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May 08, 2016 Eduardo Paganini El baúl Comentarios desactivados en Don Juan Carlos Arroyo: un maestro pionero en el sur mendocino
Con evidente tono de apesadumbramiento por la cercana pérdida del Prof. Arroyo, el artículo es una evocación a la obra sindical, docente, periodística, y humanitaria de un personaje que tuvo en su trayectoria el privilegio de haber configurado aquel importante grupo de maestros y profesores que —dejando de lado diferencias tácticas— coincidieron en la estrategia de unificar las diversas orientaciones y agrupaciones docentes en un sindicato único, dando origen a la CTERA en 1973.
También, se registra en las voces alvearenses la necesidad de reconocimiento público y estatal para este hombre proactivo.
Esto que leerán es una historia de trabajo. Contada por personas como usted y como yo, que descubrieron en Juan Carlos Arroyo a un luchador, un hombre con convicciones.
El que armó y creó esta revista construyó un camino. Hoy ese camino debemos recordarlo porque nos ensena y nos da una opción de lucha para nuestra vida.
Un docente de alma
Juan Carlos nació en Chivilcoy, Buenos Aires, un 16 de julio de 1917. Egresó como Maestro Normal de la Escuela Nacional de Varones “Mariano Acosta” en la Capital Federal.
Trabajó en San Martín, en la Colonia Rusa, en San Pedro del Atuel y en la ciudad de San Rafael.
Formó su hogar en General Alvear con Elsa Hernández. Tuvo 2 hijas, hoy profesionales que le regalaron dos nietas.
Fue miembro de la Junta de Calificaciones Nacionales, Inspector Seccional en Viedma, Rio Negro, y presidente del Consejo Escolar de San Luis.
Organizó en 1956 la Unión Nacional de Educadores y la Confederación General de Educación Nacional[i]. Participó también en la redacción del Estatuto del Docente Nacional. Creó y dirigió el periódico UDEN y el quincenario Correo Docente.
Trabajó durante 15 años en la revista El Alvearense. Allí dejó todo lo suyo hasta el momento en que dejó de existir.
El recuerdo de su amor aflora
Haber estado casada 51 años con Juan Carlos Arroyo, me confiere autoridad para referirme tanto objetiva, como subjetivamente sobre su persona.
Al escribir, el recuerdo de su amor aflora. El amor que sintió por sus seres queridos, por los amigos, por los seres humanos, por las cosas de la vida, por la vida. Tal vez al recordar se pueda hacer más pequeño el vacío que hoy se aloja en nuestra casa y que su presencia llenaba todos y cada uno de los días, que estuvo físicamente con nosotros, a nuestro lado, como esposo ejemplar y mejor padre, como abuelo cariñoso. El perdón al rencor, la alegría a la pena, el optimismo a la incertidumbre, la amistad con un abrazo tibio prolongado y solidario.
Su pasión: la docencia que ejerció en todos los niveles, aún con nosotros. Transmitió el conocimiento en su actividad formadora de niños y adolescentes. Impregnó sus enseñanzas, en la filosofía del amor, de los ideales dignos, de las conductas honestas. Esto también lo trasladó a su actividad gremial tratando de dignificar la actividad docente, con la esperanza y el logro del estatuto que lo contuviera, y así fue. Lograr el estatuto del docente era un hito más en su alma de poeta, que le hacía poner el mismo empeño en las grandes y pequeñas cosas de la vida.
General Alvear le dio su ciudadanía y la “Colonia Rusa”, la materia prima para plasmar su sueño juvenil de docente rural. A esos dos lugares, creo, les devolvió con creces el espacio que le brindaron.
Su decisión inconclusa por el destino, no se pudo concretar: el anhelo de que sus últimos días transcurrieran en el Alvear de sus amores. Conviviendo con sus amigos y familiares regocijándose de ver a sus primeros alumnos transformados en personas de bien, padres y abuelos.
General Alvear en su aparente destierro, fue el principio de otra vida y así lo comprendieron padres y hermanos que lo alentaron y visitaron siempre. Luego Mendoza, como destino más remoto que el sur de la misma provincia. La revista El Alvearense soslayó la nostalgia y la Casa de Alvear, fue el espacio donde Juan Carlos y Alvear podían seguir alternando en su hermosa orientación.
