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Jun 20, 2015 Eduardo Paganini El baúl Comentarios desactivados en Un estudio desde Mendoza sobre la égloga en la poesía argentina
El poeta Américo Calí decide emprender en 1944 la tarea de editar una revista cultural y literaria y saca a luz Égloga, una publicación que se presenta como bimestral y donde colaboran creadores de diversas disciplinas: Alejandro Santa María Conill, Alfredo R. Búfano, Diego Pro, Lázaro Schallman, Mario Binetti, Vicente Nacarato, Reinaldo Bianchini, Antonio de la Torre, Suárez Marzal (viñetista)-
De su primer número, hemos seleccionado este estudio sobre el género poético de la égloga (caracterizada generalmente por una visión idealizada del campo, y en la que suelen aparecer pastores que dialogan acerca de sus afectos y de la vida campestre) de Lázaro Schallman. Debemos confesar que nuestro objetivo era el de exhumar un texto que apareció en el ejemplar nº 2 y que pertenecía a Julio Cortázar, en ese entonces habitante de la ciudad de Mendoza, y que probablemente se constituyera en su primera colaboración periodística, pero lamentablemente en la Biblioteca Central de la Universidad Nacional de Cuyo, a quien agradecemos su aporte para esta edición, no existía dicho ejemplar.
Desde que el príncipe de la bucólica española[i] inmortalizó en la más bella de sus églogas los nombres de Salicio y Nemoroso —los dos pastores clásicos del dulce lamentar—, se asocia tradicionalmente el contenido poético de la égloga a una ficción dialogística: el conmovido coloquio de los pastores acerca de sus afectos y de las cosas campestres. Tanto es así que los preceptistas y los lexicógrafos lo subrayan expresamente en las definiciones de dicha composición bucólica, amén de señalar como caracteres distintivos de la misma «cierta deleitable serenidad y atractiva dulzura». Y acaso no esté demás la discriminación, puesto que no son privativas de la égloga ni la serenidad ni la dulzura; la una y la otra, más o menos deleitables, más o menos atractivas, pueden darse por igual, y a raudales, en el salmo y en la balada, en la canción y en la oda, y más aun en el idilio, que es —como enseña el lexicón académico— composición poética que tiene por carácter distintivo lo tierno y delicado, y por asunto las cosas del campo y los afectos amorosos de los pastores.
Siendo así, ¿qué diferencia hay entre una égloga y un idilio? Nadie toma en cuenta ya, por su arbitrariedad, la distinción que solía establecerse exigiendo acción en la égloga e imágenes y narraciones en el idilio, o afirmando que el idilio admite adornos más delicados que la égloga, y abunda más que ella en sentimientos tiernos. Lo cierto es que, en rigor de verdad, hasta la voz «idilio» desapareció en absoluto del lenguaje propio de la preceptiva literaria, pasando a significar exclusivamente coloquio amoroso, y por extensión relaciones entre enamorados. La absorción del idilio por la égloga en la esfera de las especies líricas se debe notoriamente al mismísimo Virgilio, quien bautizó sus idilios con el nombre de églogas, esto es, idilios escogidos, pues, como se sabe, dicha voz proviene del griego y significa extracto, pieza escogida.
Sea como fuere, la palabra égloga se aplica hoy a toda composición pastoril, sea dialogada o meramente narrativa o descriptiva. No hay duda que los «idilios» de Teócrito —dechado del género bucólico o pastoral— se caracterizan por la intervención de personajes de ficción: Galatea, Polifemo, Menalcas, Dafnis, etc., que sobrevivieron al genial siracusano como temas de inspiración artística. La mejor novela pastoril que escribió Cervantes se titula, en efecto, La Galatea; y en las églogas virgilianas, que vertió primorosamente al castellano fray Luis de León, reaparecen —entre otros pastores que dialogan— Dafnis y Menalcas. Lo cual no debe extrañar, puesto que el propio Virgilio dice explícitamente al comienzo de su égloga sexta que su musa «repite cantando los aires del poeta de Siracusa».
