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May 08, 2016 Eduardo Paganini Recomendada, Reseñas de libros Comentarios desactivados en Sobre el libro Motín de Gabriel Jiménez
Mientras este artículo está siendo publicado, simultáneamente a 1000 km, el autor del libro que aquí se comenta, Gabriel Jiménez, estará —conjuntamente con los otros premiados de la versión 2015 del Certamen Literario Vendimia— concretando la presentación del volumen en la Feria del Libro de Buenos Aires. Pero no es ese el mérito por el cual aquí se lo menciona. Invitamos a interiorizarse acerca de ello.
Esta obra perteneciente a Gabriel Jiménez, Motín, se condensa en un breve volumen (menos de 60 páginas) cuya consistencia parecería contradecirse con su contenido, acotado pero muy intenso.
El mismo obtuvo el Primer Premio del tradicional Certamen Literario Vendimia en la versión del 2015, razón por la cual el joven escritor y docente pudo ver lograda su publicación, aunque no su difusión y mucho menos su circulación —condiciones que constaban en las bases, pero que en la realidad corre trabajosamente por cuenta del mismo autor—. Podría afirmarse que ya no es un parecer ni una sensación esta circunstancia consolidada ya estructuralmente de que el poeta o la poetisa de Mendoza que desee trascender el círculo intimo y/o amistoso deba remar en el dulce de leche para sensibilizar los resortes culturales —especialmente los oficiales, aunque no quedan exentos de ello los reducidos ámbitos privados—.
Volviendo al libro, la primera apreciación que pueda hacerse es su organización en tres bloques o pabellones —según la denominación autoral— cuyas extensiones designativas llevan de alguna manera la intención de orientar al lector sobre los contenidos a tratar. Así tenemos una geografía particular, o un estilo de hoja de ruta que reza: Pabellón I: Estado de situación, Pabellón II: Flora y fauna, y finalmente Pabellón III: Vigilar y callar.
No está mal que el lector, en primera lectura, deduzca que la intención de Jiménez haya sido la de pintar con óleo pero con técnica de acuarela (por lo intenso de los colores y por lo difuminado en las formas) la circunstancialidad ominosa de la prisión. De todos modos, no es solamente eso…
Resulta casi evidente que estamos frente a una obra de contenido lírico —a pesar de los climas descriptivos, los esbozos de expresividad narrativa, los juegos tipográficos— si tomamos convencionalmente como punto de partida la sencilla afirmación que dicta que la expresión del mundo de la afectividad y emocionalidad es la sustancia del género lírico. Aplicado el concepto aquí, se nota que todo el material verbal que constituye la obra está teñido por la subjetividad del autor en estado de resonancia frente al contexto referencial sobre el que gira la obra: el ámbito de la reclusión y sus condiciones de supervivencia. No hay duda, de que allí está tratándose de decir —quizá denunciar— un algo que desborda la capacidad de asimilación y de enunciación del poeta —según su propia mirada—. Por eso, se hace muy visible un permanente clima de grisuras, de pesadumbre y de desazón.
Podríamos concluir aquí, diciendo es un canto triste a la pérdida de la libertad, punto, final, y a otra cosa… (tal vez a un funcionario de turno —a lo mejor en este mismo momento que Ud. lee este artículo, hoy domingo a la noche— le hubiera venido bien este palabrerío para poder decir algo coherente en algún evento vinculado con la obra…). Pero si así se hiciera, se dejaría afuera lo más significativo y denso.
Como lector medianamente preocupado (para no decir ‘atento’) sentí muchas otros puazos además de los vinculados con aquel canto triste, y la relectura pareció confirmar mis sospechas de que allí había más tela para cortar.
En ese sentido, tuvo mucho de influencia tratar de entrever las razones de la fragmentación tripartita que hizo el autor de su obra. Y sin presunción de certeza parecería que allí puedo apreciar que tenemos un esbozo espacial de la temática (o, en este caso, problemática, a la que se le dedica el canto). Veamos: aseguraría que en Estado de situación el autor nos orienta (o directamente guía —no en vano la referencia al Dante de la entrada al infierno en el epígrafe inicial—) para que nos ubiquemos en un borde del cosmos que está organizando mediante sus versos; luego en Flora y fauna, somos testigos, espectadores o turistas de los diversos espacios (regiones, edificios, hábitats…) como asimismo de sus pobladores —fijos o itinerantes, ya que hay una referencia tanto hacia un mundo como hacia el otro mundo, con lo cual este cosmos va quedando con su mapa aclarado—; finalmente, en Vigilar y callar (quizá parafraseando al académicamente famoso texto de Foucault, Vigilar y castigar[i]) podemos acceder (ya que se hacen visibles algunos personajes más del escenario amplio) a la red de intercambio entre esos dos mundos, de este modo vemos —o vivenciamos a través de la lectura— la triple posibilidad: la interconexión disponible, la inexistente y la imprecisa por fusión. Los tres versos de Paradoja muestran un síntoma de esta última posibilidad:
La palabra Libertad
está escrita
en todas las celdas.
