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Nov 27, 2016 Eduardo Paganini El Baúl Nacional Comentarios desactivados en La vigencia de Pérez Esquivel
¿La expresión “derechos humanos” ha ganado en riqueza conceptual durante los últimos años, pero ha perdido en precisión. ¿Qué entiende usted por “derechos humanos”?
—Lo más importante en esta materia es el respeto a la vida. Pero no a cualquier forma de vida, sino a una vida con dignidad, donde el derecho a la igualdad sea de todos y no de algunos. Vida digna, libertad e igualdad son los pilares sobre los que se levantó el edificio de los derechos humanos. Y “vida digna” significa salud, educación, trabajo, participación de un pueblo, derecho a enseñar y aprender, derecho a la libertad de expresión…
— ¿Los derechos económicos y sociales consagrados por el Pacto Internacional aprobado por la ONU en diciembre de 1966, son también “derechos humanos”? En ese caso, ¿por qué no se respetan?
—No se respetan porque no existe la voluntad política de hacerlos respetar, ni siquiera entre los Estados signatarios. Los Estados Unidos, por ejemplo, no ratificaron ningún convenio, protocolo ni pacto en materia de derechos humanos. Los firman, pero se reservan el derecho de no cumplirlos. Desde el punto de vista legal, ellos necesitan de la intervención del Congreso para ratificar los tratados internacionales y ponerlos en vigencia, pero nunca lo hacen. Peor aún es el caso de los países que sí los ratifican, pero no los cumplen.
— Eso parece consecuencia de una actitud filosófica frente al problema, que consiste en proclamar al mercado como regulador de los derechos de la gente. Si la libertad económica es el valor supremo de una sociedad, todos los demás derechos y garantías deben estarle necesariamente subordinados. Ante este panorama, ¿es lícito transformar la vida humana?
Ilustración en la tapa de Sendra
—Todavía estoy leyendo un libro de Chomsky y de Dieterich sobre la globalidad. Hay allí un párrafo que me impresionó mucho. Dice que las guerras, hoy, no se desarrollan por los territorios sino por los mercados. Y bajo el imperio de la lógica del lucro el campo de los derechos humanos se estrecha cada vez más. Los Estados Unidos quieren erigirse en los grandes defensores de la democracia mundial, pero en realidad no es así. En las elecciones de los Estados Unidos vota el 46 por ciento del electorado. El resto vive en la más absoluta ignorancia. Esta es una de las grandes contradicciones que genera el endiosamiento del mercado: su compatibilidad con la democracia depende del vaciamiento de las instituciones. En diciembre del año pasado estuve en Hiroshima. Me provocó un sabor muy amargo lo manifestado por Egglelburger, quien fue secretario de Estado durante la administración Bush. En un momento de su disertación dijo que la democracia es importante, pero aquel que se separa del rol asignado es el enemigo y hay que destruirlo. ¿Qué queda entonces del derecho a la libre determinación de los pueblos? ¿Qué futuro le queda a los derechos humanos si la globalización de los mercados enmascara a una gigantesca dictadura, con roles predeterminados para cada nación? Nos encontramos en una situación realmente crítica. Antes el gran enemigo era la Unión Soviética, porque no respondía a los parámetros de “legitimidad” impuestos por los sectores dominantes de la otra gran potencia. Hoy el enemigo es el Islam, los “fundamentalistas” árabes. La persecución sistemática contra Cuba solo puede explicarse a través de esa lógica perversa, porque Cuba no responde a los parámetros establecidos. Cuba, al separarse de este proyecto de “globalización” de los mercados, al generar otra opción y otra forma de vida, es actualmente el enemigo número uno. La reciente ley Helms-Burton, que refuerza el bloqueo comercial contra la isla, viola todos los tratados, convenciones y pactos internacionales sobre el derecho a la soberanía y a la libre determinación de los pueblos. Pero a los Estados Unidos no le importa, y pretenden seguirla aplicando. Entonces, cualquier país que se salga de los parámetros fijados por los Estados Unidos, dentro de la tan mentada “globalización”, es el enemigo. El respeto a la política exterior de ese país, el respeto a los “mercados”, que se dicen libres, condiciona la vigencia mundial de los derechos humanos.