Nótese de paso que también debemos a fray Luis la mejor versión castellana y el mejor comento del Cantar de los Cantares, cuya belleza poemática no fue superada por ninguna de las églogas pastoriles que se conocen; la mejor versión, porque es la más atenta a la veritas hebraica del Cantar, aun cuando no siempre coinciden sus palabras, figuras o locuciones con el original bíblico; el mejor comento, porque desentraña y esclarece sabiamente el sentido prístino de cada uno de los versículos, establece su conformidad con los Salmos y los Proverbios, explica la naturaleza de las metáforas, alegorías y comparaciones que lo exornan, pone en claro la amorosa contienda de los dos enamorados esposo y esposa que se hablan y responden a manera de pastores, procurando cada uno «aventajarse al otro en decirle amores y requiebros» y gozar entrambos «de la hermosura y frescor del campo, a quien tienen natural afición los corazones enamorados».
Garcilaso introdujo la égloga en la lírica española del Renacimiento, bien que el tema pastoril aparece en su obra como artificio de sus temas de amor. La crítica autorizada observó a propósito que bajo el nombre del pastor Salicio «se leían las lamentaciones del propio Garcilaso; y que Nemoroso, su interlocutor, que un tiempo se creía ser Boscán[ii], está hoy probado que es el propio Garcilaso, que desdobla su espíritu en facetas por una voluntad de diálogo interior muy viva en el Renacimiento».
Se explica así que, al superar los artificios de la poesía renacentista, lo eglógico haya desechado la ficción dialogística, contentándose con describir la naturaleza y exaltar líricamente los encantos de la vida campestre. Y a fe que las composiciones pastoriles o eglógicas se purgaron de su monotonía secular, de su índole reiterativa, cuando desterraron del ámbito de su lirismo la imagen trasnochada de los pastores que, sentados a la orilla de un arroyo, se lamentan de la ausencia o de la ingratitud de su zagala…
Por otra parte, es de notar que, pasando por alto la etimología de la voz mencionada —es decir, su procedencia del latín «écloga»—, en el lenguaje argentino llamamos eglógico —y no eclógico, como adoctrina la Academia de la Lengua[iii]— a todo lo relativo o perteneciente a la égloga. Y aunque cause extrañeza, debe advertirse también que, pese a su eufonía, la circulación de dicha voz había comenzado a periclitar en la poesía argentina moderna, tanto o más que el propio cultivo de la égloga como especie literaria autónoma. Lo prueba firmemente un hecho incontrastable: la Antología de la Poesía Argentina Moderna (1900-1925) ordenada por Julio Noé, congrega multitud de canciones, baladas, romances, odas, elegías, coplas, oraciones, epístolas; hasta «lieder» y cancioncillas, epitafios y cartas líricas, se dan cita en sus páginas resplandecientes de gracia poética, plasticidad verbal y savia argentina. Lo único que falta en ellas es el grácil aleteo de una égloga. Parece increíble. En toda la Antología de Noé no hay una sola égloga. Ni la hay en la antología —o «índice»— de nuestra poesía contemporánea, que incluye lo mejor de la obra realizada por el grupo de poetas de la generación posterior a 1920, que es a juicio del antologista —José González Carbalho—, el acontecimiento más importante en la breve historia de nuestra poesía, porque le da sentido universal y esplendor auténtico, logrando que nuestros poetas, superándose hacia la obra definitiva, orienten su labor de creación hacia los climas en que se respira el aire de la verdadera poesía. Añadamos aún que tampoco incluye una sola égloga la Exposición de la Actual Poesía Argentina (1922-1927) organizada por Pedro Juan Vignale y César Tiempo.
Claro está que nadie pone en tela de juicio la autenticidad del lirismo de Lugones, ni la fuerza poética de Fernández Moreno, ni el ingenio creador de Capdevila. Por lo mismo resulta más sensible aún la comprobación de que tampoco aparece una sola égloga en las recentísimas antologías poéticas de Lugones y de Capdevila; y sólo una Casi égloga, en la de Fernández Moreno: la graciosa «casi égloga» que inspiró al poeta, más que el tintinear de las esquilas, con las primeras luces de la aurora, el encanto de Amarilis, «que tiene nombre de hierbas».
