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Jun 07, 2015 La Quinta Pata Cultura, Recomendada Comentarios desactivados en Fantasía para un Gentilhombre (mejor, dos)
por Alberto Atienza
“Duro, muy duro, ser el último” pensaba Ramón al apagar las luces del local partidario y cerrar la puerta de la humilde casita. “Antes había un encargado —recordaba— y no cuidaba algo como esto, sino una mansión que pasó a manos del proletariado. En pleno centro. Un lugar donde no cabían los camaradas. Sus muros de cemento temblaban cuando cantábamos La Internacional. Los asados que hacíamos en el patio…”
Y le daban ganas de llorar. No podía incurrir en esa debilidad. No por la fantasía burguesa de que sólo a las mujeres se les permite el acceso al llanto. No lo haría porque eso sería el fin. La clausura de años de militancia. El cerró las esclusas de sus lagrimales cuando los sicarios de la CIA mataron al Ché. ¿Por qué? ¿Porque estoy solo? ¿Por qué no hay nadie a mi lado? Ya vendrán los nuevos. La sangre joven. El entusiasmo. El fuego. La pasión. Acá estaré yo esperándolos. Y no me van a encontrar sollozando como a una señora de la calle Boulogne Sur Mer porque su perrita caniche le meó la alfombra persa” ¿Vendrán? Chicas y muchachos andan en otras. De mochileros por las rutas argentinas. Internet. Celulares con música y que sacan fotos y dale con los mensajes de texto. Rock, pero no el puro, cuadrado, otro, fraccionado en mil sub ritmos. Darks, todos de negro y las darkitas, casi azafatas de carroza. Punks criollos con caras de tobas y caracterizados a la usanza londinense. Hippies anacrónicos. Jóvenes en autos con escape libre y grandes parlantes, con sus sesos casi licuados, por la cumbia, por los escapes. Los pibes chorros (legión) Niños mendigos con tarjetas que acreditan discapacidad y piden plata para una organización que los ampara (¿cuál?) Cuidacoches. Malabaristas en semáforos. Los que hacen colas de cuadras para conseguir un trabajo. Pibas cajeras de un supermercado con pañales descartables para que no vayan al baño y no se interrumpa el flujo de dinero en los días pico de ventas, en las horas hocico de ventas. Las putitas adolescentes de la cuarta.
Y preguntas: ¿Qué hice yo, qué hicimos, para que todo esto no ocurriera? Interrogante de difícil respuesta.
Pibes en motos de cien centímetros cúbicos en atronador enjambre reviviendo a Marlon Brando en “El Salvaje”. Pero, el Marlon, que desairó al Oscar de la Academía de Hollywod y mandó a una indígena a recibir el premio en su lugar, tripulaban, él y su pandilla grandes motos. Ni parecido. Los de acá, catervas del subdesarrollo, parodias oscuras de películas. Deliberis en motitos pedorreras y atronadoras. Niños bien y otros no tanto en autos tuning escaneados en resina plástica, mucho audio, estruendo de motor y luces. Y otros, a bordo de patéticos bolones de óxido, todos ruidosos.
Adolescentes flaquitas con navajas patoteando a la rubia de novia, por el novio, les flamean las cortas faldas escolares en los amagos de puntazos. Los nenes de 13 años pero que parece que tienen seis porque la madre no se alimentó bien desde antes de parirlos y ellos ahora inauguran una tradición: no quieren comer. Rechazan el sanguche que un turista sueco les ofrece (¿conocerán esos oriundos de la tierra de Lars Nilsson la triste historia de la buena Dagmar Hagelin?) El hombre del país de los Volvos les convida proteínas en la coqueta peatonal y los chicos, demasiado serios, vestidos con ropas más grandes que ellos y sucias, dicen que no y se sumergen en la bolsita plástica de la que inhalan. Aceptan una moneda, para poxiran, para que les atomice todavía más el cerebro. El poxiran, algo así como el ruido disfrazado de música, la decadencia sin fulgor, llamada cumbia villera, la cocaína, más licuante aun, el alcohol en cataratas, los combos chatarras y las cajuelas prodigio y las lombrices que inflan eso que parece carne, la vergüenza de tragar esa inmundicia en la patria de las vacas.
La oferta de vida de la sociedad moderna para jóvenes y niños. Aprovechen chicas y muchachos, esto es una promoción..
