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Ene 22, 2017 Eduardo Paganini El Baúl Nacional Comentarios desactivados en Gral. Antonio José de Sucre: el Abel de América
Vencedor en Ayacucho, fue un héroe cardinal de la Independencia Americana, Bolivia le debe su existencia y todos nosotros el ejemplo de una ética feroz y una generosidad sin límites.
Eran las siete de la mañana del 14 de junio de 1830. El follaje de la selva tropical estrechaba el sendero y el vapor que despedían los pantanos dificultaba el paso de los siete hombres que atravesaban, temerosos de alguna emboscada, las montañas de Berruecos, al sudoeste de Colombia.
Una voz llamó desde la espesura; alguien del el grupo contestó, delatando la ubicación de los viajeros y de inmediato se oyeron cuatro tiros. “Ay, balazo” llegó a exclamar Antonio José de Sucre antes de morir. Apenas vivió treinta y cinco años, pero le bastaron para ser el tercer Libertador de nuestro continente: a él —un general de veintinueve— se le debe Ayacucho, la batalla que terminó de expulsar al ejército español de Sudamérica.
El chico sin infancia
Cuando lo que hoy es Venezuela proclamó su Primera República, en 1811, Sucre apenas era un adolescente, pero ya peleaba en las filas del patriota Francisco Miranda.
Había nacido el 3 de febrero de 1795 en Cumaná. Se crió en una familia acomodada, pero su infancia no fue alegre: a los siete años perdió a su madre y un año después su padre, vuelto a casar, se lo sacó de encima. Encontró el afecto en un tío suyo, José Manuel Sucre, quien lo llevó a vivir a Caracas: “Fue él —escribió años después a Simón Bolívar (Nueva 259)— quien me inspiró los sentimientos con que creo haber servido a mi patria”. A los trece comenzó a estudiar ingeniería militar, pero al poco tiempo se desató la lucha por la Independencia y decidió tomar parte en ella.
Pasó la edad de las aulas peleando contra los españoles. Cuando se proclamó la Tercera República tenía veinticuatro años. Entretanto había combatido en las campañas que derivaron en los dos intentos anteriores que terminaron en desastre; había ido al exilio y regresado para volver a combatir; había viajado a las Antillas para conseguir dinero y municiones.
Al principio estuvo bajo las órdenes de Santiago Mariño, pero cuando lo conoció a Bolívar supo que el futuro del país estaba de su lado y con él siguió luchando para afianzar la República de Gran Colombia, que absorbió los territorios de Venezuela y Panamá (en 1821) y luego Ecuador.
La amistad del joven y el Libertador fue indestructible, aunque no siempre la lealtad de Sucre fue comprendida. La anécdota acerca de un encuentro entre ambos muestra la talla de Antonio José. “¿Quién va?”, preguntó Bolívar. “El general Sucre”, le contestó el cumanés. “No hay tal general Sucre” (Bolívar no sabía que, en su ausencia, el presidente en funciones lo había ascendido). “No —respondió Sucre—. No hay tal cargo si usted no lo refrenda.”
“Estoy persuadido de que algún día rivalizará conmigo”, escribió alguna vez Bolívar. Sin embargo, no tuvo lugarteniente más eficaz. La victoria de Sucre en Pichincha (1822) permitió la independencia de Ecuador, que pasó a integrar la República de Gran Colombia.
Gracias a la campaña ecuatoriana, sólo quedaban españoles en Perú. El general José de San Martín ya había renunciado al Protectorado de ese país y se había marchado: sabía que Bolívar no enviaría una fuerza de auxilio mientras él estuviera allí. El venezolano condujo la campaña que llevó a la victoria de Junín, pero debió volver a su país por órdenes del Congreso.
Ayacucho
Quedó entonces a cargo de Sucre la tarea de expulsar a los españoles. El 9 de diciembre de 1824, los seis mil hombres del Ejército Unido (colombianos. peruanos y argentinos) se enfrentaron a los nueve mil del virrey La Serna en la meseta de Ayacucho (“rincón de los muertos”, en lengua quichua).
Sucre sabía que se jugaba la carta definitiva: “¡Soldados! —exhortó— De los esfuerzos de este día depende la libertad del Sur de América”. Más directo fue el general Juan Lara, llegado de los llanos venezolanos, cuando llamó a combate: “Zambos del c… ¡Al frente están los godos p…! El que manda es Antonio José de Sucre, que como ustedes saben no es ningún cabrón, conque a apretarse los c… y… ¡a ellos!”
La batalla —en la que peleó Manuela Sáenz, la amante de Bolívar— duró sólo tres horas y el ejército de Sucre se convirtió en leyenda. La rendición que ofreció a los españoles, también. Muchos la consideran única en la historia de las guerras por la generosidad de sus condiciones: liberó a todos los prisioneros, desde el último soldado hasta el virrey; permitió volver a España a quienes quisieran, con los gastos de viaje a cargo del gobierno del Perú; incorporó al ejército americano a quienes lo deseaban y les reconoció el grado que tenían; consideró peruanos de nacimiento a los que se quedaron; ordenó que no se hiciera a nadie responsable por sus opiniones anteriores.
