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Jun 06, 2015 Eduardo Paganini El baúl Comentarios desactivados en Agua y acequias: Evolución del riego en Mendoza II
Continuamos con la edición de las notas que sobre el sistema del riego el diario Los Andes publicara en su ejemplar de homenaje al 75 aniversario de vida periodística. En este caso se analizan los antecedes precolombinos que sostuvieron el sistema de canales y acequias. Resultan interesantes los datos específicos del recurso hídrico, pero sobre todo el modo de (mal)tratamiento que merecían entonces las culturas precolombinas.
La irrigación en el continente americano es muy anterior al arribo de los españoles. En esto los aborígenes se hallaban adelantadísimos. En ninguna parte del mundo, como lo anota Latchman, se practicó más racionalmente el riego artificial que en las regiones que formaban parte del imperio de los incas. Para fertilizar los suelos áridos se aprovechaban todas las aguas superficiales, que eran conducidas a los suelos apropiados para la agricultura a través de desiertos y serranías, o bien hacían terrazas en las laderas de los cerros y montañas a las que se llevaba tierra fértil desde lejanas distancias. El sistema de riego y las obras ejecutadas llamaron la atención de los conquistadores y aun hoy sus vestigios causan admiración. El riego se conocía en toda la América del Sur desde tiempos muy remotos y casi todas las tribus agrícolas lo practicaban con más o menos perfección. Está ya probado que la mayor parte de los acueductos y sistemas de riego existían en el Perú antes del nacimiento del imperio de los incas. Estos se limitaron a perfeccionarlos y a extender su empleo a las regiones que fueron paulatinamente sometiendo a su férula. Sabemos por Garcilaso que cuando el inca conquistaba un nuevo territorio mandaba que las tierras laborables fueran aumentadas, especialmente para las siembras de maíz, para lo cual enviaba sus «ingenieros de acequias», que los hubo famosísimos, quienes sacaban con mucha habilidad los acueductos y los llevaban a las tierras destinadas a la labranza. No se sembraba un grano de aquel cereal sin agua de riego. En las tomas de los ríos hacían reparos sumamente eficaces contra las crecientas y avenidas. Los canales los cavaban por muchas leguas «con notable trabajo y artificio», perforando muchas veces la peña viva, o llevándolos por socavones subterráneos. Eran verdaderas obras de ingeniería que todos los adelantos modernos no podían mejorar. Lo notable es que, careciendo de herramientas metálicas, los hicieran tan bien. Los incas llevaron a Chile al conquistar este territorio, sus conocimientos hidráulicos, como antes lo habían hecho en Cuyo cuando se asentaron en Guantata [sic], que fue la población más austral del vasto imperio del Tahuantinsuyu, unida por un buen camino al centro de Chile y por otro al Tucumán. Este hecho mantiene la incertidumbre respecto de si nuestro Zanjón, actual canal Cacique Guaymallén, fue obra de los aborígenes o de la naturaleza. Algunos antecedentes e indicios nos llevan a no concordar con el juicio de quienes niegan a los indígenas aptitudes para la hidráulica y atribuyen a fallas geológicas y a las condiciones físicas del terreno el canal Zanjón y las acequias de él derivadas que los españoles encontraron al descubrir estas tierras. Posiblemente lo primero sea cierto, si nos atenemos a la tesis del doctor Loos, según la cual el Zanjón pudo ser una falla geológica