“Si me quedé solo, no será en vano”, piensa Ramón. “Heredé el andamiaje vacío del PC, si, es cierto, me quedó, la obra muerta. La casita vacía, los libros que, de a poco, los voy derivando para algún estudiante que despierta a la lectura ¿Para qué sirve una biblioteca a la que nadie concurre? Es mejor que los libros salgan al encuentro de quien los ame. Me acuerdo del caballo en el salitral y el perfume del pasto fresco que lleva en el carro que arrastra. Se confunde con el aroma. Olía que lo esperaban frescos bocados si avanzaba. Y no era así. Los vahos de verdes ternuras lo seguían, se le adelantaban. Más allá, sólo el vacío. Esto me lo refirió Antonio Di Benedetto, alguien que nunca me dio trabajo. Y con eso, el equino mártir, escribió uno de sus más bellos cuentos. Acaso, esto, que me ocurre a mí, sea el empleo que yo le pedí en prestigioso matutino y que no se concretó por mi cartel de PC. Y me llega ahora, sin sueldo. Antonio, uno de los 30.000 desaparecidos. No lo esfumaron como a tantos, pero lo hicieron morir antes de su esperado fin, el que todos aguardamos. Antonio, me das hoy el laburo que me negaste allá por los 60: soy un caballo en el salitral, solo, sin retorno. Pero, pienso ¿Cómo anda la Iglesia Católica Apostólica y Romana? Está más sola que yo. Se pasó 500 años en esta tierra al lado de los poderosos. Bendijo el exterminio de aborígenes y le dio la comunión a rojas y lonardis, a videlas y lanusses. Abusaron los dirigentes de esa corporación. Actuaron sin tino en el reparto de hostias. Baratearon (o vendieron) la Sagrada Eucaristía ¿Qué le quedó en pie a la venerable institución por estos pagos?: templos vacíos, mientras los herejes, como los llamaba, llenan los suyos. Van los apóstatas, antes eran de la grey, casa por casa ofreciendo conferencias, esclarecimiento, salvación. Están al lado de la madre del pibe asesinado en la villa de emergencia. Promueven comedores para niños y viejos que todavía tienen hambre, desde que eran pendejos tienen hambre. Rezan por el sin trabajo, lo palmean, lo alientan. ¿Y los curas adónde están?”
En uno solo, te contamos, Ramón.
En uno llamado Jorge. Contreras para más señas. Y nunca mejor llevado el apellido, porque él nada en contra del torrente de abulia, en el rio del abandono. Casi no le queda cuerpo pero sigue en la lid. Capacita a jóvenes para que consigan trabajo. Reparte su arroz, su pan, su tiempo, sus rezos, sus rejas (que se las roban) Se estaba muriendo en un camastro y se llenó el hospital de personas, cientos y cientos, que cantaban a los gritos “La Virgen de la Carrodilla” y a él le llegó como en un susurro varias paredes de por medio esa música y a la vez oración. El obispo concurre abismado ante tanta gente movilizada por un simple cura de barrio. Y se pregunta “¿La Iglesia dónde está?” En el Arzobispado, Catamarca y San Juan, en las capillas (dos) con chetos, políticos, usureros que se golpean el pecho y comulgan y algunos pocos fieles. No figura la iglesia en las parroquias vacías, en villas, ocupadas por mormones, testigos de jehová, umbandas, parapsicólogos, brujas de velas negras. Poblaciones donde el delito cunde y se expande sobre la ciudad. El obispo admite, no hay opción, la Iglesia es él, ese curita, que atacado por cáncer y neumonía peleó por su vida en la unidad de terapia intensiva. Le aguarda una misión, superior. Por eso, la muerte lo respeta.
Ramón piensa. Todo el día piensa. En cada segundo. Eso lo preservó de los achaques de la vejez. No fue el PC. Se salva por su actividad intelectual, por sus publicaciones contestatarias, porque de repente a un montón de aprendices (cargos políticos de por medio) en su rol de representante de derechos humanos (pesado papel) les dice todo, sin puntos ni comas, sin eufemismos. Los ubica en sus lugares. Les habla a quienes con los ojos entrecerrados permitieron la venta de enormes territorios a extranjeros que alambran todo y cobran derecho de peaje a los propios argentinos. Salen (ellos, elegidos por el pueblo) fotografiados en fiestas de la vendimia paralelas patrocinadas por poderosos que los sitúan en roles de personajes episódicos.
Ramón, por su sensibilidad siempre despierta, por su don de crítica, por su solidaridad, no se calla. Los encuentra parecidos a los que se fueron. Esos, que cayeron de cargos en los que la gente los puso y aterrizaron en fundaciones inventadas, máquinas de hacer plata, en emprendimientos fabulosos: hoteles cinco estrellas, megaestaciones de servicios, playas de estacionamiento, pubs, agencias de lujuriosos autos.
***
Sostiene la leyenda (los historiadores están en otra cosa) que subsisten sólo dos hombres íntegros en Mendoza, en medio de una multitud que únicamente piensa en sí misma: el cura Contreras y Ramón. A ambos se les asigna una férrea coherencia, elemento escaso y que caracterizó a algunos de nuestros próceres. Los ven inclaudicables, luchadores. A veces molestan a los gobiernos porque siempre están al lado de los que sufren injusticia. De magros cuerpos, muchos años sobre sus osamentas, exhiben una fuerza sobrenatural (un milagro, ateo o sacro) para patear el “statu quo” que a diario desciende desde la clase dirigente.
En sus desiertos, se sienten solos. Tal vez sean los últimos. Dos mohicanos por cuerda separada y que están en lo mismo, más allá de ideologías o dogmas de fe. Dos. Es poco.
Y los demás, a quienes nos duele la violencia, la inseguridad, los jóvenes malogrados, que nos indignan las explosivas fortunas de algunos políticos ¿Qué hacemos?
(Nota de la Redacción) Al poco tiempo que el autor terminó esta nota, el Cura Contreras falleció. No hubo reemplazo)
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