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Ago 02, 2015 Eduardo Paganini El baúl Comentarios desactivados en Misterio en el cementerio de la vieja Mendoza
Estamos en EL BAÚL en épocas de memorias… repasando las reflexiones y las anécdotas que nos han dejado testimoniadas quienes nos permiten conjugar tres virtudes: la posibilidad de una gozosa lectura, la plusvalía de un aprendizaje ajeno, y finalmente, la posibilidad de evocar vívidamente aquellos tiempos pasados desde la misma voz de sus protagonistas.
En este caso, la personal visión de don Oreste Mazzini, quien se asume de entre todos sus roles jugados en su vida simple y gallardamente como carpintero, nos lleva hasta los principios del ’30 para compartirnos una situación —que de no haberse descubierto— se hubiese transformado en una leyenda urbana más. Cabe mencionar que esta obra recibió Mención Especial en el Concurso “Vidas que hacen Historia” organizado por el Gobierno de Mendoza en 1995.
Capítulo II
(…)
En ese tiempo, el cementerio de la Capital fue escenario de varios hechos, ficciones más bien, dictadas, divulgadas y ampliadas por obra y gracia de la superstición y el temor bastante generalizados, que hacían presa de la imaginación colectiva. ¿A quién se le hubiera ocurrido, ni lejanamente, interpretar el miedo a tales cosas —casas embrujadas, voces y siluetas que vagaban de noche, luces malas…— como expresión de un fenómeno explicable en la medida de la ignorancia que lo provocaba? A los chicos menos aún. Algo concerniente a eso viene a mi memoria y supongo que es digno de contar.
De día, por supuesto, el cementerio perdía su lóbrega potestad y se postergaba la malignidad que le conferían las sombras inextricables. Mi hermanito menor Orlando y yo, al concluir la cosecha, íbamos allí a oficiar de ‘aguateros’ con la gente que necesitaba renovar sus flores. Nos apresurábamos de un lado a otro contorneando cruces y mausoleos, manipulando floreros de todas clases con que se cumplían pausadamente las ofrendas. Hacíamos sonar luego el producto de las propinas en nuestros bolsillos (cuidando primero que algún agujero oculto no acabase así como así con nuestro esfuerzo), o lo llevábamos encerrado en puños que la fuerza más poderosa no hubiera podido abrir. Los días lunes, como eran de ánimas o muertos, según algunos decían, concurría más gente al cementerio; por lo demás, se veía casi desolado. En uno de esos sitios más solitarios, con sepulturas de 1880 y aún más antiguas, rodeadas de rejas oscurecidas por el tiempo y la herrumbre, habíamos descubierto cuevas de lagartos. Lagartos de hermosos colores que transitaban nerviosos, como no aceptando nuestra curiosidad. Tan bellos y exóticos nos parecían, que gozaban del privilegio de no recibir nuestras pedradas, como las soportadas por ratas, sapos y otros bichos que se asomaban por allí. En el centro más o menos de ese terreno se alzaba —todavía hoy está en pie— el mausoleo que llamábamos de “El buen Pastor” . La denominación completa es “Religiosas del buen Pastor” y la construcción tendría ya varios años de existencia.
Su nombre resultó irónico en relación con lo sucedido en él. Un peón que se encargaba de barrer el lugar escuchó de pronto, junto a la puerta del mausoleo, un rumor, un murmullo que emanaba del interior. Corrió al administrador y le aseguró haber oído cómo rezaban dentro de “El buen Pastor”. Incrédulo, el administrador lo olfateó para ver si se había pasado con el vino y lo mandó a trabajar de nuevo. Seguramente, ese peón no durmió por la noche y, a la mañana siguiente, la curiosidad le hizo aproximarse con cautela a la puerta del mausoleo. Allí estaba… Un rezo, preces que se obstinaban en sorda y monótona cadencia, ahí aprisionadas. Y corrió otra vez. El administrador accedió a ir y la boca se le abrió poco a poco de estupor frente a la puerta. Rezaban, en efecto, tras aquel pequeño pórtico bien cerrado.
La voz se expandió en un santiamén y todo el mundo empezó a creer en un milagro. Fueron a buscar a los de “El buen Pastor’, cuyos representantes tardaron dos días o algo así en concurrir al lugar del hecho, argumentando que no encontraban las llaves. Muchas personas se habían agolpado frente al mausoleo, a prudencial distancia, y mis hermanos y yo, apretujándonos para no perdernos nada, participábamos de la expectación general. Un curita joven, algo pálido, se abrió paso con las llaves en la mano. Aparte de él, el administrador y uno o dos más formaron, rozándose los codos, el ramillete de valientes que se acercó para abrir… El silencio era tan absoluto que hasta los del público estábamos seguros de oír nada más que aquel rezo sin fin. El padre, dominando su desconcierto, intentó en vano con la llave. Por los vidrios de la puerta de hierro forjado, nada podía verse porque detrás había una chapa de metal. La vieja cerradura, tal vez oxidada y por mucho tiempo sin funcionar, no cedió.
Entonces alguien mencionó a mi padre y enseguida varios concordaron en que era la persona indicada, por su descreimiento de otro mundo que no fuera el que pisaba. Para mis hermanos y yo la nerviosidad creció hasta el infinito. Ante nuestros ojos aparecía de nuevo aquel hombre irascible y temido que nos había abandonado, en quien ahora todos depositaban su confianza. Y don Ernesto hizo su entrada triunfal en el escenario, frío, preciso, casi arrogante. Pidió una aceitera, bañó en ella la llave y probó reiteradamente, hasta que la puerta se abrió. Sentí un secreto orgullo. Me acuerdo siempre que mi padre saltó hacia atrás como si hubiera sido abofeteado por el demonio mismo. En un segundo, todos sin excepción supimos por qué y hasta los más torpes dispararon igual que gacelas. El cura adelante, arremangándose la sotana.
El rezo se propagó, ganó altura, velocidad, energía, y nos acosó en forma de una irritada multitud de abejas. Centenares, miles de abejas. El milagro había concluido y adquirió una peligrosa y concreta realidad. Perdí de vista a papá e incluso me reuní con mis hermanos cuando todo se hubo calmado y pudimos ver el viejo y deteriorado ataúd, elegido por las abejas para elaborar su panal. En la parte trasera del mausoleo, dos respiradores en espiral les habían permitido entrar, no así a otros animales, y establecer allí su cómodo y zumbón reinado. Poco después las desalojaron totalmente y con ellas desapareció el sabor del misterio que por unos días rodeó a “El buen Pastor”.
Fuente: Oreste Mario Mazzini, Vida y obra de un carpintero, Mendoza, Ediciones del Cantro Rodado, 1997.
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