por la que derivaron agua s del rio Mendoza, que los indios radicados en lo que es ahora la capital de la Provincia, San José y Pedro Molina destinaron a beneficiar sus cultivos; mas no porque los naturales, sobre todo los incas que llegaron acá hacia 1454, no fuesen capaces de construir un cauce como el del Zanjón debido a que carecían de medios adecuados para acometer y llevar a cabo una obra de esa envergadura. En el Perú había canales que tenían quinientos kilómetros de longitud, que partían desde el corazón de las montañas. El sistema de regadío incaico no podía ser más perfecto y nada pudieron añadir los españoles para mejorarlo, si nos atenemos a lo que unánimemente relatan Garcilaso y los cronistas contemporáneos que se ocuparon de este asunto. Y no solo eso, sino que contaban con una reglamentación estricta sobre el uso del agua. Esta corría por las acequias secundarias el tiempo necesario para regar todos los predios dependientes de ellas. Cada agricultor tenía asignado un turno. El robo de agua era castigado severamente, como también cuando alguien dejaba de regar su chacra. No sabemos si aquí, en Cuyo, antes del arribo de los incas funcionaban canales y acequias. En Chile sí los había, siendo numerosas las alusiones de los cronistas y relatores de la conquista y la colonia que se han ocupado de este asunto. En el lugar donde se fundó Santiago había varias acequias sacadas de los ríos Mapocho y Maipo, que fueron tomadas en cuenta y señaladas en el reparto de las chacras. Incluso se encontró una acequia subterránea hecha con tubos de greda que regaba el huerto del gobernador del Incario. Siendo así y dadas las comunicaciones que existían entre los indios de allende y aquende la cordillera, no puede descartarse la presunción de que los huarpes tuviesen sementeras sustentadas con el regadío artificial antes de que los peruanos irrumpieran en su territorio. A mayor abundamiento digamos que no resulta fácil creer, a poco que se ahonde la cuestión, que el canal Zanjón fuera una fractura de la tierra por donde se desvió una parte del canal del río y que la acción mecánica de las aguas durante siglos lo convirtió en canal. Es imposible admitir que con la enorme cantidad de material de arrastre que ha debido llevar este curso de agua y con el aporte aluvional que afluye a él desde el oeste a través de todo su recorrido se hubiera podido mantener expedito durante siglos. Nótese que el Zanjón ha formado su cauce en una pendiente y no en una depresión del terreno. Esta última se ha formado hacia el oeste con los desembarques y el refuerzo constante de su margen derecha, pues sobre ésta se ha ejercido siempre la presión de las aguas y por ella se han producido siempre los desbordes. Mas lo que de ninguna manera es admisible es que las acequias que encontraron los españoles se hubieran formado por simple acción mecánica de las aguas que derivaron naturalmente del Zanjón sin ninguna intervención de los indígenas, sobre todo aquellas que se encontraban hacia el oeste en lo alto de la pendiente que caía a dicho cauce. Por todo ello aparece indudable que fueron los huarpes los que construyeron el sistema de regadío que necesitaban para el sustento de sus cultivos. Hay que tener presente que los indios de Guantata, como los de casi todo el continente, tenían el maíz como base de su alimentación y que conocían otros vegetales cuyos frutos formaban también parte de la misma: el zapallo, la papa, el camote, el poroto, etc.
