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Dic 11, 2016 Eduardo Paganini El baúl Comentarios desactivados en Un estudio en profundidad sobre nuestro poeta Ricardo Tudela (III)
“Se hace una breve presentación del autor mendocino (1893-1984) y de su obra. Se estudia su reflexión sobre la poesía a través de sus ensayos agrupados en El hecho lírico (1935-1937). Se estudian además otros textos de Tudela relacionados con este conjunto de ensayos y las principales lecturas que influyen en su concepción. Se analizan los principales aspectos tratados por el autor: poesía e inconsciente; poesía y sueño; poesía y celebración; poesía y «geometría vegetal»; ritmo poético y ritmo cósmico; poesía y sentimiento; poesía pura, etc. Se vincula esta poética con las teorías románticas y posrománticas; se procura ubicarla en el marco de las poéticas argentinas del siglo XX”.
Así reza el Resumen que cierra el artículo especializado de la Prof. Gloria Videla de Rivero y que hoy concluimos de transcribir en EL BAÚL.
Continúa con las reflexiones sobre la poesía celebratoria. Alude sucintamente a opiniones o posturas de Keats, Whitman, Nietzs- che, Verhaeren, Hólderlin:
«Esto de la alegría en poesía ha tenido algunos apóstoles. Por supuesto, los más dolorosos: Keats, Walt Whitman, Nietzsche, Verhaeren, Hólderlin… De Keats es esta bella frase: Toda cosa bella es una alegría perenne. De Walt Whitman y Nietzsche nos quedan su dionisismo y su afiebrada embriaguez. Los otros […] tuvieron esa cumbre como persecución de lo que les faltaba, si bien, cósmicamente, agruparon ciertas realidades muy próximas al tono jovial. Pero, es incuestionable, sin desgarramiento no hay creación: no hay liberación […] Siendo función de la naturaleza, la lírica vierte el alma a lo sobrenatural. Es decir, hacia la última realidad».
Uno de los aciertos del fragmento citado es el puente tendido entre los poetas celebratorios románticos y posrománticos y uno de los filósofos teorizadores del vitalismo filosófico: Nietzsche. Es posible que en el vitalismo inmanentista de este pensador esté ya larvado el dispar o paradójico desarrollo de las manifestaciones de este signo predominantes en el siglo XX: el hedonismo como meta de vida, conviviendo con un doloroso nihilismo desesperanzado.
Cita en este apartado a Emerson y a Rilke. Del primero toma la idea del carácter simbólico de todo lo creado: «Somos símbolos y habitamos símbolos». Aquí también adhiere Tudela a la teoría poética trascendentalista norteamericana, en cuya visión monista del universo todo ser funciona a modo de lenguaje cifrado que revela, en fluidas transformaciones, la esencia de la naturaleza divina. El arte capta y traduce este lenguaje y el poeta es sublimado a la categoría de profeta. «Su imaginación, fundada en la inspiración y aún en el instinto, se somete con sabia pasividad a las corridas emanadas de la Superalma y crea así obras de belleza orgánica las cuales reflejan y encarnan la Idea central del universo»[i].
Todo objeto, todo ser, remite a esencias que el poeta puede velar. Por eso Tudela asocia las ideas de Emerson con la afirmación de Rilke: «El poeta es el hombre sin impedimento, que ve y refleja lo que otros sueñan, que recorre la escala entera de la experiencia. Con tales armas es, entre hombres incompletos, el hombre completo».
Sigue aquí glosando a Emerson. «Poetizar -en su más alta tradición- es trazar círculos incesantes». El círculo del ojo, el del horizonte, son los dos círculos iniciales y simbólicos de una serie infinita de círculos concéntricos. Cada límite es un nuevo comienzo, sobre cada mediodía hay otra alba, bajo cada abismo se abre otro y otro más. Esta experiencia se refiere al tiempo, al espacio y a la realidad, que conduce a la realidad ulterior de toda ulterioridad del espíritu. «El poeta y la realidad crean sus círculos milagrosos”.
Los poetas son «los mensajeros de la realidad», de la realidad última. Su poesía puede interpretarse, «lo que es siempre una empresa peligrosa» (Schopenhauer), pero no traducirse. Es intransferible. «El espíritu se ha metido en cuanto ha dicho y no se le puede dar ya otro habitante que su mismo espíritu».
Completa las ideas precedentes. Insiste aquí en la idea de que el poeta se nutre de la vida y en que esa vida, para ser poética, debe nutrirse en el sueño. El sueño lleva al hombre más allá de sí mismo, «en trance sobrehumano de hombre». La poesía sirve así al crecimiento interior y éste a la poesía: hay una relación mutua.
