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Oct 14, 2018 La Quinta Pata Entrevistas Comentarios desactivados en Sur, paredón y después
Como respuesta al ciclo de gobiernos que ejercieron soberanía en América Latina, la estrategia estadounidense ha virado a una brutal ofensiva política, militar y financiera en una nueva vuelta de tuerca del intervencionismo imperial con el objetivo de siempre: quedarse con nuestros recursos naturales. En este contexto, Juan Ramón Quintana, experto boliviano en geopolítica, analizó minuciosamente la problemáticas de los Estados y sus fronteras, la sumisión y entrega de los gobiernos neoliberales, la alarmante reconfiguración del mapa regional y los faros de resistencia que subsisten en Cuba, Bolivia y Venezuela.
Una de las más precisas reseñas sobre Juan Ramón Quintana Taborga figura en “BoliviaLeaks, La injerencia política de Estados Unidos contra el Proceso de Cambio (2006-2010)”, que fue publicado en 2016 por el Ministerio de la Presidencia del Estado Plurinacional de Bolivia (https://www.consuladodebolivia.com.ar/wp-content/uploads/2016/07/BOLIVIA-LEAKS.pdf), obra fundamental de la cual fue coordinador. Allí podemos enterarnos de que es cochabambino; fue oficial del Ejército pero solicitó su retiro para dedicarse a la sociología; creó y dirigió diversas instituciones en materia de defensa, seguridad y democracia; tiene estudios de maestría en Filosofía y Ciencia Política; ha sido investigador y becario del Instituto Francés de Estudios Andinos (IFEA), del Consejo Latinoamericano de Ciencias Sociales (CLACSO) y del Programa de Investigación Estratégica en Bolivia (PIEB); es autor de numerosos ensayos y estudios; consultor en estos mismos temas y coordinador nacional de programas internacionales de investigación académica para su país. En el más terrenal plano político ha sido director ejecutivo de la Agencia para el Desarrollo de Macro-regiones y Zonas Fronterizas (ADEMAF) y en dos períodos ministro de la Presidencia, siempre para la gestión de Evo Morales. Desde hace poco más de un año es embajador en Cuba.
Sin embargo, su verdadera carta de presentación queda eclipsada por las referencias que recibí acerca de él por parte de compañeras y compañeros argentinxs y bolivianxs con sólo mencionarlo: “es uno de los cuatro pilares estratégicamente políticos del proceso de cambio” (junto con Evo, García Linera y Luis Arce, exministro de Economía); “un cuadrazo extremadamente lúcido”; “el cerebro del reposicionamiento de Bolivia hacia el mundo”. Comprobarlo personalmente, en una entrevista concretada en su departamento paceño de Sopocachi un domingo por la tarde, es uno de los tantos milagros que agradezco a esta tierra y a este oficio. Entrevista que fue más particular aún porque era el “Día del Peatón”, con lo cual ni un solo vehículo circuló en la jornada, consiguiendo así que la ciudad hiciera por una vez honor a su nombre. De allí la desmesura de la desgrabación de 58 minutos, “planchada in toto”, que a continuación ofrecemos. Pero antes un textualito, sólo como anticipo:
“Estamos viendo una comunión temporal y de ciclo político entre gobiernos de derecha y la expansión de los intereses norteamericanos en la región. Los gobiernos de derecha están impulsados, financiados y apoyados por Estados Unidos, no solamente por el discurso del modelo de vida norteamericano, capitalista y dependiente del consumo, sino porque tampoco podrían sostenerse sin depender de esa matriz ideológica, política y cultural del imperio. Es decir, sería una anomalía pensar en una derecha sin imperio, en una derecha que por definición no tenga el tutelaje imperial. No existe eso, ni teóricamente ni políticamente. La sumisión de los proyectos conservadores de derecha es casi como la ley de gravedad política conservadora. Los gobiernos de derecha, por definición, son sumisos y dependientes de esta matriz civilizatoria hegemónica del imperio. En el siglo XIX y parte del XX lo fueron respecto de Europa, pero tras la Segunda Guerra Mundial esa dependencia sumisa se trasladó hacia Estados Unidos”.

