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Sep 02, 2018 La Quinta Pata Cultura Comentarios desactivados en Quedándote o yéndote
A veces alcanza, para seguir viviendo, con recobrar líneas de tinta como con las que Haroldo Conti inmortalizó la intensidad del anhelo, breve como infinito, de un personaje de su pueblo. Contra los dictados que guían el mundo, en una época de adoctrinamiento y del deber-ser, acaso algunas respuestas se encuentren en insospechados destinos libertarios que sólo se permiten gracias a la osadía de las búsquedas y de marcas ya dejadas, tanto en la vida como en la propia escritura.
Ineludible, marcado estaba que íbamos a volver a encontrarnos. Fue el martes pasado en la antesala del auditorio de la sede del Banco Central en La Paz, cuando no menos de 800 personas nos apretujábamos para devolver los traductores personales que nos habían asignado a cambio de nuestros carnets. La muchedumbre salía satisfecha de la conferencia magistral organizada por Vicepresidencia en la que Razmig Keucheyan, teórico francés de renombre y estudiado en la Sorbona, expuso en inglés sobre “Geografía del Pensamiento de Izquierda Mundial”, un exhaustivo mapeo de autores y corrientes del marxismo clásico, el de posguerra y el contemporáneo, siempre en el marco de actividades por los 200 años del nacimiento de Karl Marx. Desde luego, el anfitrión era Álvaro García Linera, uno de los tres sudamericanos mencionados por el francés junto al peruano Juan Carlos Mariátegui y el argentino Ernesto Laclau. Y desde luego también, en sus punteos posteriores acerca de lo expuesto por “el profesor”, García Linera le dio relieve a la conferencia, independientemente de que yo, lo confieso, esté enamorado de él. La idea era escribir sobre eso, sobre la conferencia. Pese a la dificultad de tomar notas por el vértigo de la traducción, podía rescatar algunas líneas limpias y contaba con los treinta minutos grabados de los conceptos vertidos por el vice, ¿para qué más? Pero no, les ganó mi nuevo amigo, hasta entonces anónimo a voluntad, que sonriente me reconoció primero en la vorágine por la recuperación de los respectivos documentos en la caja que iba del traductor 500 al 600, como para que la vida, el destino, la dialéctica o qué se yo qué, volvieran a asimilarnos. Después del cordial abrazo me inquirió en su habitual tono entre sapiente e indignado que ya conocía: “¿has escuchado a este señor? ¿qué te ha parecido? ¡no está a la altura del Álvaro! ¿qué ha dicho? ¡qué ha dicho! nada, nada, fruslerías nomás”, mientras se agarraba repetidamente la cabeza y yo coincidía y reía para mis adentros.
Ya en la vereda y sabiéndome mendocino dijo: “como lo ha dibujado Quino -y unió las yemas de su mano derecha en un racimo hacia el cielo nocturno-, la vida es un pañuelo y nos encontramos en cada punta”. Y mientras le seguíamos sacando la mierda al francés -ahora el emputecido era yo: “¿cómo un tipo que se dice de izquierda va a cerrar su exposición citando a Macrón? ¡a Macrón!”-, busqué en el teléfono el texto que escribí para este portal hace dos semanas (http://la5tapata.net/marx-explicado-a-los-jovenes-garcia-linera/), cuando nos conocimos, y le dije que él había sido el hilo conductor. “A ver, a ver”, dijo. Leí: “Mi vecino de asiento relojeó mis noticias y atrevido me pidió que le contara de la crisis, de nuestra crisis. ‘En parte por eso estoy acá’, le expliqué al presentarme como periodista, y él lucidamente afirmó: ‘lo que pasa es que los argentinos no tienen memoria’. ‘No señor’, coincidí, ‘ni gratitud’. Entonces entablamos un curioso diálogo que él fue derivando desde la política a la historia de las civilizaciones, a la astronomía y a la biología, y en el que -contra lo acostumbrado- el inquirido era yo: ‘¿sabes por qué los europeos se hicieron altos y los americanos nos fuimos quedando bajitos?’, ‘¿vos crees que la democracia nació en Grecia y que existe como tal?’, ‘de nada te sirve leer solo en tu cuarto, tienes que leer en el bullicio, en el medio de la Uyustus para aprender’…”.