Pone aquí el acento en las dificultades, en el costo humano de la vocación poética: el poeta trabaja con palabras, pero éstas surgen de «hervores, que es una alta tensión de toda la vida. Dentro de tal fuego no podemos ser sino lo de adentro».
Esa misión es dolorosa, difícil, arriesgada. El poeta es invadido por su creación, por el canto, «rompiendo todos los diques y dejando pasar bien salvajemente todas las aguas». Es hombre que «sangra todas las sangres», se muerde la entraña, rompe los límites máximos. «Con esa jerarquía lírica la poesía será liberación y desvelo cósmico sobre la tierra». Señala una vez más el «heroísmo espiritual de todo artista profundo».
Esta concepción del poeta como héroe también informa la poética y la poesía de Ramponi:
«Héroe ecuestre en tu sangre:
corta los duros grillos terrestres, apacigua tu canto,
arrodilla la grímpola del húsar».
(Piedra infinita, p. 42).
La reflexión de Tudela se asoma otra vez a un campo peligroso para la salud psíquica y espiritual del hombre poeta, reiterando ideas expresadas en el capítulo ya comentado: Geometría de lo vegetal. Siguiendo la concepción romántica del «poeta maldito», inmerso en «las flores del mal», el teorizador mendocino entra en la consideración y aceptación de un necesario contacto con el mal, del que intenta liberarse por la poesía: el poeta «es un hombre puro que se pone a prueba ante toda su naturaleza el poder demoníaco de liberarse de ella. Es un hombre que quiere tentar bíblicamente para sumergirse en el dios interior». Y afirma más adelante: “la cuestión es que el poeta tenga una ardiente conciencia de su poder y que sepa entregarse poderosamente al material diabólico que se urde en sus entrañas».
Es probable que la formación básica protestante cristiana de Tudela, que concibe a un Dios personal, creador del Universo y trascedente al hombre, interfiriera en su recepción de las vetas ocultistas de la la teoría romántica. Según ella, la inmersión en el inconsciente a través del sueño o del éxtasis poético es una operación que permite, en el caso de ser sorteados sus peligros, -sus demonios- unirse al universo, al ritmo cósmico, llegar al infinito. Se trata de una aventura mística que busca una expansión de la individualidad para lograr la reincorporación al Todo, pero no implica el salto fuera de sí mismo para unirse al Dios-Otro. Esta concepción difiere de la de los grandes místicos católicos (Santa Teresa, San Juan de la Cruz) para quienes la iniciativa amorosa parte de Dios, quien propone a su creatura la unión gradual, fundada en la ascética y en las purificaciones operadas por Él sobre quien se deja transformar.
La poética de Ramponi coincide con la mencionada idea éxtasis poético como riesgo. Veamos, por ejemplo, un fragmento del Rito del dios caníbal:
Versado en grandes riesgos y desgracias
mi corazón sin duda viene de una casta de mártires.
Amo la ponzoña sagrada que me encona la lengua
y el canto me sucede, de pronto, como un áspero viento
giratorio, abrasivo […]”[ii]
«Doy paso a una embriaguez
con sístole de infierno, de demonio caníbal;
un romance en que el cráneo ama los garfios como flores,
la sangre un fuego ciego cargado de cicutas,
la cintura un dulcísimo ceñidor sanguinario.
Yo tiendo a quien lo exige con toda mi osadía,
creciendo muesca a muesca en el terror
hasta situarme al tope de la angustia con un golpe de sangre irreversible»[iii].
Si en la teorización de Tudela el poeta se somete a una prueba para que la poesía «sea liberación y desvelo cósmico», en la creación metapoética de Ramponi la experiencia se convierte en un verdadero martirio, en un rito, en una consumación casi asfixiante.
Tudela insiste aquí en la idea de que poesía es liberación y el poeta, el libertador por excelencia. Postula también la conveniencia de una alianza entre poesía y filosofía, entre la gracia y la profundidad, aunque afirma que el poeta no ha de servir a doctrinas que no asciendan de sí mismo.
Cita a Waldo Frank: «En un mundo que muere, la creación es revolución». Y afirma con optimismo vitalista: «La vida, por mucho que se la mutile, tarde o temprano encuentra sus cauces ocultos y se realiza». Observamos aquí también el paralelismo con un verso de Ramponi:
La savia halla siempre el camino del brote».
(Corazón terrestre)
Me he detenido en los principales ensayos tudelianos de la década del treinta, con alguna mención a textos posteriores que avalan la hipótesis de su ascendencia romántica.