La entrevista fue hace 40 días, toda una eternidad si contemplamos los vertiginosos tiempos que corren y nos acorralan en la región; con cortes internacionales de injusticia, reajustes sobre reajustes y Bolsonaros mediante. Mi ingenuo objetivo era consultarle a Quintana por el drástico (¡pero aún no tanto!) giro a la derecha en la mayor parte de la región y sus consecuencias y perspectivas, con eje en la creciente militarización de Argentina y Chile en las fronteras con Bolivia como excusa detonante. Me sorprendió, me alumbró y agradecí la extensa introducción histórica del entrevistado. Lo que vino después fue cada vez mejor. Dixit hasta el final:
La frontera es un escenario de múltiples actores, intereses y objetivos. Desde el Estado, la frontera se define a partir de su vocación territorial, pero también a partir de intereses más políticos. Es, en realidad, como una síntesis territorial del Estado, o sea, dime qué tipo de fronteras tienes y te diré que tipo de Estado tienes. Bolivia, por ejemplo, se ha configurado históricamente sobre la desvertebración de sus fronteras, que son a su vez la expresión de la desvertebración del Estado. Por eso hoy Bolivia tiene menos de la mitad del territorio con el que nació. Más allá de las derrotas o las victorias militares en la configuración del territorio fronterizo, en general ha sido un asunto marginal para el Estado.
Desde el principio hubo proyectos de construcción nacional más vinculados a una lógica territorial y política, que asumía las fronteras como algo marginal antes que inherente al Estado. Para los mineros gobernantes del siglo XIX y buena parte del siglo XX, las pérdidas del Pacífico, del Acre, del Chaco, les dolían menos que la pérdida de una oveja en sus latifundios.
El territorio no adquirió la importancia que merecía tener, a excepción de algunos momentos históricos en los que se antepuso como prioridad el consolidar al Estado en sus bordes. Es el caso de Santa Cruz, con su proyecto de Federación Peruano-Boliviana, que era un proyecto no tanto de expansión territorial como de construcción de una comunidad. O el caso de Ballivián en el siglo XIX, que asume el territorio fronterizo como un factor de ajuste económico y político de la crisis para desmovilizar al Ejército y entregarles tierras en la frontera oriental. La Guerra del Pacífico es una expresión muy clara de cómo se concibe la defensa del territorio.
Si quisiéramos leer los procesos de construcción estatal en Bolivia, tendríamos necesaria e inevitablemente que pensar en la construcción del territorio y eso tiene que ver con la constitución geográfica del Estado. Es una manera de leer al Estado, no solamente desde las leyes, la cultura o la política, porque tienes el siglo XIX y parte del XX muy vinculados al mundo minero, entonces se mira al Estado desde el factor del excedente. Es el excedente económico el que finalmente organiza la cosmovisión sobre el Estado. Y esa manera está siendo resuelta con la constitución del Estado Plurinacional y sus políticas de consolidación del territorio.
Es un proceso gradual, lento, de recuperación de la soberanía territorial a través de la descentralización del poder político, de la asignación de responsabilidades a las autoridades locales, de una división política del Estado que termina en su control territorial. Pero va a tardar bastante tiempo para que podamos afirmar que el Estado boliviano es plenamente soberano en el control de sus fronteras. Esto obedece a las complejidades de la internalización de esas fronteras y a problemáticas de la migración, como son los delitos complejos, las nuevas tecnologías, la movilidad humana y las crisis económicas de los Estados y sus políticas humanitarias. Todos esos elementos afectan al desarrollo y a la dinámica interna de las cuestiones fronterizas.
El Estado, en este proceso político, ha asumido sus responsabilidades, y una de las más importantes es el ejercicio de la soberanía. Por eso no es casual que se haya desmontado una estructura internacional de intervención extranjera sobre el destino del país. Antes de Evo tú podías decir que había democracia, o que había Estado de derecho, un Estado, pero era parte de la falacia, de la quimera política que se vendía a la sociedad. Porque el primer examen que da un Estado tiene que ver con la capacidad de controlar su territorio y antes del 2005 Bolivia estaba lejísimo de ser un Estado desde esa perspectiva. De hecho, había cedido el territorio a la intervención de fuerzas extranjeras: teníamos una base norteamericana en el Trópico y a USAID -Agencia de los Estados Unidos para el Desarrollo Internacional-, que intervenía en la dinámica económica, social, cultural y de seguridad pública en todo el país.
