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May 30, 2015 Eduardo Paganini El baúl Comentarios desactivados en Agua y acequias: Evolución del riego en Mendoza
El racional aprovechamiento de sus ríos ha hecho de Mendoza una de las provincias más prósperas del país, con una economía estable y pujante. Situado su territorio en la zona semiárida del país, donde las lluvias no alcanzan normalmente a más de 250 mm de precipitación total en el año y una humedad media que no excede del 50 por ciento, ningún cultivo es posible sin el regadío artificial. A ello hay que agregar que por razones climáticas y ecológicas la mayoría de sus suelos son pobres en materia orgánica y manifiestamente arenosos, y que solamente la acción tesonera del hombre que paulatinamente fue creando una red de canales hizo posible su fertilización, dándoles aptitud para el cultivo intensivo. La eficaz distribución y la cada día más racional utilización de las aguas superficiales y recientemente el de las subterráneas ha originado esta, realidad que hoy nos deslumbra, de que con el cultivo de apenas el tres por ciento de la superficie territorial, o sea alrededor de 300.000 hectáreas, Mendoza sea un baluarte de la producción agrícola nacional y posea industrias de tan considerable volumen como las sustentadas en el cultivo de la viña, los frutales y el olivo. Mas para llegar a tener el sistema de canales que nutre su actual zona irrigada se han necesitado cuatro siglos. El desarrollo ha sido lento, penoso y no siempre continuado, hasta hace solamente unos tres decenios en que los nuevos recursos de la técnica y la creciente disponibilidad en fuentes nacionales de ciertos materiales que hasta entonces se importaban del extranjero, así como el acrecimiento de la capacidad contributiva de la población posibilitaron la ejecución de grandes obras hidráulicas, tales como la reestructuración del antiguo dique que, por iniciativa del gobernador don Tiburcio Benegas, proyectara v ejecutara el ingeniero Cipolletti, así como la construcción de los otros seis diques (cinco derivaciones y uno de embalse que regulan actualmente la distribución de los caudales hídricos de que dispone la Provincia. Tan fundamentales obras han permitido ensanchar nuestro horizonte agrario y señalan firmemente la posibilidad de aumentar en una proporción sustancial las áreas irrigables en zonas adonde aún no ha llegado la fuerza creadora de nuestros agricultores y hombres de empresa, a medida que se aproveche cada vez más integralmente el agua disponible A ese lento desarrollo a través de cuatrocientos años vamos a referirnos en somera síntesis, en la que se verá cómo la acción ordenada e inteligente del factor humano, con su labor tesonera ha ido creando esta magnífica realidad que nos ofrece Mendoza en la hora presente.
Digamos ante todo que la evolución histórica de la irrigación de Mendoza es producto de un proceso sumamente lento y gradual, porque los ríos, arroyos y vertientes fueron aprovechados uno después de otro. Cuando los españoles arribaron a Cuyo encontráronse con que los indios huarpes tenían organizado un buen sistema de regadío, de modo que se limitaron a aprovechar las acequias existentes para regar la zona que se delimitó como traza de la ciudad, así como el ejido circundante y las chacras demarcadas en las zonas aledañas. Los cultivos fueron extendiéndose aguas arriba del Zanjón y a mediados del siglo XVII habían alcanzado ya la hacienda de Vistalba y las márgenes del río Mendoza. El Tunuyán fue aprovechado mucho después, aun cuando la penetración de los castellanos alcanzó el valle de Uco en los años iniciales de la conquista. Si bien en 1621 los jesuitas habían fundado ya su estancia de Jesús, María y José de Uco, en el lugar de la Arboleda, hoy Tupungato, que retuvieron hasta su expulsión en 1767, no hicieron en ella ningún cultivo. Este río, llamado Turbio por los españoles, con sus aguas duras y frías, no se lo juzgó aprovechable para el regadío, a lo que se agregaban las dificultades que ofrecía la construcción de tomas en su curso superior y a las avalanchas que se producían durante el estiaje. El aprovechamiento de sus aguas se haría con el tiempo en su curso medio e inferior. Los cultivos que se registran a mediados del siglo XVIII en el Melocotón y la Consulta fueron aislados y tenían por único objeto suministrar pastaje al ganado que se llevaba a Chile por el paso del Portillo. Recién a mediados del siglo pasado los caudales derivados de este curso fluvial formarían las zonas agrícolas de Santa Rosa y La Paz y solo al finalizar el mismo se efectuarán obras hidráulicas de carácter permanente en el Alto Tunuyán. El río Diamante empezó a ser utilizado para el regadío en 1806, cuando se levanta en su margen el fortín San Rafael y se forma a su amparo la población que es hoy la villa 25 de Mayo. El Atuel es estudiado a principios del siglo actual, no más de quince años después de haberse producido las primeras y precarias derivaciones de su caudal. Muchos años después le tocó el turno al río Malargüe. Si bien desde fines del siglo pasado se iniciaron los cultivos de pastos mediante una acequia que se sacó del río, fue en estos últimos años que se construyó un dique derivador; pero la red de distribución no existe todavía, de modo que la mayor parte de su caudal, especialmente en el verano, va a perderse en los salitrales de Llancanelo. En cuanto al río Grande, que el que conduce mayor volumen de agua en toda época del año, ni una gota de su caudal es aprovechada. En 1944 se iniciaron los estudios para captar parte de sus aguas —las de los ríos Tordillo y Cobre— para volcarlas en el Atuel, y aunque los mismos están virtualmente concluidos y planificadas en parte las obras de captación y conducción, nada se ha concretado en cuanto a su realización Mencionemos por último al Barrancas, el río olvidado, para decir que su utilización constituye una remota posibilidad. Cada uno de los ríos mencionados tiene su zona particular de regadío, independiente de las demás, lo que resalta con nitidez si echamos una mirada sobre el mapa de la Provincia, en el cual velemos que las cuencas de sus cursos de agua forman verdaderos oasis circundados de vastos e inhóspitos desiertos.
Fuente: Jorge Segura, El riego en nuestra Provincia en Los Andes. Suplemento 75º aniversario, Mendoza, 1957
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