a arrieros, carreros y hombres de campo, acogen regionalismos y arcaísmos, y se solidarizan con los gauchos y con quienes, según sus propios juicios, «están metidos en la pobreza, en la pena, en la humillación». Pero algunos también se visten de tonos técnicos y eruditos y de reflexiones metapoéticas. Lo refleja, por ejemplo, este párrafo de El hachador de Altos Limpios, enigmático cuento ambientado en el desierto lavallino:
“Yo sé adónde voy. Voy tras un norte que no es simplemente el empírico de usted y los suyos, ni la seguridad científica de mis colegas profesores. Hago pie en una sospecha, amamantada en muchísimas sospechas, trasegadas de lecturas entre líneas, de la oposición que he percibido entre historia y folklore, y sobre todo, el sopesamiento de las soledades palabreras de estos campos que anidaron Hombre en sus episodios cruciales...”
Dimensión importante de su obra es su preocupación por lo musical. Draghi Lucero reivindicó la tonada como medio de expresión de los campesinos, como depósito de una poética singular que permite al cantor huir de las miserias circundantes y exorcizar la tristeza. Es decir, como algo más que simple expresión de ingenuidades, que era la idea que sobre el folclore predominaba en los círculos escolares.
Ya anciano, la producción de la década de 1970 se tiñe de oscuridad. La memoria del padre muerto aparece, fantasmal y lúgubre, en el relato El bailarín de la noche, del libro del mismo nombre. Confesó haberlo devuelto a la vida (literaria) en un intento de exorcizar su espectro doloroso.
La única novela que publicó Juan Draghi Lucero, La cabra de plata, vio la luz en 1978, cuando el escritor tenía 82 años.
Está ambientada en uno de sus escenarios preferidos: las lagunas de Guanacache, en Lavalle. El argumento gira en torno a la figura de un profesor que conoce a un «lagunero» y decide cambiar de vida, comprarse una majadita de cabras, y trasladarse, solo, al desierto lavallino. Allí hace un fabuloso registro de lo que denomina el «Egipto cuyano«, conviviendo con los últimos hálitos de la cultura huarpe. Evoca sus tradiciones, su imaginario mítico, los ritos de la Pachamama, las comidas típicas —algarroba, maíz, choique—, los cruces de creencias mágicas con el cristianismo, y las huellas de aquellos indígenas en un desierto que él eligió como marco de varios de sus cuentos.
Juan Draghi Lucero recibió, durante su muy longeva vida, muchos homenajes y galardones oficiales y privados. Su trayectoria se vio coronada cuando ingresó en la Academia Argentina de Letras en 1966. Fue doctor Honoris Causa de la Universidad Nacional de Cuyo y Ciudadano Ilustre de su provincia, Mendoza; le fue entregado el Gran Premio de Honor y Medalla de Oro de la Sociedad Argentina de Escritores (1978).
Un año antes de su muerte, el 17 de mayo de 1994, vio la luz la segunda edición del celebrado Cancionero popular cuyano.
Para realizar este artículo he partido de la propia obra literaria y etnográfica de Juan Draghi Lucero; y también del libro La memoria y el arte. Conversaciones con Juan Draghi Lucero (EDIUNEC-ECM, 1994) de Daniel Prieto Castillo; de las entrevistas a Juan Draghi Lucero que yo misma, María Eugenia Muñoz, realicé para los periódicos Mendoza y Hoy en 1984-1985; y de algunos artículos del diario Los Andes (cuyo redactor jefe y traductor, durante cuarenta años, fue mi padre, Roberto Muñoz Lemme) que firmaron Pupi Agüero, Marta Castellino, Miguel Títiro. También he consultado el libro Las dos sirenas y otros estudios de literatura tradicional: de la Edad Media al siglo XX (Madrid: Siglo XXI, 1995), de José Manuel Pedrosa.

Imagen de El Baúl Cuyano.
Juan Draghi Lucero, Las mil y una noches argentinas.
Volumen de 392 págs. 19 por 14 cm, papel obra, con ilustración en tapa y otra en contratapa (grabados sin datos de autor, y un tercero como parte del logo de la editorial)
Publicado en 1940 (diciembre) por Ediciones Oeste en los talleres gráficos Atlas de J. Belmonte, Charcas 479, Buenos Aires.
El libro se anuncia como el “Primer volumen de la Colección de autores cuyanos”. La Editorial promete editar durante 1941 cuatro volúmenes más: El mito y su héroe de Ricardo Tudela, Coplas de Antonio de la Torre, Recital de la muerte de Antonio Esteban Agüero y Fronteras de la juventud de Antonio Pagés Larraya.
El precio señalado por editorial era el de $2,50. Ediciones Oeste, dirigida por Ricardo Tudela y con domicilio en Belgrano 1129, Mendoza.
[i] Esta obra se edita en 1969 por Editorial Troquel de Buenos Aires.
Fuente: María Eugenia Muñoz, El etnógrafo y escritor argentino Juan Draghi Lucero
Y su obra: las mil y una voces del fuego en Culturas Populares. Revista Electrónica 4, (enero-junio 2007) ISSN: 1886-5623
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