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Dic 09, 2018 Hugo De Marinis Recomendada Comentarios desactivados en María Angélica Palacios
Hace unos días nos dejó María Angélica Palacios, persona tan solidaria como modesta y de un bajísimo perfil. A partil del 2 de julio de 1971 su hasta entonces apacible vida mendocina sufrió un vuelco contundente: una patota de militares embozados, anticipando el genocidio que comenzaría menos de un lustro después, secuestró a su hermana Sara y a su cuñado Marcelo Verd, quienes permanecen desaparecidos. En el testimonio a continuación cuenta vicisitudes del comienzo del periplo de la infatigable búsqueda de sus seres queridos.
***
Nos seguían. Mirá, debió ser el año ’68, más o menos en la época en que se juzgaba a los que se creía que estaban involucrados en el crimen de Villa Seca[1], que nosotros asistíamos con mi esposo a las audiencias en el juzgado que se realizaban aquí en Mendoza. Nos acompañaba una amiga, que fue quien nos invitó a ir al Juzgado. En una oportunidad esta amiga me dijo lo siguiente: “Chiquita, yo no sé si lo que le voy a decir le va a parecer bien”; intrigada yo le contesté que “si no me lo decía no podía enojarme”. Fue así que me comentó que a nosotros nos andaban investigando en ese año ‘68, sobre qué religión teníamos, a qué partido político pertenecíamos y en qué trabajábamos. Esto asimismo se lo preguntaron a un vecino que teníamos, un militar retirado. Este hombre se lo comunicó a mi amiga diciéndole “yo por la señorita Raquel—mi hermana—pongo las manos al fuego, por lo buena mujer que es; por la otra, la casada”—que era yo—le dijo “que la cuide su marido”. Esto a mí me sorprendió mucho porque no se me ocurría para nada por qué sería, no sabía de esta investigación sobre nosotros y no tenía ni idea de qué se trataba. Pero al correr del tiempo fui atando cabos, y ya me fui dando cuenta de por qué lo hicieron. Esto es parte de lo que pasó un tiempo antes del secuestro de Marcelo y Sara.
***
Volviendo a unos años antes del secuestro, te cuento que mi papá era un hombre de la noche, así como lo fue Ramón Ábalo. Él se iba a los cafetines de esa época y se juntaba con quien le diera bolilla para hablar de política. En una de esas tantas noches en que salía, conoció un tipo de los servicios de inteligencia. No pasó mucho para que entraran en confianza y este militar le comentó que pretendía seguir la carrera diplomática. Como mi papá tenía muchos parientes en la política, le ofreció que le diera sus datos para pasárselos a sus conocidos, y no conforme con esto, hasta lo invitó otro día a la casa a almorzar. Mi papá almorzaba a las once por cuestiones de trabajo. Una mañana, este hombre llegó a las 10:30 y se pusieron a conversar. En eso me llamó mi papá para decirme que el señor iba a almorzar con nosotros y me lo presentó como un subteniente de apellido Bulacio[2]. No sé por qué, por esos designios de la vida, se me grabó el apellido. Al otro día yo estaba muy enojada, nosotras teníamos un carácter muy fuerte, y le dije a mi papá que fuera la última vez que trajera a un individuo desconocido a la casa.
(…)
***
Era el año ’67 y mi hermana, Sara Palacios, y su esposo, Marcelo Verd, vinieron a casa a despedirse porque se iban a Francia con unas becas. Nosotros estábamos contentos por un lado, pero por el otro estábamos tristes porque no íbamos a poder ver seguido a las niñas.
Pasó el tiempo, y nosotros aun vivíamos en la calle Edison, donde está el Hospital Español. Por lo general nos íbamos a dormir dejando la puerta de calle abierta. Mi hermana mayor, Raquel, trabajaba en Agua y Energía y dejaba también abierta la puerta de cancel. Cuando eran más o menos las ocho de la mañana escuché que alguien entraba…el panadero no era porque siempre dejaba el pan en la cocina y se iba de inmediato. Entonces me levanté y vi que era Marcelo; eso ya era el ‘68, más o menos un año después de que se habían ido a Francia. Marcelo, estaba pelado, con botas, hecho un andrajoso. Cuál no sería mi alegría que le pregunté “¿y la Sarita?” Me respondió, “ahí está, a la vuelta”. Salí de inmediato y no encontré a nadie. Detrás de mí salió Marcelo y me dijo “es una cachada”. A él, que era muy chistoso, le gustaba hacer ese tipo de bromas pero yo me quedé muy triste. Me dijo que les iba muy bien en Francia pero yo creí que pronto se pegarían la vuelta.