Entonces, finalmente, logré sonsacarle su nombre. “Dígamelo, por favor amigo”: “César Espejo”. Casi caigo de culo. Más poético, más significativo para mí, no podía ser. Retomamos por media hora charlas abiertas sobre la ciencia y las civilizaciones, surgió que volviéramos a encontrarnos, que quería pasarme archivos que tiene digitalizados de filósofos chinos y de los inconseguibles escritos iniciáticos de Perón. Le pedí su número de teléfono. Como imaginaba, no tenía, y estuvo diez minutos más hablando sobre espionajes que vienen de la Primera Guerra, de tecnologías que sólo sirven para dominarnos, de lo bien que se la pasa así. Le anoté mi número y mi dirección y quedamos en que lo esperaba el jueves al mediodía. “Tú me dices ‘nos vemos mañana a tal hora en la cima del Illimani’ y ahí voy a estar, caminando pero estaré”.

Jueves por la mañana, el dolor país me tenía atenazado en la cama, la rabia y la impotencia por tanta saña y bestialidad me quitan fuerza para seguir peleando este destino. Argentina hundiéndose y yo con ella. Me levanto y es mediodía, la cabeza se me parte y la única perspectiva para el día es la intriga sobre el encuentro con César. Llama desde un teléfono público, “estoy llegando”. Apenas me lavo la cara, salgo a la vereda y veo que viene subiendo, agitado, por la pendiente empinadísima de calle Guachalla. Todavía lo trato de usted: “¿Y dónde vive César?”. Me señala hacia el centro, en el bajo, entre dos modernos edificios, y me cuenta que hace unos 40 años que no subía por estos lados. Pasamos, le sirvo agua, armo el sofá-cama y preparo café, empieza a relatarme su vida por primera vez: desde muy joven resolvió marchar, andar así como así por el mundo. El Mato Grosso y medio Brasil, entre la selva, la arena y el mar; Colombia y Perú; el sur en Santiago, Buenos Aires y Córdoba; su país entero en distintas rachas, con completitos años viviendo en la calle o en el campo; subsistiendo de las mil y una changas, desenrollando quince oficios: peón rural, artesano, técnico compone-todo, profesor sin título, buscavidas.
“Al menos tienes algo”, me dice al estudiar alegre los dibujitos de la Mona que alumbran mi zapie con sus ‘tíu-tíu-tíu’. Él tampoco tiene hijos pero me reprende cuando apuro la segunda taza de café: “tienes que alimentarte bien”. Dejo que hojee mis libros, que ojee mis plantitas y que conozca a quienes están en mis fotos: Evita -“¿Duarte, no?”-, mi mamá a sus quince años y ahora, mis hermanas, mi sobrina, la Lola y “ninguna novia”, dice, y por un buen rato disfrutamos hablando de mujeres. Mientras fracaso en copiar los archivos que trajo, lo descubro junándose en el espejo de la puerta del baño y le pregunto la edad. Con la típica presunción de las muchachas paceñas me devuelve un “¿cuánto crees?”. Estudio sus canas indescifrables bajo una gorra que no se quita nunca, su estatura chola más empequeñecida bajo una chamarra que es pura bandera ecuatoriana y sus rasgos de trotamundos no demasiado tajeados por la intemperie. Antes de tirar una cifra dice “63, pero me dan menos, hace poco una mujer dijo que tenía 46”. Y los papeles maripositas de la Mona pegados en el espejo, con sus “paz”, “te envolvemos en luces de colores”, “te voy a extrañar”, “no te olvides de nosotras”, revolotearon todavía un poco más.