Los programas norteamericanos habían penetrado sin control del Estado, sea central, regional o municipal. Las Fuerzas Armadas estaban ocupadas, Bolivia estaba ocupada, intervenida políticamente, la Embajada pesaba demasiado. Pero no solamente por Estados Unidos, también por agentes del capital internacional que habían asumido que Bolivia era un Estado casi inviable, un Estado caído al que había que asistir económicamente y asesorar técnicamente para financiar su miseria. Por lo tanto, hacían lo que se les antojaba. Manejaban a su antojo ministerios, municipios, gobernaciones, instituciones públicas, obviamente con la complicidad de los gobiernos nacionales que habían abdicado en su mandato de gobernar.
En realidad no gobernaban al país, sino que estaban al servicio de múltiples intereses, tanto de ‘cooperación’ como económicos y transnacionales, que aseguraban esa paz ciudadana y democrática mediante violencia estatal, como la burocracia de la fuerza para contener los movimientos sociales y garantizar las inversiones discrecionalmente.
En ese contexto hablar de soberanía, de democracia, era un exceso. Y además de un exceso era humillante. Y el pueblo boliviano no tenía plena conciencia sino recién a partir de que se provocó este ciclo de crisis de fraccionamiento de la sociedad a través de la Guerra del Agua, a través de las demandas de un cúmulo de conflictividad de los movimientos cocaleros, campesinos, indígenas.
Después está la definición territorial de los Estados y sus políticas, que generan una conflictividad interestatal, pero sobre todo regional, y por tanto traslada a una disputa internacional. Hay Estados que deciden que sus fronteras sean porosas, hay otros que las militarizan y otros que tienden a la institucionalidad del control. A su vez está el despliegue del poder imperial hegemónico norteamericano respecto al territorio, pero no tanto pensándolo como Estado sino desde una perspectiva de los recursos naturales, de la apropiación de esos recursos.

Estamos en un momento en el que después de tener gobiernos de tendencia progresista, de emancipación de pueblos, de recuperación de sus soberanías, que fueron golpes durísimos para el imperio, hemos ingresado a otra fase. Hay una contraofensiva que está tratando de desarrollar una política de escarmiento sobre esos grandes logros de la política del proyecto socialista cubano, del proyecto bolivariano venezolano, de la socialización democrática boliviana, del kirchnerismo en Argentina.
Asistimos a una contraofensiva político-militar del imperio en América Latina para tratar de recuperar el espacio hegemónico perdido, que no es poca cosa: petróleo en Venezuela y Ecuador, gas en Bolivia, productos agroindustriales en Argentina, es decir recursos naturales.
Esta gran ofensiva ya no es la estrategia de ejercer control sobre la base de gobiernos militares como durante el Plan Cóndor, ni tampoco el modelo de la época neoliberal de los ‘80 y los ‘90. Es otro modelo hegemónico de intervención híbrida, con la instalación de un discurso de recuperación democrática que en los hechos combina con golpe. Es decir, se combina dominio a través de golpes blandos, judiciales, parlamentarios, con el acceso por vía democrática que posesionan a gobiernos conservadores.
Para que los gobiernos conservadores retomen el poder, pasan necesariamente por estas estrategias estadounidenses. Y la ‘cooperación militar’ es el fundamento para disciplinar y avanzar sobre territorios y recursos. En Argentina ha pasado eso con un golpe político-mediático que ha desmontado el discurso kirchnerista y se ha impuesto una narrativa casi de salvación nacional frente a lo anterior.

Hay varias estrategias de reocupación como el lawfare y la guerra comunicacional, pero a esto se agrega la estrategia militar, que en realidad va a ser uno de los factores clave para sostener la estrategia de reocupación política. Porque los gobiernos de derecha que están asumiendo el poder en el continente, si bien tienen las condiciones necesarias para sostenerse, no son suficientes, porque se ha gastado el discurso neoliberal frente al desarrollo de la conciencia de nuestros pueblos. Como ya no alcanza la propuesta neoliberal para sostenerse en el gobierno, necesitan inevitablemente una dosis de fuerza militar que viene de afuera. Para eso necesitan domesticar sus fuerzas armadas nacionales.
Esto se hace con un entramado de acciones desde la perspectiva del Departamento de Defensa de Estados Unidos, que pasa por el Comando Sur y se traduce en políticas de alineamiento militar. Si ya lograron el alineamiento político lo fortalecen con el alineamiento militar. Entonces desarrollan maniobras militares conjuntas, una doctrina antiterrorista conjunta, mecanismos de cooperación seudo-solidarios, operaciones seudo-humanitarias, instituciones para crear comunidades de inteligencia, todo un conjunto de mecanismos.