De ahí se fue a San Juan, donde estuvo en cama porque le había dado una fiebre muy fuerte. Calculo ahora que él vendría de alguna campaña guerrillera; Marcelo vino con fiebre pero no se quedó en la casa, que era lo que hacía normalmente, sino que se fue a San Juan. A partir de aquí es donde una empieza a distinguir la historia de este chico, que nosotros no nos imaginábamos. Después que se mejoró de esa fiebre fuerte, estuvo en Córdoba y otros lugares y volvió a San Juan después de un tiempo, creo que en el ‘70.
Ya instalados los dos en San Juan, Sara venía los sábados y se quedaba hasta el domingo. Pero me acuerdo que un domingo fue ella que nos invitó a que nosotros fuéramos a San Juan para festejar el día del padre. Fuimos mi marido, mi hija, Raquel y yo y cuando nos volvíamos yo me puse a llorar muchísimo; mi marido entonces me dijo “Chiquita, quedate, total la nena – mi hija – y yo nos vamos a arreglar con cualquier cosa”. Como tampoco me gustaba que ellos se vinieran solos, decidí pegar la vuelta con ellos. Y mirá cómo son los designios de la vida y de las personas, porque si yo me quedaba me llevaban a mí también. Porque el 27 de junio fue el día del padre y el viernes 2 de julio del ‘71 se los llevaron a ellos, o sea que al domingo siguiente, ellos ya estaban secuestrados.
Ese día 2 de julio de 1971, Raquel y yo fuimos a comprar la mercadería, que comprábamos todos los meses, en el almacén Cantábrico que quedaba al lado del Mercado Central. De ahí fuimos a comprar golosinas para los niños de la casa y cuando llegamos me encontré con mi otra hermana, Silvia, que estaba en mi casa. Raquel se había ido a la suya, que estaba al lado. Cuando me disponía a tomar un poco de té escuchamos que Raquel venía llorando y gritando que habían secuestrado en San Juan a Sara y Marcelo. Lo primero que se me ocurrió fue salir a buscar a mi hermano Joaquín que estaba en la casa de su novia en Guaymallén…yo no sé cómo llegué a esa casa si no había ido nunca. La cuestión es que Joaquín se vino conmigo y en el mismo taxi en que llegamos a mi casa, él y Silvia se fueron para San Juan.
Nosotros en esa época no teníamos teléfono. Un vecino nos lo prestó toda esa noche y un montón de días más porque nos llamaban todo el tiempo desde San Juan para decirnos las novedades.
Esto era una cosa tan nueva, te imaginarás, las desapariciones masivas vendrían cinco años después. Ellos tuvieron el triste privilegio de adelantarse: fueron los primeros…no sé, vinieron unos días tan malos para nosotros…porque íbamos para todos lados, a donde nos mandaban y que podían ayudarnos a saber de ellos. Fuimos a Buenos Aires, a Salta, a Jujuy, a San Juan. Nadie sabía nada. La familia de mi papá no se quería comprometer, se hicieron los que olímpicamente no sabían nada siendo que muchos de ellos estaban en el gobierno.
El día 3 de julio, Silvia y Joaquín con el consentimiento de los abuelos paternos de las niñas se las trajeron a Mendoza y aquí Raquel, con el tiempo, las pudo poner en su mutual. Cuando falleció mi papá les dieron la pensión a ellas.
Hicimos muchas presentaciones en el juzgado, Tabanera[3] nos dijo que presentáramos en San Juan un hábeas corpus que según tengo entendido se hizo desde aquí ante Ángel Baigorrí, que era el juez federal de Mendoza, porque en San Juan no había juez federal en esa época. Ese juez mandó a llamar a las nenas a un reconocimiento de fotos. Una de ellas reconoció a uno de los tipos, a ese Bulacio que había venido a almorzar con mi padre, pero nunca lo llamaron. Un domingo estando las nenas aquí, llegó un tío abuelo de las nenas y la más grandecita se entró corriendo, asustada, porque vio a su tío Carlos. Yo, al tiempo cuando hablé con Bulacio me di cuenta que eran muy parecidos entre sí (Bulacio y Carlos, el tío abuelo de las niñas): los dos eran bastante gordos.