— ¿Pero existe, acaso, esa libertad de mercados?
—La libertad de mercados no existe. Esa es otra de las grandes mentiras que se nos pretende imponer. Esta “globalidad” está degenerando en una dictadura global. Qué pasa con los inmigrantes “ilegales” en los Estados Unidos. ¿Dónde está la libertad de desplazamiento de la fuerza de trabajo hacia los lugares en que sea más productiva o esté mejor remunerada? ¿Por qué se nos exige, en cambio, libertad para el ingreso y egreso de capitales? ¿Por qué los países centrales protegen y subsidian a sus industrias, mientras a nosotros se nos recomienda abrir nuestras fronteras a la importación indiscriminada y bajar los aranceles aduaneros, para facilitar la colocación de exportaciones extranjeras con alto valor agregado? ¿Qué clase de libertad de mercados es esa? ¿La que le conviene a la Coca Cola, que recientemente se vio favorecida con una reducción impositiva? ¿Por qué no se desgravan los artículos de primera necesidad? Porque la Coca Cola no es un artículo de primera necesidad. La publicidad ha instalado a las bebidas gaseosas como artículos de primera necesidad. Un artículo de primera necesidad es el agua potable, y muchos argentinos no la tienen.
— Según su tesis, el gobierno de los Estados Unidos y de otros países responde a grupos empresarios locales que se disputan mercados en la periferia. Esa guerra no declarada desembocó en un estado de cosas aparentemente incompatible con el respeto por los derechos humanos. ¿Qué función cumplieran las empresas trasnacionales en este proceso?
— Hay que distinguir entre el papel que cumplen esas empresas en sus países de origen, hacia donde remesan la mayor parte de sus ganancias, y en los países periféricos. Yo recuerdo que, hace unos años, integré una comisión de la ONU que investigó el rol de las trasnacionales en Sudáfrica y Namibia. Fue en tiempos del apartheid, del racismo en Sudáfrica, cuyas tropas ocupaban Namibia. Uno de los problemas que enfrentábamos era el incumplimiento del boicot, del embargo comercial impuesto por las propias Naciones Unidas. Al poco tiempo de estar allí ya sabíamos que, en la Asamblea General de la ONU que debía tratar el informe de nuestra comisión recomendando la adopción de sanciones obligatorias contra este país, iba a haber tres potencias que se opondrían a esta iniciativa: Estados Unidos, Gran Bretaña y Alemania Federal. ¿Por qué? Porque Estados Unidos tenía 406 empresas trasnacionales radicadas en Sudáfrica y Namibia, Gran Bretaña 362 y Alemania más de 200. Esas empresas tenían el manejo del oro, de los diamantes y de casi todos los recursos naturales de la región, manejos que comportaban un saqueo sin piedad de estos territorios. Además, violaban el embargo de petróleo, el embargo de armas, y todas las demás disposiciones restrictivas que los gobiernos de sus países de origen adoptaron en la ONU contra el gobierno racista sudafricano, porque convenía a sus intereses. Y, tal como suponíamos, estos países las respaldaron. Y son países que se autocalifican de “democráticos”. Hay que tener mucho cuidado cuando hablamos de democracia. Los intereses de esos países son otros. Son los intereses de los grandes grupos económicos con base en su territorio.
— Eso ya lo dijo el presidente Hoover, cuando afirmó que “lo que es bueno para la General Motors es bueno para los Estados Unidos y viceversa”. Pero para los norteamericanos, “democracia” y “capitalismo” son sinónimos…
— Bueno, pero la realidad demuestra que no es así. La democracia plantea derecho e igualdad para todos, y si vemos la realidad actual ese derecho e igualdad no existen. Las dos terceras partes de la población mundial están totalmente excluidas, y cada vez va a estar más excluida. La pobreza, la marginalidad, la falta de recursos para la educación, para la salud, para el trabajo, para la vivienda, desmienten todos los días esa falsa identificación entre capitalismo y democracia. Es más: entre los países periféricos son conceptos casi antagónicos. Nosotros pasamos a ser países subsidiarios. Ya no tenemos más la soberanía, ni siquiera la territorial. Liquidamos el patrimonio nacional y debemos más que antes.