Tudela se definió reiteradamente como un romántico. Su permanente desasosiego, su extrema subjetividad, los «hervores» de sus sentimientos, su rebeldía, entre otros rasgos temperamentales, avalan su definición. No es extraño que encontrara en los teóricos de aquel movimiento y en su saga conceptual el alimento para sus ideas estéticas. En ellas confluyen tendencias varias: concepciones organicistas románticas (abrevadas sobre todo en sus manifestaciones trascendentalistas norteamericanas), el vitalismo irracionalista, el surrealismo, la «intuición panteísta del mundo», probables lecturas iniciáticas, el desapego por los dogmas, su «libre congoja religiosa», lecturas bíblicas, creencias cristianas protestantes que se mezclan más tarde con doctrinas hinduistas, el inmanentismo cósmico, las doctrinas sobre la evolución del universo, la fusión de todos estos elementos aparentemente dispares por medio del descubrimiento del «Cristo Cósmico» de Teilhard de Chardin. Descubrimiento que le permite una intuición de lo divino y el encuentro con el Cristo, Alfa y Omega, si bien no lo conduce (al menos conceptualmente) a un Dios que trasciende el cosmos creado ni a una mística que relacione al hombre con el Dios «Otro».
Cuando Tudela encuentra en Teilhard una teoría con la que se identifica, descubre nexos entre el pensamiento del jesuita y el de Emerson: «Descubro, sí, que ambos vivieron notablemente estremecidos por todo lo terrestre, circunstancial, fenoménico, cotidiano comunicable y elevador […]. Sin duda el pensamiento de ambos es fuertemente reverencial, horada las espesas capas de la trama cósmica del universo»[iv]. Y agrega: «El Dios Cósmico, que adoré toda mi existencia, se hace presente en uno y otro filósofo»[v].
He introducido además, muy selectivamente, ejemplos de textos metapoéticos de Jorge Enrique Ramponi que muestran grandes coincidencias con las teorizaciones de Tudela. Creo que éstas nos dan varias claves para la comprensión de los poemas de Ramponi quien, fiel a los postulados románticos, identificó al máximo vida y poesía. Existió sin duda un diálogo entre ambos poetas, que pertenecieron al grupo vanguardista «Megáfono» a fines de los años veinte. Tudela ofreció además a Ramponi las páginas del primer número de su revista Oeste, aparecido en 1935, para que publicara parte de sus libros: Corazón terrestre y Maromas de tránsito y espuma, en los que expresa vivencias y teorías poéticas semejantes.
Queda abierto el camino para una comparación más detallada entre ambas poéticas, que señale no sólo sus semejanzas, sino también sus diferencias. La confrontación de la estética tudeliana con la de otros poetas argentinos del siglo XX, de su generación y de las siguientes, sobre todo de los cuarentistas, permitiría ver múltiples puntos en común, explicables por comunes genealogías. Queda también abierta la investigación sobre la estética de Tudela en otros textos suyos que no examino aquí. Dejo como otra propuesta para futuros estudios la comparación entre su teoría y su práctica poética.
Tudela fue, según propia definición, un pensador más intuitivo que racional. Su irracionalismo lo lleva a expresarse sin afán de sistematización, reiterando con modulaciones sus ideas. Las vetas esotéricas que lo influyen directa o indirectamente, la complejidad de las tendencias que inciden en su espíritu, su mismo desasosiego íntimo, su afán de desestructurar esquemas culturales, dificultan la empresa de describir con cierto orden sistemático su estética. Lo he intentado, sin embargo, con la esperanza de contribuir así al conocimiento de las poéticas argentinas del siglo XX.
Fuente: Gloria Videla de Rivero, La poética de Ricardo Tudela: sus filiaciones literarias posrománticas en Piedra y Canto (Cuadernos del Centro de Estudios de Literatura de Mendoza), Mendoza, Centro de Estudios de Literatura de Mendoza, Editorial de la Facultad de Filosofía y Letras, U.N.Cuyo, Nº 6, 1999-2000.
Referencias:
[i] René Wellek. «Ralph Waldo Emerson (1803-1882)», en Historia de la moderna, T. III, ed. cit., pp. 224-225.
[ii] Jorge E. Ramponi. Los límites y el caos. Buenos Aires, Losada, 1972, p. 60.
[iii] Ibíd., pp. 63-64
[iv] R. Tudela. «Emerson y Teilhard de Chardin en mi vida», en Ventanales de la conciencia humana. Ensayos confidenciales, ed. cit., p. 205.
[v] Ibíd., p. 209.
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