Hoy, él no está y la vida que tanto amó sigue adelante en nuestras hijas y nietas, formadas en su carácter y en mí, que por ser alvearense y haber participado de sus desvelos tengo autoridad para decir: adelante Alvear, adelante revista, no se den por vencidos ni aún vencidos.
A su familia, aparte de su recuerdo nos queda el honor de haberlo compartido y amado.
Elsa, sus hijas, nietos e hijos políticos.
Palabras de una hija
¿Hacer una semblanza de mi padre? Si, es fácil, porque era un ser muy especial. Fue, para mí, el último romántico, jamás dejó de decirle a mi madre cada día, cuánto la amaba o qué linda estaba. Cuando empezamos a ser señoritas, nunca nos faltó para nuestro cumpleaños un ramo de flores. Cuando íbamos por la calle con él, nos ofrecía el brazo para, según decía, “darse corte con sus hijas”.
Fue el último Quijote, creyó ciegamente en el ser humano. Siempre veía a la vida con optimismo. Todos los problemas, las dificultades él las enfrentaba diciendo “si tiene solución para que preocuparse, si no la tiene para que preocuparse, todo tiene solución”.
“Los seres humanos, decía, tienen todos su lado bueno”.
Su diaria alegría, su buen humor, nos servía, cuando estábamos malhumoradas o preocupadas, nos decía que debíamos borrar las arrugas de la frente, y sonreír, porque nada se arregla con mal humor, además nos íbamos a poner viejas y arrugadas”.
El nos enseñó a perdonar, todo, todo, las pequeñas cosas y las grandes afrentas, a no guardar rencores, a amar al enemigo.
Volcarse siempre al más necesitado, como maestro de alma que era, nos hizo inclinarnos por los niños, sobre todo, al más desvalido, a los diferentes o más bien a los que la gente ve diferentes, a los necesitados de cariño, de consejos. Él era un gran tímido interiormente, por eso a sus alumnos trataba de sacarles esa timidez que veía en algunos. Trataba de hacer sonreír a los tristes, si les veía con algún talento hacía que afloraran y lo desarrollaran.
Lo mismo hizo con nosotras, sus hijas, o por lo menos, lo intentó. Quiso que desarrolláramos nuestros pocos o muchos talentos, por eso a mi hermana la guió, la apoyó y la estimuló para que terminara la carrera que ella había elegido, y que él sabía que era la correcta.
A mí me apoyó para que desarrollara mis deseos, más que mis talentos literarios. Pobre, aquí le falló…
Si nos leía algo, ponía tanto énfasis, mostraba su veta de actor, y nos hacía vivir, un poema o un relato. Soñaba con viajes, que lamentablemente no pudo realizar, aunque dentro de su humildad, si algún viaje hizo, por más cerca que fuera, lo disfrutaba como si fuera el lugar más maravilloso y fantástico del mundo.