Hablando de Argentina y después de que recontraconfirmara que, aunque me cagara de hambre, por un largo tiempo iba a seguir probando en Bolivia, César me hizo “dos propuestas, porque yo sé lo que es estar lejos y no tener nada”: regalarme un catre que tenía en su casa -“bueno, bueno, de buena madera”- y presentarme en un diario, “donde a lo mejor te dan trabajo”. Busqué mi hoja de vida y bajamos, recto por Guachalla, de Sopocachi Alto hasta Miraflores, atravesando una rutina sin fin que ya me era obsoleta y que de repente recobraba esencia a mis sentidos, a la par de un sol que despuntaba por primera vez en una mañana lluviosa. En el camino volvió a brotar el Diógenes incesante, su sed de conocimiento y de enseñanzas, su asombrosa cultura y su ininterrumpida verba itinerante y cuestionadora. Así paseamos por el aymara, la riqueza del español y la elementalidad del inglés; por la posverdad que miente hasta en su nombre porque “no es otra cosa que mentira”; por la ancestral diversidad humana y material del Abya Yala que nos cobija; por traiciones y saqueos que nos siguen vaciando y por las resistencias que no claudican, como la de su orgulloso Estado Plurinacional -“éramos el país más atrasado del mundo, ¿y ahora qué somos? ¡qué somos!”, exclama sonriendo al cielo con sus manos en cuenco por sobre su cabeza-; por los pueblos que olvidan y están condenados a sufrir por esa desmemoria; por la geografía y nomenclatura de la ciudad; por la física, la química, la matemática y el arte, “todo lo que necesitamos conocer para vivir”; por sus amados sabios chinos y un par de los nuestros que tenemos en común.
Tras cruzar las avenidas me dio a elegir puente: el nuevo, el que yo llamo rojo y ellos gemelo, o el tradicional, el que yo llamo amarillo y es el de “Las Américas”. Le pedí que decidiera él y optó por el antiguo, el que nos hacía el camino más jodido, más largo, “como es el de la libertad”. La libertad y los puentes, con esa altura única, nos llevaron a hablar de los suicidas. Entonces le conté la novela de Di Benedetto y que algo sabía de los que se lanzan acá, por historias que escribe mi amigo Pol (http://la5tapata.net/cronicas-pacenas-vii-dale-loca/) y pensé, para mí, que César también podría ser escrito por Pol (http://la5tapata.net/poncho-negro/). Al cruzar “Las Américas”, obnubilados en el ir y venir de las cabinas aéreas de la jovencísima línea celeste, le pregunté qué onda el teleférico. Creo que me contestó en aymara, con una carcajada de alegría y bienaventuranza. Y apuntó que no sube, que va cuando inauguran una línea. Y me preguntó si sabía que su tocayo -por César Dockweiler, el presidente de la empresa estatal a quien entrevisté- era militar “de los buenos”. Claro, como Bolívar, San Martín y Perón, coincidimos. Cuando quise darme cuenta estaba en Miraflores, por primera vez completamente orientado y seguro de que no iba a perderme al regresar.
Llegamos donde llegamos, adonde yo en medio de las mil búsquedas quise ir, donde mi hermano linyera me llevó casi de la mano, pero libre como él, confiando en que habría una posibilidad real para mí, el periodista argentino desahuciado del horror con sus granitos de arena dispuestos a seguir soplando botellas a este lado de la frontera. Delante de César y frente a un afiche del Evo agrario leyeron mi hoja de vida, me dijeron que a la tarde me llamarían, me llamaron, el viernes hice una prueba y, después de seis meses de yugarla por todos lados, cuando ya tenía el agua al cuello por la devastación argentina, el lunes empiezo a trabajar. De periodista.
Confié en que me darían el trabajo, que lo merezco, que mis almas en mi país se lo merecen, pero fue este señor mago el que hizo cuajar mis estrellas. Cuando salimos tuve que insistirle para que aceptara la invitación para ir a morfar por ahí. De los tres segundos elegí pollo a la mostaza y mi amigo -“puedo estar catorce días sin comer”- tallarines con tuco. Inmediatamente recordé que al día siguiente iba a tocarme pollo en mi caserita, así que me desdije por los tallarines. Entonces mi amigo trocó por el pollo, “pero sin mostaza”, sólo para hacer murmurar a la casera. “Aquí vamos de nuevo”, pensé ante la simétrica de la trasposición, “dialéctica pura, espejos, puentes gemelos, el yin, el yan, el joint…”.