Entre las tantas veces que me presenté en el Juzgado siempre me venían con la misma cantilena: “que no se podía averiguar nada”. Un día el mismo juez Baigorrí me sugiere que por qué no lo iba a ver a Bulacio. Me arriesgué y sin decirles nada a mis hermanos me fui una mañana a verlo. Una vez ahí no informé que mi apellido era Palacios sino Pascual que es el apellido de mi marido. Me retuvieron el documento y me hicieron pasar a una habitación chiquita, a la que en unos pocos minutos llegó Bulacio. Muy atento me dio la mano, me ofreció que me sentara y me dijo: “Usted dirá señora, a qué debo su visita”. A boca de jarro le largué que era la hermana de Sara, la mujer que habían secuestrado en San Juan. Se sorprendió y me preguntó que quién me mandaba. Por supuesto que no le dije que me mandaba el juez. Levantó un poco la voz e insistió en que le confesase quién me había mandado. Después me sugirió que a quien debía preguntarle sobre la desaparición de Sara era a mi hermana Silvia. Le respondí que por qué y me contestó: “porque ella arengaba a los jóvenes en el comedor universitario de Córdoba contra el gobierno”. Mi hermana estaba estudiando medicina en Córdoba. La comida del comedor era una porquería. El militar que estaba a cargo de la cocina criaba chanchos y hacía que la comida fuera mala a propósito para que nadie la comiera y así se la pudiera llevar para darla a sus chanchos. Por supuesto que esto Bulacio se lo calló; solo acusó a mi hermana Silvia con que arengaba contra el gobierno.
Después tocó una chicharra para que el ordenanza le trajera café. Aprovechando que me ofrecieran un café a mí también – aunque lo rechacé – le dije que conocía a su esposa porque vivíamos cerca y hasta le recordé que una vez él había estado almorzando en mi casa. Él se acordaba, por supuesto y también no se privó de agregar que mi hermana Raquel, a quien todos los compañeros de Agua y Energía querían mucho porque era muy gaucha, hacía propaganda peronista. Y además, que mi hermano Joaquín era militante de la Alianza Libertadora Nacionalista. De mí no me dijo nada. Pude ver cuando me retiraba que tenía colgado en la pared un cuadro donde él está al lado de un auto, que según él mismo, se lo regaló Perón por haber sido uno de los primeros en haber llegado a la Antártida.
***
Después los policías llegaron a la casa de mi hermana Raquel. Venían a las órdenes de uno rubio alto, medio loco, que empezó a gritar “dónde están los guerrilleros”. Estaban armados con escopetas Ithaca asustando a todo el mundo con esas armas. Yo, que trabajé en la policía en la orden del día, sabía que de seguridad no se sacaba a gente armada a la calle sin una autorización; entonces, ¿quién los autorizó a salir? Si no se podía sacar gente a la calle así, ¿cómo era que estos se habían venido así de preparados? Y después de tanto teatro, decían que se quedaban a cuidar a las nenas acá dentro, toda la noche, no sé si cuatro días o cinco, ya no me acuerdo. El único hombre que estaba aquí era Joaquín, así que debía ser que tenían un miedo bárbaro de las mujeres. Los milicos se quedaron tres días.
Un día vino con Silvia y conmigo el Jorge Peltier, un tipo conectado, que era sobrino de mi papá, a dejarnos en casa porque habíamos ido a verlo para preguntar si él sabía algo del secuestro, y nos dijo que algo sabía pero que no hablaba con Francisco Gabrielli que era el gobernador de la provincia; no hablaban porque se habían disgustado por algún motivo…los policías que estaban en casa hasta habían usado el auto del gobernador, mirá cómo estaría involucrado el gobierno con el secuestro…bueno, la noche que nos trajo Peltier les gritó “qué hacen esos milicos aquí”, pero no les respondieron nada. Peltier dijo que esa misma noche iba a hablar con Guillermo Belgrano Rawson[4] que era un funcionario del gobierno nacional y amigo de Arturo Mor Roig[5]…todas macanas, porque decía que eran como hermanos, pero nunca nos contestó nada.