Así como el FMI le exige a cada país el cumplimiento de un conjunto de requisitos para el disciplinamiento fiscal, lo mismo hace el Comando Sur para el disciplinamiento militar. Entonces tenemos entrenamientos y operaciones bajo una sola doctrina que significan invasión de sus organismos de inteligencia, enajenación de las fuerzas armadas, construcción de un enemigo en común y, por lo tanto, de una amenaza en común.
Todos los países, todos los pueblos de América Latina hoy están amenazados por esta forma de intervención militar que en algunos países está facilitada por gobiernos de derecha que están entregando la soberanía de su Estado al gobierno militar del Comando Sur. Es el caso de Ecuador. Lo que está en la Constitución Política del Estado, que sostiene que no puede haber ninguna base militar extranjera, hoy es papel mojado. En menos de un año y vía traición política de Lenín Moreno, no a Rafael Correa sino a su pueblo, ha dado un giro de 180 grados para entregar su país a la voracidad del capital financiero internacional, al FMI y al disciplinamiento, así como la seguridad del Estado a los planes del Comando Sur.
Si trasladamos eso a otros países, vemos que el diseño estratégico del Comando Sur tiene que ver necesariamente con el grado de desarrollo y modernización de las fuerzas armadas de cada país. No aplican la misma receta de domesticación para Chile, Ecuador o Argentina, sino que leen los contextos y aplican una determinada política en particular.

En América Latina, cuyos pueblos se han rebelado contra el dominio norteamericano durante una década y media y se ha desmantelado el discurso del narcotráfico, se ha desmontado el discurso antiterrorista y se ha recuperado la soberanía doctrinaria de las fuerzas armadas de los países, ese escenario requiere ser replanteado. Entonces la pregunta de fondo es cuál es la política de seguridad de Estados Unidos para América Latina post-gobiernos progresistas. Porque las fuerzas armadas están en un dilema, han obedecido durante más de una década a un proyecto nacionalista popular y hoy se ven en jaque con gobiernos de derecha.
Es una anomalía que las fuerzas armadas argentinas, que de alguna manera recuperaron soberanía y estaban en camino de reconstruir su desarrollo industrial, de tener control espacial y sobre sus fronteras, hoy estén interpeladas por el proyecto de un presidente decidido a entregar su país a las fauces del sistema financiero internacional. Porque no hay posibilidad alguna de que un gobierno diseñe una política económica distinta a la política de seguridad. El destino que tiene el complejo militar argentino es el destino que tiene su economía. Por lo tanto, el destino de los recursos naturales de la Argentina es el destino que le corresponde a su economía y a su moneda. Por eso es un proceso de recolonización financiera, política y militar.
Desafortunadamente, algunas de las fuerzas armadas no tienen el blindaje ideológico e institucional para poner límites a la intervención norteamericana porque no son deliberativas y dependen del gobierno, que les impone un modelo de entrega. Lo que hace el gobierno argentino es allanar el camino para la intervención de las empresas internacionales en los núcleos estratégicos vinculados a los recursos. Y las fuerzas armadas terminan por transformarse en gendarmes domésticos de ese proceso de transnacionalización.
Para que eso ocurra necesitan que esas fuerzas armadas desarrollen una hipótesis de conflicto, que es la de que el enemigo está en la frontera. Los gringos, después del ataque de septiembre de 2001, para ejercer más control sobre el lomo del supuesto terrorismo y cabalgando sobre las ancas de la doctrina de la guerra preventiva, decidieron que la triple frontera se convirtiera en un territorio de amplio nivel de amenaza a la seguridad de tres países. Y con eso, inventándose un enemigo, estaban definiendo, prácticamente, la intervención militar.
Hoy ocurre lo propio, se están inventando un enemigo combinado, con un rostro más difuso. Aducen narcotráfico, terrorismo, ciber-ataques, fronteras muy débiles, entonces necesitan garantizar el control territorial. Para eso desarrollan ejercicios conjuntos en el norte de Chile, o te instalan una base militar en algún lugar de la Patagonia o del norte argentino, o te mejoran las condiciones de infraestructura en la frontera entre Paraguay y Bolivia, o tenés fuerzas militares norteamericanas desplegadas entre los valles que producen coca en el Perú.