¿Habrá de inferirse de lo expuesto que lo eglógico periclitó no más en el hontanar de la poesía argentina?
Bastará penetrar ligeramente en la esencia del lirismo de los grandes poetas argentinos para desbaratar tamaña presunción. Lo eglógico sobreabunda en la gallarda evocación lugoniana del verde matinal de los campos, y en sus cantos en loor del trigo «que la pampeana inmensidad desborda», y en sus alabanzas al lino que florece, y en su conmemoración de la feraz promesa de la viña solar y del rústico poroto «que hincha sus granos de ordinaria loza como burritos blancos», y en su canto a la leche «cuyo gusto sabe a beso infantil en nuestra boca», y en sus remembranzas del dulce cantar de los rediles, de la tonada montañesa que atestigua «una quejosa intimidad de amores», del paisaje que goza su reposo «en frescura de acequia y de albahaca».
Algunas de las mejores páginas literarias de Fernández Moreno se caracterizan por la exultación eglógica del bardo, cuyo espíritu parece solazarse en el monólogo lírico sobre los campos de su provincia; sea el lenguaje del álamo sonoro, sea la siembra por la campiña, sea el arado que reposa su fatiga en un rincón del campo labrantío, sea la larga tropa de ganado flanqueada de fantásticos jinetes, sea el recuerdo de la estancia en que vivió sus amores, todo le inspira finísimos versos henchidos de savia bucólica.
Y basta recordar los vigorosos alejandrinos de El Poema de Nenúfar para establecer que ningún poeta que no sintiera profundamente la vibración de lo eglógico, podría evocar tan bellamente como Capdevila el tierno romance del amor en el campo «rico de olor a mieses».
No está ausente, pues, el eglogismo —o bucolismo— en la poesía argentina moderna, ni lo estuvo nunca, pese al extraño retraimiento de nuestros vates en el cultivo de la égloga propiamente dicha. Hasta la imagen de la poesía gauchesca está nimbada de eglogismo. Quiérase o no, forzoso es reconocer que, por el certamen bucólico, la dulce vihuela gaucha vinculó en el siglo pasado a nuestros pastores con los del tiempo de Virgilio. Está demostrado que los temas bucólicos de aquellos antiguos eran el amor, los secretos de la naturaleza, las interpretaciones del destino: exactamente —como observa Leopoldo Lugones— lo que sucede en la payada de Martín Fierro con el negro, y en todos los certámenes improvisados por los trovadores errantes. «El tema, como en las églogas de Teócrito y de Virgilio, era por lo común filosófico, y su desarrollo consistía en preguntas de concepto difícil que era menester contestar al punto, so pena de no menos inmediata derrota».
Posteriormente, la égloga se emancipa también entre nosotros del artificioso dialogístico y la cultivan airosamente Rafael Obligado y Carlos Guido Spano. Modelo de poesía eglógica de buena ley es, en efecto, Las quintas de mi tiempo, bella evocación de rústicos cercados «de enhiesta pita y suculenta mora», de modestas granjas, de escenas de amor y paz y venturanza. Y lo es también a ciencia cierta, por la serenidad y la ternura de sus versos armoniosos, el ya clásico poema de Guido Spano: Al pasar, inspirado en la dulce soledad de la aldeana «bella como Ruth la moabita».
Y no se diga que lo eglógico agotó entre nosotros sus posibilidades de creación poética en la payada gauchesca y en la poesía finisecular, porque en nuestro tiempo vuelve a enfervorizar —por suerte— el corazón de nuestros bardos, y el reflorecimiento de lo eglógico remueve en la entraña de la poesía argentina contemporánea el aleteo telúrico, la vibración terruñera, en suma, la voz propia.
Égloga se titula una de las mejores composiciones bucólicas de Miguel A. Camino; aquélla que pinta con atractiva dulzura las horas de pesada siesta en que circulaba el mate cebado por las manos morenas de la amada:
«Y cada mate era un beso,
cada beso una esperanza».