***
Luego del secuestro siempre nos seguían aunque una vez que invadieron la casa ya nunca nos molestaron directamente. Cuando íbamos al centro solía haber un flaco, con un saco, sombrero y zapatos marrones, un milico cien por ciento. A toda la familia la vigilaban.
Los compañeros de Marcelo y Sara nunca no se acercaron ni trataron de comunicarse con nosotros tampoco. Nos enteramos que declararon algunas falsedades por los diarios esos compañeros de ellos. Esto fue en el año 71. Yo fui a Buenos Aires, porque en esos días también secuestraron a la Mirta Misetich y a Juan Pablo Maestre[6], catorce días después de lo de mi hermana y Marcelo. Yo fui a la casa de sus padres; por ahí tengo las cartas que intercambiamos. La madre de Misetich era una pariente del ministro Mor Roig, pero ni así…a Lanusse le escribimos el mismo día que llegó el presidente chileno Salvador Allende a Salta[7]. Le mandamos un telegrama solicitándole ayuda e informándole que nuestra familia era descendiente de chilenos y a mucha honra, porque mi bisabuela era Modesta Ruiz Huidobro. El papá de esta mujer, José Ruiz Huidobro, acompañó a San Martín en la gesta libertadora y luego un importante aliado del caudillo riojano Facundo Quiroga. Todo esto lo informamos, pero no había voluntad ni era el momento parece…

Mirta Misetich y Juan Pablo Maestre
La búsqueda la tenía que hacer solo nuestra familia. No teníamos contacto con organismos de derechos humanos, no sé si en ese tiempo había…Todo esto venía de Norteamérica. Estos zánganos del ejército argentino no tenían inteligencia para nada.
En el caso nuestro, no sé, ya pasó tanto tiempo…El abogado Dante Vega[8] me dijo que nos iba a llamar a hacer la declaración…pero no pasó nada. A mí me dijeron que se iban a abrir el juicio…Los juicios van a seguir y ya agarrarán a los de abajo, a los de la patota. Por otra parte los que están presos no van a querer seguir estándolo y quizá comiencen a hablar. Pueda ser que alguna vez se sepa la verdad del caso nuestro, sin embargo no pienso que yo lo vaya a ver.*
* Testimonio tomado del libro Madre de Mendoza de Adriana Spahr y Hugo De Marinis (Buenos Aires: Corregidor, 2013. Págs. 271 – 77).
Referencias:
[1] Fue un sonado caso ocurrido en 1961 en el que fueron ultimados un matrimonio y un obrero rural boliviano en el departamento de Tunuyán. Se hicieron dos juicios, pero nunca se halló a los responsables del crimen.
[2] “El coronel Carlos Néstor Bulacio reapareció después durante el genocidio a partir del ‘76, siendo él uno de sus más conocidos represores. Fue gobernador de Jujuy durante el Proceso y se murió impune ante una justicia, como la nuestra, bien tuerta”. (Palabras de Ramón Ábalo en Entre viñas, guitarreadas y revoluciones de Hugo De Marinis, edición digital, 2011, pág. 132, http://www.la5tapata.net/adjuntos/vinas-guitarreadas-revoluciones.pdf.)
Sobre este caso, ver también un pormenorizado artículo de Eva Guevara para la Revista 23, disponible en la siguiente dirección de Internet: http://veintitres.infonews.com/nota-3768-portada-titulo.html.
[3] Rafael César Tabanera había sido vicegobernador de Mendoza entre 1946 y 1949.
[4] Subsecretario del Interior durante el gobierno de facto de Alejandro Agustín Lanusse
[5] Ministro del Interior de la dictadura lanussista, murió ejecutado por un comando guerrillero el 15 de julio de 1974.
[6] Misetich y Maestre fueron secuestrados el 13 de julio de 1971.
[7] Los presidentes Allende y Lanusse se encontraron en la provincia de Salta en julio de 1971.
[8] Vega fue fiscal designado por el estado en los juicios llevados a cabo en la ciudad de Mendoza durante 2011.
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