Son distintas maneras de ir domesticando el territorio y sus fuerzas armadas sobre la base de esta idea de construcción del enemigo. Esta estrategia de despliegue imperial en la región se formaliza a través de los espacios de vinculación institucional. Es decir, institucionalizan la ocupación a través de conferencias de ejércitos americanos, de sus fuerzas aéreas, de sus armadas, desarrollando una doctrina de las guerras asimétricas e inventando comunidades de inteligencia.

Eso se puede romper unilateralmente desde Bolivia pero debiera ser más un proyecto regional. Frente a este peso abrumador de la intervención militar de Estados Unidos, la respuesta histórica e inteligente es la construcción de un gran proyecto de seguridad regional que permita la integración de nuestros ejércitos frente a la intervención extraterritorial. Un sueño militar bolivariano garantizaría la soberanía territorial. Lo que pasa es que nuestras derechas están ilusionadas con el sueño de Monroe, de que nuestros pueblos se sometan al modelo civilizatorio exitoso del siglo XX o del siglo XXI.
Es una disputa ideológica y territorial: nosotros somos los hijos naturales de los sueños de la integración americana, por lo tanto del sueño bolivariano, de los pueblos indígenas que han concebido al Abya Yala como un territorio en el que se puede convivir en comunidad. Para Estados Unidos eso es una amenaza a sus condiciones de dominio. Y lo resuelve dividiendo los países, separando nuestros intereses en la región e interviniendo en cada uno de ellos.
La característica dominante del Plan Cóndor fue la promoción de golpes de Estado y la instalación de gobiernos militares títeres por parte de Estados Unidos para contener el comunismo y controlar la región. Ahí se desarrolló una intervención protagónica de la CIA, se realizaron genocidios, fue un momento histórico brutal, el momento de la penetración criminal más importante en los ‘60 y ‘70, en los que no les importó nada el concepto de democracia.
La gran diferencia con lo que ocurre hoy es que ya no necesitan de los militares para dar golpes de Estado. Hoy los actores que obedecen a los intereses norteamericanos pasan por los medios criollos hegemónicos, por los poderes judiciales, por las estructuras políticas conservadoras y otras como las ONGs, que se convierten en pequeños hongos políticos distribuidos en el territorio, como las iglesias y las universidades conservadoras. Y por supuesto, la maquinaria imperial que está encuevada en las embajadas, que hacen su trabajo de lobby político para articular los proyectos desestabilizadores en los países que tienen proyectos progresistas, o para apoyar programáticamente a gobiernos neoliberales y evitar que se caigan.

Chile ve hoy a Bolivia como una amenaza a su desarrollo económico, político y técnico. Por eso esta adicción dependiente de Estados Unidos, a los que ve como su tutor ideológico, político y militar, como el factor que garantiza su tutelaje estratégico en gran parte del Pacífico. La señal que envía Chile a Bolivia con este tipo de operaciones fronterizas tiene que ver con tres aspectos centrales para su futuro:
III) Bolivia está pasando a tener un papel en las ligas mayores de la geopolítica global a partir de convertirse en la plataforma de comunicación entre el Pacífico y el Atlántico con el Corredor Bioceánico. Este reordenamiento del comercio global del Asia hacia el Pacífico, la coloca en un escenario de alta definición geopolítica. Otro factor son las buenas relaciones que tiene con China y Rusia. Es decir, se va a convertir en un factor propulsor del comercio para el siglo XXI. Bolivia va a dejar de ser un país encerrado en sus montañas, enclaustrado geográficamente por Chile, para ser un país que comunica dos océanos y, por tanto, presidiendo la dinámica del siglo XXI.
No me cabe la menor duda de que con este proyecto macrista Argentina termine como en 2001, hipotecando a su sociedad en este proyecto loco de ajustar el estómago de los argentinos para favorecer al gran capital. En lugar de ir hacia el proyecto del 2030 Argentina está retrocediendo a fines del siglo XX porque el proyecto macrista es de descomposición social, de desvertebramiento del Estado. Entonces se posiciona como el eslabón débil en esta cadena de dominio imperial, cediendo Vaca Muerta, cediendo su territorio, cediendo la Patagonia… Hay una laguna en el norte cuyo dueño es un empresario norteamericano… Ése ejemplo es el modelo de despojo de sus recursos naturales, de su territorio y de su soberanía política. La Argentina no tiene escapatoria: o apuesta por su liberación económica, o el pueblo va a tener que resignarse a ser un peón domesticado en el tablero internacional.