— ¿Puede el presidente Menem rectificar nuestra alineación internacional y adecuar sus políticas económicas a las necesidades del país?
— Como poder, se puede salir del esquema diseñado para el país por las empresas transnacionales y los bancos acreedores, sin graves daños económicos y sin costos políticos serios. A Alfonsín lo tumbaron con un golpe de Estado económico que pudo evitarse pero no tuvo el coraje suficiente para hacer que se detenga y se procese a la cúpula empresarial, del mismo modo que no tuvo el valor necesario para enfrentar la sublevación de los ‘carapintadas”, que culminó con el dictado de la ley del Punto Final y la ley de Obediencia Debida. Lo que pasa con Menem es que no quiere cambiar de rumbo. Menem es como el Viejo Vizcacha. Cree que alineándose con los Estados Unidos, encontró un buen palenque donde rascarse. Está por el sistema y es más papista que el Papa. No se puede esperar nada de él, ni de la mayor parte de la dirigencia política argentina. Lo único que producen son discursos huecos, carentes de ideas y contenidos. Esta batalla la vamos a tener que librar en el campo social, con la gente, y al margen de los partidos políticos.
— Si usted no cree en los partidos políticos y reniega de la violencia, ¿con quiénes trabaja?
— Yo soy un idealista práctico, que trata de ayudar a que la gente tome conciencia a través de sus problemas cotidianos. Trabajamos con los indígenas, con campesinos, con movimientos sociales, organizaciones de base, estudiantes, con algunos gremios, con las Iglesias evangélicas, con sectores de la Iglesia católica, con parte de la comunidad judía. Trabajamos con todas las organizaciones sociales. También con el movimiento cooperativo. Los derechos humanos no son patrimonio de una parcialidad determinada.
— ¿Se respetan los derechos humanos en Cuba?
— En Cuba todavía hay presos políticos, pero no una violación sistemática de los derechos humanos. En Cuba no se practica la tortura, el secuestro ni la desaparición forzosa de personas. Todos los detenidos por causas políticas han sido regularmente juzgados y condenados, o permanecen bajo proceso. Es posible que los jueces no sean totalmente independientes del poder político, pero aquí tampoco lo son. Fui a Cuba por Naciones Unidas, con muchas prevenciones en contra del régimen de Fidel Castro. Pero allí pude moverme con entera libertad, hablar con todo el mundo, y no vi nada que justifique la despiadada campaña contra Cuba que motorizan los Estados Unidos. Es más: descubrí en Cuba mecanismos democráticos desconocidos en el resto de Latinoamérica, como la revocación del mandato de los legisladores, que allí se conoce bajo el nombre de “rendición de cuentas”. Vi como la gente de cada barrio sacaba las sillas a la calle, sacaba su mojito, su botella de ron, su cerveza, se sentaban ahí, y los representantes en el Parlamento tenían que ir a rendir cuentas a las bases, al mandato que las bases les habían dado para que los represente. Y, si la Asamblea llega a la conclusión de que ese señor no cumplió con la voluntad del pueblo, revoca el mandato y designa a otro diputado en su lugar. Eso, para mí, es un ejercicio de la democracia, un ejercicio participativo. ¿Nos va mejor a nosotros, con las cámaras del Congreso convertidas en aguantaderos de delincuentes que se amparan en sus fueros? ¿Por qué decimos, entonces, que lo nuestro es una democracia y lo de ellos no?
— ¿Por qué se empeña en remar contra la corriente?
— Porque creo que aquí tenemos que luchar por nuestra libertad. Se trata de decidir si queremos ser un país de hombres y mujeres libres, o un país de esclavos. Y yo no me resigno a vivir como esclavo.
Referencias:
[a] Jaime Emma (1938 – 2005): abogado, maestro internacional de ajedrez y periodista argentino. Puede indagarse más en http://www.p4r.org.ar/biografias/emma.htm.
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