Conrado Nalé Roxlo encarece a la «eglógica zampona, son de agua y de brisa» que sea «melódica y sumisa» a su sentir para hacer el elogio del paisaje y poder decir en la lengua de oro de sus cañas «el amor en el campo y bajo el bosque».
Dos églogas destacan su finura en el acervo poético de Alfredo R. Búfano; inspírase la primera en la bonhomía de las gentes rústicas que contemplan la viña ubérrima «como si fuera una mujer querida»; es una égloga a la manera clásica por la rusticidad de sus personajes, por la índole de sus sentimientos, por la sencillez y la aspereza de su lenguaje. La segunda —Égloga a San Luis— es más cautivante aún por el lirismo con que exalta la gracia de la tierra de Cuyo, «pujante de espinillos y algarrobos», en que canta su tumulto la selva.
La ingenuidad pastoril, la limpidez bucólica, el sabor virgiliano que esplende en los versos musicales de Gleba, consagraron a Antonio de la Torre en nuestras letras como el poeta eglógico por excelencia. Y lo es, sin duda, por la ternura de su acento que se vuelve música cuando descubre deleitosamente la sugestión de la tierra humedecida, el sensual perfume de los pastizales o la heroica lengua del arado; lo es porque siente de veras y expresa delicadamente la emoción del agro sanjuanino; lo es, en fin, porque su voz —voz propia— emerge de las raíces más hondas del terruño.
Acendrada vibración de égloga se percibe asimismo en la diafanidad de los versos que inspiraron a Ezequiel Martínez Estrada, «en el centro de un valle de fragantes forrajes», la estancia, la oveja bíblica «de mansedumbre sin doblez», la mañana transparente «que trae aroma a tierra nueva», la arada, la siembra en los campos de mieses «delirantes de oro que tiemblan bajo el viento». Refléjase en la lozanía de los frutos que hizo brotar «del huerto y la canción» Ernesto Mario Barreda, tal cual lo prometiera, con alegría de sembrador, en sus versos perfumados de «aroma de gramilla». Colorea la nota expresiva de sabor bucólico que descubrió Juan Burghi, con amor de poeta que escribe «rudos versos de labriego», en la carreta tradicional y rústica que torna hacia la aldea «con su alta troje de oloroso heno». Aflora en los delicados «poemas del campo» de Mario Bravo, que saben a humedad de rocío, frescor de montaña y apacibilidad de aurora. Gallardea primorosamente en algunas de las composiciones de La Flauta de caña de Luis L. Franco, y en casi todo su Libro del gay vivir. Afina las «evocaciones del campo» de Juan Carlos Dávalos, y algunas otras de sus composiciones grávidas de sentido bucólico, tales como el Canto de la noche y la Égloga primaveral. Resuena trémulamente en las «parábolas del agua» de José Pedroni, admirables por su frescura de manantial. Cierne la delectación morosa con que celebra Vicente Nacarato la majestad del paisaje comarcano, sea la tierra lujuriosa de pámpanos, la soledad del campo «bajo la recia solana» o la quietud del valle en éxtasis. Se asoma finamente en la «humilde intimidad de yuyo y de tajamar» que sorprende Carlos Alberto Álvarez en el andar sereno y tierno de la amada —»pastora linda como ella sola»—, por entre las alfalfas soledosas que cosechan cielo en los aires labradores. Matiza, en fin, el bucolismo errátil de algunos poetas jóvenes que aspiran noblemente a conciliar el aticismo del idilio clásico con el señorío de las nuevas formas de expresión poética.
¡Acendrada vibración de égloga que certifica la permanencia del espíritu virgiliano y el apego a la serenidad del verso de Garcilaso —quintaesencia de lo eglógico— en la poesía argentina!
Fuente: Lázaro Schallman, Lo eglógico en la poesía argentina en Égloga, Revista Bimestral, Gutierrez 532, Mendoza, noviembre de 1944, Nº 1. Director: A. Calí
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