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May 10, 2020 Alfredo Saavedra Mundo Comentarios desactivados en Infamia de la muerte en la pandemia
En Brooklyn, distrito de Nueva York, Estados Unidos, la semana pasada una funeraria sin espacio en sus instalaciones, acumuló unos cincuenta cadáveres en camiones de reparto, situación que alarmó e incomodó al vecindario ante lo insoportable de las emanaciones del inusual macabro suceso, conforme lo informó la prensa internacional, en hecho que lejos de conmover, causó pánico en el público.
Actitud justificada por lo insólito, pero también comprensible dado que se percibe los extremos a que ha llegado el fenómeno de la peste, con sus consecuencias de lo inhumano en que deriva el acontecimiento al rechazar el proceso de la muerte. Los cadáveres hacinados en esos vehículos ya solo cuentan como número de un basurero en que se han convertido los cementerios o en el peor de los casos las fosas comunes que reciben a los muertos como los desperdicios de una sociedad acosada por lo que ya es una catástrofe.
Son un número los muertos, ya en muchos casos individuos anónimos, sin nombre, sin la identidad que tuvieron en vida, sus valores, su presencia social y doméstica, su desempeño en la familia, madres y padres, hijas hijos, obreros o profesionales, gente desamparada. En fin, humanos que al final terminaron, ya enfermos por el virus, en un estorbo, en un peligro de algo de lo que había qué deshacerse.
Está el antecedente de Ecuador, donde en la provincia de Guayaquil, la más poblada, hace poco más de un mes fue noticia el tétrico aparecimiento de cadáveres de muertos por coronavirus, tirados en la calle, descartados por sus familiares ante la falta de espacio en los cementerios. Fue un dramático panorama, en el que en el mejor de los casos, los cadáveres estaban depositados en las aceras de sus propias viviendas con urgencia de los vecinos para retirarlos por la incomodidad de la descomposición. En las situaciones más deplorables, muertos indeseables eran abandonados en cualquier parte, dándose el caso de incineraciones improvisadas por habitantes “serviciales” prendiéndoles fuego a los cuerpos descompuestos, lo que constituyó un espectáculo por lo inusual.
Fosas comunes, o sea agujeros para descartar muertos sin dueño, han sido una práctica aún en estados como Nueva York, uno de los más castigados por la pandemia. Sin embargo, tal vez por tratarse de una urbe desarrollada, ese tipo de enterramiento se ha hecho en lo que el gobernador Andrew Cuomo denominó, “forma decente” de funeral.
No ha sido ese el caso en otras partes como en Brasil, donde voluntarios han excavado en terrenos baldíos, para amontonar cadáveres como inservibles desechos. Es de suponer que así habrá sido y será en otras partes del mundo, con la amenaza de una crisis que va para largo y en pandemia que azota a la humanidad con otros antecedentes: la peste bubónica que exterminó la mitad de la población mundial de la época, seguida unos tres siglos después por la gripe española que causó la muerte de 50 millones de habitantes en todo el planeta.
Según la historia, las pandemias del pasado establecen similitudes con la actual del coronavirus, aunque no en número, con la cantidad sumada hasta el momento, pero sí en circunstancias, pues según el dato suministrado con respecto la crisis de la fiebre bubónica, al agudizarse en el otoño de 1666 se dispuso el distanciamiento social, que ahora se supone puesto en práctica.
Conforme el diario del cronista de la época, Samuel Pepys, de Londres, los cadáveres de las víctimas por el contagio, quedaban tendidos a la intemperie, al grado que “costaba caminar por las calles para no tropezar sobre los cuerpos” escribió el cronista, quien agregaría que había disposición de no tener contacto con los muertos, ni siquiera para recogerlos y darles sepultura y evitar así la contaminación, lo que indujo al señor Pepys a escribir en sus notas “Esta enfermedad nos hace más crueles y actuamos peor que si fuéramos animales irracionales.”
Pero se apunta además que aunque se sentía como el advenimiento del Apocalipsis, también el fenómeno dio lugar a una forma de renacimiento científico, cuando se pusieron en práctica medidas como la cuarentena, la esterilización y el distanciamiento social. Todo eso, inscrito dentro de la actual coyuntura, para tener en cuenta de que aunque las pandemias al parecer ya son milenarias, todavía se vislumbran esperanzas de que la humanidad continuará superando esas crisis, con la cooperación de mujeres y hombres con buena disposición para salvar al mundo.
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