“Sucre lo merecía todo, por su lealtad, así como por la independencia de su espíritu y el valor moral con que sabía disentir con Bolívar cuando era necesario”, dijo de él el escritor español Salvador de Madariaga. Porque después de Ayacucho se dio uno de los pocos enfrentamientos entre ambos próceres. Como consecuencia de la batalla, en 1825 se independizó el Alto Perú, y Sucre organizó la república, bautizada Bolivia en honor al venezolano. Al principio Bolívar se opuso (“Usted está a mis órdenes en el ejército que manda, y no tiene que hacer sino lo que mando...”, le escribió), pero finalmente cambió de opinión y él mismo nombró a Sucre presidente de la flamante nación.
![]() Batalla de Ayacucho. Óleo de Antonio Herrera Toro (1906). La victoria de Sucre puso fin a la presencia realista en nuestro continente. |
Los amores
Su ímpetu en el campo de las armas no fue menor que el que mostró en batallas amorosas: tuvo un hijo con una dama del Alto Perú, Rosalía Cortés, y una niña con otra mujer, Tomasa Bravo. Pero la dueña de su corazón era la quiteña Mariana Carcelén y Larrea, marquesa de Solanda.
Cuenta la leyenda que, antes de Ayacucho, ajustó cuentas con el coronel Arthur Sandes, con quien Mariana había flirteado. La inminencia del combate los disuadió de retarse a duelo: se jugaron la mujer con una moneda. La suerte favoreció a Sucre, quien se apresuró a escribirle a Mariana para que hiciera los preparativos del casorio.
Desposó, nomás, a la marquesa, pero ni siquiera pudo asistir a su propia boda, preocupado como estaba por la situación en Bolivia. El país no escapó al sino violento del resto de Latinoamérica: él mismo sufrió un atentado y sobrevivió atendido por las damas de Chuquisaca.
Aunque su cargo era vitalicio, renunció a los dos años de haber asumido. El texto de su dimisión lo pinta de cuerpo entero: “No concluiré sin pedir a la representación nacional un premio por mis servicios que, pequeños o grandes, han dado la existencia a Bolivia, y que lo merecerán por tanto. La Constitución me hace inviolable: ninguna responsabilidad me cabe por los actos de mi gobierno. Ruego, pues, que se me destituya de esta prerrogativa, que se examine escrupulosamente toda mi conducta”.
Cuando volvió a Ecuador, para reunirse finalmente con su mujer, iba sólo con lo puesto. Los bienes que tenía en Cumaná los repartió entre sus familiares, pobres, viudas de guerra y soldados. Por ese tiempo escribió a Bolívar: “Ella me dará el pan y yo los honores que me ha dejado la guerra, porque incluso renunciaré a los títulos… Estoy sujeto a mantenerme del pan de mi mujer”.
Pero la vida doméstica duró poco, sólo el tiempo necesario para concebir una hija, Teresa. Al año siguiente, en 1829, debió volver a las armas, esta vez contra el ejército peruano que había invadido Ecuador.
Mientras tanto, el sueño de la Gran Colombia se caía a pedazos. Desde Guayaquil, al sur, y desde Venezuela, al este, los movimientos de ruptura eran cada vez más fuertes. En un último intento por salvar la situación, Bolívar llamó a un Congreso Constituyente, que fue presidido por Sucre. La misión de éste, básicamente, consistía en evitar la ruptura. Nadie mejor que él: venezolano (“jamás he tenido sentimientos más agradables que los recuerdos de mi tierra”), su país, sin embargo, era el continente: “Siendo una misma la causa de los americanos, es una misma nuestra patria”, dijo alguna vez.
Pero no hubo manera: la mediación de Sucre con los venezolanos fue inútil y Bolívar eligió el exilio interno. Su discípulo, antes de retornar a Quito, le escribió una última carta: “Sea usted feliz en todas partes, y en todas partes cuente con los servicios y la gratitud de su más fiel y apasionado amigo”.
Ese año, 1830, fue año de muertes: dejó de existir la Gran Colombia; en diciembre, cerca de Santa Marta, murió Bolívar de tuberculosis y desengaño; y unos meses antes —a pesar de que le habían recomendado que viajara por mar, pues la traición era posible— Sucre eligió cruzar las montañas de Berruecos…
Hubo penas de muerte por el asesinato, pero nunca quedó demasiado claro quién fue el instigador. ¿Fue el ecuatoriano Juan José Flores, quien buscaba —y obtuvo— la presidencia de su país? El pueblo adoraba a Sucre y se aseguraba que él sería el próximo mandatario. ¿O fue el general colombiano José María Obando, quien se había alzado contra Bolívar? El Libertador estaba fuera de carrera, pero Sucre era su continuador…
Lejos, en Cartagena, el autoexiliado se enteró del crimen un mes después, en julio. “Han matado al Abel de América”, dijo. A él tampoco le quedaba mucho tiempo.
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Muerte de Sucre en Berruecos, óleo de Arturo Michelena (1895) |
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