En torno de estos versos se va delineando esa topografía de referencia que delimita el campo de acción en el que el motín es la chispa emergente, por esperanza o por fatalidad. Hay dos mundos diferentes: el de afuera (de la prisión, obvio) y el de adentro, aunque no es tan fácil delimitarlos… Sí, en cambio, es tarea más sencilla caracterizarlos, y así el mundo de afuera es aquel que merced a su uso de un lenguaje ocultador —invisibilizador, diríamos usando un término más frecuente en la actualidad—, ralentizante, distanciador (“La estrategia/ de usar palabras/ como balas/ para distanciar/ y mantener el orden.”) y múltiple (“y/ tantas otras formas/ que/ la lengua oficial/ tiene/ para callar.”) se hace dueño de la mejor adaptación, de la adecuación autobenévola (“Todos se acomodan/ con la movida…”), cualidad de la que no gozan los condenados del mundo de adentro. Mundo de adentro que resulta más complejo en su configuración que el de afuera, porque allí sí están legitimados los nexos invisibles o poco legales de intervinculación entre ambos universos. Sucede que este mundo de la condena también pude sancionar y condenar, en un círculo —¿vicioso o virtuoso?… vaya a saberse!: después de la lectura del texto es imposible inclinarse auténticamente por uno u otro— que devuelve el gesto recluyente y tiene la capacidad latente de generar la chispa, el motín, que por un lado captura a los del otro mundo, transformados en rehenes, y por otro lado puede ser la prefiguración de las dinámicas sociales del afuera, con sus estallidos de mayores dimensiones.
Donde estimamos que yace el verdadero peso literario del mensaje central del libro, y que supera aquella primera visión que hicimos al principio, reside en el núcleo temático de la zona que hemos denominado interconexión inexistente, ya que allí estamos frente a la incapacidad del lenguaje para poder comunicar o expresar (…un silencio escrito en el cuerpo/agotando todas las letras), allí reside el último responsable del conflicto. Por un lado (desde la génesis poética), tenemos la gran lucha enunciativa del poeta que trata de decir, a sabiendas de que su herramienta verbal es inepta para ello (Explicar con palabras de este mundo/las heridas que se hacen en otro). Por otro lado (desde el contenido poético), quedan plasmadas algunas afirmaciones que interpelan los clásicos conceptos sobre la comunicación; aquí el lenguaje no es ese ente teórico y simple al que recurrimos clásicamente los docentes del área para iniciar al estudiantado hacia su estudio, un circuito de líneas y frases hechas, sino un lenguaje en tanto sustancia corporal. Un lenguaje que a veces no alcanza, a veces no quiere cumplir su misión
No hay
giro lingüístico
o locución regional
que soporte
suficientemente
la carga,
la embestida de un
grito
que raja la voz.
(de Lengua)
Así visto, el silencio cumple también su función, sobre todo condenatoria para el mundo de afuera o de impotente para el otro mundo. No solo hay que leer lo que el poeta dice, sino lo que el poeta calla (principio general de la lectura inteligente —entre líneas—, pero que aquí merece especial dedicación, ya que de algún modo está en estado de advertencia hacia el lector. Por eso creemos que hay una línea sostén del mensaje en clave de ironía paródica, extraño doble juego de recursos técnicos verbales: la ironía con esa capacidad de no estoy diciendo lo que estoy diciendo, o bien, entendé lo inverso de lo que te digo, y la parodia entendida como remedo de otra voz que no es la propia. Cuando no actúa una puede actuar la otra, a veces se cruzan, o bien se funden, como por ejemplo, en la pieza jurídica que surge al final, como un integrante más del corpus poético, Anexo I. Ley, donde se transcribe el acápite de un texto normativo que enuncia los fines sociales del encierro y otros beneficios y cuyo efecto de sentido estético del doble juego (ironía/parodia) es lo que le da entidad literaria, siendo que el lenguaje jurídico por esencia suele ser tan ajeno a lo expresivo, …y últimamente a la sensibilidad humana.
Motín de Gabriel Jiménez es un librito, casi una chispa, que puede explotar a través de sus lectura.
[i] Otro sitio donde puede entreverse la tesis del autor: en estos sitios el castigo esencial y profundo es el silencio, la muerte de lenguaje intercomunicante.
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