En resumen, quijote, cariñoso, humilde, soñador, poeta, honesto, desinteresado, bueno era mi papá…
Quichi
| Se lo merece
Me unían a Juan Carlos Arroyo, lazos familiares ya que su esposa, Elsa Hernández, era prima hermana de mi padre, Félix Fernández. Pero mi relación afectiva con él se afianzó cuando me solicitó hace aproximadamente dos años que le ayudara a buscar el material que sería publicado en la revista El Alvearense. Mi cargo lo llamaría “pomposamente “: secretaria personal en el departamento, pero si me refiero con veracidad a los hechos debo decir que era su “cadete”. Juan Carlos Arroyo fue un hombre muy culto y preparado, que dejaba todo el trabajo y las entrevistas realizadas y yo sólo debía ir, incontables veces, para que me fueran entregados los escritos o fotos que la gente de Alvear le había prometido. Los días que él venía a General Alvear se hospedaba en el hogar de otros queridos tíos, a quienes, si estuviera Juan Carlos entre nosotros, nombraría como yo lo hago hoy en su nombre: Antonia Fernández (hermana de mi padre) y Santiago Ghio. Cuenta mi tía que en los días de invierno, Juan Carlos llegaba a su casa muy elegante con un sobretodo gris y un sombrero haciendo juego y que ella no dejaba de exclamar siempre a modo de saludo: —Hola!, Y de funyi! (sombrero en lunfardo) La llegada a General Alvear siempre había sido adelantada por su gran amigo Tito Di Paolo, quien al rato lo pasaba a buscar para llevarlo a todos lados en su automóvil. Caminaba mucho los días que visitaba nuestra ciudad: de oficina en oficina, de despacho en despacho… ¿A quién no visitó alguna vez Juan Carlos? Todo lo que se refería a General Alvear era de su interés. Muchas veces al volver al repasar los acontecimientos que vivimos juntos, las charlas familiares y las de trabajo, siento que Juan Carlos Arroyo amó esta tierra como, a lo mejor, los que nacimos en ella no lo hacemos: con apasionado desinterés. Creo que para retribuir un poco ese sentimiento, sería una buena idea que alguna institución de este departamento, que aún no tuviera nombre, ostentara el de él. Se lo merece! Dora Fernández de Guidarelli |
| A la memoria del Sr. Juan Carlos Arroyo
Resulta difícil poder expresar lo que significa no poder contar con la presencia física del Sr. Juan Carlos Arroyo, Director de la revista El Alvearense, alma y nervio que logró vigencia de la misma, a través de su pluma. Podría decir que fue un ser humano especial, tanto para quienes lo tratábamos periódicamente, como para aquellos a los cuales conoció circunstancialmente, en ocasión de una nota o tal vez por su entrevista. Reconocíamos en él una personalidad afectiva, simple, abierta al diálogo, lleno de inquietudes e ideas que volcaba permanentemente en su trabajo. Tenía una hermosa familia con quienes compartía su vida en armónica relación y a quienes amaba profundamente. Fue buen amigo, un hombre honesto y un dedicado docente rural, actividad a la cual brindó su vocación para la enseñanza, en este sur mendocino por largos años, dando lo mejor de sí mismo. Supo mantener vigente una estrecha relación entre los habitantes de Alvear y los alvearenses que residen en Mendoza, ya sea porque permanentemente rememoraba épocas pasadas, hechos históricos del departamento sureño, fotos que evocaban logros de su gente, premios recibidos por artistas, políticos, jóvenes, deportistas, etc. Demostró se vocación de servicio a lo largo de más de dos décadas, esmerándose en darnos a todos, mensajes de unión entre coterráneos y difundiendo un medio de comunicación importante para la provincia y el país. Siendo además un magnífico poeta, donde desarrollaba su riqueza espiritual. Comunidad alvearense, amigos, debemos ser nosotros quienes continuemos esta hermosa y compleja tarea, que comenzó con el Señor Juan Carlos Arroyo, quien ahora no está físicamente, pero queda el compromiso de seguir sus pasos, viva la llama del amor al terruño, a través de la revista El Alvearense. Seremos nosotros los que tomemos su valioso ejemplo y continuemos este gran anhelo que es la integración efectiva de los pueblos. Ilda Ibarra de Battini, Diputada Provincial |
Fuente: Varios autores, Homenaje a Juan Carlos Arroyo en El Alvearense, Mendoza, Casa de Alvear en Mendoza, Año XVII, Nº 43, mayo de 1995.
Referencias:
[i] Estas entidades gremiales, con el tiempo su reunieron en el Acuerdo Nacional de Nucleamientos Docentes, conjuntamente con —entre otras agrupaciones— la Confederación Argentina Maestros y Profesores (CAMYP), la Confederación General de Educadores de la República Argentina (CGERA). Sus objetivos fueron la defensa de derechos sobre salarios, jubilación, cumplimiento del Estatuto del Docente a los que se agregaron los relativos a la Reforma. Cf. Edgardo Ossana, Adriana Puiggrós, Daniel Pinkasz, La Educación en las provincias (1945-1985), Buenos Aires, Galerna, 1997.
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