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Jun 26, 2016 Eduardo Paganini Recomendada Comentarios desactivados en La prensa y el campo de orégano (I)
Unas breves reflexiones sobre el rol actual del llamado cuarto poder, el nuevo periodismo que ha transformado sus tradicionales fines: ha devenido de firme columna —con crítico análisis de la realidad para la ciudadanía— en una pieza de enroque en el show mediático, entre gladiador y bufón.
Desde hace meses, desde mucho antes de las elecciones 2015 —cuyos resultados refuerzan la hipótesis central que aquí se verá—, que vengo rondando en mi caletre con la idea de analizar este extraño fenómeno del éxito pedagógico que obtienen los medios masivos de comunicación en sus prédicas intencionadas y con sesgos ideológicos más o menos subyacentes. Algo así como querer indagar al compás del viejo refrán: cómo fue que el campo se les hizo orégano: no solo obtienen de su tarea propagandística importantes emolumentos sino que poseen una prédica de prolija apariencia con estéticas aceptables.
El punto es que, por lo que se ve, el mejor vehículo para instalar y garantizar ideas, muchas de ellas falacias eufónicas, son los medios masivos de comunicación, tanto a través de la prensa escrita, la oral y la fatídica audiovisual (donde aparte del viejo tv, debemos sumar ahora internet y sus derivados).
Y esta observacion corre tanto para tirios como para troyanos, quienes fogonean sus prédicas favorables a sus intereses, ya sea por vocación entusiasta, ya sea por el entusiasmo del dinero. Corazones o billeteras, o bien, interesantes intersecciones entre ambos, son los encabezadores para organizar tablas comparativas entre paradigmas comunicacionales en esta fragorosa actualidad argentina.
Sorprende intensamente corroborar qué fuerte adherencia y filiación logran estos mensajeros profesionales en un sector del gran auditorio, quienes al calor del intercambio virtual, participan en el complemento de las notas a través de sus comentarios telefónicos en las radios, por las redes sociales especialmente en tv, y los escritos de los lectores en diarios online. La mayoría de ellos —al menos, los que son publicados— resultan redundantes y ampliatorios en el refuerzo de la idea central instituida.
Como un detalle secundario —que no queremos dejar de anotar— es el curioso dato que surge desde estas participaciones en el público seguidor de las noticias, y que consiste en que (de modo inverso a lo esperable por los estudios gramaticales o lingüísticos) el uso oral del vocabulario y su tratamiento registrados radialmente suele ser más respetuoso que el de los comentarios escritos, a tal punto que este corpus se erige en un encantador registro para los interesados en este tipo de investigaciones sobre temáticas vinculadas con la comunicación y/o la relación con el otro, especialmente en el área de la descalificación, o bien, en un registro menos urticante, los modos usuales y procedimientos ad hoc para la exteriorización de estructuras de intolerancia inter pares, no reconocidos como tales.
Volviendo al tema que nos ocupaba: el fuerte efecto conativo o apelativo que poseen los mensajes de los medios masivos, se hace necesario recordar que esta afirmación no es nueva. Ya hubo varios antecedentes al respecto. Sucede que quizá nunca como hoy estamos más cerca del papel de coreutas que el de lectores, con el agravante de que los medios tienen plena conciencia de su poder y asumen de modo impecable su rol de directores del coro, a quien le asignan y le refuerzan las partituras.
Pero no abandonemos la idea de reconocer algunos antecedentes en la descripción crítica de este poder, pues como siempre ha sido altamente estimada la autoridad periodística, cada tanto ha surgido una voz alertadora sobre los riesgos probables. Fue Arturo Jauretche precisamente el autor de uno de los primeros estudios en la desacralización de la prensa. Efectivamente, además de plantear el problema en Los profetas del odio y la yapa, en su Manual de zonceras argentinas (1968) señala: “Ahora el cuarto poder existe, y yo diría que es el primero, sólo que no tiene nada que ver con la libertad de prensa y sí mucho con la libertad de empresa”. Para luego ampliar:
“El cuarto poder está constituido en la actualidad por las grandes empresas periodísticas que son, primero empresas, y después prensa. Se trata de un negocio como cualquier otro que para sostenerse debe ganar dinero vendiendo diarios y recibiendo avisos. Pero el negocio no consiste en la venta del ejemplar, que generalmente da pérdida: consiste en la publicidad. Así, el diario es un medio y no un fin, y la llamada «libertad de prensa», una manifestación de la libertad de empresa a que aquélla se subordina, porque la prensa es libre sólo en la medida que sirva a la empresa y no contraríe sus intereses.
“Ahora en su calidad de primer poder, es el único que no es afectado por los golpes de estado. Porque además de ser de primera internacional y S.I.P. mediante, y también sin ella, es el que termina por disciplinar los otros poderes conforme a las exigencias de la libertad de prensa.”
Estas observaciones deberían actualizarse a las exigencias del mundo presente que demanda mayor complejidad en su entretejido de intereses subyacentes, de tal modo que las referencias jauretchianas revisten cierto aire ingenuo al ceñirse a la mera circunstancia del negocio de la publicidad, pues, en estos tiempos no solo recaudar buenos dividendos importa a los medios masivos de comunicación. Y no es que hayan abandonado de modo probo y altruista semejante finalidad fiduciaria, sino que —conscientes de sus posibilidades de poder— abren un espectro más amplio en terrenos de beligerancia. Por supuesto que siguen interesadísimos en lograr buenos puestos en la venta publicitaria, pero también han experimentado que sus prédicas modelan muy fuertemente en la capacidad lectora de sus auditorios sus formas para analizar, observar, reflexionar sobre las realidades tratadas. No solo poseen el poder de diseñar el foco de la lente que capte ese escenario, son que se hacen propietarios —al ser responsables de su delimitación y delineación— del espacio, la escenografía y el elenco de personajes que deben actuar allí. Por último, no solo se encargan de pasar la película como a ellos les conviene sino que proporcionan el libreto para su auditorio, transformado en un lector obediente, pueda expresarse sobre los contenidos allí planteados.
Así es como nos quedamos con una imagen prefigurada de las problemáticas diversas, plena de detalles aislados, rasgos personales de fulanos o menganas singulares, frases impactantes fuera del problema central, objetos fetiches que pasan ser símbolos semantizados con intensidad mágica, a tal punto que su sola mención abre un mundo de abracadabra donde el lector obediente debe dar todo por sobrentendido. Bóveda, valijas, bolsos, blanqueo, otra propiedad, huellas dactilares, ruta del dinero, la fiesta, pesada herencia… y así un bestiario léxico que no detalla información pero logra su éxito penetrante en el impacto de la frase hecha y hueca.
Ahora bien, el análisis detallado, más o menos objetivo o respetuoso de la inteligencia ajena, la sucesión de causas y coyunturas, los contextos definitorios, pasan a ser la rara avis de este periodismo empresarial, y puede —a veces— verse en algún programa de tono espectacular o en alguna columna destacada de la prensa, motorizado a través de algún personaje que alcanza el prestigio de un filósofo o investigador de facundia científica.
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