Se sacó la gorra por primera vez y vi su pelo aún húmedo por la lavada matinal de golondrina. Los libros reaparecieron en la mesa y con ellos los chinos, Dostoievski, el mancomunado discurso contra-académico, Tesla por sobre Edison, la Guerra del Chaco, el Álvaro… Le pregunté si escribía y me dijo que en una época, que ya no lo hacía, que vivía despojándose de todo, así como hay que hacer con las lecturas, terminar un libro y seguir por el otro -“así como he ido comiendo el pollo, ¿lo ves?”, impecable el ala sobre el plato-, pero que no era importante, que la sinapsis, la memoria y la muerte, lo deseemos o no, siguen haciendo su trabajo. Entonces le apunté “Auto de fe”, la novela de Elías Canetti en la que un tipo que se ha devorado una biblioteca de diez mil libros, por circunstancias políticas y económicas -el nazismo-, se ve obligado a desprenderse de ellos y comienza otra vida, otra tortura, con los diez mil nadando de continuo por su materia gris. Agarrándose la cabeza César no se apiadó del personaje de Canetti, sino de “unas señoritas licenciadas” con las que había conversado días antes y él, siendo bueno, les había explicado que con unos cinco mil libros en la vida andarían más o menos bien por la senda del conocimiento. “¡Ah no! Eso no es vida señor”, dijeron las señoritas para mortificación y regocijo de mi amigo.

Salimos del bulín y con el ritmo lento de panzas llenas y de pasos en común, comenzamos a separarnos. César ofreció acompañarme hasta la punta sur del puente rojo mientras no nos poníamos de acuerdo sobre el catre que me quería regalar y el pase de archivos en un cíber. Yo le decía que dejáramos todo para la semana siguiente, que no había apuro. Entonces entendí: César se va, raja de nuevo, después de dos años seguidos en La Paz necesita otros cielos, a pesar de que no son ni serán diáfanos como los que acá respira. Está más allá de eso, es el primer hombre verdaderamente libre que conozco. “Si no te llamo es que me fui”. La penúltima pregunta fue mía: “¿pero cómo, te levantás un día, decís ‘quiero irme’, armás el mono y te vas?” “Claro”, dijo, “¿si no quién va a hacer la revolución?”. Caminamos un poco más y nos despedimos deseándonos suerte. Me volví a mirarlo y, por supuesto, él no dio la vuelta. “Que te cuide el Che Guevara de los itinerantes”, musité.
La sabiduría autodidacta de mi abuelo Renato, gringuito huérfano que se forjó en el hambre y se templó en la resistencia peronista; más la trashumancia de mi nono Marino, al que no conocí y acabó en la fosa común del cementerio de San Pedro en Jujuy, mendigo y seguido por culillos aborígenes después de haber cruzado el mar desde la Italia fascista a una Buenos Aires donde tuvo familia y fracasó; se me vinieron encima. Al otro día volvería a sentir lo mismo, llorando y agradecido, mientras cruzaba el mismo puente. Yo, que antes de partir, había prometido “regar con saliva las raíces escondidas”.
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Qué se yo. Si no hubiese ido a la charla sobre Marx, si no nos hubiésemos sentado a la par, si no hubieras chusmeado lo que leía en el teléfono sobre la crisis argentina -¡si no hubiese crisis argentina!-, si no te hubiera escrito como personaje central en una nota sobre materialismo histórico, si no te la hubiera leído gracias al pañuelo de Quino… me perdería de muchas cosas en el breve tiempo en el que nos conocimos. Vos te vas, Espejo, y yo me quedo y es muy posible que nunca volvamos a sabernos. Vos, tan dueño de nada como de todo, me dejaste las preguntas necesarias y lo único que vitalmente necesitaba en la mayor de mis encrucijadas, un laburo, una posibilidad. Pero antes de eso, de la prueba del viernes, para mí ya les habías ganado a todos y a todo acerca de lo que quería escribir: a Marx, al franchute, a García Linera, a la angustia y a la espera, a la realidad y a la ficción, a la verdad y a la mentira. Porque ya sabía, campeón, que toda esta nota era tuya. Porque junto con mis muertos y mis vivos, caminás acá y allá conmigo.
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