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Feb 24, 2019 Ramón Ábalo La Pata Semanal Comentarios desactivados en Poder político, poder del estado, poder popular
En determinados momentos históricos de las luchas populares por sus reivindicaciones salariales, fundamentalmente, fue que gran parte del pueblo laburante de la nuestra Argentina levantó como bandera redentora la de PODER POPULAR. Lo fue en aquellos tiempos del peronismo proscripto por la Libertadora y posteriormente en segmentos institucionales democráticos burgueses. La reivindicación no manifestaba, ideológicamente, un poder que se instalara hegemonizando el poder del Estado, ejercido por el momento por el capitalismo. Es decir, sin romper, mediante la profundización de la lucha de clase, con el dominio de la clase dominante. De todos modos, desde 1879, con la creación del primer sindicato en la Argentina, el de los gráficos, las luchas proletarias de entonces ya instaló la lucha de clases, predominando como sustancia social lo que los principales líderes de entonces representaban como política e ideología, o sea el socialismo y el anarquismo, y después de 1920, el comunismo. Algo también el radicalismo, muy metido, entonces, en las lides por el sufragio libre y universal, enfrentando al «fraude patriótico» de la oligarquía pampeana.
Por el contrario, el poder estatal en manos del capitalismo, ante el conflicto social por los reclamos de los trabajadores, se esmera en hacer concesiones pero como contención del conflicto y no como solución a los reclamos populares. En lo ideológico, esas concesiones fueron en lo político y como arietes del mismo palo, primero, al radicalismo, y después –hasta ahora– al peronismo.
El genial Lenin comenzó explicando el modo en que el Estado surge de las contradicciones de clases. Es decir, de las luchas de clases para someterlas en torno a los intereses de la clase dominante, o sea :
El Estado es producto y manifestación del carácter irreconciliable de las contradicciones de clases. El Estado surge en el sitio, en el momento y el grado en que las contradicciones de clases no pueden, objetivamente, conciliarse. Y, viceversa, la existencia del Estado demuestra que las contradicciones de clases SON IRRECONCILIABLES.
Sin embargo, el liberalismo pretende afirmar que el Estado es precisamente el que concilia las clases. Ahora bien, el hecho de querer conciliar las clases cuando objetivamente hay en toda formación social bajo el modo de producción capitalista, un conflicto de interese entre ellas, supone en el mismo una toma de partido por la clase dominante y, por consiguiente, una opresión de una clase por la otra. Esta conciliación de las clases es la tarea fundamental del Estado burgués, o sea: CONCILIACIÓN DE LAS CLASES con la condición de subordinación a los intereses de la clase dominante, en esta era el capitalismo monopólico, imperialista y guerrerista, en y con el poder del Estado.
Es que la clase dominante –repetimos a Rosa Luxemburgo–busca la dominación y si ejerce diversas funciones de interés general en beneficio del desarrollo social, es únicamente en la medida en que dicho desarrollo coincida en general con los intereses de la clase dominante. LA LEGISLACIÓN LABORAL, por ejemplo, se promulga tanto en función de beneficio inmediato de la clase capitalista como de la sociedad en general. Pero esta armonía solamente dura hasta un cierto momento del desarrollo del capitalismo.
Está claro, las contradicciones de los derechos del pueblo trabajador con el capitalismo macrista son irreconciliables desde todo punto de vista social, pero desde la dialéctica de la historia lo fue siempre. Lo fue a partir del mismo instante de la defunción del oscurantismo feudal y aparece en el momento en que los medios de producción son de nuevos dueños, la incipiente clase burguesa. Que se incrementa con el inicio de las llamadas revoluciones industriales, las que en cada momento de su desarrollo lo fue en base, fundamentalmente, por el trabajo esclavo de hombres, mujeres, ancianos y niños que durante décadas fomentó la avaricia de una clase capitalista que domina, aunque en plena decadencia, a gran parte del mundo.
La reforma de la legislación laboral que se manifiesta, en el imaginario macrista con el aval al FMI y todas la variantes del poder imperial yanqui, se juega entero para aniquilar la totalidad de los derechos humanos de los argentinos, pero fundamental, el de los trabajadores.
Pero no va a pasar, la lucha popular ya tiene en claro que la lucha tiene que ser por el PODER POPULAR, LA LUCHA POR EL PODER DEL ESTADO.Y, claro, clarísimo, que lo va a logar pronto, en octubre, porque si en la mesa falta el pan estará la flor en la punta de un fusil.
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