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Jun 12, 2016 Ramón Ábalo La Pata Semanal Comentarios desactivados en Periodismo, cuarto poder, los laburantes
Los verdaderos detentadores del poder, en todo el mundo, como tales, tuvieron los resortes adecuados y conducentes a sus designios. Y represivos para imponerlos. Sucedió con el periodismo, al que calificaron como el Cuarto Poder, enlazándolo, con los otros tres que devinieron después de la Edad Media oscurantista y monoidolátrica religiosa. Entonces fue el cuarto poder, pero, a igual que los otros, se lo hizo simbología, en este caso, de la libertad y, por ende, de lo republicano, lo democrático, lo ciudadano, y toda la parnafenalia del sistema capitalista moderno mediante ese poder de lo simbólico. Fue el cuarto poder -el periodismo, entonces- la herramienta ideológica de penetración y alienación en la subjetividad de todas las clases, pero especialmente en la de las mayorías de los explotados de la tierra y del cielo.
Han transcurrido siglos y aún ese cuarto poder -el de la prensa- es un poder que supera en los objetivos imperiales a los otros tres, como categoría sintetizadora del poder real. En verdad, son sus amanuenses. Comprobado desde siempre, pero con total contundencia en el mundo actual. Entonces, ser periodista es una aproximación cierta -ideológica, social y colectiva- de un oficio nada inocente e ingenuo. Veamos.
Paralelamente a mi inicio periodístico, en 1953, en el que fuera el diario La Libertad, de estirpe peronista, inmediatamente después del golpe del 55, me tenté con la convocatoria de otro compañero, Guillermo Cusnaider, en ese entonces secretario general del Sindicato de Prensa, filial de la FATPREN (Federación Argentina de Trabajadores de prensa). El golpe lo metió preso y lo marginó del gremialismo, pero me pasó la posta que tomé sin titubear. La verdad, no fue para nada una actitud ni tan siquiera audaz. El militarismo golpista antiperonista, sus actores, comparados con los protagonistas genocidas del ’76 fueron carmelitas descalzas. Ojo, claro que cometieron una barbaridad de crímenes aún impunes, como los fusilamientos, la masacre de León Suárez y los 27 años de persecución a la mayoría de los argentinos
Paradojalmente lo crítico no fue enfrentar a la patronal o a los personeros de la dictadura, sino a la conciencia desclasada de los compañeros. No se equiparaban a otras fuerzas del trabajo con claros perfiles combativos. Mi prédica por una actitud colectiva y más proletaria caía en saco roto. En el afán de convencer repetía que nosotros, los escribas, éramos laburantes como cualquiera, tan sólo con una máquina de escribir que una pala, que debíamos luchar para que nuestros salarios estuvieran el tono con el esfuerzo que hacíamos y reclamar porque se nos pagara por la fuerza de trabajo que entregábamos al arbitrio de la patronal. Que teníamos que desterrar esa especie de aureola que supuestamente nos hacía privilegiados de un status parecido a la santidad, muy a propósito de los intereses del capital empresario. Pero fue en vano. No pasaba del discurso.
Y esto viene a cuento por la realidad actual de los laburantes, incluida la de los escribas. Como no estoy retirado de la profesión, me entero de sus lados oscuros, como es la explotación laboral y salarial por las empresas mediáticas. Tal vez lo más emblemático sea aquello de las supuestas cooperativas o las pasantías, que es nada más y nada menos que mano de obra gratis con el cuento del aprendizaje. El estatuto del periodista, en aquella época, regía a rajatablas y los convenios se discutían anualmente, por lo que medianamente los salarios y las condiciones laborales alcanzaban cierto nivel adecuado. Sin embargo, en nuestras tareas las reivindicaciones logradas eran producto de la acción y la política de un Estado de Bienestar -el peronista, uno de los primeros en el mundo postguerra- y no el de la lucha. Esta certidumbre me lanzó al ruedo político, entendiendo que la protesta es social pero las soluciones son políticas, algo que no comprendían los compañeros de aquellos tiempos sindicales, el ir un poco más allá de la simple protesta, temerosos de malquistarse con el poder patronal y menos cuestionar aspectos de los contenidos, aunque les pareciera una barbaridad. Y a lo que parece, esa conciencia desclasada, luce con mayor exuberancia en la actualidad, cuando los medios pasan de ser meras empresas de ganar dinero pasan a ser expresiones ideológicas y políticas de los poderosos del mundo en detrimento de la dignidad humana: el alimento, la salud, la educación, la cultura, la seguridad social de las mayorías populares, de los que trabajan ley producen.
De todos modos, es más que legítimo afirmarse en el espacio que nos permite la sobrevivencia personal y de nuestros seres queridos, pero teniendo en cuenta que el ejercicio del periodismo no es un ejercicio ingenuo ni inocente porque sí, es un quehacer político por toda la carga de subjetividad que ello conlleva. Por eso conviene indagar, saber quién o quienes son nuestros patrones, a quienes servimos. En aquellos tiempos, el periodista era un laburante anónimo por lo que aun cuando la línea editorial que debía atravesar los contenidos de nuestra tarea no tuviera nada que ver con la mirada propia de la realidad, de alguna forma teníamos la convicción -unos pocos- que lo que aportábamos era solamente nuestra fuerza de trabajo. Hoy en día, el periodista, el que aparece como felpudo de los objetivos patronales, vienen a ser aquellos que afirmaba Gramsci: son los intelectuales orgánicos al sistema, capitalista imperialista. De esta formulación no escapan los Morales Solá, Lanata, Nelson Castro Margarita Ruiz Guiñazú, Chiche Gelblung, cuyas versiones locales, menducas, no son pocas: Carlos La Rosa, Correa y Gabrielli, entre muchos.
Y están los escribas rasos, la inmensa mayoría, que en esta era prestan gratuitamente su nombre para lo que se le ocurra a la patronal, por lo que me parece que deberían tener en cuenta lo que mi tía Eulalia, que tenía poca letra, pero mucho saber de la vida, solía decirme: «…muchacho, si no gastas las alpargatas es porque andas de rodillas».
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