Con estos productos regalaron a la gente de don Pedro de Castillo cuando salieron a recibirle en Uspallata. Así, pues, debemos forzosamente admitir que los huarpes poseían conocimientos hidráulicos y que, ayudados por los «ingenieros de acequias” del Incario, pudieron incluso haber construido el Zanjón. Da pábulo a esta conjetura la circunstancia de que le toma del río era llamada «toma del inca». En un informe que el ministro de real hacienda de Mendoza, don José A. Palacios, proporcionó al gobernador intendente de Córdoba don Rafael de Sobremonte, respecto de las características más salientes de la geografía física y económica de Cuyo, fechado el 14 de diciembre de 1791, se alude a «la principal acequia que se saca de este río, a distancia de siete leguas, cuya toma algo más arriba de donde al presente se recibe el agua es generalmente conocida con el nombre de Toma del Inca, desde donde conducían el agua necesaria los naturales que poblaban este suelo, en el que aún permanecen otras acequias hijas de la Principal conocidas por los nombres de aquellos indios como de Guaymallén, Tabalqui y otras por el estilo. No se sabe con qué herramientas las abrieron: pero cualquiera que fuese debía ser fuerte para tal fin» (Archivo Histórico de Mendoza. «Labor de Aduana», copiador Nº 12. fs. 369, año 1786-92). Lo que ahora ya no ofrece duda alguna es que la agricultura de los aborígenes basada en el regadío era de data relativamente reciente pues si bien había dado, en alguna medida un carácter distintivo de comunidad agrícola a ciertas parcialidades huarpes, en cambio éstas no habían llegado a una productividad que facilitase el cimiento para una civilización de ese tipo. A la llegada de los españoles la agricultura era incipiente; Guantata y las lagunas de Guanacache eran centros de regadío en formación y sus pobladores eran de baja cultura; no tenían ni siquiera un centro urbano de alguna significación y la evolución social no había llegado al punto en el cual la producción agrícola permite liberar una cierta cantidad de energía humana para aplicarla a diversas artesanías, construcciones y otras actividades. «Siembran escasamente«, dice refiriéndose a los huarpes el historiador Suárez de Figueroa. Obvia decir, por lo demás, que existe una estrecha relación entre la producción de alimentos y la población y que el regadío en gran escala está asociado con poblaciones densas. Si nos atenemos a esto surge con evidencia que los centros agrícolas de Guantata y zona palustre de Guanacache no eran muy antiguos porque no existían allí concentraciones humanas apreciables. En todo Cuyo fueron censados no más de 20.000 indios que se hallaban diseminados en pequeñas comunidades en los valles de Guantata, Uco, Jaurúa y Guanacache. Por otra parte, el regadío requiere una autoridad administrativa mucho más fuerte que la que encontraron los castellanos de Villagrán y de Castillo y que aquella a la que hacen referencia los cronistas de entonces. La agricultura de los huarpes se basaba en cultivos temporarios y cada comunidad o pequeño poblado local era independiente de los demás. Cada uno de los cauces que encontraron aquí los españoles servía a la zona de cultivo de una parcialidad indígena y llevaba el nombre del curaca de cada una de ellas: Goaymalle, Tabalques, Allaime, Tobar Grande y Chico. No existió, a lo que parece, una autoridad supracomunal, porque la densidad de población no fue suficientemente grande como para dar origen a disputas por tierras o por agua. No hay evidencia respecto de si hubo en esos poblados alguna suerte de cooperación económica intercomunal y si el regadío fue llevado a cabo mediante alguna forma de trabajo obligatorio. Posiblemente la norma o la costumbre era la de una tierra cultivada en común por cada agrupación que proveía poco más que la subsistencia de las familias que la labraban. Ya dijimos que los incas llegaron a Cuyo hacia 1454, vinieron con un poderoso ejército desde el Tucumán., siguiendo la banda oriental de la cordillera hasta llegar a Guantata y desde aquí pasaron el macizo andino por Uspallata, irrumpiendo en el valle del Mapocho donde casi un siglo después don Pedro de Valdivia fundaría la ciudad de Santiago. Todas las tribus radicadas a lo largo de este trayecto se sometieron voluntariamente a la soberanía del Cuzco. En la Guantata indígena se conservaban, hasta el arribo de don Pedro del Castillo, vale decir una centuria después, restos de paredones de los amplios edificios que utilizó para alojarse el ejército peruano durante su permanencia aquí. Pues bien; lo antedicho conduce a la afirmación de que es poco probable que con anterioridad a la invasión y asentamiento incaicos se hubiera practicado en Guantata el regadío artificial, aunque, como ya puntualizamos, los huarpes pudieron tener algunos rudimentos sobre prácticas agrícolas por influencia de los aborígenes chilenos, mucho más adelantados que ellos en esta materia.
Fuente: s/d, La influencia incaica se refleja en la red construida por los indios huarpes en Los Andes. Suplemento 75º aniversario, Mendoza, 1957
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