Es una incógnita, antes era una referencia para América, casi era un buque insignia como Argentina y Brasil, veíamos un país democrático, solidario, hospitalario y progresista. Desde el Tratado de Libre Comercio, México se transformó en un apéndice subalterno y marginal de Estados Unidos. La consecuencia es haber convertido al país en un cementerio, las políticas de seguridad de Estados Unidos han hecho que México ponga los muertos mientras ellos ponen las armas. Por lo tanto, el futuro de México en el marco del TLC era expandir la periferia de su cementerio.
Hoy, con el punto de quiebre de las elecciones que han llevado a Andrés Manuel López Obrador a la presidencia, temo que su margen de maniobra va a resultar conflictivo porque el imperio ha llevado demasiado lejos su intervención: tiene control de su economía, de las remesas, hay inversiones exorbitantes del capital norteamericano, tienen el control de su matriz energética, de la seguridad del pueblo mexicano y la penetración profunda en la estructura doctrinaria de las fuerzas armadas. Entonces creo que el futuro para AMLO es el que vivió Sísifo, imagino esa metáfora para su gobierno: un deseo de llegar a la cima pero que pasa por la mutación, por la mutilación corporal. Ojalá a México no le depare ese mito sino más bien el mito del Ave Fénix.
Cuba es un país que, por encima de cualquier episodio político en su relación con Estados Unidos, mantiene invariable una conducta anti-imperial y anticapitalista. El proyecto socialista no se distrae por algún discurso seudo-amigable, o por una treta política norteamericana, ni se deja seducir por ninguna propuesta imperial. Porque Estados Unidos, más allá de sus presidentes y de sus propias cúpulas y de lo que opine su propia sociedad, mantiene políticas invariables.
Cuba tiene muy claro el camino de la Revolución Socialista para emancipar a su pueblo, está en un momento de pleno debate de su constitución, que le va a proponer a la sociedad cubana, sin perder los valores fundamentales de la Revolución, un camino de actualización de su economía que tiene que moverse interpretando lo que ocurre en el mundo. No puede vendarse los ojos para sobrevivir en medio de esta furia capitalista. Están actualizando sus distintas áreas con un debate profundo sobre el camino a adoptar para seguir enfrentando al imperio, pero nunca abandonando los mandatos históricos con los que peleó Martí o los que forjó Fidel durante casi 60 años.
Son varios los vasos comunicantes entre la revolución cubana y el proceso de cambio en Bolivia. Primero nuestro comportamiento anti-imperial, porque somos dos hermanos que abrazan principios anticoloniales y anticapitalistas, eso permite una comunión entre pueblos. En segundo lugar, el internacionalismo solidario de Cuba, que ha permitido que en Bolivia se desarrollen grandes proyectos de inclusión social, salud, educación, cultura. Hay una comunión de trabajos y pensamientos vinculados a la integración de América Latina entendida como la condición necesaria para la emancipación.
No puede haber segunda independencia si nuestros pueblos no están integrados y unidos. Otra característica común es la resistencia, que es el primer paso de la victoria, somos dos pueblos que resistimos el asedio imperial con tenacidad y templanza. La Revolución Socialista se apoya en el pueblo, lo mismo que la revolución cultural democrática en Bolivia, más allá de esta guerra brutal que lleva adelante el imperio a través de sus testaferros domésticos.

Bolivia va a seguir por su futuro en el camino de la lucha, que es la agenda del Bicentenario, con el gran proyecto de la industrialización, con Evo armando este proyecto de transformación económica, política y cultural. Lo que le queda a Bolivia es un desafío descomunal porque no son los enemigos domésticos los grandes factores que presiden la batalla.
El país se está enfrentando en las elecciones de 2019 al proyecto de dominación imperial y creer en esta oposición de derecha tan disminuida intelectualmente es un error. Bolivia se va a jugar este destino geopolítico global porque Estados Unidos no está en condiciones de permitir que un pequeño país adquiera una estatura estratégica extraordinaria, que se convierta en amenaza.

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